lunes, 11 de septiembre de 2023

¿Qué clase de 'Dios' es este?




¿Qué clase de 'Dios' es este?

 

Abril de 2023

Publicado por Frank O'Meara

 

Mi comentario:

Esta Reflexión excepcionalmente larga ofrece una selección de textos sagrados tanto de la Biblia como del Corán que, para ser amables, son simplemente escandalosos. Proporciona una práctica colección de citas que los polemistas querrán tener bajo la manga para silenciar a los fanáticos de las tres principales religiones del mundo. Como mínimo, reforzará el asombro de los ateos de que tales textos puedan alguna vez afirmar que tienen un origen divino.

 

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No esperen seriamente que crea en una deidad que, a través de la voz del profeta Amós (8:11), promete infligir a su pueblo una triple hambruna: de comida, de agua y, lo más sorprendente, de la verdad (equivalente, en algunas traducciones, simplemente como “la palabra de Dios”). Habría pensado que, en lo que respecta a la verdad, los fascistas y los fanáticos religiosos son muy capaces de crear tal hambruna, sin ninguna intervención divina.

La buena noticia es que la mayoría de los creyentes judíos y cristianos de hoy tampoco creen en tal deidad. Había tiempos, y no hace mucho, en los que los creyentes de generaciones anteriores creían, como todavía creen algunos fieles ignorantes de algunas sinagogas y de ciertas iglesias cristianas, que Dios es la verdadera causa detrás de las enfermedades, la miseria y diversas catástrofes, como el Sida, terremotos y tsunamis, que Él inflige a los descarriados como castigo (aunque, como ocurrió con el pobre Job, tales intervenciones divinas supuestamente son “enviadas para probarnos”).

Los creyentes realmente no pueden esperar que yo tome en serio los decretos divinos como los que se encuentran “passim” en el Antiguo Testamento, relacionados, por ejemplo, con la aprobación de vender a su hija como esclava (Éxodo 21:7), que trabajar en sábado merece la muerte (Éxodo 35:2) o que tocar la piel de un cerdo muerto me hace impuro (Levítico 11:7-8) o que no se deben sembrar dos cultivos diferentes en el mismo campo (Levítico 19:19) o que todo el pueblo debe se reúnan para apedrear a los transgresores (Levítico 24:10-16) o que las personas que duermen con sus suegros sean quemadas vivas (Levítico 20:14).

Judíos y cristianos, en su mayor parte, reconocen todo esto como expresiones de la ingenuidad y la ignorancia de un pasado distante, primitivo y no ilustrado. Han ido más allá de tales aberraciones, y aunque un poco avergonzados de que tales textos sigan siendo parte de sus Sagradas Escrituras, se felicitan por haber abandonado lo que sólo pueden llamarse, lógicamente, contradicciones blasfemas de un Dios que dicen, con optimismo y esperanza, que es un Dios. Dios del amor.


Pero ¿Qué pasa con el Islam, la tercera y más reciente (siglo VII d.C.) “religión del Libro”? Ahí, para sus compañeros monoteístas, judíos y cristianos –identificados en el Corán como infieles– está el problema. Para los fieles seguidores del Profeta, el Corán no fue escrito por Mahoma. Tienen toda la razón en eso, y los judíos y cristianos se equivocan absolutamente al afirmar lo contrario. Mahoma predicó su mensaje: sus discípulos lo pusieron por escrito más tarde, primero en omóplatos secos de camellos y luego en tiras de cuero. Ni siquiera es seguro que el Profeta supiese escribir. Profesionalmente era lo que los australianos llaman un “garbo”, un basurero. Pero él habló, y pocos habían hablado antes que él. Pero los creyentes islámicos creen que sus palabras no eran las suyas. Él no era más que el portavoz de Dios. El Corán registra el dictado divino (en épocas pasadas, los judíos creían lo mismo de sus Profetas que los cristianos de sus Evangelistas), de modo que cualquier crítica al texto sagrado es, por definición, blasfemia.

Demasiados cristianos en los países occidentales hablan del Islam y afirman con ligereza que sólo los extremistas y terroristas toman literalmente declaraciones del Corán como las siguientes:

“Combate en el camino de Dios a los que luchan contra ti... Mátalos dondequiera que los encuentres. Si pelean contigo, mátalos; tal es la retribución divina de los incrédulos” (2, 190-191);

“Vuestras mujeres son para vosotros un campo que arar” (2, 223);

“Si la gente del Libro creyera, sería mejor para ellos. Entre ellos hay creyentes, pero la mayoría son perversos” (3, 110);

“¡Dios ha cumplido su promesa hacia vosotros cuando, con su permiso, aniquiláis a vuestros enemigos” (3, 152)!

“Los incrédulos son vuestros enemigos declarados” (4, 101).

 

Sin preocuparse por el hecho de que nunca han abierto el Corán, muchos creyentes de otras religiones se quejan, con una confianza nacida de buenas intenciones ecuménicas pero también de una total ignorancia, de que los musulmanes modernos y “moderados” no interpretan esos textos literalmente, como tampoco lo hacen con ellos. Se hacen muchos textos embarazosos del Antiguo e incluso del Nuevo Testamento.

No son conscientes del hecho incómodo, de la incómoda verdad, de que los seguidores del Islam, y no sólo los “islamistas” –esos desagradables, ignorantes y fundamentalistas terroristas extremistas– creen que el Corán, tal como está, es la palabra misma de Dios. Inmutable. La verdad absoluta, que debe tomarse literalmente; no hay lugar para la “interpretación”. Los moderados, por razones obvias, no hacen ruido al respecto; serían herejes si se atrevieran a proclamar, o incluso pensar, lo contrario.

Nosotros, los occidentales, suponemos ingenuamente que, como nosotros, han ido más allá de la comprensión literal de sus textos sagrados. El hecho es que la fe islámica ortodoxa se centra en un Dios que decreta la aceptación (“Islam” significa “sumisión”) del Corán y sus preceptos.

Proponer que, como las otras dos religiones del Libro, el Islam reexamine la imagen desastrosa de un Dios y de una religión que pertenece a una época pasada, es, para los musulmanes, un escándalo condenable, intolerable. No necesitan –ni quieren– un Renacimiento, una Ilustración o incluso una Reforma. Dios, Alá, habló a través de Su profeta allá en el siglo VII. La verdad ya ha sido revelada. Basta de charla. Fin.

Estas tres religiones mundiales, cualquiera que sea el grado de su evolución, continúan proclamando la creencia en Dios, representado de diversas maneras como un Protector Divino misericordioso, amable, compasivo, grande, adorable, amoroso, o como un juez sediento de sangre, un demandante cruel, de sacrificios, banquero divino que exige el pago por nuestros crímenes, pecados y lesa majestad, incluida la redención mediante la muerte de su propio Hijo divino-humano, nacido para sufrir y morir para saldar la deuda que contrajimos desde el Edén. “Un Niño nos es nacido, un Hijo nos es dado”: ​​El sacrificio perfecto. “Sé que mi Redentor vive”. ¿En qué Dios crees?

Los creyentes sinceros de los tres monoteísmos rechazarán esta reflexión. Pero en lugar de una condena mutua abierta, ¿no podemos al menos intentar ver por qué todo esto se ha convertido en un diálogo de sordos? Si tan solo pudiéramos decir la verdad, explicar lo que creemos, por qué creemos o nos negamos a creer, y escucharnos unos a otros, vivir y dejar vivir como creyentes y no creyentes, en tolerancia mutua. Eres libre de creer en cualquier tipo de Dios que quieras. Entonces permíteme a mí no creer en ningún Dios en absoluto.

 

Traducido del original:

https://blindfaithblindfolly.wordpress.com/2023/04/17/what-sort-of-a-god-is-this-2/


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lunes, 4 de septiembre de 2023

Rambo Vs Dios



Rambo Vs Dios.

 

Nací a principio de los años 70´s (1973 para ser precisos) y ya en mi pre adolescencia estaba bombardeado en la tele por las clásicas películas de acción de los años 80´s: Tiros, músculos, explosiones, sangre, vísceras volando… Uff. Como nos gustaban a los chicos de esa época ese tipo de películas!!!. De ahí surgieron grandes clásicos de los que hoy se hacen infinidad de reboots y secuelas como “Terminator”, “Lethal Weapon” (Arma Mortal), “Rocky”, “Die Hard” (Duro de matar o Jungla de cristal), y un largo etcetera. Pero hay una película en especial que me gustó y que posteriormente se convirtió en una exitosa saga: Un excombatiente de la guerra de Vietnam y con aspecto de vagabundo llega a un pueblito donde es expulsado por las autoridades locales. Al negarse a marcharse y posteriormente resistirse al arresto, se escapa a las montañas cercanas comenzando así una trepidante persecución que termina en un fascinante caos de tiros, llamas, explosiones y adrenalina. Obviamente me estoy refiriendo a la primera película de “Rambo”.

Con el titulo original de “First Blood” (Acorralado en España y Rambo: primera sangre en Hispanoamérica) fue estrenada en 1982; dirigida por Ted Kotcheff y protagonizada por Sylvester Stallone. Fue un éxito de taquilla y crítica y comenzó una franquicia que tiene hasta el día de hoy 5 películas (de las cuales solo destacaría la secuela de 2008 cuya fiesta de sangre digital me pareció interesante). La película esta basada en el libro “First Blood” de 1972 escrito por David Morrell que se inspiró en las experiencias que oyó de sus alumnos que habían combatido en Vietnam. La novela recibió el elogio de Newsweek como “magnífica”, “una novela maravillosa” según la crítica literaria de The New York Times, “una novela sumamente dura y rápida” en palabras del escritor de suspenso John D. MacDonald. Cuando Stephen King enseñaba escritura creativa en la Universidad de Maine, la usó como libro de texto. El libro fue traducido a 26 idiomas.

Terminé de leerla hace unos días y esperaba encontrarme con un guión cinematográfico en forma textual y para mi sorpresa me encontré una interesante historia con una original narrativa y personajes muy bien definidos. Sobra decir que la novela tiene mucha más sangre y muertes que la película. Inclusive el protagonista (Del cual solo conocemos su apellido “Rambo”) es un fugitivo muy peligroso y sanguinario. Es comprensible que los guionistas de la película cambiaron un poco las características del personaje haciéndolo menos violento y asesino para que así pueda empatizar con el publico y dejar abierta la historia para posteriores secuelas. De hecho (Y se viene un alto Spoiler del libro) en la novela de Morrell, Rambo muere al final del libro.

Y es precisamente esta muerte la que nos trae al presente artículo. Poco antes de morir Rambo tiene suficiente tiempo para reflexionar sobre la vida y la muerte y en especial sobre Dios y su posible castigo ante una vida de asesinatos y muertes. Es una muy interesante introspección del personaje hasta tal punto que merece ser nombrada en la presente publicación. A continuación colocaré fragmentos de la novela conde se refleja esto y donde quizá logremos entender un poco que ese “Rambo” asesino y violento, también puede tener un lado espiritual.

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Los pongo un poco en contexto: Despues de escapar de la mina donde estaba atrapado, Rambo decide regresar al pueblo a formar un verdadero pandemónium de tiros y explosiones matando oficiales y civiles de forma indiscriminada. Hace volar la estación de combustible y las llamas se dispersan por todo el pueblo. En su afán de matar a Teasle (su archienemigo), se enfrenta a el en un festival de tiros y balas, cuando Teasle logra acertar un disparo en el pecho de Rambo. Disparo mortal por necesidad. Rambo escapa y busca un sitio donde morir en paz.


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Había visto morir a demasiados hombres de heridas de bala como para ignorar que su hemorragia lo llevaría a la muerte. Seguía sintiendo el dolor en el pecho, en la cabeza, acentuado agudamente con cada latido de su corazón, pero sus piernas estaban frías y adormecidas por la pérdida de sangre y por eso le costaba arrastrarse, sus dedos estaban insensibles como también las manos, los nervios de sus extremidades parecían haberse paralizado gradualmente. No le quedaba mucho tiempo de vida. Pero por lo menos todavía podía elegir el lugar para morir. No iba a ser allí, como si estuviera en las galerías. Estaba decidido a no experimentar otra vez esa sensación. No, sería en terreno abierto. Donde pudiera ver el cielo con claridad y aspirar el puro aire de la noche.

Siguió arrastrándose y pudo ver entre la maleza, un poco más adelante, una pequeña elevación; cuando llegó arriba descubrió que era un montículo cuyas pendientes estaban cubiertas de maleza, pero en la parte superior había un claro cubierto por las hojas secas del otoño. No era tan alto como lo que él buscaba. Pero era más alto que el resto del terreno y se sintió muy cómodo al acostarse sobre el pasto, como si fuera un colchón relleno de paja. Miró las extraordinarias formas anaranjadas que dibujaban las llamas contra las nubes de la noche. En paz. Este era el lugar indicado.

Su mente estaba en paz por lo menos. Pero el dolor aumentaba, torturándolo, en contraste con la insensibilidad de sus piernas y brazos. Dentro de poco llegaría hasta su pecho, anulando el dolor, pero ¿y después?

¿Llegaría a su cabeza? ¿O moriría antes?

Bueno. Tenía que pensar si le faltaba hacer alguna otra cosa, algo importante que hubiera olvidado. El dolor lo obligó a ponerse rígido. No, parecía que no faltaba nada más.

¿Y qué pasa con Dios?

La idea lo intranquilizó. Había pensado en Dios y rezado solamente en ocasiones en que sintió un miedo ilimitado, y siempre algo molesto porque no era creyente y se sentía tan hipócrita al rezar por puro miedo, como si a pesar de no creer en Dios, hubiera uno en realidad, un Dios que podía ser engañado por un hipócrita. Creía en Dios cuando era un niño. Creía a pie juntillas.

¿Cómo era el acto de contrición que rezaba todas las noches? Las palabras resurgieron a tropezones en su memoria, desconocidas para él. Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón ¿De qué?

De todo lo que ha pasado durante estos últimos días. Me arrepiento de que tuviera que suceder. Pero no podía dejar de pasar. Lo lamentaba, pero sabía que si hoy fuera lunes otra vez haría las mismas cosas que había hecho durante los días subsiguientes, y sabía que Teasle también haría lo mismo. No era posible evitarlo. Si el orgullo había sido el origen de su pelea, también había tenido otro motivo más importante.

¿Como cuál?

Una serie de tonterías, se dijo a sí mismo: libertad y derechos humanos. No había sido su intención demostrar un principio. Había salido a luchar contra cualquiera que pretendiera intimidarle una vez más y eso era muy distinto —no era ético —sino personal, emocional. Había matado a un gran número de personas y podía alegar que sus muertes fueron necesarias porque formaban parte de lo que insistía en intimidarlo, haciéndole imposible la vida a una persona como él. Pero no estaba muy convencido. Había gozado demasiado con esa lucha, gozado mucho con los peligros y las emociones.

Pensó que quizás la guerra lo había preparado para ello, que quizás se había acostumbrado tanto a la lucha que no podía hacerla a un lado.

No, eso tampoco era exacto. Podía haberse controlado si realmente lo hubiera querido. Pero sencillamente no tuvo ganas de controlarse. Estaba decidido a luchar contra cualquiera que quisiera interferir en la forma en que él quería vivir. Muy bien, pues, entonces, en cierto sentido su lucha había sido para defender un principio. Pero la cosa no era tan simple, pues se había sentido orgulloso y feliz de poder demostrar su habilidad para la lucha. Era el candidato menos indicado para dejarse llevar por delante, por supuesto que lo era, y ahora estaba muriéndose y nadie tiene ganas de morir y todo eso que pensaba respecto a principios, eran puras excusas para justificarse. Pensar que volvería a repetir lo que había hecho exactamente en la misma forma, era solamente un truco para convencerse de que lo que le estaba pasando ahora, no podía haberse evitado. Dios, y era ahora, y no podía hacer absolutamente nada para evitarlo y ni los principios ni el orgullo tenían nada que ver con lo que iba a suceder.

Lo que debía haber hecho era salir un poco más con chicas guapas, beber más agua helada y comer más melones. Y eso también era una serie de tonterías, lo que debía haber hecho y todo eso respecto a Dios eran simples complicaciones para olvidar lo que había pensado un poco antes: si bien la insensibilidad que se apoderaba de sus muslos y brazos era una forma fácil de morir, no por eso dejaba de ser insoportable. E inútil. Derrota pasiva. Lo único que podía elegir era la forma de morir y no pensaba hacerlo como un animal herido y acorralado, solo, trágico, desvaneciéndose insensible y gradualmente. Inmediatamente. En un violento rapto emocional.

Desde que vio por primera vez unos nativos mutilando un cadáver en la selva, le aterraba la idea de lo que podría sucederle a su cuerpo cuando él muriera. Como si su cuerpo pudiera conservar todavía algunos reflejos nerviosos, imaginaba no sin cierta repulsión cómo sería sentir que le vaciaban la sangre de sus venas, le inyectaban un fluido para embalsamarlo, le sacaban las vísceras y llenaban la cavidad torácica con sustancias preservativas. Al imaginar lo que sería sentir que el embalsamador le cosía los labios para que quedaran juntos y bajaba sus párpados, se había mareado. Morir, qué extraño que no le preocupara tanto la muerte como lo que le sucedería después. Pues bien, no podrían hacerle ninguna de esas cosas si no quedaba ningún resto suyo. Quizás sentiría algún placer si por lo menos lo hacía él por su cuenta.

Sacó de su bolsillo el último cartucho de dinamita que le quedaba, abrió la caja de mechas y detonadores que estaba cuidadosamente envuelta, colocó un juego de éstos en el cartucho y puso el cartucho entre los pantalones y el estómago. Titubeó un poco antes de encender la mecha. Este bendito asunto de Dios que siempre complicaba las cosas.

Lo que estaba por hacer se llamaba suicidio y eso podría condenarlo al infierno durante la eternidad. Si él fuera creyente, Pero no lo era y había vivido durante mucho tiempo con la idea de suicidarse durante la guerra, al llevar consigo la cápsula que le había dado su comandante para evitar que lo capturaran y torturaran. Pero cuando lo capturaron no tuvo tiempo de tragarla. Y ahora, en cambio, iba a encender la mecha.

¿Pero y si Dios existía? Bueno, si Dios existía, Él no podría culparle por ser fiel a su incredulidad. Una fuerte sensación le esperaba todavía. Sin dolor. Demasiado veloz como para sentir dolor. Un relámpago destructor y nada más. Por lo menos, eso ya era algo. La insensibilidad había llegado ya a la ingle, se preparó entonces para encender la mecha.

 


la insensibilidad era tan grande ya que le sería imposible encender la mecha antes que se apoderara completamente de él. Tan pobre. Tan feo y tan pobre. La muerte se apoderó entonces de él, pero no en forma de un sueño embotador, sin fin y oscuro como lo había imaginado. Fue algo más parecido a lo que supuso que sucedería con la dinamita, pero proveniente de su cabeza en lugar del estómago; no pudo comprender por qué había resultado así y sintió miedo.

Pero como era lo único que quedaba por suceder, dejó que sucediera, y se fue así, expelido, violentamente por la parte de atrás de su cabeza y su cráneo, como una catapulta que lo arrojara al cielo, entre millares de imágenes, hacia adelante, hacia afuera, entre destellos y reverberaciones inacabables y pensó que si eso se prolongaba lo suficiente quizás se habría equivocado y vería a Dios después de todo.

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Rambo nunca lo supo. Pero esas millares de imágenes, entre destellos y reverberaciones” que vio milésimas de segundos antes de morir fue un tiro de escopeta en la cabeza que le dio el Coronel Trautman, su antiguo líder militar en Vietnam y que puso fin a su agonía con ese disparo.

Evidentemente recomiendo encarecidamente que lean el Libro de Morrell y así poder tener una visión diferente, no solo de la guerra y las secuelas que ésta deja en sus soldados, sino también de una película que va un poco más allá de una simple cinta de acción.

Dejo a continuación un par de links donde pueden descargar el Libro “First Blood” en formato PDF y EPub.

 - PDF

 - EPub

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lunes, 28 de agosto de 2023

El Derecho a “Cagarse en Dios”.



 

El Derecho a “Cagarse en Dios”.

 

Richard Malka. El abogado de la revista Charlie Hebdo y su alegato en favor de la libertad de expresión.

 

22/05/2023 

Por German A. Serain

 

Richard Malka es abogado. Esto no dice demasiado. Digamos, entonces, que es abogado de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, la misma que el 7 de enero de 2015 sufrió un ataque por parte del terrorismo de Al-Qaeda que le costó la vida a doce personas, en su mayor parte dibujantes y periodistas. ¿El motivo del atentado? La revista se había atrevido a publicar unas caricaturas alusivas al Islam. Amenazado de muerte por los mismos fundamentalismos que ocasionaron aquella masacre, Malka participó del juicio por aquella matanza, que finalmente condenó, a fines del 2020, a catorce personas responsables de  haber colaborado de diferentes maneras con el ataque homicida. El derecho a cagarse en Dios, publicado en español por la editorial argentina Libros del Zorzal, es el título del libro en el cual Malka expone sus ideas  relacionadas con la libertad de expresión, a partir de la transcripción de su alegato durante el juicio.

“Lo nuestro es pelear para seguir siendo libres. Nosotros y los que nos sucederán. (…) Y seguir siendo libres implica poder continuar hablando libremente sin ser amenazados de muerte, asesinados por Kalashnikov o decapitados”.

Es cierto que la traducción del título del libro al español tiene un énfasis que quizás excede el sentido original de la palabra emmerder, que en francés también podría significar ofender, blasfemar o injuriar. Pero finalmente la expresión es usual en nuestro idioma, muy a pesar de que en España el actor Willy Toledo fue procesado por usar en público palabras semejantes. Por cierto, la demanda en su contra no prosperó.

“La libertad de expresión solo tiene sentido si te permite decir a los demás lo que no quieren oír” asegura Malka con una lógica irrefutable que, sin embargo, muchos todavía parecen no querer aceptar. Y más allá de su título provocativo, este libro es una defensa indispensable de la libertad de expresión, entendida más allá de la retórica vacía que insiste en condicionarla con diversos peros y reparos. Porque el peligro es que cualquier expresión que alguien no desee escuchar se torne objeto de un acto de censura por ser considerada una inaceptable blasfemia.

Richard Malka encara una recapitulación histórica de la blasfemia, particularmente en Francia. En una abierta defensa de los derechos conquistados, señala que en 1789 la libertad de expresión es proclamada como uno de los más preciados derechos del hombre. Que dos años más tarde se elimina la blasfemia como figura en el código penal francés. Y que en 1881 se vota la ley de libertad de prensa. Malka refiere los acalorados debates que se suscitaron en aquel momento y trae a colación la respuesta de Clemenceau al obispo de Angers, representante de los entonces ofendidos católicos: “¡Dios sabrá defenderse solo, no necesita para ello de la Cámara de diputados!”.

“Comprendamos entonces que no tenemos elección. Renunciar a la crítica libre de las religiones, renunciar a las caricaturas de Mahoma, sería renunciar a nuestra historia, a la Enciclopedia, a las grandes leyes de la República. Renunciar a enseñar que el hombre desciende del mono, y no de un sueño. Renunciar a la igualdad de las mujeres, renunciar a la igualdad de los homosexuales para los que, curiosamente, en 72 países del mundo -más o menos los mismos que tienen todavía una legislación contra la blasfemia- la homosexualidad es una abominación”.

Malka apunta sus dardos contra quienes, escudándose en una supuesta islamofobia, ponen en tela de juicio el derecho a la libertad de expresión, pero también señala los riesgos de apegarse a la ideología anglosajona según la cual no se debería ofender a nadie. “La libertad de expresión  no consiste en elogiar lo que nadie denigra, sino en cuestionar —sea en serio o en broma— lo que muchos consideran digno de respeto”.

Las declaraciones del abogado francés no son solo una reacción a los atentados de los fundamentalistas, que constituyen claramente un extremo, sino a toda una corriente de corrección política que viene ganando terreno en Occidente. “Cuando los activistas necesitan un pretexto para justificar su violencia, siempre encuentran uno”, señala Malka, quien también advierte: “Si la libertad de expresión sigue menguando, podéis estar seguros de que todas las demás libertades también desaparecerán”.

Alguna vez Stephane Charbonnier, editor de Charlie Hebdo y una de las víctimas mortales del atentado, dijo algo premonitorio: “Quizás suene algo pretencioso, pero prefiero morir de pie que vivir de rodillas”. Entonces, tal vez sea cierto lo que dice Richard Malka, en el sentido de que la libertad de expresión es lo que nos protege del monstruo del totalitarismo. También señala algo interesante: que en el terreno de los idealismos, hemos sustituido las viejas luchas sociales por nuevas luchas identitarias. Por eso la ofensa se ha convertido en algo cada vez más corriente: nos sentimos ofendidos cada vez con mayor facilidad. De ahí que hoy se hable de la generación de cristal. Pero Malka no está dispuesto a ceder. “Para mi Mahoma no es sagrado”, reconoce. Y luego aclara que sus burlas no son contra Mahoma, sino contra el fundamentalismo.

“Se nos reprocha hacer caricaturas de las religiones. Pero la realidad es que no las hemos hecho nunca. Todas las caricaturas de las que hablamos aquí no son caricaturas de la religión, son caricaturas del fanatismo religioso, de la irrupción de la religión en el mundo político”.

La lectura de El derecho a cagarse en Dios nos dice mucho acerca de la evolución de nuestra cultura y de nuestras libertades. Algo que nos parece fundamental es comprender lo que debería ser obvio: defender la libertad de expresión no significa que se defienda lo expresado. La revista Charlie Hebdo puede parecernos grotesca e infantilmente reaccionaria. No se trata de eso, sino de si sostenemos o negamos su derecho a serlo.

Otra cuestión, que también debería ser evidente: no tenemos idea de si Dios existe o no. Cualquiera sea el caso, de lo que estamos hablando es del derecho a cagarse en los discursos del hombre en torno de ese eventual dios. Sobre todo porque vivimos en una época en que la cultura europea se enfrenta a un nuevo oscurantismo, atravesado por la infiltración musulmana. Un oscurantismo que en América tiene su reflejo en el avance de un evangelismo de derecha dispuesto a operar cada vez más desde los medios de comunicación y la política.

Por añadidura, en las sociedades totémicas uno podía creer en el poder del oso blanco, y otro en el del águila, y no había contradicciones. Pero los monoteísmos son, por definición, peligrosos: si tu dios es el verdadero  pero también el único, eso quiere decir que mi dios, o el de mi vecino, son inválidos. ¿No podría acaso también eso  ser considerado una blasfemia? Mientras haya libertad para que unos afirmen, debe garantizarse también el derecho de que otros nieguen. De eso se trata la democracia. Germán A. Serain

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Richard Malka nació en París en 1968. Es abogado y representa, entre otros, al semanario satírico Charlie Hebdo. Intervino en numerosos juicios y debates emblemáticos ligados a la libertad de expresión y el laicismo. Es autor de ensayos como Elogio de la irreverencia junto a Georges Kiejman (Grasset, 2019 – Libros del Zorzal, 2022) y El derecho a cagarse en Dios (Grasset, 2021 – Libros del Zorzal, 2022); y de las novelas Tyrannie (Grasset, 2018) y Le Voleur d’amour (Grasset, 2021). También ha escrito numerosos guiones de historietas.

Fuente:

http://martinwullich.com/el-derecho-a-cagarse-en-dios-richard-malka/


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“El derecho a cagarse en Dios”:el libro detrás de la condena a los terroristas que atentaron contra Charlie Hebdo

 

El abogado Richard Malka estuvo al frente de la condena a los asesinos de 12 integrantes del semanario satírico francés. Publicó su alegato y explica qué pasa cuando “se hace un juicio a las ideas”.

20 May, 2023

 

“La libertad de expresión es de la que dependen todas las demás”, asegura Richard Malka, abogado del semanario Charlie Hebdo y autor de El derecho a cagarse en Dios, su segundo libro, en el que recoge el alegato final que expuso en el juicio contra los terroristas que atentaron contra la publicación satírica francesa en 2006.

En una entrevista publicada en la web de la Asociación de Medios de Información (AMI), Malka reivindica la libertad de expresión frente a la presión de la amenaza del tipo que sea: terrorista, religiosa o de culpabilidad.

El alegato final que expuso como letrado en el juicio por el atentado contra Charlie Hebdo, en el que murieron 12 personas del medio, y que el semanario ganó en 2020, va, a su modo de ver, “mucho más allá de la acusación en el juicio contra los terroristas y sus cómplices por el atentado”.

“No hubo un juicio, sino dos juicios en uno: el de los acusados, por un lado, y el de las ideas y los valores republicanos, que se han querido asesinar y enterrar. Estos crímenes no son crímenes como cualquier otro y este juicio no pudo ser un juicio como otro cualquiera”, señala Malka.

En El derecho a cagarse en Dios, el abogado francés insta a no renunciar nunca a los derechos adquiridos “con tanto esfuerzo” por quienes nos precedieron: “Nunca ganamos nada renunciando a derechos, incluido el derecho a la caricatura, es decir, a reírnos de todos los dogmas, con el pretexto de que queremos estar tranquilos y en paz y no lastimar a nadie. Solo así estamos alimentando al monstruo de las ideologías totalitarias, cuyo apetito sólo crece en nuestras constantes renuncias”, insiste.

Malka entiende que “tenemos que aceptar ser escandalizados de vez en cuando o ser heridos en nuestra sensibilidad”: “No es algo tan grave, incluso resulta útil, porque es el precio a pagar para vivir juntos, con nuestra diversidad de opiniones”.

Su segundo libro es un homenaje a la “irreverencia, al libre debate, al pensamiento crítico, a los librepensadores” y a sus amigos dibujantes de Charlie Hebdo “que fueron asesinados por unos trazos de lápiz aun siendo los hombres más pacifistas y humanistas”.

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“Soy el abogado del medio de comunicación que me parece más valiente del mundo”, un medio que “se ha convertido en un símbolo de resistencia al espíritu de los tiempos (...), un soplo de aire fresco en lo política y religiosamente correcto”.

Frente al orgullo de ser el letrado del semanario satírico francés, Malka se muestra preocupado por el futuro de los medios y periódicos. “Si la emoción sigue ganando a la razón, si la intolerancia a las ideas que nos molestan sigue su cruzada victoriosa, si la descontextualización de los dibujos o las palabras se convierte en regla, entonces no soy optimista sobre la supervivencia de los medios. Luchar desde los medios también es mantener la esperanza”, asegura.

Y recuerda la frase de George Orwell: “La libertad de expresión sólo tiene sentido si te permite decir a los demás lo que no quieren oír”. “Debemos respetar a las personas por sus creencias”, concluye.

Fuente: EFE

Fuente:

https://www.infobae.com/leamos/2023/05/20/el-derecho-a-cagarse-en-dios-el-libro-detras-de-la-condena-a-los-terroristas-que-atentaron-contra-charlie-hebdo/

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El derecho a cagarse en Dios

 

València

| 02·11·22 | 07:01

El derecho a cagarse en Dios (Editorial Libros del Zorzal) es el título de la obra que acaba de editarse en español por el abogado Richard Malka y recoge sobre todo el notable alegato final que hizo como letrado de la revista satírica Charlie Hebdo durante el proceso por el salvaje atentado criminal que la publicación sufrió en 2015, por parte de terroristas islámicos, mientras sigue hoy amenazada por la horda medieval.

Un servidor se encontraba en plena duda entre dedicar este texto al tema de la vivienda, colisionando obviamente por las izquierdas, con La Moncloa y con el Palau de la Generalitat, o sobre el maridaje pertinaz de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, con el lanzamiento como presidenciable del nuevo líder popular, Alberto Núñez Feijoo, sin duda para enfado de las derechas.

En cualquier caso, en tiempos de neo elecciones es mejor no meterse en política, como dicen que decía aconsejar el dictador generalísimo Franco, y uno recuerda haber oído la frasecita desde la infancia. Esa falta de libertad, por obligación o autocensura, es lo que vienen denunciando últimamente muchos, que los hay, intelectuales de respeto, en la piel de toro y en otros países ajardinados, parafraseando a nuestro ministro europeo de exteriores Josep Borrell.

Es ineludible nombrar los fenómenos para poder medirlos y cabe reconocer sin goce alguno que vivimos el tiempo de la cancelación, pues al fin se afina el término cancelar para las muy viejunas artes de la censura y el linchamiento. De los asesinatos impunes de periodistas en todo el orbe nos dan cuenta los medios de comunicación de masas, pues la muerte de periodistas y políticos o activistas se vende bien, como el apuñalamiento a Salman Rushdie en EEUU, televisado.

Hasta un decano maestro del periodismo y el columnismo libérrimo como es Raúl del Pozo escribió el pasado 24 de octubre un texto titulado El peligro de escribir (diario El Mundo), pues, aunque no lo mencionase, está sufriendo una campaña de acoso feraz, debida a sus críticas precisamente a los albañales de Internet, al peligroso retroceso de la Libertad, a los crímenes y a lo que ya se titula incluso como cultura de la cancelación, mezclando dos términos indeclinables en latín juntos.

En nuestros días, lo único que debiéramos cancelar es la ignorancia, ya que lo de la idiocia resulta más complejo, elaborando un plan de choque contra el analfabetismo funcional persistente. Ergo es falaz que exista una nueva batalla cultural entre derecha e izquierda, la hubo y la hay, y lo que presenciamos ahora es una guerra transversal contra la cultura y la educación, de muerte a la inteligencia, frente a lo que solamente cabe volver a las misiones pedagógicas emprendidas por el republicanismo español en 1931.

Desde cualquier sector u oficio hay gentes y empresas que actúan sin rigor alguno y producen basura, a semejanza de la comida que denominamos como tal, luego la prensa y los medios de comunicación, ese cuarto poder, debe dejar de lamentarse porque la ciudadanía les incluya hoy en las encuestas en el mismo saco que a la política, bajo acusación de falsaria. Conviene escribir llorado y, como las asociaciones de magistrados, antes tercer poder (Guerra), solicitar una independencia y financiación acordes al papel clave, de ambos, para el pueblo en este reino.

Eso sí, nada de aparcar a los dioses, reyes y tribunos recogidos en la letra de La Internacional, pues vienen tiempos que quieren abrir nuevamente el Meloni de Dios, patria y familia, que conduce a lo peor del nacionalismo, inventar una identidad superior a las demás, y al abismo de las guerras del siglo XX, llamadas mundiales pero celebradas sobre todo en Europa. En fin, con perdón, como antes gritaba el día de la fiesta el más bruto del lugar: «Cagüen Dios. Viva el Cristo». De «La Mahoma» mejor ni hablamos.

Fuente:

https://www.levante-emv.com/opinion/2022/11/02/derecho-cagarse-dios-78001778.html

 

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"La mayoría de las personas preferirían morir antes que pensar; de hecho, muchas lo hacen"

Bertrand Russell