lunes, 13 de septiembre de 2021

Dios y el Ateísmo (Colaboración)

 


Nota Inicial:

La presente publicación fue escrita y elaborada por un colaborador y amable lector de este Blog. Este artículo NO fue escrito por el habitual escritor y responsable de este sitio Noé Molina. (*)


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Dios y el Ateísmo


Las religiones que imperan en nuestro entorno, judaísmo, cristianismo e islamismo, para ellos y según sus dogmas de fe, aquí su Dios es único, el Supremos Hacedor, el Creador de todo. Nada existe excepto todo aquello que él quiere. Dios es omnipotente, omnisciente, omnipresente, bondadoso y eterno. El mundo y todo lo que lo constituye fueron creados por ese Dios con un único propósito. Creó a los seres humanos para que lo conocieren y amasen, honrasen, sirvieren y obedecieren solamente a él. Creemos que ese Dios pensó en términos machista, a pesar de ser un puro espíritu y no tener partes materiales ni corporales.


Él decretó que los humanos serán juzgados posterior a la muerte del como realizarán los planos que ese Dios tenía para todos ellos. Los que fallasen, los pecadores, estos serán punidos por toda la eternidad. Los que fueren bien sucedidos, serán recompensados por esa misma eternidad. La naturaleza exacta del premio o del castigo es bastante discutible, pero todos parecen concordar que los recompensados estarán en la presencia de Dios y los otros no.


Dios es representado como una figura paternal, de acuerdo con las antiguas estructuras familiares y patriarcales. Con esto Dios protege a su familia, pero también la gobierna a su antojo y sus mandamientos deben ser absolutamente observados.


Para el cristianismo Jesús de Nazaret es la manifestación humana de Dios. Para la mayoría de los cristianos esto significa que Jesús es al mismo tiempo Dios y Hombre. Esta doctrina es conocida como la Encarnación y es considerada un misterio de fe, es decir, que él puede ser al mismo tiempo humano y divino, por lo que transciende a la compresión de nuestra sapiencia adquirida durante tantos milenios de evolución. La razón y la lógica no pueden demostrar la verdad de tal creencia, pues resulta que sus bases tienen que ser la absoluta fe.

 

Aquí Dios impone mandamientos y ellos son la única base de toda moral. Ser una persona buena es obedecer los mandamientos de Dios. Aparentemente, si Dios mandase a los humanos cometieren asesinatos, eso sería moralmente justificable..., como así viene ocurriendo desde hace dos mil años… Pero, como se tiene por hecho de que Dios es bueno, los creyentes no necesitan preocuparse de lo que él pudiera mandar hacer sobre algo malo. Su naturaleza de omnisciente no lo permite.    

 

Ante estos conceptos los ateos llegan a la conclusión de creer y afirmar que los humanos crearon a Dios y no al contrario. Decir que el hombre, posiblemente por una necesidad de hace miles de años, creó a Dios es confirmar que la gran mayoría de los seres humanos están ilusionados, engañados, etc. ¿Cómo explicar el origen de esta ilusión y su persistencia?

 

Esto fue argumentado por Tomás Hobbes, (1588-1679); él negó categóricamente la existencia de la “substancia incorpórea”, todo y cualquier “espíritu” que eran para él productos apenas de la imaginación humana. Baruch de Spínola decía que la creencia en Dios se origina en el miedo y la superstición. Otros, como Sigmund Freud y Karl Max, defendieron que ese engaño subsiste debido al deseo de un padre protector y la inmortalidad, o como una potente droga contra las miserias y sufrimientos de la existencia humana.

 


Las personas que creen en Dios piensan que existen pruebas suficientes para soportar su creencia, o que no hay razón para dejar de creer en él. Algunas de ellas se alucinan pensando que razones fraudulentas, flacas, no soportadas son substanciales. Los otros, ellos mismos piensan al ver a los ateos como los obstinados y no quieren exponerse a un posible error en la sublime verdad. ¿Cómo pueden ocurrir estas ilusiones?

 

Los diferentes tipos de creyentes comparten una misma cosa: quieren creer tanto en su ilusión que se auto ilusiona pensando que son perfectamente racionales y razonables en la busca de sus alusiones, o que los ateos son irracionales en repudiarse ellos mimos. Aún tienen otros puntos en común: sus creencias les dan un sentido de poder y de superioridad. Algunas veces los llevan a destruir cualquier cosa que se les ponga por delante, o a lanzar bendiciones sobre las miserias del mundo, inclusive aquellas que ellos mismos causaran. Los creyentes del cristianismo en general creen tener el poder del conocimiento esotérico y sin olvidar algunas otras religiones más. No solamente temperan sus vidas: les dan un significado y un sentido que de otro modo no podrían vivir.

 

Para muchos creyentes de las distintas ramas del cristianismo el creer en Dios es algo que creen tener garantizado la felicidad para toda la vida, sin olvidar a la otra en el paraíso. El creer les da órdenes y significados a sus vidas. Se reúnen en una comunidad y se dan confianza entre sí y por supuesto, a sus propias creencias ante el avance de las ciencias y sus razonamientos.   

 

Los refuerzos en esas creencias son conseguidos mayormente por los responsables y estos llamados, en el catolicismo, papas, cardenales, obispos, curas; en el protestantismo, según las ramas, pastores, obispos, etc., ellos son inteligentes de espíritus, pues lo tienen que ser para poder tener a “las ovejas” en el redil. Esas personas pueden creer en Dios, o eso es lo que dicen, además de que algunos santos, científicos o Premios Nobel den también sus aprobaciones. Así mismo ellos se sienten más confortables en sus creencias y, por lo tanto, están en buena compañía. 

 

Conviene recordar de cuando nosotros éramos unos críos y durante muchos años crecimos en un “mundo de ángeles”, confesiones, misas solemnes, comuniones, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y Jesús el Divino Salvador sin olvidar a su Santísima Madre (y por cierto también nuestra…), y a todo eso y algo más a falta de lógica y racionalidad en aquellos momentos no la necesitábamos, eso vino después, aunque para algunas otras personas nunca ha llegado. Parecía tan natural creer tanto en la transubstanciación como darle al interruptor de la luz. Aprendías matemática, gramática, geografía, ciencias naturales, al igual que el catecismo y evangelios con lo cual en aquellos momentos no percibíamos los absurdos de tales paralelos que no nos alcanzó hasta años posteriores. Cabe pensar que para muchas otras personases es tan natural el creer en hadas, brujas, dioses, etc., como creer que el fuego quema. Pero es irrelevante el llegar a esos extremos más aún en los tiempos que nos ha toca vivir.

 

Los creyentes consideran que sus vidas tienen más sentido si Dios existe, problema de ellos. Entonces, ¿por qué para nosotros los ateos todo tiene más sentido si no “interviene” ese Dios? ¿Por qué el universo nos parece más inteligible como un mecanismo no diseñado y sí gobernado apenas por las fuerzas inmutables de la naturaleza y estas impersonales?

 

El concepto de un ser magnificente responsable por todo pero que juega al escondite en un juego cósmico que nos lleva a preguntar: ¿Cómo un Dios puede ser tan frívolo? Resulta que esa idea de la creación, mandamientos, recompensas, castigos, etc., no esclarecen nada. Cuando éramos niñ@s, allá por los años 50-60 ya aprendimos, unos antes otros después, la respuesta a la cuestión: ¿Por qué es que Dios nos creó, y para qué? En aquellos momentos a nosotros nos parecía normal… Tenía, digamos que un “misterio” solemne pues era un ser que apenas se revelaba en ocasiones especiales y a personas seleccionadas. Estábamos seguros de que cada uno de nosotros, en aquellos momentos, deseaba ser escogido para esa especial revelación. Pero ahora, a estas alturas de la vida con las experiencias vividas cuando escuchamos a personas que parecen inteligentes, decir que tienen visiones o escuchan voces que aseguran son divinas, o aquellas otras que practican actos mágicos, trances o curas milagrosas, nos preguntamos: ¿qué será lo más probable, que ese Dios hable con ellas o que estén engañadas o bajo todos los conceptos engañándonos? ¿Qué son más positivas las leyes que de la naturaleza hayan sido violadas por poderes especiales, o que haya habido fraude? Nunca han existido tales respuestas… Somos del parecer que cualquier persona, dentro de los principios básicos de la racionalidad, no se puede creer en visiones divinas, apariciones de deidades, voces o milagros con bases en testigos, mismo estos sean de primera mano, sin abandonar esos mismos principios.

 

El principio ateísta, ya que se puede probar por medio de la naturaleza, razón, ciencias, etc., Dios fue inventado no solamente una vez, han sido muchas y en muchísimas culturas; aún más, en la actualidad se sigue dándole diferentes formas según la situación del momento en cada país relacionando la secta que así lo necesite.

 

Eso nos lleva a que hay una semejanza dentro de esa invención con la naturaleza y experiencia con el pensamiento humano. Nacimiento, sexo, sufrimiento, muerte, etc., todo eso son hechos universales. Así pues, esas imágenes de Dios y las experiencias divinas, al igual que las utilidades de la propia invención, se reflejan en la universalidad de las experiencias compartidas.

 

Es bien sabido que para muchísimas personas el creer en ese o cualquier Dios, es creer que si él no “fuese real” estarían libres para cometer cualquier crimen. Ellos dicen que lo único que los detienen (que por otro lado es un engaño más ante la humanidad), es que fueron ordenados por el propio Dios el no “matar” y un largo etc. que no cumplen… Insisten en que sus vidas no tendrían sentido si no recibiesen las ordenes de ese Dios y lo que hay que hacer con ellas. Pero recapacitemos, ¿qué sentido tiene una vida en la que se basa apenas en obedecer ciegamente unas ordenes preestablecidas y aún absurdas?


Es obvio, ya lo hemos visto y lo estamos viendo constantemente a lo largo de la historia universal protagonizada por los hombres “consagrados a Dios” los “maravillosos” efectos en esas y otras obediencias ciegas para que nosotros los no creyentes, como también otras personas con el concepto de los razonamientos humanos de que no han sido positivos y sí donde nos están llevando…, y con el agravante de insacular seculorum…







(*) Nota Final:

 

El autor de esta publicación es "Zerimar Ilosit", fiel seguidor y colaborador de este Blog; quien amablemente me solicitó el compartir este artículo con el resto de los lectores; y al no estar en contra de la filosofía del Blog, es un honor para mí el poder publicarlo.


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Ateísmo… ¿Eso qué es? 
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viernes, 10 de septiembre de 2021

¿Un presidente Ateo? (Actualidad y Noticias)

 


¿Un presidente Ateo?

 

A Alejandro Gaviria le va a tocar elaborar, con más convicción, su discurso ante este tema.


Por: Fernán Martínez

05 de septiembre 2021, 09:33 p. m.

 

Científicos, pensadores y filósofos famosos han negado la existencia de Dios, pero solo cinco ateos ha sido elegidos presidentes.

 

Cuando Alejandro Gaviria no quería ser presidente sino investigador, escritor o programador, confesó en sus escritos, radio, prensa, televisión y redes que era ateo, ateo activista. Ahora le toca explicarles eso a las almas de los electores que les piden la bendición a sus padres o se las dan a sus hijos cuando salen de la casa, a los padres de los niños que se están preparando para la primera comunión o a los familiares de los enfermos agonizantes que les piden los santos óleos.

 

En Colombia, más del 97 por ciento de los ciudadanos son creyentes, practicantes o no practicantes. El país está consagrado al Sagrado Corazón de Jesús por el decreto 820 del 18 de mayo de 1902; desde ahí, todos los años, 71 días después de la Pascua, se celebra el día del Sagrado Corazón de Jesús, la imagen de Jesucristo con el corazón abierto, con una corona de espinas hendida en sus aurículas y ventrículos y con los dedos en posición VAR, pende en las paredes de hogares, escuelas, hospitales, talleres de mecánica, panaderías y hasta bares y cantinas.

 

Los 60 puntos del ideario de Gaviria compiten con las 12 promesas o plan de gobierno celestial del Sagrado Corazón de Jesús para esta vida y la otra, que seducen y convencen a millones de colombianos.

 

En el país donde Alejandro Gaviria quiere ser presidente, se le rinden de rodillas y con los ojos cerrados, rezos, plegarias y peregrinaciones al Divino Niño Jesús, al Señor Caído de Monserrate, La Virgen de Chiquinquirá, el Señor de los Milagros, la Virgen de Las Lajas o María Auxiliadora; en todas las guías turísticas aparecen destacados sus santuarios. En la Antioquia de Alejandro Gaviria destella la fe por santa Laura de Santa Catalina de Siena Montoya y Upegui, tanta que Caracol Televisión produjo una telenovela para horario AAA sobre la vida de esta religiosa.

 

Alejandro Gaviria le apunta con fe al voto de los jóvenes, donde la religiosidad disminuye debido a su estilo de vida, pero en el incierto país, la gran mayoría de adultos sigue atada al catolicismo o al cristianismo mutante.

 

El identitario religioso de Alejandro Gaviria no solamente lo obliga convencer a votantes de la derecha, la izquierda, del centro e intermedios; su labor más difícil la va a tener convenciendo a los que se echan la bendición cuando pasan frente a una iglesia, cuando van a una entrevista de trabajo, cuando despega su avión, o cuando se tiran a la piscina; le toca convencer a los taxistas que llevan colgados escapularios y rosarios en el espejo retrovisor, a todos los piadosos choferes de buses y camiones devotos de la Virgen del Carmen.

 

Con su discurso conciliador, su voz suave, sus citas literarias y con sus cachumbos desgonzados en la frente como Clark Kent cuando se viste de Supermán, debe no mosquear a los campesinos que llevan a bendecir sus animales y semillas a la iglesia del pueblo, a los que guardan estampitas religiosas en sus billeteras, a los que lavan las balas con agua bendita, a los monoteístas, incluidos los crecientes y disciplinados cristianos, a los pentecostales, a los que juran por Dios Todopoderoso y si así lo hicieren, Dios y la Patria os premien; si no, Él y ella os lo demanden. Las voces en los púlpitos y en las bodegas repletas de cristianos cantando alabanzas en sillas Rimax calan y deciden la X en el tarjetón.

 

En este largo viacrucis de 40 semanas de campaña, a Alejandro Gaviria le va a tocar elaborar, con más convicción, su discurso ante este tema que ahora se reduce a que es un ser espiritual y que eso lo demuestra en sus poesías.

 

¿Cuál es, entonces, su forma de no creer en Dios?

 

Para algunos impíos, el ateísmo es una forma de religión. ¿Será Alejandro Gaviria Uribe otro más de los cinco ateos elegidos en este mundo de 196 países, a la diestra de Pedro Sánchez, de España; José Mujica, de Uruguay; Rodrigo Duterte, de Filipinas; Alexis Tsipras, de Grecia, y Xi Jinping, de China?

 

¿Cumplirá con lo que ordena el artículo 192 de la Constitución de Colombia? Los milagros existen. FE.


Fuente:

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/fernan-martinez/un-presidente-ateo-columna-de-fernan-martinez-mahecha-615859

 

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La salvación del ateo

 

11 febrero, 2019

Por Alejandro Gaviria

 

El sábado anterior, en el festival literario Parque 93 en Bogotá, en medio de una conversación con  Piedad Bonnett, la periodista y librera Claudia Morales me hizo una pregunta paradójica, inquietante podría decirse: “¿es el ateísmo una especie de salvación?”

 

Había unas 300 personas sentadas en la grama, relajadas, pero vigilantes, pendientes de una respuesta concreta a la paradoja en cuestión. Me quedé inicialmente paralizado por unos segundos, confundido, con una mezcla de temor y desconcierto. Pasado el susto, traté de articular una respuesta. Me tocó echar mano de algunas ideas que había escrito o reseñado, en un contexto diferente, en mi libro Hoy es siempre todavía.

 

Los ateos, dije, sabemos que no hay salvación ni condena, estamos convencidos de que la muerte es para siempre. Sospechamos, además, que la vida no tiene un sentido intrínseco, que el absurdo es parte de todo esto. Pero no nos resignamos. Tratamos de inventar un sentido, de creernos un cuento, de buscar un propósito…“Podemos imaginarnos a Sísifo feliz”. En suma, esa búsqueda es nuestra salvación, la única posible.

 

Habría podido también mencionar, como respuesta, una suerte de invitación al optimismo trágico que leí hace algunas semanas en alusión a los poemas de la poeta uruguaya Idea Vilariño: “una sed de absoluto que se sabe perdida, la conciencia de la muerte, de la finitud del amor, la intensidad de algunas rebeldías y la intensidad también del deseo, pero sobre todo, la terca actitud ética de mirar esos límites con valor, de aceptarlos con libertad, de no engañarse”.

 

Mencioné, de paso, de manera burda, sin ahondar en los detalles, un poema tardío de Borges sobre Baruch Spinoza que resume la única salvación posible para el escéptico: inventar un dios personal, un sentido imaginario. Me habría gustado declamar el poema. No pude. No lo tenía en la memoria. Con los años la memoria se manda sola, caprichosa, registra solo lo que quiere. Vale la pena, en todo caso, traer a cuento el poema de Borges.

 

Nos lleva el tiempo como a las hojas los ríos, la muerte nos torna en nada, pero imaginamos un sentido, un dios sin odios, que nos enseña, en últimas, la importancia del «amor que no espera ser amado”. Esa es, quizá, la verdadera salvación del descreído.


Fuente:

http://agaviria.co/2019/02/la-salvacion-del-ateo.html

 

 

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"No cambio mi convicción de que no hay vida después de la muerte": 

Alejandro Gaviria

 

Alejandro Gaviria, el ministro de Salud, conmueve y reflexiona con ‘Hoy es siempre todavía’, un libro en el que aborda la enfermedad, la vida y la muerte a partir de su cáncer.

 

“Tenía miedo de morir tempranamente, miedo porque quería estar con mis hijos, de perderme ciertas cosas”

 

21/4/2018

Entrevista

 

Una mañana empezó a tener una sensación de llenura y un dolor fuerte en la parte superior del abdomen. En la tarde era insoportable y tuvo que salir hacia la Clínica del Country. Allí, junio de 2017, le diagnosticaron cáncer linfático, y la vida le cambió. Algunos meses después decidió consignar las experiencias que ha tenido desde entonces y por eso escribió Hoy es siempre todavía, la historia de cómo descubrí que el cáncer es como la vida, que aparece como una de las grandes novedades de la Feria del Libro de Bogotá. SEMANA habló con él.

 

SEMANA: ¿‘Hoy es siempre todavía’ puede entenderse como un mensaje de esperanza para los que padecen cáncer o cualquier otra enfermedad?

 

ALEJANDRO GAVIRIA: En el fondo es una celebración de la vida. Siempre tuve muy presente una frase de Jorge Luis Borges: “Todos los hombres, todos los días, tienen al menos un segundo de felicidad”. Y eso aplica también para los enfermos de cáncer: este libro también es para ellos, mis compañeros de lucha. Y además lo escribí como una forma de terapia y de catarsis, si se quiere, para mi familia y para mis amigos. Todos deberíamos contar la historia de nuestras vidas de una u otra manera.

 

SEMANA: Siempre vamos a decir lo mismo, que un ministro de Salud enfermo de cáncer no deja de ser irónico…

 

A.G.: Irónico y complejo. Jamás creí que mi enfermedad tendría una dimensión pública. El libro se origina en lo que podríamos llamar una ironía conveniente porque es el testimonio de un ministro de Salud que se enferma de cáncer, que tiene que atender sus inclemencias y que reflexiona, entre otras cosas, sobre algo que llama la atención en todos los países del mundo: las desigualdades en accesos a salud, por ejemplo.

 

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SEMANA: ¿Hoy está en capacidad de dar consejos a alguien que padece el cáncer?

 

A.G.: Yo solo puedo hablar de mi caso cándidamente. Tratar de contar la historia de cómo lidié con la enfermedad, con los miedos a la muerte, con estar muy enfermo en la casa por la tarde y sentir que a las tres y media llega mi hijo, notar que abre la puerta, oír sus pasos, cerrar los ojos y pensar: “¿Podré el año entrante estar esperando a mi hijo también?”. Y narrar cómo utilicé la literatura y la poesía. Me reunía en la tarde en la casa con mi familia y decía: “Recemos, recemos”. Y rezar era simplemente leer poemas. La poesía es mi religión. Por lo menos mi forma de orar, de celebrar y de protestar sobre el paso del tiempo.

 

SEMANA: Usted es un ateo confeso y dice en el libro que la gente le escribía cuando estaba enfermo: “Ahí tiene su merecido, enfureció a Dios”…

 

A.G.: Para mí era imposible dejar de creer en lo que creía. Hay una frase del filósofo Karl Popper, tal vez un poco arrogante: “A quien ha probado los frutos del árbol del conocimiento, le será negado el paraíso”. Después de haber leído sobre ciencia, sobre Darwin tanto tiempo, sobre nuestra insignificancia cósmica, no iba a pensar distinto porque un día me levanté enfermo de cáncer.

 

SEMANA: ¿Qué le decía exactamente la gente, cómo reflejaba el odio?

 

A.G.: Había tres tipos de mensajes: algunos religiosos me decían que desafié a Dios; otros expresaban frustración, por el sistema de salud; y otros, políticos, me increpaban: “Ya se gastaron toda la plata en la mermelada y no va quedar ni plata para curar su enfermedad”.

 

SEMANA: Entonces, ¿nada le hizo cambiar su visión de la vida?

 

A.G.: No, no dejé de pensar que he sido producto de lo que he vivido y he leído, no cambié, como dice mi hijo, que somos solo un punto en el espacio... No, no cambió mi convicción de que no hay vida después de la muerte, de que no hay un Dios omnisciente, observando todo lo que hacemos y pensamos. Pero sí cambió tal vez la urgencia de celebrar la vida, de celebrar las dichas diminutas, de sumar momentos felices a nuestras vidas, ojalá todos los días.

 

SEMANA: ¿Hoy qué lo hace feliz?

 

A.G.: Cosas en apariencia triviales, como que conversemos usted y yo sobre el libro, sobre la vida, sobre lecturas compartidas. Puedo decir que me hace feliz la perspectiva de sentarme con mi hijo a ver los partidos del Mundial de fútbol. Tengo una frase que me gusta decir y está en el libro: “La promesa de la felicidad es la felicidad misma”. La idea de pensar que de pronto voy a tener otras vueltas al sol en este planeta. ¿Sabe? Eso también me hace feliz

 

SEMANA: ¿Su existencialismo, que se entrevé en el libro, aumentó durante la enfermedad?

 

A.G.: Lo he traído desde muy niño y no sé si es un gen. Siempre me pregunto sobre nuestra futilidad. Alguna vez encontré una frase que creo repito en el libro: “Asumir quizás el absurdo de la existencia sin renunciar a los desafíos de la libertad”. Mejor dicho, tratar de construirle a la vida un sentido que intrínsecamente no tiene.

 

SEMANA: El libro, efectivamente, está lleno de citas, frases y poemas. Al comienzo, de hecho, hay una sentencia del científico Carl Sagan que dice que “estar a punto de morir es algo que él recomendaría”. ¿Qué tuvo en cuenta para seleccionar cada expresión?

 

A.G.: Las frases del libro vienen de dos o tres libreticas que yo tengo, en las que apunto pensamientos, cosas que leo o que quiero recordar. La de Sagan la leí en un momento duro, él murió de leucemia. Siempre fue muy optimista sobre su tratamiento, pero su historia cambió en cuatro meses y dijo la frase cuando creyó que ya había salido de la enfermedad. Yo siempre lo tuve en cuenta.

 

SEMANA: ¿Nunca dijo “Dios mío, ayúdame”?

 

A.G.: No me persigno, pero a veces sí utilizo la expresión “Dios mío”, como todos los seres humanos. Tal vez, la frase del libro que más me gusta es del poeta Fernando Pessoa, que dice que la “pobre humanidad gime en la oscuridad”. O sea, nosotros necesitamos algo de que aferrarnos en los momentos duros, como una enfermedad, porque es difícil estar pegado del vacío. Pero en mi caso no fue la religión, fue el libro.

 

SEMANA: ¿Lo tenía en la cabeza?

 

A.G.: Lo tenía en una libretica y quería escribirlo después de salir del ministerio, en agosto, pero leí sobre todo lo que tuvo que hacer a la vez Pilar Quintana para escribir La perra (maternidad, afugias del trabajo, escribir en un celular), y yo dije “no voy a esperar”: escribí el libro por la noche, los fines de semana y yo no sé si esta confesión me va a meter en problemas: en reuniones de gobierno, pues había momentos de relajación en los que sacaba mi cuaderno y empezaba a escribir, y todo el mundo decía: “Este cómo está de juicioso tomando nota”.

 

SEMANA: En el libro usted habla de diferentes conexiones o casualidades que hubo antes de su enfermedad…

 

A.G.: Nadie habría podido decir que yo como economista iba a terminar de ministro de Salud, me iba a enfermar de cáncer y que de alguna manera algunas cosas que hice previamente a mi enfermedad iban a adquirir un significado después de padecerla. La vida es también contar las historias y ser consciente de esas conexiones y saberlas narrar. Italo Calvino, en una frase que no utilizo en el libro, dice: “Las cosas solo le pasan a quien sabe contarlas”.

 

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SEMANA: ¿Qué tanto tiene que ver la religión en eso de querer alargar al máximo la vida?

 

A.G.: Una vez me criticaron por decir lo siguiente: yo creo que las religiones judeocristianas, a pesar de sus promesas del paraíso, no nos han enseñado a morir.

 

SEMANA: Muchos anhelan tener ‘muertes bonitas’… ¿Lo pensó?

 

A.G.: No, yo no pienso en muertes bonitas, pero sí en la eutanasia que es ‘buena muerte’. Lo malo de la vida es que tal vez lo peor viene al final. No existen muertes perfectas, pero yo creo que podemos morir mejor. Todos vamos a seguir viviendo después de morirnos, en los pensamientos, en los recuerdos de quien nos quiere, en nuestras familias. No puede ser que la imagen de sufrimiento las dos últimas semanas vaya a empañar los recuerdos de una buena vida.

 

SEMANA: ¿Este episodio le ayudó a afianzar su lucha pro eutanasia?

 

A.G.: Me ayudó mucho y es una de esas conexiones sobre las que llamo la atención en el libro. Antes de reglamentar por primera vez en América Latina la eutanasia legal, había leído bastante sobre la muerte digna, y este contacto con la muerte me ayudó a afianzar una idea. Yo creo que todos, en nuestros ámbitos más estrechos, en nuestra intimidad de las familias, deberíamos tener una conversación sobre cómo queremos morir; morir dignamente hace parte de vivir dignamente.

 

SEMANA: Usted tuvo que acogerse al sistema de salud en Colombia. ¿Qué puede decir de ese sistema?

 

A.G.: Yo creo que el sistema tiene elementos buenos, pero dos partes me preocupan. La primera, mirando las cifras sobre mi cáncer, linfoma no Hodgkin, encontré que entre el 15 y 20 por ciento de los pacientes no tienen un acceso oportuno a los tratamientos, pues pasan entre 5 y 10 semanas para comenzar las quimioterapias y eso puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. La otra es que cuando los tratamientos de primera línea no funcionan, a mí me funcionó por ahora, el sistema comienza a fallar en los tratamientos más complejos de segunda y tercera línea.

 

SEMANA: Puede surgir la sensación de que usted no le tenía miedo a la muerte…

 

A.G.: Si esa es la sensación, entonces escondí el miedo. Porque sí tenía miedo de morir tempranamente, miedo porque quería estar con mis hijos, miedo de perderme ciertas cosas, miedo de morirme primero que mis padres, miedo de tener una vida truncada. Pero en todo caso estoy preparado y, si llega el momento y esta enfermedad vuelve, pues he reflexionado tanto sobre el tema que podría decir: “Listo, señores, llegó la hora”.

 

SEMANA: ¿Existe la posibilidad de que vuelva?

 

A.G.: Completamente, completamente…

 

Fuente:

https://www.semana.com/gente/articulo/entrevista-a-alejandro-gaviria-tenemos-urgencia-de-celebrar-la-vida/564289/



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Sam Harris