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lunes, 6 de julio de 2026

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios


 

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios


«Tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (la diferencia entre decir 'Dios existe' o 'No, no lo hace')»


26 de agosto de 2021

Miguel Ángel Quintana Paz


Corría el año 2009 cuando se publicitó un curioso cartel financiado por ateos de distintas partes del mundo. (Bueno, no tan distintas: no se difundió en países musulmanes, ni budistas ni hinduistas; solo en una docena de sustrato cristiano). Pronto la campaña se conocería como «el bus ateo».

Consistió en algo simple. Se recaudaron fondos para un anuncio que se exhibirían en autobuses urbanos (originariamente en Londres; luego en Washington, Toronto, Génova, Helsinki, Estocolmo…; desde España se sumaron las ciudades de Barcelona, Madrid y Valencia). En vistosas letras coloridas, el anuncio rezaba (si se me permite el leve oxímoron) así: «Probablemente Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida».

A algunos ateos no gustó que se incluyera un «probablemente» en el eslogan. Richard Dawkins, por ejemplo. Con todo, me resulta más interesante la reacción del otro campo, el creyente. Alguno de sus miembros, como cierto pastor evangélico de Fuenlabrada, quiso adelantarse a la versión hispana de la campaña. Manos a la obra, su congregación sufragó autobuses para la Navidad de 2008 con la inscripción «Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo». Por desgracia, alguien olvidó incluir la tilde en «sí», de modo que la campaña fuenlabreña quedó como una curiosa duda condicional: «Dios si existe…».

Menos cómica, pero más significativa, es la comparativa entre otras dos reacciones. De un lado, nuestra Conferencia Episcopal. De otro, los obispos también católicos, pero en este caso británicos. Mientras que la primera condenó la campaña como una «blasfemia objetiva», como ofensa que sobrepasaba los límites de la libertad de expresión, los segundos se felicitaron por la buena nueva de que alguien (no importaba si habían sido ateos) pusiera a Dios, de nuevo, en el centro de nuestro debate público.

Confieso que, en retrospectiva, estoy en esto con los mitrados del Reino Unido. Volvamos nuestra mirada sobre las polémicas que cada vez invaden más nuestro tiempo: si conviene o no inventarse un nuevo morfema de género, «-e», para decir «niños, niñas y niñes»; si es algo gravísimo, o solamente grave, que los camareros te sirvan a menudo a ti, por ser chica, el café con leche, mientras dan por supuesto que le corresponde a tu novio esa birra Paulaner que a ti tanto te entusiasma; si regalar a tu sobrina una mochila rosa equivale a condenarla a esclavitud perpetua. Convengamos en que se trata de disputas de menor empaque ontológico que debatir sobre si Dios existe o no, o sobre qué sentido tiene nuestra vida sobre la tierra.

Me acojo aquí, pues, bajo la autoridad provisional del episcopado británico. Y, a partir de esta pequeña parábola (verídica) que acabo de relatar, me dispongo a narrar otras dos que acaso pudieran animar a resucitar en nuestros lares charlas que no versen solo de política, o sexos, o naciones, o etnias, u orientaciones eróticas, o lenguas, o razas. Que no versen tanto, vaya, sobre las identidades humanas, y dediquen al menos un rato a otra identidad posible: la de Dios. Que lleven la conversación sobre él algo más allá de los lugares que de costumbre le tenemos reservado (púlpitos, librerías religiosas, sacristías).

Vamos primero con una parábola muy sencilla. La ideó el filósofo Edward Feser. Es buena para justificar que nos pongamos a hablar sobre Dios.

Y es que no podemos hacer como que ignoramos algo: que muchos creen que debatir sobre Dios resulta tan infructuoso como discutir cuál es el mejor sabor de helado. Cuando digo «muchos» me refiero tanto a creyentes como no creyentes. En ambos bandos prolifera la idea de que «Dios» es un asunto meramente subjetivo (llámese «de fe», o «un sentimiento», o «un encuentro personal»). Y que, por lo tanto, aunque se puede hacer sobre él poesía, o rezos, o publicidad en autobuses, no procede sugerirlo como tema de debate público y razonado.


Normalmente, esta visión se acompaña de otro convencimiento: que la única forma de conocer de manera de veras racional la realidad nos la otorga la ciencia. Y esta, como resulta bien sabido, no tiene en cuenta lo más mínimo la existencia de un Dios. Ya se lo dijo Laplace a Napoleón cuando este le inquirió por el lugar del Ser Supremo en su teoría física: «No me hizo ninguna falta tal hipótesis, sire». Por tanto, cualquier cháchara sobre lo divino resultará acientífica y, al igual que toda cháchara sobre lo real que quede fuera de la ciencia, quizá sea sentimental, o hermosa, o edificante… pero no forma parte del saber racional.

Los filósofos llaman a esta postura «naturalismo» o «cientificismo». Pero es la comparten en lo más íntimo multitudes que ni conocen esos términos filosóficos, ni son expertas en ciencias. Ya lo hemos dicho: incluso hay creyentes que consideran que, si queremos ponernos racionales, habremos de limitarnos a elaborar teorías científicas y ya está. Luego, cuando cierras la puerta de tu laboratorio, bien puedes irte un rato a meditar a tu templo o tus clases de yoga; esos lugares (como los parques de atracciones, o los prostíbulos, o los teatros) más allá de la razón.

Por eso es importante, si queremos ponernos a hablar sobre lo divino, contar no solo con el beneplácito de los obispos británicos, sino con alguna parábola que señale qué es lo que falla en la recién descrita forma de pensar. Y eso hace la que traemos aquí, de Edward Feser. Que versa sobre esos aparatitos que emiten pitidos cuando localizan algo metálico bajo el suelo: los detectores de metales.

Imaginemos que alguien recorre nuestro jardín con uno de esos instrumentos y consigue encontrar a cierta profundidad un par de antiguas monedas romanas y fragmentos de un vaso de cobre. Sin duda le estaríamos muy agradecidos. De hecho, como resultado de algunas lecturas y un poquito de investigación histórica que, por nuestra cuenta, habíamos hecho, ya intuíamos que quizá una villa romana floreció bajo nuestra finca siglos atrás.

Pero, ¡ay!, nuestro amigo del detector de metales, cuando le comentamos esta posibilidad, se nos pone muy solemne: «No, no, bajo tierra no hay más que esto que yo he detectado», arguye un tanto irritado. «Es imposible que haya muros de una villa romana, o mosaicos, o esqueleto alguno: mi detector, de última tecnología, solo detecta metales, así que eso es todo lo que aquí debajo puede yacer».

Creo que a cualquiera le sonrojaría un tanto el grosero error de nuestro interlocutor. ¡Claro que su detector solo localiza metales, está hecho para eso, y es muy bueno haciéndolo! Mas de ahí no se deduce en modo alguno que no yazca ningún otro objeto, no metálico, subterráneo.

Esa forma burda de razonamiento es, sin embargo, justo la que exhiben nuestros cientificistas. Sí, la ciencia es un detector de metales estupendo para conocer un montón de cosas de nuestro mundo. Pero está hecha para detectar solo cierto tipo de realidades: las materiales, las que siguen las leyes naturales, las que pueden someterse a experimentos… Igual que nuestro detector de metales solo detecta eso, metales. Pero ni la ciencia ni el detector pueden asegurarnos que no exista nada más allá de lo que ambos se han especializado en detectar. Podemos, pues, seguir investigando tranquilos: después de todo, quizá sí reposen los restos de una villa romana (con sus ladrillos, teselas, artesanías) bajo nuestro jardín.

Sobre jardines también versa la tercera y última parábola que me gustaría rememorar aquí. Procede de otro filósofo: Anthony Flew. Una vez que la historia de los buses y los obispos nos ha proporcionado motivos para hablar de Dios, y una vez que la alegoría del detector de metales niega que resulte irracional tal cosa, Flew ofreció en 1955 un buen marco para ponerse a ello.

Imaginemos, nos pidió, a dos exploradores que se toparan de repente, en medio de la selva, con un claro muy peculiar. Resulta que allí las flores y demás plantas parecen estar colocadas de manera especialmente ordenada. Además, algunas especies no son nada frecuentes por allí. Se diría incluso que parte de la vegetación ha sido ubicada en parterres por alguien, como con intención de hermosear ese paraje.

Uno de los exploradores exclama, entonces: «Oh, debe de haber algún jardinero por aquí que se ocupe de este coqueto terrenito». El otro, más escéptico, no las tiene todas consigo: «Bueno, me extrañaría mucho. ¿Quién va a vivir por estos andurriales? ¿Y quién iba a dedicarse en ese caso a algo tan absurdo como cultivar un jardín en medio de la selva? Además, tampoco me parece que esté todo tan bien organizadito como pareciera a primera vista. Creo que simplemente estamos proyectando».

Para zanjar su discrepancia, y dado que tienen tiempo libre, nuestros exploradores deciden quedarse unos días en las inmediaciones de aquel vergel. Así comprobarán con sus propios ojos si existe o no jardinero alguno que cuide de él.

Ahora bien, pasan los días y nadie aparece. «¿Ves? Te lo dije. No existe floricultor alguno», expone triunfal nuestro escéptico. «Bueno», contesta el creyente en la existencia de tal cuidador, «creo que sí existe, pero es invisible y por eso no lo hemos visto».

Como nuestros amigos llevan consigo cable eléctrico y son muy apañados, deciden entonces montar una verja electrificada en torno al claro selvático, de modo que vibre una alarma si alguien pasara a través de su perímetro. Pero transcurren de nuevo los días y la alarma nunca suena. «¿Ves? No hay jardinero alguno». «Oh, bueno, creo que lo que pasa es que no solo es invisible, sino también muy sutil y capaz de pasar por entre los cables». «¿Y por qué nuestros perros no lo han detectado tampoco?». «Oh, está claro que tampoco es perceptible mediante el olfato».

En esta situación, convendremos, sería lógico que el explorador escéptico se molestase un poco con su compañero: «A ver, querido, primero me dices que hay un jardinero por aquí, pero luego todas las pruebas que te ofrezco de que no existe me las respondes atribuyendo a tal jardinero características más y más extrañas. ¿Hay alguna prueba que vayas a admitir de que te equivocas, o simplemente preferirás convertir a tu presunto jardinero en alguien cada vez más rocambolesco (invisible, intangible, inaudible, inodoro, inmaterial…)? ¿Hay alguna diferencia práctica entre que exista tu jardinero y que no exista ningún jardinero en absoluto?».

Como el lector habrá ya intuido, este explorador escéptico representa al propio Flew, que era ateo. Nuestro filósofo sentía que los creyentes jugaban un poco con él como hacía el explorador primero con su colega: no admitían nada como prueba de que Dios no existiera. Y eso acarreaba un problema para los creyentes: si tu frase «Dios existe» no puede refutarse de ninguna manera, ¿qué quieres decir exactamente cuando la pronuncias? Flew sentía no ya que discrepaba de sus coetáneos creyentes, sino que ni siquiera entendía qué querían decir cuando decían «existe Dios». No entendía qué negaba (y, por tanto, qué afirmaba) esa frase.

Pues, en efecto, cualquiera de nosotros, cuando dice por ejemplo «mañana lloverá», reconoce que su frase quedará refutada si al final no cae ni una gota. Todo lo que decimos sobre la realidad, por muy seguros que estemos de ello, admite que ciertos sucesos lo contradirían: yo estoy seguro de que las vacas no vuelan (salvo que alguien programe un vuelo chárter para ellas); pero mi frase «las vacas no vuelan» implica que si, por ejemplo, mañana viese un grupo de ganado vacuno desplazándose con gráciles alas por los aires, eso sí constituiría una prueba contra mi aserto anterior.

Sin embargo, los creyentes en Dios no parecen obedecer esta lógica. Cuando dicen «Dios existe» o «Dios es bueno» o «Dios nos ama» y se les ponen delante cosas que parecerían probar lo contrario (niños que mueren entre atroces padecimientos, justos que viven vidas desgraciadas, inexistencia de milagros…), ninguna de esas realidades basta para que, según ellos, queden refutadas tales frases. ¿Qué significan, entonces, si parecen no excluir nada? Y, si nada contradice la frase «Dios existe», ¿cuál es su diferencia con la frase contraria, «Dios no existe»?

El desafío de Flew tuvo una acogida enorme entre los filósofos anglosajones de su época. Fueron muchos los pensadores que se sintieron obligados a explicar qué querían decir los creyentes cuando decían que creían en Dios. Otros, naturalmente, abundaron en la perspectiva escéptica de Flew.

Esta historieta tiene, además, un final curioso: hacia el final de sus días (murió en 2010), quién sabe si como consecuencia remota del referido debate, Anthony Flew empezó a creer en Dios. No en el Dios cristiano ni en el islámico o el judío, pero sí en cierta deidad superior. Algún tipo de jardinero.

En suma, he expuesto tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (el que aborda la diferencia entre decir «Dios existe» o «No, no lo hace»). Hace nueve meses se abrió un debate en España sobre dónde estaban los intelectuales cristianos y en qué medida los medios de comunicación de la Iglesia católica (sobre todo, Cope y Trece TV) o sus universidades cumplían con su misión. Soy tan escéptico como el explorador reticente de nuestro cuento acerca de si cambiarán los debates frívolos de nuestros días por otros de mayor enjundia; pero también es verdad, como hemos visto, que a veces te sorprende en mitad de la selva salvaje un claro que nadie parecía esperar.


Sobre el autor:

Miguel Ángel Quintana Paz

@quintanapaz

Director académico y profesor en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) de Madrid. También salgo en la tele (El Toro TV) o en las tertulias de ViOne Media. Para saber qué decir en todos esos sitios me ha ayudado ser doctor en Filosofía con Premio Extraordinario por la Universidad de Salamanca, haber ejercido como Lonergan Post-Doctoral Fellow en el Boston College o haber trabajado como investigador en las universidades de Viena o Turín (en esta última, bajo la dirección de Gianni Vattimo).

Fuente:

https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2021-08-26/tres-parabolas-por-si-queremos-debatir-sobre-dios/


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lunes, 16 de junio de 2025

Yo fui un Ateo en una trinchera




Yo fui un Ateo en una trinchera


Por Philip K. Paulson


Ver la guerra de Vietnam a mediados de los 60 en las noticias nocturnas me inspiró a cumplir con mi deber patriótico y unirme al Ejército de los Estados Unidos. Allí, recibí entrenamiento como soldado de infantería con armas ligeras y paracaidista. Recibí órdenes de ir al frente de batalla en Vietnam del Sur en septiembre de 1966 y luché hasta enero de 1968. Extendí mi período de servicio para obtener el privilegio especial de una baja honorable anticipada.

Mis experiencias en la guerra de Vietnam comenzaron en el otoño de 1966, luchando contra los comunistas survietnamitas, el Viet Cong. Tras mi primer mes en Vietnam, me convertí en ateo. Mi antigua religión era luterana, debido a mi ascendencia sueca, que tradicionalmente dicta que los descendientes deben ser bautizados como tales. Solo podía comprender un concepto primitivo de Dios. Me rebelé. Ningún Dios compasivo, pensé, permitiría tanta matanza. Tras presenciar a los muertos y heridos durante mi primer "tiroteo", levanté la vista y dije: "¡Dios sádico! ¡No eres digno de mi adoración!".

La evacuación médica en helicóptero era un consuelo para muchos soldados en la selva. Cuando sufrían heridas graves, podían esperar ser devueltos a casa, a Estados Unidos. De lo contrario, podían tener la seguridad de llegar a la mesa de operaciones de un hospital y recibir atención profesional, generalmente en unos treinta minutos. Sin embargo, al ser emboscados y superados en número por una fuerza enemiga con una potencia de fuego superior, el miedo a morir golpea el intelecto y las emociones hasta el punto de un pánico paralizante.

Esto me ocurrió cerca de una aldea al noroeste de Saigón. A mí y a otros cinco hombres nos asignaron guardia nocturna en un puesto avanzado a unos 800 metros del perímetro de la compañía. Solo llevábamos nuestros rifles M-16, granadas, minas Claymore y una radio bidireccional para protegernos. Esa noche nos sorprendió un grupo de asalto de guerrilleros del Viet Cong. Tres jóvenes soldados estadounidenses muertos se recortaban contra el reflejo de la luna dentro del búnker de nuestro puesto avanzado. El hombre de la radio farfulló: "¡Oh, Señor! ¡Señor! ¡Ayúdanos!". Mi respuesta fue dejar de rezar. Exclamé: "¡Al diablo con Dios! ¡Ayúdanos! ¡Pide por radio fuego de mortero y artillería de apoyo!". Por suerte, recuperó la compostura y avisó por radio a los observadores avanzados para que el fuego de apoyo se dirigiera a nuestras coordenadas del mapa. El sentido común dictaba que mantenerse con vida era más importante que perder un tiempo precioso rezando. En consecuencia, nos salvó la vida.

A la mañana siguiente, me emocioné al ver a los hombres de mi compañía. Por suerte, no sufrí lesiones personales por el asalto nocturno. Sin embargo, los asaltos de la mañana siguiente me impactaron personalmente cuando un soldado superviviente me dijo: «Mira, Paulson, Dios responde a las oraciones». Le respondí: «¡Me alegra muchísimo que alguien fuera ateo en una trinchera!». Se rió porque pensó que bromeaba, y tuve que dejarle creer que sí; tuve que guardarme mi ateísmo para mí.

Sabía que proclamar mi ateísmo durante el servicio en Vietnam del Sur podría perjudicar mis ascensos y posiblemente causar represalias. Ser ateo era considerado equivalente a ser comunista. Nuestro capellán del ejército era un cristiano fundamentalista que veía al diablo en prácticamente todo aquello en lo que no creía. Los capellanes del ejército ejercían mucho poder; sus opiniones podían determinar si te ascendían o no. Así que guardé silencio sobre mi incredulidad en Dios.


Sufrí momentos horribles, esperando que me mataran. Estaba convencido de que ningún salvador cósmico me salvaría. Además, creía que la vida después de la muerte era solo una ilusión. Hubo momentos en que esperé sufrir una muerte dolorosa y agonizante. Mi frustración y rabia al verme atrapado en un dilema de vida o muerte simplemente me enfurecía. Escuchar el sonido de las balas silbando en el aire y estallando cerca de mis oídos era terriblemente aterrador. Por suerte, nunca sufrí heridas físicas.

Un día escuché al capellán predicar que debíamos ser felices y estar dispuestos a morir para poder estar con Jesús. Tras oír eso, algunos alabaron a Dios. Yo maldije a Dios. Maldecir y jurar fue muy terapéutico y saludable para mí; me dio el coraje de Hércules. Me dio confianza en mi capacidad y habilidad para seguir vivo. Estaba decidido a vivir en este lado de la tumba. No podía creer que hubiera una vida mejor que esta, así que rechacé la idea absurda de que mi existencia se basaba en los extremos de Dios y el diablo, el cielo y el infierno, y la vida después de la muerte.

Al enfrentarme a la muerte, mi pensamiento era seguir con vida. Me enfurecía toda la gente que rezaba y desperdiciaba mi valioso tiempo y el de ellos. Cuando la situación se pone fea y no hay nadie a quien recurrir, y descubres que solo tú has estado ayudando todo el tiempo, esa es la gran diferencia. Descubrí en combate que no hay nadie a quien recurrir; solo tú has estado salvándote el pellejo todo el tiempo. Mi respuesta a la muerte era simplemente: "Bueno, estaré moviendo margaritas". Si sobreviviera y viera la muerte de otra persona, pensaría que no es mi cuerpo lo que cuenta. Estaba luchando por seguir con vida, no rezando por la vida después de la muerte.

Le pedí al empleado de mi empresa que me diera unas placas de identificación nuevas con el sello "ninguno" por mi preferencia religiosa. La excusa que di fue que no tenía ninguna religión. Aunque en aquel entonces no lo sabía, era humanista.

Más tarde, cuando me estaba quedando pequeño (un término usado en Vietnam para los que estaban a punto de ser licenciados y regresaban a casa), me sentí más libre para proclamar mi ateísmo y empecé a desahogarme. Pensé: ¿qué podían hacer entonces? ¿Matarme?

Cuando llegué a Vietnam del Sur y me presenté en mi unidad militar asignada, le dije a mi sargento de pelotón que no podía matar a nadie. Me dijo que no hay pacifistas ni ateos en las trincheras. Se equivocaba. Uno de mis compañeros del ejército era un médico muy brillante y elocuente. Le pregunté por qué no llevaba un fusil o siquiera una pistola, y me respondió que era pacifista. Su pacifismo no era bien visto por algunos soldados de la compañía, y recibió algunas burlas y desprecios. Sin embargo, esto no pareció molestarle.

Estar bajo fuego enemigo tampoco parecía molestarle ni impedirle cumplir con su deber. Recuerdo haber visto a mi compañero arriesgar su vida muchas veces durante batallas aterradoras, corriendo sin miedo por diversos terrenos y atendiendo a los heridos. Entonces, un día terrible, vi su cuerpo sin vida, acribillado a balazos, muerto por el fuego de armas pequeñas del Viet Cong. Lo envolvieron en una bolsa para cadáveres para quitarse el polvo. Recuerdo el comentario de mi sargento de pelotón: «Ese pacifista podría haber vivido si hubiera tenido un arma para defenderse».

Recuerdo que cuando pensé en alistarme, me pregunté si podría ser objetor de conciencia. Al principio, me debatí mucho con esa idea, preguntándome: "¿De verdad podría matar a alguien?". Pero cuando finalmente me enfrenté a la disyuntiva en combate —matar o morir—, opté por la vida. Sin embargo, mi compañero se encontró en esa situación: no podía matar, pero decidió alistarse. Y lo enviaron a Vietnam. Deberían haberlo dejado en Estados Unidos. Terminó muriendo.

Los pequeños grupos de soldados del Viet Cong practicaban la guerra de guerrillas: atacaban, emboscaron y se retiraban a la selva. Registramos y destruimos los santuarios del Viet Cong con nuestros pequeños pelotones y patrullas. Mi compañía recibió órdenes de demoler sus túneles, destruir sus provisiones de víveres, confiscar sus municiones y detener a todos los prisioneros de guerra supervivientes.



La densa vegetación de las selvas de Vietnam del Sur era traicionera. Recuerdo escabullirme por senderos mortíferos y atravesar la espesa maleza, donde las trampas de bambú, hechas añicos y destrozadas, podían cortar un dedo. Recuerdo con asco las lluvias monzónicas, las sanguijuelas chupasangre que se arrastraban por todas partes y los despiadados mosquitos portadores de malaria. Cada ruidoso machete que abría un sendero en la selva infundía miedo al Viet Cong; nos oían y planeaban sus emboscadas en consecuencia. A veces, los aviones sobrevolaban rociando nubes anaranjadas de productos químicos para deshojar la selva. Este producto químico, conocido como Agente Naranja, a veces nos rociaban directamente encima. Al día siguiente, sufríamos graves erupciones cutáneas.

Durante una misión de búsqueda y destrucción de complejos de túneles, encontramos sacos de arroz de 45 kilos. El comandante de mi compañía convocó por radio a un equipo de demolición para que quemara el alijo de arroz con explosivos de fósforo blanco. Le supliqué al comandante que impidiera que el grupo de demolición quemara los sacos. Cuestioné su sentido de responsabilidad moral, recordándole los pueblos y aldeas que habíamos recorrido, donde habíamos visto a miles de refugiados hambrientos pidiendo comida. Amenacé con escribirle a mi congresista. Frustrado y furioso, subí a la pila con mi rifle y amenacé con quedarme allí y morir si era necesario, antes que permitir que la quemaran. Mi comandante ordenó a un escuadrón de soldados que me obligaran a bajar de la pila, pero nadie podía sujetarme sin recibir una patada rápida. El comandante entonces amenazó: «Baja o te someteré a un juicio militar». Finalmente, tras mucha insistencia inútil, cedió y dijo: «De acuerdo, baja, nosotros transportaremos el arroz». Pidió por radio vehículos blindados para transportar los sacos de arroz a las comunidades locales para su distribución.

Mi acto desafiante de insubordinación podría haber resultado en una severa sanción disciplinaria. Por suerte, solo recibí una reprimenda verbal del comandante de la compañía. Pero nunca olvidaré lo que me dijo: «Debes saber que ese arroz va a parar a manos del Viet Cong. Cuando nos vayamos, el Viet Cong vendrá y se lo robará a la gente».

A mediados de 1967, el Ejército de Vietnam del Norte marchó desde el sur de Laos por la Ruta de Ho Chi Minh. Nuestras tácticas militares cambiaron de la guerra de guerrillas a un movimiento de combate de tamaño de compañía. Nos enfrentamos a regimientos enteros de unidades de combate norvietnamitas en las tierras altas del norte de Vietnam del Sur. Aún recuerdo vívidamente la carnicería, los gritos de socorro de mis compañeros y el terror que sentí al ver a los muertos y moribundos. Luché en una de las batallas más sangrientas de Vietnam: la batalla de Dak To en noviembre de 1967. Extrañé profundamente a mis compañeros del ejército que murieron en esas montañas. En mi rabia y dolor, expresé abiertamente mi filosofía atea a cualquiera, quisieran escucharla o no.

Me sorprendió encontrarme de nuevo con el capellán antes de partir de Vietnam. Me preguntó retóricamente si alguna vez me había "salvado" y si había sentido la presencia del Espíritu Santo. Había oído rumores de que no creía en Dios y expresó su temor de que, si moría, iría al infierno. Le dije que no se preocupara por mí. Estaba feliz de vivir una vida larga y feliz. Antes de despedirme, le dejé un pensamiento inspirador: «Si crees que el Espíritu Santo es grande, intenta pensar con libertad, sin ataduras a supersticiones ni credos ritualistas».

En 1973, decidí que coincidía con la filosofía de la Asociación Humanista Americana. Necesitaba pertenecer a un grupo de no teístas que compartieran mi visión de la esperanza y que inculcaran métodos racionales de razonamiento, empatía social y habilidades de cooperación.

Hoy he redefinido mi sentido del patriotismo. Ser un estadounidense patriota significa reconocer que también soy ciudadano de una comunidad mundial; después de todo, una Tierra en paz no tiene fronteras hostiles. El Manifiesto Humanista II de la AHA me resultó sumamente atractivo. Ofrece alternativas constructivas para resolver conflictos sin guerras ni derramamiento de sangre en el futuro. El decimotercer punto del Manifiesto Humanista II proclama:


La comunidad mundial debe renunciar al recurso a la violencia y la fuerza como método para resolver disputas internacionales. Creemos en la resolución pacífica de diferencias mediante tribunales internacionales y en el desarrollo de las artes de la negociación y el compromiso. La guerra es obsoleta, al igual que el uso de armas nucleares, biológicas y químicas. Es un imperativo planetario reducir el nivel de gasto militar y destinar estos ahorros a usos pacíficos y orientados a las personas”.


Philip K. Paulson es licenciado en Periodismo, tiene una maestría en Administración Pública y una maestría en Gestión de Sistemas de Información. Es miembro activo de la Asociación Humanista de San Diego y demandante en un juicio federal contra la ciudad de San Diego para impugnar la constitucionalidad de una cruz latina colocada en el Parque Público Mount Soledad.


Traducido del original:

https://americanhumanist.org/what-is-humanism/i-was-an-atheist-in-a-foxhole/

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“Dicen que no hay ateos en las trincheras. Mucha gente cree que este es un buen argumento contra el ateísmo. 
Personalmente, creo que es un argumento mucho mejor contra las trincheras.”

Kurt Vonnegut