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lunes, 14 de septiembre de 2026

Los autores de los Evangelios se esforzaron mucho por probar la resurrección




Los autores de los Evangelios se esforzaron mucho por probar la resurrección.


Pero adoptaron un enfoque totalmente erróneo y fracasaron por completo.


28 de agosto de 2026

Por David Madison


Cuando un evento o episodio se relata en un solo evangelio, tenemos todo el derecho a sospechar. ¿Cómo es posible que los demás autores de los evangelios no se dieran cuenta, que no informaran, de algo que Jesús supuestamente hizo o dijo? ¿O de algo que sucedió como consecuencia de un evento relacionado con Jesús? El autor del evangelio de Mateo afirma que, cuando Jesús murió en la cruz —y esto se encuentra solo en Mateo—:

«Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después de su resurrección, salieron de los sepulcros y entraron en la ciudad santa, donde se aparecieron a muchos.» Mateo 27:52-53

¿Cómo prueba la resurrección de un cuerpo humano la existencia de la vida eterna? Una pregunta obvia sería: ¿Qué les sucedió a estos santos resucitados después de su peregrinación por Jerusalén aquella primera mañana de Pascua? ¿Regresaron a sus tumbas y volvieron a estar muertos? Si así fue, la resurrección temporal de sus cuerpos físicos no confirma la vida eterna.

¿O acaso estos santos siguen vagando por ahí, en algún lugar de la Tierra, hasta el día de hoy? Esa sería, sin duda, una versión muy pobre de la vida eterna.

Podemos sospechar que los autores de Lucas y Juan consideraron la historia de Mateo absurda e irrelevante. El evangelio de Marcos fue escrito antes que el de Mateo, por lo que probablemente nunca imaginó que estos santos resucitados hicieran lo que Mateo relata. Por lo tanto, podemos considerar Mateo 27:52-53 como una teología ridícula, que no merece ser tomada en serio.

Pero el principal obstáculo con el que nos topamos al intentar justificar la creencia en la vida eterna es la historia de la resurrección de Lázaro por Jesús; esta se encuentra únicamente en el Evangelio de Juan, 11:17-44. Recordemos que el autor del Evangelio de Juan —cuya identidad se desconoce— incurrió en una exageración teológica. Inventó los extensos monólogos de Jesús que no se encuentran en ningún otro lugar. Los estudiosos reconocen comúnmente que Juan fue el último evangelio escrito, muchas décadas después de la muerte de Jesús. Por lo tanto, resulta muy forzado argumentar que estas palabras —desconocidas para los demás autores de los evangelios— provienen de Jesús.

Y la historia de la resurrección de Lázaro es igualmente un ejemplo de inflación teológica. Es difícil evitar la conclusión de que el autor de Juan pensó en esto como una maniobra realizada por su versión de Jesús. Cuando Jesús recibió la noticia de que Lázaro estaba muy enfermo, dijo:

«Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella». Por eso, Jesús, aunque amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro, al enterarse de que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. (Juan 11:4-6)

El Jesús de Juan parece haber planeado cuidadosamente su próxima hazaña. Jesús les da la noticia a sus discípulos, quienes suponían que Lázaro estaba profundamente dormido: «Entonces Jesús les dijo claramente: “Lázaro ha muerto. Por ustedes me alegro de no haber estado allí, para que crean. Pero vayamos a verlo”» (Juan 11:14-15). Cuando Jesús llegó al área de la tumba, Marta lo saludó primero y le aseguró:

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás» (Juan 11:25-26). En otras palabras, el propósito de todo este espectáculo es poder hacer esta declaración. Juan, maestro de la exageración teológica, ha estructurado la historia con esto como eje central.

Marta advierte a Jesús que, dado que Lázaro lleva cuatro días en la tumba, habrá mal olor. Sin embargo, Jesús ordena que quiten la piedra y pronuncia un conjuro: «¡Lázaro, sal fuera!». «Y el muerto salió, con las manos y los pies atados con vendas y el rostro cubierto con un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo y déjenlo ir”». Unos días después, Jesús y Lázaro cenaron juntos, y también se nos dice que las autoridades religiosas querían matar a Lázaro, «porque por su causa muchos judíos se apartaban de la fe y creían en Jesús» (Juan 12:11). Así que ahí lo tienen: ¡el truco funcionó!

Pero nunca se nos dice cuál fue el destino final de Lázaro. ¿Murió de nuevo unas semanas, meses o años después? Después de la resurrección de Jesús, ¿pasaron tiempo juntos, tal vez junto con todos aquellos santos que habían vuelto a la vida en sus tumbas, para vagar por Jerusalén la primera mañana de Pascua? Leemos en Hechos 1 que Jesús ascendió al cielo después de cuarenta días, pero no hay indicios de que Lázaro y todos aquellos santos resucitados fueran con él. Ni Juan ni Mateo parecen haber considerado las incómodas implicaciones de sus relatos fantásticos. La ascensión de Jesús al cielo, por cierto, es una fantasía ingenua, basada en la visión bíblica totalmente errónea de cómo está estructurado el cosmos: aquí estamos en la tierra, y a pocos kilómetros por encima de las nubes y debajo de la luna está el reino de los dioses, tan fácilmente accesible para los héroes santos, quienes, en realidad, morirían de frío, falta de oxígeno y radiación.

Cuando asistí a la Facultad de Teología de la Universidad de Boston a mediados y finales de la década de 1960, escribí un ensayo sobre Juan 11. Lo encontré recientemente entre mis archivos. Ofrecí un análisis detallado del relato, pero también era consciente de los problemas que planteaba para la teología cristiana.

Francamente, el problema es este: ¿Cómo puede alguien que no cree en la vida eterna sacar provecho de Juan 11, que se centra casi exclusivamente en este tema? Este es mi dilema, pues no logro afirmar la creencia en la vida después de la muerte. No estoy en contra de forma dogmática, y estoy abierto a cualquier argumento o evidencia que me convenza.

Luego cité a un miembro del profesorado que recientemente había confesado que "no le importaría que las cosas se hicieran realidad en el futuro, pero simplemente no se lo cree".



A continuación, continué explicando:

Incluso entendiendo la utopía en un sentido elevado o sofisticado como la unión eterna y definitiva o la unidad sin fin con Dios, yo tampoco lo creo. Todos los argumentos que he escuchado a favor de la creencia en la vida eterna no me han convencido; las preguntas que la rodean son demasiado complejas: ¿En qué momento de la evolución humana recibió el alma capaz de la existencia eterna? ¿Quiénes de la humanidad la obtienen? ¿Solo los cristianos? ¿Solo algunos cristianos? ¿Toda la humanidad, incluso aquellos para quienes tal concepto es ajeno? ¿A qué edad se adquiere este derecho? ¿Los bebés, al no ser aún conscientes de sí mismos, califican? ¿Se es consciente en la inmortalidad? Si no, ¿qué diferencia hay? Si lo es, ¿qué se hace durante los próximos millones de años? Dado que sé que no existía antes, ¿por qué es necesario creer que existiré después? Me molesta que me digan con hipocresía que estas son 'preguntas que no se pueden formular'”. Esto parece una forma superficial de abordar cuestiones complejas; suficientes preguntas imposibles de formular y responder como para justificar el escepticismo. Los hebreos parecían prescindir del concepto de inmortalidad, y por consiguiente, sus escrituras que hablan de «polvo al polvo» (Génesis 3:19) y de «toda carne es hierba» (Isaías 40:6-8) me resultan atractivas: concuerdan plenamente con lo que me siento impulsado a creer.

El profesor que calificó mi ensayo le dio una A. Lo cual, al recordarlo, es realmente sorprendente, ya que no creía en uno de los pilares fundamentales de la fe cristiana. Esto sucedió mientras aún cursaba mi licenciatura en teología, tras la cual dediqué varios años a mi doctorado en estudios bíblicos. A menudo he dicho que, para cuando terminé el doctorado, me había convertido en ateo, debido a importantes fallos teológicos que el seminario me hizo ver. Renuncié a mi ordenación, renuncié a mi puesto como ministro (había sido pastor de dos parroquias metodistas) y, finalmente, con mucho estrés y angustia, logré iniciar una exitosa carrera en el mundo empresarial.

Pero a lo largo de los años me he preguntado muchas veces: ¿cómo es posible que los devotos no se den cuenta de lo absurdo, de lo banal, de tantas cosas que encontramos en la Biblia?

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Pero ¿qué hay de las descripciones evangélicas de la resurrección de Jesús? ¿Son más fiables? Lamentablemente, no. Como ya se ha señalado, según los evangelios, nadie presenció la resurrección de Jesús. Analicemos los cuatro, comenzando por el primero en ser escrito.


La resurrección en Marcos

En Marcos 16:1 leemos que María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé fueron al sepulcro de Jesús para ungir el cuerpo con especias. Se sorprendieron al ver que la gran piedra que sellaba el sepulcro había sido removida. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven vestido de blanco, quien les anunció que Jesús había resucitado y que se encontraría con sus discípulos en Galilea. En el versículo 8 leemos que huyeron del sepulcro, presas del terror y el asombro, y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo. Una pregunta natural, por supuesto, es cómo pudo el autor de Marcos —quienquiera que fuera— conocer esta parte de la historia si «no dijeron nada a nadie».

Tras una cuidadosa comparación de manuscritos antiguos, parece que aquí termina el evangelio de Marcos. Sin embargo, este final es tan abrupto que quizás el rollo se dañó y se perdió. Por lo tanto, no sorprende que escribas desconocidos añadieran otros finales. Existe este texto que se añadió en algún momento:

Y todo lo que les había sido mandado, se lo contaron brevemente a los que estaban alrededor de Pedro. Y después, Jesús mismo envió por medio de ellos, de oriente a occidente, el santo e imperecedero anuncio de la salvación eterna.”

Luego está el “final largo”, que desde entonces se ha designado como los versículos 9-20. Allí leemos que Jesús se apareció primero a María Magdalena, “de quien había expulsado siete demonios”. Ella fue a contarles la noticia a los discípulos, “pero cuando oyeron que estaba vivo y que ella lo había visto, no lo creyeron” (v. 11). Más tarde se apareció a dos discípulos que caminaban por el campo: “Y ellos regresaron y se lo contaron a los demás, pero no les creyeron” (v. 13).

Entonces Jesús se apareció a sus once discípulos y los reprendió por su incredulidad; pues, según el Evangelio de Marcos, les había dicho tres veces que resucitaría. Luego les encomendó la tarea de ir por todo el mundo a predicar la buena noticia a toda la creación.

Luego encontramos el texto que probablemente ganaría el primer premio al fanatismo de culto:

Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán en nuevas lenguas; tomarán serpientes en sus manos, y si beben algo venenoso, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y estos sanarán” (vv. 17-18).

He conocido a tantos cristianos devotos que sospecho que la mayoría de ellos no conocen estos versículos, y la mayoría los rechazarían ya que nunca han puesto a prueba su fe mediante tales métodos.

Este final afirma que Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de su dios, tras lo cual los discípulos hicieron lo que él les había mandado, predicando las «buenas nuevas» por todas partes. Esto contradice el momento mencionado en Hechos 1, donde se indica que Jesús ascendió cuarenta días después.

Tenga en cuenta que algunos traductores/editores bíblicos poseen una gran habilidad para el engaño. Imprimir las palabras de Jesús en rojo es un buen ejemplo de ello. Saben que es imposible verificar las palabras de Jesús que aparecen en los evangelios, ya que sus autores nunca revelan sus fuentes. Algunos eruditos conservadores/evangélicos pueden creer firmemente que los evangelios fueron inspirados divinamente, por lo que consideran apropiada la práctica de imprimir las palabras de Jesús en rojo. Sin embargo, esto sigue siendo un engaño, pues la «inspiración divina» se basa en la fe, no en hechos verificables.

Otra práctica engañosa consiste en atribuir variantes textuales a «otras autoridades». No tenemos ni idea de quién escribió los evangelios, así que ni siquiera los autores originales pueden considerarse autoridades. En cambio, se les puede considerar propagandistas de sectas. Las dos adiciones a Marcos 16 que mencioné anteriormente también se atribuyen a autoridades. Pero no tenemos ni idea de quién escribió e insertó esos textos adicionales. Es pretencioso llamarlos autoridades. Sobre todo cuando el texto afirma que los verdaderos cristianos podrán expulsar demonios, beber veneno sin sufrir daño alguno y coger serpientes. Ese tipo de disparates provienen de fanáticos de sectas: lo último que yo haría sería llamarlos autoridades.


La resurrección en Mateo

Tras el escalofriante relato de Mateo sobre santos resucitados que vagaban por Jerusalén la primera mañana de Pascua, ¿no se habría visto seriamente dañada su credibilidad como autor? Pues bien, en la época en que escribió, en absoluto. Era una época muy supersticiosa, propensa también al pensamiento mágico. Pero los lectores de hoy deberían tomarlo como una advertencia de que no es de fiar.

En el capítulo 28 de Mateo leemos que cuando María Magdalena y otra María fueron al sepulcro, hubo un gran terremoto, y un ángel descendió del cielo para quitar la piedra de la entrada. El ángel les ordenó que les dijeran a los discípulos que Jesús había resucitado, y ellos salieron a hacer lo que se les ordenó. Pero Jesús mismo se les apareció con una sugerencia similar: «No tengan miedo; vayan y digan a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (v. 10). Los discípulos llegaron a Galilea; «Cuando lo vieron, lo adoraron, pero dudaron». Esto es un toque de propaganda sectaria. Es normal dudar de que Jesús resucitó; incluso sus discípulos no estaban tan seguros. Entonces Jesús da su instrucción final: «Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado. Y recuerden que yo estoy con ustedes siempre, hasta el fin del mundo». (vv. 19-20) Este es el final del evangelio; aquí no se menciona la ascensión de Jesús al cielo.


La resurrección en Lucas

En el último capítulo de este evangelio leemos nuevamente que las mujeres fueron al sepulcro, descubrieron que el cuerpo de Jesús no estaba, pero se sobresaltaron al ver a «dos hombres con vestiduras resplandecientes» junto a ellas. Estos hombres les recordaron lo que Jesús había predicado acerca de su papel divino. Las mujeres —identificadas en el versículo 10 como «María Magdalena, Juana, María la madre de Santiago y las otras mujeres que estaban con ellas…»— se apresuraron a contar a los apóstoles lo que habían presenciado en el sepulcro. «Pero estas palabras les parecieron un cuento sin sentido, y no las creyeron » (v. 11). Algunos manuscritos antiguos incluyen otro versículo que indica que Pedro corrió al sepulcro para verlo con sus propios ojos y regresó a casa asombrado.

Quizás inspirado por Marcos 16:12 (donde Jesús se apareció a dos discípulos que caminaban por el campo), el autor incluye un episodio que solo se encuentra en este evangelio: la cena en Emaús. Jesús se les aparece, pero no lo reconocen. Le cuentan los terribles sucesos que acababan de vivir, y este desconocido los reprende por no haber creído lo que los profetas de antaño habían predicho acerca de Jesús. Lo invitan a cenar con ellos en la aldea de Emaús: «Estando a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista» (vv. 30-31).

¡Puf! ¡Jesús se ha ido! Robert Conner argumenta, en su libro “Apariciones de Jesús: La resurrección como historia de fantasmas”, que los relatos de la resurrección de Jesús se basan en historias de fantasmas que circulaban en aquella época.

Estos dos discípulos volvieron con los demás para contarles lo sucedido, pero Jesús mismo se les apareció a todos. «A pesar de su alegría, seguían sin creer …» (v. 41). En la última sección breve de este capítulo leemos que Jesús y los discípulos se dirigieron a Betania. «Mientras los bendecía, se apartó de ellos y fue llevado al cielo» (v. 51). Muchos estudiosos del Nuevo Testamento suelen asumir que el evangelio de Lucas y el libro de los Hechos fueron escritos por el mismo autor. Sin embargo, existe una discrepancia, ya que en Hechos 1 leemos que la ascensión al cielo ocurrió después de cuarenta días.


La resurrección en Juan

Este es el tema de los capítulos 20 y 21 del Evangelio de Juan. María Magdalena, antes del amanecer, fue al sepulcro y descubrió que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Inmediatamente fue a avisar a Pedro y al discípulo a quien Jesús amaba que Jesús no se encontraba en el sepulcro. Ellos corrieron al sepulcro, comprobaron que María decía la verdad y luego regresaron a casa. María permaneció junto al sepulcro, llorando, y Jesús se le apareció, aunque al principio no lo reconoció. Pero cuando lo hizo, pronto salió a contarles a los discípulos que había visto a Jesús resucitado.

Más tarde, Jesús se presentó entre los discípulos —a pesar de que las puertas estaban cerradas— y conversó brevemente con ellos. Pero Tomás no estaba y se negó a creerles a los demás que habían visto a Jesús. Una semana después, Jesús se les apareció de nuevo, y Tomás estaba presente; esta vez sí creyó. El propósito del autor al incluir este episodio es claro: «Jesús le dijo: “¿Has creído porque me has visto? Bienaventurados los que no han visto y han creído”» (20:29).

Esta es una práctica habitual en las sectas: no pidas pruebas, simplemente cree lo que te decimos.

El capítulo 21 es realmente extraño. Jesús y siete discípulos están reunidos en el mar de Tiberíades, y los discípulos han estado pescando, pero sin mucha suerte. Jesús recomienda echar la red al otro lado de la barca, y la pesca es enorme. Y todos desayunaron pescado cocido. El discípulo a quien Jesús amaba también tiene un papel importante aquí. El evangelio termina con este alarde (y arrogancia):

«Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero. Pero hay también muchas otras cosas que hizo Jesús; si se escribieran una por una, supongo que ni el mundo entero podría contener los libros que se escribirían» (vv. 24-25).

Este evangelio contiene tantas cosas inverosímiles —y, francamente, increíbles— que el autor, sabiendo perfectamente que los otros evangelios se habían escrito antes que el suyo, quiso demostrar la veracidad del testimonio de este discípulo. Pero así no se escribe la historia auténtica. Necesitamos pruebas fiables, verificables y objetivas para fundamentar los relatos en la historia.

Ninguno de los relatos de resurrección en los evangelios cumple con este estándar. Los autores de los evangelios eran narradores, propagandistas de cultos, y mintieron sobre lo que le sucedió a Jesús. Él no pudo haber «ascendido al cielo». A solo unos kilómetros sobre la Tierra y sus nubes, hay un frío intenso, radiación y falta de oxígeno. Jesús no pudo haber abandonado este planeta. Los autores de los evangelios son culpables de encubrimiento, aunque no se habrían dado cuenta debido a su teología ingenua.

El supuesto cuerpo resucitado de Jesús está enterrado en algún lugar… a menos que nunca haya existido.


David Madison fue pastor de la Iglesia Metodista durante nueve años y tiene un doctorado en Estudios Bíblicos por la Universidad de Boston.


Traducido del original:

https://www.debunking-christianity.com/2026/09/the-gospel-authors-tried-so-hard-to.html

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Ver:

lunes, 31 de agosto de 2026

El Origen de los Mitos Cristianos (Parte II)




El Origen de los Mitos Cristianos (Parte II)


¿Por qué los mitos Cristianos tienen más probabilidades de ser ciertos que los de las demás religiones, en los que también creen fervientemente otras personas?


Ver: El Origen de los Mitos Cristianos (Parte I)


El mormonismo es otro culto relativamente reciente que, a diferencia de cultos como el de John Frum o el del cargamento, o el de «Elvis ha vuelto», se ha propagado por todo el mundo y ha acumulado riqueza y poder. El fundador fue un hombre del estado de Nueva York llamado Joseph Smith. Aseguró que, en 1823, un ángel llamado Moroni le dijo que desenterrara algunas planchas de oro en las que había unas inscripciones antiguas. Smith dijo que lo hizo, y tradujo los escritos de una lengua egipcia antigua al inglés. Se ayudó de una piedra mágica que colocaba en un sombrero mágico. Cuando miraba dentro del sombrero, la piedra le revelaba el significado de las palabras. Publicó su «traducción» al inglés en 1830. Extrañamente, el inglés no era el inglés de su tiempo, sino un inglés de hacía más de dos siglos, el inglés de la Biblia del rey Jacobo. Mark Twain bromeó diciendo que, si se eliminaban todas las repeticiones de «y aconteció que» del Libro de Mormón, este se quedaría reducido a un panfleto.

¿Por qué? ¿A qué se creía Smith que estaba jugando? ¿Creyó que Dios hablaba inglés? ¿Un inglés del siglo XVI? Me recuerda a la historia (puede que falsa, pero muy fácil de propagarse, como la historia de las muñecas infladas con helio) de una exgobernadora de Texas llamada Miriam A. Ferguson. A la señora Ferguson le disgustaba la idea de que el español pudiese convertirse en lengua oficial en Texas, y se cuenta que dijo: «Si el inglés era lo bastante bueno para Jesús, también lo es para mí».

El lector podría pensar que el uso de Joseph Smith de un inglés arcaico habría bastado para levantar las sospechas entre la gente de que era un farsante. Eso además de que un tribunal le había considerado culpable de fraude con anterioridad. Sin embargo, pronto atrajo seguidores, y ahora tiene millones. No mucho después de que Smith fuese asesinado, en 1844, su culto creció hasta convertirse en una nueva religión mayoritaria, con un líder carismático llamado Brigham Young. Cual Moisés (ya ve que los mitos se inspiran en mitos anteriores), Brigham Young condujo a sus seguidores en una peregrinación errante en busca de una tierra prometida. Y esta resultó ser el estado de Utah. Se puede decir que hoy en día dirigen en gran parte un estado. Y el mormonismo se ha propagado por todo el mundo bajo el nombre de «Iglesia de los Santos de los Últimos Días», o «LDS» (por sus siglas en inglés). Hay un templo colosal mormón en Salt Lake City y al menos cien grandes templos más en Estados Unidos y el resto del mundo. El mormonismo ya no es un culto local, como el culto de John Frum en Vanuatu. Entre los mormones hay prósperos líderes de la industria estadounidense, hombres trajeados con títulos universitarios y un hombre que casi se convirtió en presidente de Estados Unidos. Los mormones tienen que dar el 10 % de sus ingresos a la Iglesia, la cual, como resultado de ello, se ha vuelto fabulosamente rica, como usted mismo podrá comprobar si observa esos increíbles templos.

Estos prósperos caballeros mormones creen cosas que se sabe, basándose en evidencias científicas, que son absurdas: una completa y absoluta bobada inventada. Por ejemplo, el Libro de Mormón explica con detalle que los americanos nativos descienden de los israelitas que migraron a Norteamérica alrededor del año 600 a. C. Como si no fuera obvio, las pruebas de ADN demuestran concluyentemente que esa afirmación es falsa. Una vez más, el lector podría pensar que eso bastaría para demostrarle a los mormones que Smith era un charlatán. Pero nada de nada.

La cosa empeora. Algunos años después de crear el Libro de Mormón, Smith afirmó que había traducido algunos antiguos documentos egipcios que había comprado un coleccionista después de que fueran descubiertos cerca de Tebas, en Egipto. En 1842, Smith publicó su «traducción» como el «Libro de Abraham», asegurando que era una descripción de la vida de Abraham y de su viaje a Egipto. Hay muchos detalles de la vida temprana de Abraham y de la historia y astronomía egipcias, páginas y páginas. En 1880, el Libro de Abraham de Smith fue «canonizado» oficialmente por la Iglesia mormona.

Expertos en jeroglíficos egipcios sospecharon que la «traducción» de Smith era un fraude. Según lo que escribió en una carta de 1912 un comisario del Museo Metropolitano de Nueva York, el Libro de Abraham era «una auténtica invención… un fárrago lleno de tonterías de principio a fin». Pero los devotos mormones seguían manteniendo su fe en él, porque los papiros originales se supone que se perdieron cuando, en 1871, el museo de Chicago que los albergaba se incendió. Por desgracia para Joseph Smith, no todos los papiros se destruyeron. Algunos de ellos fueron redescubiertos en 1966. En esa época, los expertos entendían la lengua en la que estaban escritos esos documentos. Cuando se tradujeron correctamente, tanto por expertos mormones como por no mormones que conocían esa lengua, resultó que trataban de algo completamente diferente. Nada que ver con Abraham. La «traducción» de Joseph Smith era un engaño elaborado y obviamente deliberado.

Así pues, ahora sabemos a ciencia cierta que el Libro de Abraham de Smith fue una traducción fraudulenta de manuscritos que sí que existieron. Así pues, ¿no es probable que su anterior «traducción» del Libro de Mormón, utilizando una piedra mágica dentro de un sombrero mágico, a partir de «planchas de oro» que «desaparecieron» misteriosamente por lo que nadie más pudo verlas, también sea un fraude? Puede que usted piense que los mormones deberían haberlo visto así. Pero ni siquiera la obvia falsedad deshonesta del «Libro de Abraham» de Smith fue suficiente para hacer tambalear la fe de los creyentes.

Diría que esto demuestra el increíble poder del adoctrinamiento durante la infancia. A la gente que es educada en una religión le cuesta mucho desprenderse de ella. Y luego la transmiten a la siguiente generación. Y así sucesivamente. Actualmente, la Iglesia de los Santos de los Últimos Días es una de las religiones de crecimiento más rápido del mundo. Piense en ello y puede que entienda cómo, en una época anterior en la que no existían ni periódicos, ni internet, ni libros, nada más que los chismes transmitidos boca a boca durante décadas después de la muerte de Jesús, pudo tomar impulso el culto a Cristo: nacimiento de una virgen, milagros, resurrección, ascensión a los cielos y todo lo demás.

A diferencia de los mitos de Mormón y John Frum, los del Antiguo Testamento, como el del Jardín del Edén, se inventaron hace demasiado tiempo para que podamos saber cómo se iniciaron. Todas las tribus tienen su mito sobre la creación; no resulta sorprendente, ya que las personas sienten curiosidad por naturaleza por saber de dónde proceden, tanto ellos como todos los animales, y por saber cómo surgieron el mundo, el sol, la luna y las estrellas. La historia de Jardín del Edén es el mito judío sobre la creación. De los miles de mitos sobre la creación que existen en todo el mundo, fue el judío el que se incluyó en la Biblia cristiana —debido simplemente a dos accidentes históricos combinados: el hecho de que Jesús fuese judío y la conversión al cristianismo del emperador Constantino—. A diferencia de la historia de Noé, el mito de Adán y Eva no procedía de una fuente babilónica. Resulta bastante divertido que se parezca al mito de la creación de los pigmeos, personas de corta estatura que viven en los bosques del África Central.

Recordará que, según el mito judío, Adán fue creado a partir del «polvo de la tierra». Dios «sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente». En parte como haría un jardinero, Dios luego creó a Eva como si fuera una especie de esqueje, a partir de una de las costillas de Adán. A propósito, se asombraría al ver cuánta gente cree seriamente, basándose en este mito, ¡que a los hombres les falta una costilla!

Adán y Eva fueron colocados en un jardín encantador, el Jardín del Edén. Dios les dijo que podían comer cualquier cosa que quisieran del jardín, con una importante excepción. Un árbol particular situado en el centro, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, estaba estrictamente prohibido. Bajo ninguna circunstancia debían comer su fruto. Eso funcionó durante un tiempo. Pero entonces, una serpiente parlanchina se acercó furtivamente a Eva y la convenció de que comiera el fruto prohibido del Árbol del Conocimiento. Lo hizo y luego Eva convenció a Adán para que hiciera lo mismo. ¡Qué pena! Absorbieron de inmediato el conocimiento prohibido, incluyendo el hecho de que estaban desnudos. Avergonzados de su desnudez, se hicieron delantales con un par de hojas. Eso hizo sospechar a Dios, que «cuando el día comenzó a refrescar […] andaba recorriendo el jardín» (una frase preciosa). Se dio cuenta de que debían de haber comido el fruto prohibido. Estaba furioso. Los pobres Adán y Eva fueron expulsados eternamente del hermoso jardín. Adán y sus descendientes varones fueron condenados a trabajos agotadores durante toda la vida. Eva y sus descendientes hembras fueron condenadas a sufrir los dolores derivados de dar a luz. Y la serpiente y sus descendientes fueron condenados a arrastrarse por el suelo sin pata alguna (y seguramente también a perder la facultad de poder hablar).

Compare ahora el mito judío de la creación con el de los pigmeos. El parecido fue descubierto por un antropólogo belga que vivió con los pigmeos en el bosque Ituri, estudió su lengua y tradujo varias versiones parecidas de su mito sobre la creación. La siguiente es una de ellas.

Un buen día, en el cielo, Dios le dijo a su principal ayudante que creara al primer hombre. El ángel de la luna descendió. Modeló al primer hombre con tierra, lo envolvió con una piel, vertió sangre en su interior y perforó los agujeros de la nariz, ojos, orejas y boca. Hizo otro en la parte baja del primer hombre a través del cual introdujo en él todos los órganos. Luego sopló su propia fuerza vital dentro de la pequeña estatua terrosa. Entró en su cuerpo. Se movió… se sentó… se levantó… caminó. Era Efé, el primer hombre y padre de todos los que vinieron después.

Dios dijo a Efé: «Engendra hijos para poblar mi bosque. Les concederé todo aquello que necesiten para ser felices. Nunca tendrán que trabajar. Serán los amos de la tierra. Vivirán eternamente. Solo hay una cosa que les prohíbo. Ahora, escucha con atención, traslada mis palabras a tus hijos y diles que transmitan esta orden a todas las generaciones. El árbol tahu está absolutamente prohibido para el hombre. Nunca, sin excepción alguna, violes esta ley».

Efé obedeció estas instrucciones. Ni él ni sus hijos se acercaron al árbol. Pasaron muchos años. Entonces Dios llamó a Efé, «Sube al cielo. ¡Necesito tu ayuda!». Y Efé subió al cielo. Después de su marcha, nuestros antepasados vivieron acorde a sus leyes y enseñanzas durante mucho, mucho tiempo. Entonces, un fatídico día, una mujer embarazada le dijo a su marido: «Querido, quiero comer la fruta del árbol tahu». Él respondió: «Sabes que eso está mal». Y ella dijo: «¿Por qué?». Él dijo: «Va contra la ley». Ella dijo: «Es una estúpida ley antigua. ¿Quién te importa más, yo o una estúpida ley antigua?».

Discutieron y discutieron. Finalmente, él accedió. Su corazón palpitaba temerosamente mientras se adentraba en el profundo bosque. Cada vez se acercaba más y más. Y allí estaba, el árbol prohibido de Dios. El pecador cogió el fruto del tahu. Lo peló. Escondió la piel bajo un montón de hojas. A continuación, regresó al campamento y le dio la fruta a su esposa. Ella la probó.

Le insistió a él para que la probara. Y lo hizo. Todos los demás pigmeos dieron un mordisco. Todos comieron del fruto prohibido. Y todos pensaron que Dios nunca lo averiguaría.

Mientras tanto, el ángel de la luna observaba desde las alturas. Le transmitió inmediatamente un mensaje a su maestro: «¡El pueblo ha comido el fruto del árbol tahu!». Dios estaba enfurecido. «Habéis desobedecido mis órdenes —les dijo a nuestros antepasados—. ¡Moriréis por ello!».

Bien, ¿qué le parece? ¿Es una coincidencia? El parecido no es suficiente como para estar seguros. Puede que existan unos patrones enterrados en la mente inconsciente humana que surgen en forma de mitos. El famoso psicólogo suizo Carl Gustav Jung denominó a estos patrones inconscientes «arquetipos». Jung sugeriría que el fruto prohibido es un arquetipo humano universal que acechaba en las mentes de los pigmeos y los judíos, e inspiró de forma independiente sus dos orígenes sobre la creación. Puede que necesitemos añadir los arquetipos de Jung a nuestra lista de cómo se originan los mitos en todo el mundo. ¿Podría ser el mito tan extendido de una gran inundación mundial también un arquetipo junguiano?

Otra posibilidad, que puede que al lector ya se le haya ocurrido, es que la mitología pigmea no sea del todo original. ¿Podría haber sido contaminada en alguna fase por los misioneros cristianos? Los misioneros podrían haberles hablado de la historia de Adán y Eva, y luego, después de varias generaciones en las que el efecto del teléfono escacharrado en la profundidad del bosque produjo más de una confusión, la idea bíblica del fruto prohibido se incorporó al mito de la creación original de los pigmeos. Creo que es bastante probable. En contra de esto, Jean-Pierre Hallet, el antropólogo belga que tradujo el mito (por cierto, un personaje increíble; pruebe a buscar en Google su nombre más «badass»), estaba convencido de que la influencia funcionó en el otro sentido. Pensaba que la leyenda del fruto prohibido se originó en el pueblo pigmeo y se propagó a Oriente Medio a través de Egipto. Si alguna de estas historias es correcta, las diferencias entre los dos mitos demuestran una vez más el poder del efecto del teléfono escacharrado, ya que un mito se transformó en el otro.

Muchos mitos tribales, incluyendo el de Adán y Eva, poseen belleza poética. Pero hay un aspecto en el que, por desgracia, he de insistir, ya hay demasiadas personas que no caen en ello: no son verdaderos. No son historia. La mayoría ni siquiera están basados en algo que se puede definir como historia. Solemos pensar que Estados Unidos es un país avanzado e instruido. Y lo es, en parte. Sin embargo, es un hecho asombroso que casi la mitad de las personas de ese gran país creen que la historia de Adán y Eva es verdadera palabra por palabra. Por fortuna, la otra mitad también está presente, y ha hecho de Estados Unidos la potencia científica más grande de la historia del mundo. Nos podríamos preguntar cuánto más podrían haber avanzado si no se hubieran visto lastrados por la mitad científicamente ignorante que cree que todas y cada una de las palabras de la Biblia son ciertas.

Hoy en día, ninguna persona instruida cree que el mito de Adán y Eva o el del arca de Noé son literalmente verdaderos. Sin embargo, muchísima gente cree en los mitos relacionados con Jesús (como el de Jesús alzándose de la tumba), los mitos islámicos (como Mahoma cabalgando sobre un caballo alado) o los mitos mormones (como Joseph Smith traduciendo unas planchas doradas). ¿Cree usted que hacen bien? ¿Existen buenas razones que justifiquen que alguien se los crea? ¿Tanto como el mito del Jardín del Edén? ¿O el de Noé? ¿O el de John Frum y los cultos al cargamento? Y, si cree en los mitos propios de su religión, aquella en la que le criaron, ¿por qué esos mitos tienen más probabilidades de ser ciertos que los de las demás religiones, en los que también creen fervientemente otras personas?

Así pues, hemos analizado la Biblia como historia. Y en su mayor parte no lo es. Y luego la hemos considerado como mito. Una buena parte lo es, y no hay nada malo en ello. Los mitos son apreciados con razón. Pero no hay nada que indique que los mitos bíblicos tengan más valor que los de los vikingos, griegos, egipcios, isleños de la Polinesia, aborígenes australianos o de cualquiera de las innumerables tribus de África, Asia o las Américas.

Traducido del original:

Outgrowing God: A Beginner’s Guide to Atheism

Richard Dawkins

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