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lunes, 14 de octubre de 2019

Religión versus tecnología y ciencia. Un enfoque histórico y actual (Parte I) (Colaboración)




Nota Inicial:
La presente publicación fue escrita y elaborada por un colaborador y amable lector de este Blog. Este artículo NO fue escrito por el habitual escritor y responsable de este sitio Noé Molina. (*)

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Religión versus tecnología y ciencia
Un enfoque histórico y actual

(Parte I)


"Lo bueno de la ciencia es que es verdadera, lo creas o no"Jerry A. Coyne 

Faith vs Fact. Why science and religion are incompatible, Viking Press, Nueva York, 2015 

"La razón es el mayor enemigo de la fe; nunca viene en ayuda de las cosas espirituales, sino que lucha contra la palabra divina, tratando con desdén todo lo que emana de Dios. Debería destruirse la razón en todos los cristianos"

Martín Lutero

"En cada pueblo hay una antorcha encendida: el maestro; y alguien que pugna por apagarla: el cura"

Victor Hugo


La idea central de este texto es mostrar, con datos concretos y documentados, cómo las Iglesias cristianas han ido retrocediendo cada vez más en sus creencias y postulados, a medida que los conocimientos científicos avanzaron. Antes que se me diga que lo que voy a escribir no es ninguna novedad, adelanto que es cierto, todo lo que sigue es archisabido, pero los cristianos lo desconocen y, sobre todo, lo niegan cuando se trata de abordar los límites del conocimiento actual.

La religión es la solución más colosal que se haya dado jamás al problema de la inseguridad humana, al miedo a la muerte y a la angustia consecuente de la emergencia de la individualidad personal y de la libertad. No es por ello de extrañar que, aún basándose en principios falsos, haya tenido una ascendencia, una duración y una extensión tan grandes, como no las ha tenido ningún otro pensamiento, ideología o propuesta social, filosófica o sicológica. Solo recién desde hace poco más de 100 años, el desarrollo de una nueva forma de pensamiento, el método científico, ha logrado hacer retroceder sus fronteras y poner un límite cada vez más estrecho a tan monstruosa maquinaria originada en una necesidad evolutiva y en un vacío biológico.

Tanto la religión como la ciencia son fenómenos culturales que han estado presentes a lo largo de la historia desde la más remota antigüedad. A veces se corre el riesgo de suponer que la ciencia moderna empieza con el pensamiento racional del Renacimiento, olvidando todos los desarrollos anteriores. Esto es un error, ya que el nacimiento de la misma ciencia moderna no puede entenderse sin los desarrollos científicos anteriores. Ella nace en buena parte en el occidente cristiano y esta relación comienza con los primeros autores cristianos del siglo III, continuándose hasta nuestros días. En esos tiempos antiguos ya encontramos las grandes oposiciones históricas de la religión al racionalismo. El enfoque histórico es, por lo tanto, imprescindible para llegar a una visión correcta del problema. 

Jerry A. Coyne (Profesor de Ecología y Evolución en la Universidad de Chicago)  es un acérrimo defensor del ateísmo. Afirma que la religión y la ciencia son fundamentalmente incompatibles, que solamente la evaluación racional de los hechos es capaz de describir el funcionamiento de la naturaleza. A Coyne le inquieta el alto porcentaje de norteamericanos que se siguen declarando creyentes: incluso su número es alto entre los intelectuales y, para su pasmo, entre la flor y nata de la intelectualidad, los científicos y, entre estos, especialmente los biólogos evolutivos, donde, si bien hay un repunte de la cifra de ateos y agnósticos, todavía persiste un grupo no desdeñable de creyentes (cf. infra ¿Qué dicen las encuestas?). Quizá la desconcertante tozudez de algunos biólogos en mantenerse dentro de la fe de sus padres se explica –se atreve a sugerir Coyne con una cierta malicia– porque la financiación de sus costosas investigaciones de laboratorio proviene de instituciones y fundaciones dominadas aún por patronos creyentes. Coyne se ha quejado de que muchos biólogos colegas suyos afirman ser creyentes o no ven incompatibilidad entre la fe y la ciencia, porque tratan de no atemorizar y espantar a posibles donantes de fondos económicos. Por razones similares, orientarán sus investigaciones y expondrán sus resultados de tal manera que no molesten a sus patrocinadores. 

Básicamente, su tesis es sencilla de resumir y nos suena desde hace tiempo. Para Coyne, la ciencia es verdadera. Esta aseveración no necesita de pruebas, según él. Por otra parte, y este es el punto esencial de sus trabajos, la ciencia es, de hecho, incompatible con la religión (en todas sus versiones). La ciencia prueba la falsedad de las pretensiones religiosas. Todo el nervio de su tesis reside en la oposición de la ciencia y la fe, que se refleja en el versus del título de su libro y que recuerda el antagonismo propio de quienes combaten entre sí. Coyne sostiene que la ciencia contemporánea se caracteriza por una serie de rasgos que la dotan de objetividad y la acercan a la verdad todo lo humanamente posible. Lo más peculiar del conocimiento científico es su carácter de logro revisable. Nuevos descubrimientos dejarán obsoletas las teorías actuales e incluso mostrarán su falsedad. Lejos de disminuir su prestigio, la falsabilidad de las hipótesis científicas, su provisionalidad, su continuo estar a punto de verse desbancadas, proporciona a las teorías científicas su valor más alto. A diferencia de la ciencia, la fe de los diversos credos religiosos, no obedece a una metodología controlada objetivamente, ni sus afirmaciones admiten ningún tipo de crítica racional, no evolucionan ni progresan. La irrevocabilidad de los contenidos de la fe es su talón de Aquiles, su fallo esencial, que arroja a las religiones a la esfera de lo irracional y las convierte en antiguallas de las que es preciso desprenderse cuanto antes. No hay que ser un cristiano liberal (expresión reiterada de Coyne) para reconocer que la Biblia no es un tratado científico, ni aspira a describir el universo, ni las historias narradas en ella deben tomarse literalmente. Esto ya lo sabían los antiguos, aunque, sin duda, no lo tuvieron tan claro como nosotros. 


Relación histórica entre religión y ciencia

Conocer la historia del vínculo entre Iglesia y Ciencia resulta de interés en el mundo contemporáneo, para comprender de qué manera la Iglesia ha colaborado con u obstaculizado la investigación científica, tanto para impulsar algunos estudios como para oponerse a otros (por motivos doctrinales o morales). Los antiguos ignoraban la forma de actuar de la naturaleza e inventaron dioses para explicarla, uno para cada uno de los fenómenos y de los diferentes aspectos de la vida humana. Como la relación entre causa y efecto en la naturaleza era invisible a sus ojos, los dioses resultaban inescrutables y sus designios eran misteriosos, y merecían sacrificios para obtener su benevolencia. Fue con Tales de Mileto (624-546 a.C.), en la antigua Jonia, que empezó a tomar cuerpo la idea que la naturaleza no era regida por dioses, sino por principios que podían ser comprendidos y que pasaron a denominarse "leyes". O sea, el universo podía llegar a ser comprendido mediante la observación y la razón. Estos conceptos fueron afirmándose y ampliándose por otros filósofos jonios posteriores (como Anaximandro, Aristarco y Demócrito) y por la civilización helénica. Sin embargo, siglos más tarde el cristianismo se opuso a la noción que la naturaleza está regida por leyes independientes de dioses y a la idea que los humanos no son el centro del universo. En 1277, el Papa Juan XXI encomendó al Obispo Tempier de París que publicara la lista de errores o herejías (en total 219) que debían ser condenados. Entre esas herejías figuraba la idea que la naturaleza responde a leyes, "porque esto se opone a la omnipotencia de Dios".

Durante el primer milenio del cristianismo la ciencia tenía un papel secundario, pero para la Iglesia, más que enemiga, fue un instrumento confiable. La tradición científica de la experimentación creada por los filósofos pre-socráticos ya había sido relegada en su mayor parte por el pensamiento místico de Pitágoras y Platón. Durante el Imperio Romano la ciencia experimental y el desarrollo matemático prácticamente no existieron. Según Roger Penrose (Profesor emérito de matemáticas de la Universidad de Oxford) y Paul Davies (físico inglés, Profesor de la Universidad Estatal de Arizona y director del "Center for Fundamental Concepts in Science"), San Agustín tuvo una «intuición genial» acerca de la relación espacio-tiempo, al afirmar que el universo no nació en el tiempo sino con el tiempo, o sea, el tiempo y el universo surgieron a la vez, adelantándose así 1500 años a Einstein y su Teoría de la Relatividad. También San Agustín, quien tuvo contacto con las ideas evolucionistas de Anaximandro, sugirió en su obra "La Ciudad de Dios" que Dios pudo servirse de seres inferiores para crear al hombre infundiéndole el alma, y aunque defendía la idea que la existencia es dada por Dios, no todo organismo y lo inerte salían de él, sino que algunos sufrían variaciones evolutivas a partir de sus creaciones.

La religión católica como creadora de las Universidades, sí... pero "con excepción de las Verdades Reveladas"

La religión católica tuvo gran relación con la ciencia medieval. Durante los años de la Alta Edad Media (aproximadamente del 476 al 1000), la contribución de la Iglesia al movimiento científico fue de preservación y transmisión. La Universidad tuvo su origen en las escuelas monásticas y catedralicias. La Iglesia católica fundó las primeras universidades, tanto de Europa como de América y Asia. En Europa de las 52 universidades medievales, varias fueron fundadas o confirmadas por los Papas, entre ellas las de Bolonia, Oxford, Cambridge, Padua, Orléans, Salamanca, Sorbona, Lérida, Aviñón, Roma, Pisa, Heidelberg, Colonia, Leipzig, Lovaina. Con excepción de las "Verdades Reveladas", la razón fue entronizada para abordar la mayoría de los argumentos intelectuales y controversias. David C. Lindberg (1935-2015, historiador estadounidense especialista en el medioevo) dice: 

Dentro del sistema educativo el maestro medieval tenía un cierto nivel de libertad... pero existía un límite importante en lo referente a la teología. Dentro de esos límites el maestro disfrutaba de una libertad de pensamiento y expresión importante: casi todas las doctrinas filosóficas o teológicas fueron sometidas a escrutinio y crítica por los eruditos en la Universidad medieval.

Entre las primeras universidades de América, fundadas en el siglo XVI, figuran la Mayor de San Marcos y la de Santo Tomás de Aquino. En Asia por su parte, destacan como las primeras en crearse la de Santo Tomás, fundada por los Dominicos, y la de San Carlos, fundada por los Jesuitas, ambas en Filipinas.

Pero no creamos que esta orientación dogmática de la enseñanza universitaria y la investigación es solo "historia antigua". En España, tal vez el país más católico del mundo, la presencia constante y decisiva del Opus Dei desde la fundación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en 1939 por el gobierno de Franco, llevó a numerosas purgas en la comunidad científica y académica. Según el libro Enseñanza, ciencia e ideología en España (1890-1950), de Manuel Castillo Martos (Catedrático emérito de Historia de la Ciencia de la Universidad de Sevilla) y Juan Luis Rubio Mayoral (Catedrático de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla) en 2014, la Iglesia participó activamente en un proceso en el que 20 catedráticos fueron asesinados, 150 expulsados y 195 tuvieron que marchar al exilio. El franquismo delineó la nueva  política de educación universitaria, presentada por el Ministro Ibáñez Martin en los discursos de apertura de los cursos 1939-1940 y 1940-1941: "Haremos que un mismo pensamiento y una misma voluntad sean nota común de los afanes del profesorado. ... Ha de ser empeño del nuevo Estado impedir que las actividades científicas puedan en ningún caso ser instrumento perverso contra los sagrados principios de la Patria." Dos años después, la Ley de Ordenación Universitaria de 1943, consagra ya esos "principios" cuando afirma que la Universidad "acomodará sus enseñanzas a las del dogma y de la moral católica y a las normas del Derecho Canónico vigente". Y en la sesión plenaria de las Cortes que aclamó esta misma ley, Ibáñez Martín dejó muy claro que "... lo verdaderamente importante, desde el punto de vista político, es cristalizar la enseñanza del Estado, arrancar de la docencia y la creación científica la neutralidad ideológica y desterrar el laicismo, para formar una nueva juventud, poseída de aquel principio agustiniano de que mucha ciencia nos acerca al Ser Supremo. ... La ley no rehuye ningún medio eficaz para esta magna empresa... (¿amenaza?)" (tomado de Antoliano Peña, Veinticinco años de luchas estudiantiles, Horizonte español 1966, tomo II, p. 171, Ruedo ibérico, París, 1967). Como trasfondo de esto se encontraba "el espíritu de la Obra", algo que conviene no olvidar a la hora de atribuir responsabilidades. Aún hoy, siglo XXI, la pesada influencia del Opus Dei en el CSIC, las universidades y casi todos los ámbitos de la vida española y de muchos países, sigue siendo muy importante.


El rol fundamental de la tecnología

Si pudiésemos trasladar los campesinos de la Edad Media a nuestros días, imaginemos su reacción frente a un televisor, una computadora, un teléfono celular, un avión y mil cosas más que los avances tecnológicos hicieron posible: lo tomarían por magia, por fenómenos sobrenaturales, lo mismo que el relato de Moisés separando las aguas o cualquier otro "milagro" descrito en la Biblia. Dice muy acertadamente Arthur C. Clarke: "Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia".

El progreso de la ciencia depende del avance de la tecnología. Esta ha tenido, en los últimos años, un avance fulminante al servicio del conocimiento. Hace promedialmente 150 años (la vida de mi abuelo y su padre) los avances tecnológicos de hoy no se conocían, ni siquiera se imaginaban: el teléfono lo inventó Antonio Meucci en 1854, el fonógrafo en 1877 y la luz eléctrica en 1878 fueron inventados por Thomas Alva Edison, la radio por Guglielmo Marconi en 1894, la televisión en 1925 por el escocés John Logie Baird... y podemos seguir. Si en 1960 yo le hubiera dicho a mi padre que con "este aparatito que tengo en el bolsillo" (el celular), podía ver y hablar con sus parientes en Italia y ver en directo el partido que la selección uruguaya estaba jugando en Japón, me hubiera recomendado internarme en un manicomio. Intenten imaginar lo que vendrá en pocos años: computadoras cuánticas (ya existentes hoy en su forma rudimentaria), eliminación de todas las enfermedades genéticas, inteligencia artificial con sentimientos, transplantes de cerebros con memoria de la vida pasada, eliminación de la vejez por manipulación de genes, una vida interminable, autos voladores (ya en ensayo), viajes interplanetarios a velocidades hoy inconcebibles... ¿Y en 500 o 1000 o más años?


Las preguntas que la ciencia puede contestar

Antes de revisar en detalle los grandes enfrentamientos históricos y actuales entre la religión y el conocimiento científico, es necesario tener claro cuales son las interrogantes que la razón puede contestar. Los acérrimos defensores de las concepciones teológicas, frente a la avalancha de pruebas científicas que ridiculizan los postulados bíblicos, plantean el siguiente argumento: "la ciencia es insuficiente para explicar los "para qué", para qué existen el universo, la vida, el ser humano, cual es el objetivo y el fin último de estas realidades; la religión sí lo explica". Dejando de lado la falacia de "la religión sí lo explica", creo importante puntualizar el alcance y los objetivos del quehacer científico. La ciencia, el método científico, responde a las interrogantes “cómo” y “por qué” suceden los fenómenos, pero nunca a los “para qué” o simplemente a los “qué es”. Los átomos, las moléculas, las reacciones químicas, las células, los tejidos, los órganos, no tienen noción de finalidad: no proceden por el “hago esto para que suceda esto otro”. Solo se puede decir: el hacer esto “tiene como consecuencia” esto otro (y si es beneficioso para la sobrevida, el proceso será seleccionado y transmitido a la descendencia). Aquí doy un ejemplo muy simple, pero que se aplica en todos los ámbitos y profundidades de la ciencia.

Las células beta del páncreas producen y liberan a la sangre la hormona insulina que, entre otros efectos, favorece la incorporación de la glucosa en aquellas células que poseen en su membrana receptores específicos para retener y traducir a la hormona circulante. En este proceso, la ciencia puede responder el “por qué” se hace: porque existen afinidades bioquímicas intracelulares que permiten la formación de determinadas moléculas (aminoácidos en este caso) que forman parte de la insulina y de sus receptores. Y responde al “cómo” se hace: mediante el proceso de síntesis proteica que permite el ensamblaje de esos aminoácidos formando la proteína insulina y luego funciona un sistema de transporte que la vierte a la sangre (doy explicaciones muy generales porque el tema aquí no es profundizar en aspectos bioquímicos intracelulares). Pero la pregunta “para qué”, no tiene sentido: el páncreas no produce insulina “para que” favorezca la incorporación de glucosa a las células, no hay intencionalidad. Simplemente, “como consecuencia de” la aparición de la insulina y de la unión con su receptor, se desencadenan procesos de captación y transporte de glucosa. A su vez, estos procesos pueden ser estudiados en su “por qué” y en su “como”, pero no puede plantearse que la glucosa fue captada “para que” se obtenga energía de su metabolización intracelular. Y así sucesivamente. Por esto, la pregunta “qué es la vida” (o “para qué” existe la vida), no es procedente, carece de sentido: la ciencia le puede responder “por qué” existe la vida y “como” se produjo.


Las enfermedades de los tiempos antiguos

Los tímidos adelantos que griegos y romanos habían logrado en el terreno de la medicina, intentando explicar las enfermedades de forma empírica, fueron despreciados en la Edad Media por uno de los principales dogmas de la Iglesia: la enfermedad era un castigo divino, por lo tanto, para curar un enfermo lo principal era la confesión, el arrepentimiento y la penitencia. Este dogma no sólo supuso que los médicos se alejaran de sus investigaciones para buscar las causas reales de las patologías, sino que también los tratamientos que prescribían se centraban más en la oración y en creencias sin fundamento, que en verdaderas prácticas médicas. Y no sólo eso. Al ser la enfermedad el castigo por un pecado, el enfermo pasaba a ser considerado un pecador. Si el enfermo ya sufría de por sí con su mal, el hecho despectivo de ser considerado un pecador incrementaba aún más su sufrimiento. Llamativo es el ejemplo de los epilépticos que frecuentemente eran tildados de poseídos por el demonio.

"Cuando se declaraba una epidemia a lo largo del siglo XVIII, lo primero que los médicos prescribían era la cuarentena a las barriadas afectadas, aislándolas incluso por la fuerza si fuera menester. Lo primero que hacía la Iglesia era, como siempre, convocar rogativas en catedrales e iglesias, así como procesiones multitudinarias, para pedir al Señor que intercediera para lograr el cese del castigo divino. El clamor de los médicos ante la locura de juntar a la gente era como mínimo desoído, y algunos fueron amenazados tan seriamente que pagaron las consecuencias. Esto ocurría en casi toda Europa" ("El sueño de Sancho", Manuel Lozano Leiva, Ed. Debate, 2019).

La peste negra, peste bubónica o muerte negra, fue una pandemia que asoló Europa (y otras regiones) durante el siglo XIV. Acabó con más de un tercio de la población europea y con unos 45 millones de personas en todo el mundo. Faltos de explicaciones, ante lo desconocido y la necesidad de buscar un culpable, el mal se atribuyó a un castigo divino por los pecados de las poblaciones. En el Antiguo Testamento (Libro de Samuel II-24), Dios le da al rey David la elección entre tres castigos: siete años de hambruna, tres meses de guerra o tres días de peste. El rey elige la tercera opción. Durante la peste negra de Londres en 1665, el Arzobispo Lancelot Andrewes vio con mucha inquietud que la enfermedad afectaba por igual a los que tenían fe y rezaban y a los que no lo hacían. También se acusó a los judíos de causar la epidemia por envenenamiento de pozos de agua. En consecuencia, en muchos lugares de Europa se iniciaron pogromos judíos, bajo la batuta del cristianismo reinante: principalmente alrededor del 1350, hubo masacres de judíos en muchas comunidades europeas (por ejemplo, los judíos de Estrasburgo fueron quemados vivos). Las oraciones a diversos santos, las procesiones, las flagelaciones, la quema de herejes, las purgas y las sangrías fueron los principales tratamientos medievales contra la peste. Lo mismo sucedía con otras enfermedades mortales como el cólera, la lepra, la fiebre amarilla, la difteria, el tifus, la sífilis (algunas de ellas pertenecientes a épocas más cercanas): eran castigos de Dios, motivados por los inescrutables fines del creador del universo.

Pero poco a poco fueron apareciendo los conocimientos. En el siglo XVI, se descubrió que el aislamiento de los enfermos permitía limitar la propagación de las enfermedades. Esto ya no iba tan de la mano con un castigo divino, porque el hombre podía en cierta medida limitarlo. Se fue avanzando hasta lo que sabemos desde hace tiempo. Todo comenzó con el genial Louis Pasteur (1822-1895). Desarrolló la teoría germinal de las enfermedades infecciosas, inventó y desarrolló las vacunas, creó el proceso denominado "pasteurización", entre otras muchas cosas. Sus hallazgos son el inicio de la medicina científica, al demostrar que la enfermedad es el efecto visible de una causa, que puede ser buscada y eliminada mediante un tratamiento específico. Sus descubrimientos no suscitaron la oposición de la Iglesia, porque él mismo se declaraba ferviente católico. Se llegó a decir, con perversa tergiversación, que «la Iglesia tiene un papel primordial en la historia de la medicina, con grandes médicos católicos», como si fuera la Iglesia y no los médicos, la responsable de esos avances científicos. A partir de los trabajos de Pasteur se fueron descubriendo las causas de todas las enfermedades medievales. El origen de la peste se conoció en 1894, gracias a Alexandre Yersin: es producida por Yersina Pestis, un bacilo que se encuentra en las pulgas de las ratas. El cólera se debe al microorganismo Vibrio cholerae, por ingestión de agua o alimentos contaminados por restos fecales. La lepra es debida a la bacteria Mycobacterium leprae, y se contagia por contacto (por lo que, desde las primeras descripciones en el 600 a.C., fue siempre un motivo de exclusión social). Para no cansar, les ahorro la etiología y las formas de contagio de las otras enfermedades, por todos conocidas.

Esta desmitificación del "designio divino" fue posible gracias a los nuevos descubrimientos e invenciones, que ponían la tecnología al servicio del conocimiento. En 1590 Zacharias Janssen inventó del microscopio. En 1665 Robert Hooke, gracias a esta invención (con 50 aumentos), descubrió las células muertas en un fragmento de corcho. Unos años más tarde, en la década de 1670, el holandés Anton van Leeuwenhoek, un renombrado fabricante de microscopios, construyó uno de los mejores de la época (200 aumentos), con el que pudo por primera vez observar, dibujar y describir una célula viva. Con este equipamiento se visualizaron los agentes de las enfermedades mencionadas y, mediante la aplicación del método científico, se explicó su epidemiología. En 1928 Alexander Fleming descubre el primer antibiótico, la penicilina, y en 1935 el alemán Gerhard Domagk, de los laboratorios Bayer, descubre las sulfamidas. Con este arsenal terapéutico se logró "torcer la mano a Dios", tratando y curando a los enfermos que él había destinado a la muerte. Obviamente, frente a todo esto la Iglesia tuvo que "recular" y hace ya mucho tiempo que no sostiene la intervención divina en esos flagelos. No era Dios el causante de las pandemias, sino unos seres microscópicos, las bacterias y complejos moleculares replicantes como los virus y los priones. Sin embargo, esta creencia aberrante, que en tiempos antiguos podía justificarse por la ignorancia de los hombres, hoy todavía está presente y muchas sectas y sectores importantes de las religiones oficiales, así como grandes devotos santificados como la Madre Teresa de Calcuta, postulan, principalmente en África, que la epidemia de SIDA es un castigo del cielo por las conductas sexuales "anormales", principalmente la homosexualidad. Pero esta creencia se da de bruces con el hecho que las lesbianas no contraen SIDA, y las estadísticas han mostrado que son mucho más resistentes que los heterosexuales a todas las enfermedades de transmisión sexual. Esto refuerza la idea que la religión continúa siendo una amenaza para la salud pública.


Geocentrismo versus heliocentrismo

Durante más de mil años la Iglesia cristiana adoptó la idea del geocentrismo, concepto que no era original de ella. Pero luego de adoptarlo lo impuso férreamente como creencia indiscutible, muy conveniente a sus postulados teológicos: la tierra creada por Dios, era el centro del mundo y todo lo demás giraba en torno a ella. Quien opinara distinto era seriamente castigado. Hasta que en el Renacimiento llegó Nicolás Copérnico con su teoría heliocéntrica del sistema solar, apoyada y defendida por otros científicos de la época como Kepler y Galileo. Copérnico escribió el libro De revolucionibus orbium cœlestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), publicado póstumamente en 1543. La Iglesia católica lo prohibió incluyéndolo en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum hasta 1835 (hasta ese año la versión original no podía leerse sin incurrir en la condena inquisitorial). El autor fue considerado hereje por haber desafiado las enseñanzas religiosas al afirmar que la tierra gira alrededor del sol. “Necia y absurda en el aspecto filosófico” y “herética por contradecir las máximas de la Sagrada Escritura”, fueron los calificativos de la Iglesia para esa teoría. Su contenido asestaba un golpe aplastante a la religión y a la leyenda de la creación del mundo por Dios: Copérnico no sólo proponía una nueva forma de entender el universo, sino que contradecía la idea del hombre y de Dios que la Iglesia había defendido por más de mil años.

Una comisión de once teólogos consultores de la Inquisición (ninguno astrónomo), el 24 de febrero de 1616 censuró la teoría heliocéntrica reafirmando la inmovilidad de la Tierra, y el Papa Paulo V declara al heliocentrismo completamente contrario a las Sagradas Escrituras. Ordenó que "se avisara a Galileo (el otro gran defensor de la teoría) que abandone las citadas opiniones; en caso de que se niegue a obedecer, ordenarle que se abstenga de enseñar, defender o tratar esta doctrina y opinión en todo caso; y, en caso de no someterse tampoco en esto, llevarlo a prisión". El 5 de marzo de 1616 la Congregación del Índice publica un decreto bajo la orden de Pablo V, condenando de manera absoluta los escritos de Copérnico y prohibiendo su circulación hasta que sean corregidos, prohibiendo además todos los libros que enseñen la doctrina de la inmovilidad del sol. Estos edictos fueron publicados por el Maestro del Palacio Apostólico bajo las órdenes del Papa. Reproduzco un extracto de la condenación hecha por Pablo V (no es muy claro pero se entiende): “Y porque también ha suscitado la atención de la mencionada Sagrada Congregación... que Nicolás Copérnico en su De Revolutionibus Orbium Caelestium enseñó, y que es falsa y al mismo tiempo incompatible con la Divina Escritura ... por tanto para que una opinión tan ruinosa para la Verdad Católica no se deslice más de esta manera, la Sagrada Congregación decreta que ... De Revolutionibus Orbium Caelestium sea suspendido hasta ser corregido; y que todos los otros libros que de manera similar enseñan la misma cosa sean prohibidos: de acuerdo con ello prohíbe, condena y suspende todos ellos por el presente decreto”. Johannes Kepler publicó en 1621 “Epitome astronomiae copernicanae”, obra que ayudó a difundir el heliocentrismo y lo perfeccionó. Sus trabajos le valieron la persecución de la Iglesia, que lo mantenía amenazado. En 1633 Urbano VIII condena a Galileo a abjurar del heliocentrismo y ordena que se haga conocer su condena al mundo científico. Temeroso de ser torturado, Galileo, abjuró de su postura negándola ante un tribunal romano. Estos hechos muestran claramente la oposición de la Iglesia al avance de la ciencia y la razón. Nuevamente, el dogma tuvo que "recular". Juan Pablo II alabó la obra de Copérnico (no le quedaba más remedio, en el siglo XX no la podía negar).


El origen de la vida y del hombre

Dice el Antiguo Testamento que la vida fue creada por Dios (cf. infra). El cristianismo defendió esa idea por casi 2000 años. Pero el verdadero origen de la vida está hoy cerca de ser satisfactoriamente explicado y la ciencia maneja varias hipótesis. La más válida y aceptada es la del bioquímico ruso Aleksandr Ivanovich Oparin, conocida como 'caldo primordial o primigenio', que sitúa las primeras moléculas orgánicas hace más de 3000 millones de años. «La vida es un sistema químico autosostenido capaz de sufrir la evolución darwiniana» dice el biólogo molecular estadounidense Gerald Joyce. 

Según el Génesis, la humanidad se originó a partir de los dos primeros seres humanos creados, Adán y Eva, modelados con barro, hace poco más de 6000 años. ¿La creación del hombre hace 6000 años? Ya nadie lo cree... o casi nadie (algunos sectores fundamentalistas recalcitrantes como los Testigos de Jehová todavía hoy lo piensan) Los defensores de esta idea, en el siglo XIX (y me consta que aún hoy), cuando comenzó el descubrimiento y estudio de huesos de animales prehistóricos, decían (y dicen) que los fósiles fueron enterrados por Dios "para poner a prueba nuestra fe". El trabajo conjunto y mancomunado de múltiples disciplinas científicas modernas (biología, biología evolutiva, biología molecular, genética, anatomía, espeleología, antropología, paleontología, estratigrafía, geocronología, arqueología, historia, linguística, entre varias otras), ha demostrado que la línea humana se originó, hace alrededor de cuatro millones de años, gracias a un lento proceso de evolución y adaptación a partir de un antepasado común con los primates actuales. Los detalles de este proceso son tema de estudio e investigación constante por parte de las disciplinas involucradas. Pero para borrar el absurdo bíblico, la ciencia tuvo que trabajar muchísimos años y esperar el avance de las tecnologías, fundamentalmente la datación por C14. Y la doctrina cristiana siguió retrocediendo. En una obra reciente, "La vida en evolución: moléculas, mente y significado", el Nobel de Química Christian de Duve explica cómo ha llegado a la conclusión personal de que "el diálogo entre ciencia y religión es imposible", dado que la segunda rechaza los descubrimientos de la primera.


Creacionismo versus evolucionismo

En el occidente cristiano medieval se aceptaba literalmente el relato del Génesis sobre la creación de las especies: plantas y animales habían sido creados por Dios, independientemente, el tercer y el quinto día respectivamente: tal es el creacionismo. La teoría creacionista fue postulada inicialmente por el arzobispo irlandés James Ussher (1581-1656) y retomada muy posteriormente por el naturalista francés Georges Cuvier (1769-1832). Ellos afirmaron que el origen del hombre se explicaba en el Génesis de la Biblia. Sus ideas se mantuvieron vigentes hasta bien entrado el siglo XIX y cualquier opinión contraria era considerada como una herejía y ridiculizada por la ciencia oficial, que defendía las leyes bíblicas (1). Esta visión va entrar en colisión con los desarrollos de la geología, la paleontología y la biología y, principalmente, con la propuesta de Charles Darwin en su "teoría de la evolución" (El Origen de las Especies, 1859), en la que la variabilidad genética y la selección natural explican el origen de las especies, incluido el hombre, desde los primeros seres vivos. Para el pensamiento ortodoxo cristiano esto representaba eliminar toda referencia a un Dios creador. Es natural que la evolución se percibiera como una amenaza para la religión creacionista. A pesar que durante un tiempo las posturas evolucionistas se veían en ambientes eclesiásticos con sospecha, su aceptación terminó por imponerse. Incluso aunque al principio hubo, desde el punto de vista puramente científico, ciertas dudas y desconfianzas, el concepto de evolución se fue imponiendo y actualmente el acuerdo en la comunidad científica es unánime. Creo pertinente aclarar aquí que la evolución de los reinos animal y vegetal no es más una teoría, aunque todavía se la siga llamando incorrectamente así. La evolución es una realidad, como la luna, la luz eléctrica o la gravedad, y está avalada por miles de hechos, pruebas y argumentos de toda índole. Hoy la evidencia de la selección natural es abrumadora, llegando a ser el principio organizativo de la ciencia de la biología. Lo que sí existe todavía son teorías sobre la evolución, es decir acerca de los mecanismos involucrados (comportamentales, ambientales, genéticos, moleculares) que la causan. Recomiendo leer Why Evolution is True, J.A. Coyne, 2009, Viking Press, New York. 

Aunque durante muchos años los manuales de teología católica criticaron con severidad los postulados de Darwin, las relaciones de la Iglesia católica con el evolucionismo darwinista nunca han sido muy claras. Lo menos que se puede decir es que la Iglesia fue "muy cauta" en relación a este tema (la única condena fue en 1860 en un Concilio de obispos alemanes). Pío IX (papado de 1846 a 1878) no realizó una condena explícita de la evolución y, por su parte, la Comisión Bíblica sostuvo en 1909 que no se ha de buscar rigor científico en el Libro del Génesis en cuanto a la creación del mundo. A partir de 1950, Pío XII declaró que la evolución biológica "es una hipótesis sobre cuya plausibilidad es posible discutir". Pero no tenía argumentos para oponer, su doctrina era víctima de un sistema de pensamiento cerrado en el que no caben determinadas concepciones del mundo.

A partir de la difusión de la teoría de Darwin, algunos teólogos católicos manifestaron posiciones favorables a las nuevas ideas, que creían compatibles con la fe cristiana. La Congregación del Índice (institución oficial de la Iglesia Católica dedicada a la revisión y censura de publicaciones, entre los siglos XVI y XX; su nombre se debe a la difusión periódica del Índice de Libros Prohibidos, listado de obras repudiadas por el catolicismo) reaccionó de inmediato. La Iglesia advirtió y sancionó a varios eclesiásticos que adhirieron a la teoría de la evolución. Tres son los casos más conocidos.

- El sacerdote italiano Raffaello Caverni (1837-1900) sostenía que evolucionismo y cristianismo eran compatibles. En 1877 publicó un libro (Nuevos estudios de filosofía: discursos a un joven estudiante), en el que defendía esta posibilidad. El Arzobispo de Florencia denunció el libro a la Congregación del Índice y ésta condenó el texto en 1878.

- El dominico francés Marie-Dalmace Leroy (1828-1905) publicó en 1891 "La evolución restringida a las especies orgánicas", en el que se proponía mostrar que el evolucionismo es compatible con el cristianismo con tal que se mantenga en el ámbito científico y no se convierta en una filosofía materialista y atea. En 1894, el libro fue denunciado ante la Congregación del Índice y prohibido en 1895.  “La doctrina tal como se halla en el libro debe ser proscrita, y se invita al autor a retractarse públicamente como si fuera por propia iniciativa”. Ese mismo año, Leroy muestra su arrepentimiento diciendo “declaro que desautorizo, retracto y repruebo todo lo que he dicho, escrito y publicado a favor de esa teoría".

- El sacerdote norteamericano John Augustine Zahm (1851-1921), Profesor de física en la Universidad de Notre Dame, publicó en 1896 un libro titulado "La evolución y el dogma", en el que sostenía la compatibilidad del evolucionismo con la doctrina católica. La Congregación (del Índice) Preparatoria del 5 de agosto de 1898, expresó opiniones condenatorias sobre el libro de Zahm. Pero éste nunca se retractó públicamente (ni se hizo público el decreto de condena).

En el caso de los autores Leroy y Zahm, pertenecientes a una orden o congregación religiosa, hubo presiones hacia sus superiores para que interviniesen sobre sus súbditos, percibiéndose incluso ciertas amenazas veladas sobre éstos. 

La encíclica Humani generis, publicada por Pío XII el 12 de agosto de 1950 y cuyo tema central son "las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica", deja en claro que la Iglesia no se opone a la búsqueda del origen del cuerpo humano por el evolucionismo, pero sí se opone a que a partir de este se intente explicar el origen del alma humana. El documento deja en claro la esperanza del Papa de que la evolución fuera una moda científica pasajera, y ataca a aquellas personas que “imprudentemente e indiscretamente sostienen que la evolución explica el origen de todas las cosas”. El mismo documento condena el poligenismo, es decir, el sostener que la humanidad surgió no de una sola pareja macho y hembra, sino de una multiplicidad de ellas. 

Como vemos, una vez más la Iglesia tuvo que "recular". En octubre de 1996 ante la Academia Pontificia de Ciencias, Juan Pablo II afirmó, a diferencia de Pío XII más de 40 años antes, "hoy nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis". Obviamente, estas palabras llenaron páginas de periódicos y su discurso se recibió con entusiasmo entre la mayoría de investigadores. Sin embargo, y como era de esperar, los creacionistas expresaron consternación por las palabras del pontífice y sugirieron que todo podría deberse a una traducción defectuosa (el discurso de Juan Pablo fue en francés). Pero los recelos contra la teoría de Darwin recién desaparecerían cuando, astutamente, la Iglesia adaptó esta realidad científica a sus postulados dogmáticos sin que le faltaran argucias para seguir defendiendo lo mismo: la evolución, la selección natural y la vida sobre la tierra simplemente muestran los "métodos de Dios para crear y desarrollar el mundo". Dijo Benedicto XVI: "Hay tantas pruebas científicas a favor de la evolución que parece ser una realidad que enriquece nuestro conocimiento de la vida y el ser como tales. Pero, por otro lado, la doctrina de la evolución no responde a todas las preguntas, especialmente a la gran pregunta filosófica: ¿de dónde viene todo? ¿Y cómo comenzó todo lo que finalmente condujo al hombre? Creo que esto es de suma importancia". Aparece así el creacionismo evolutivo, teoría sostenida por los cristianos más conservadores que desean mantener a Dios involucrado. Esta teoría no rechaza la evolución de las especies, la acepta, pero sostiene que Dios es el creador y luego permitió la evolución, permaneciendo algo involucrado, ocasionalmente impulsando al universo en la dirección que debería ir. En particular, a medida que muchas especies se extinguieron, Dios espontáneamente creó otras nuevas para tomar su lugar. Otra teoría muy similar al creacionismo evolutivo, originada también en ámbitos religiosos como forma de intentar conciliar el teísmo con la teoría de la evolución, es la evolución teísta: postula la existencia de un creador y un propósito. A diferencia del diseño inteligente (cf. infra), acepta la evolución biológica, postulando que en ésta Dios crea al permitir el proceso natural: no hay intervención directa de Dios porque él ya calculó todo de antemano La evolución teísta y el creacionismo evolutivo difieren entre sí sólo por algunos aspectos de su doctrina, que no encuentro pertinente describir aquí. Richard Dawkins y el filósofo americano Daniel Dennett piensan que ambas teorías son tan sólo un «intento desesperado» final para justificar la existencia del teísmo.

Pero los enemigos de Darwin no se rinden. Entre 1981 y 2010, los tribunales de EEUU tuvieron que resolver distintas demandas de sectores fundamentalistas para que en la enseñanza se explicara, en pie de igualdad con la evolución por selección natural, el creacionismo o su versión más amable, el “diseño inteligente”, que requiere la intervención de un ser superior (El "diseño inteligente" es una teoría pseudo científica a favor de la existencia de Dios, cuyos partidarios afirman que «ciertas características del universo y de los seres vivos se explican mejor por una causa inteligente, no por un proceso ciego como la selección natural»: es una forma de creacionismo que carece de respaldo empírico y no ofrece hipótesis verificables, por lo que no es ciencia). En el caso McLean contra Arkansas, en 1981 y 1982, se juzgaba la decisión de ese Estado de imponer en las escuelas ese “equilibrio”. En el juicio ofició como perito el biólogo español Francisco J. Ayala, ex-fraile convertido en uno de los mayores expertos mundiales en evolución y uno de los representantes más ilustres del neodarwinismo. Allí Ayala afirmó que el debate sobre si Dios está detrás de la evolución era absurdo porque “la existencia de Dios no podía ser comprobada ni negada por la ciencia”. Por entonces el científico ya había dejado de considerarse católico. El veredicto dejó claro que el creacionismo no es ciencia, sino religión, por lo que introducirlo en las escuelas viola la separación Iglesia-Estado. En 2004, el caso Kitzmiller versus Dover Area School District, distrito que pretendía utilizar el libro “Of pandas and people” de W.A. Dembski y J. Wells, como base para enseñar el diseño inteligente y el creacionismo en su currículo de biología, se resolvió con más contundencia: el tribunal declaró inconstitucional el instruir en esas doctrinas. Luego la Universidad de California fue demandada por “discriminación religiosa”, por no reconocer el temario creacionista de escuelas privadas cristianas. Ahí Ayala fue más provocador al afirmar que “si Dios había diseñado el sistema reproductivo humano, era un auténtico chapucero y el mayor abortista del universo”. Manuel Bautista publica en 2015 La paradoja de Darwin o el enigma del Homo sapiens (Ed. Guadalmazán, Córdoba), con el propósito de señalar las supuestas “inconsistencias” de la evolución, que tacha de construcción ideológica, al tiempo que apunta al diseño inteligente. En este punto calza muy bien la pregunta del periodista, escritor y ensayista inglés Christopher Hitchens: ¿cuanta capacidad de tergiversación hace falta para tomar cada una de las nuevas ideas de la ciencia y manipularla hasta que "encaje" con las palabras reveladas por deidades de la Antigüedad inventadas por el ser humano?


(Continuará)



(1) Esta creencia es todavía hoy oficial en la doctrina cristiana. "Dios, después de haber creado al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26), ha calificado su criatura como «muy buena» (Gn 1,31), para más tarde asumirla en el Hijo (cf. Jn 1,14). Publicado por la máxima jerarquía católica en el año 2008, en la Instrucción Dignitas Personæ, elaborada por la Congregación Para la Doctrina de la Fe y aprobada por el Papa Benedicto XVI.

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(*) Nota Final:

El autor de esta publicación es "Alberto Cirio", fiel seguidor y colaborador de este Blog; quien amablemente me solicitó el compartir este artículo con el resto de los lectores; y al no estar en contra de la filosofía del Blog, es un honor para mí el poder publicarlo. El mismo "Alberto" se encargará de responder las dudas de los lectores a través de los comentarios.



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"Los seres humanos nunca hacen el mal de manera tan completa y feliz como cuando lo hacen por una convicción religiosa"

Blaise Pascal