lunes, 13 de julio de 2026

¿Es Jesús una figura histórica? ¿Existió en realidad? 5 Razones para dudar



¿Es Jesús una figura histórica? Cinco razones para pensar que nunca existió


¿Quién fue en realidad Jesús de Nazaret? Es una pregunta que se han hecho numerosos historiadores, cristianos o no.


Por Miguel Ayuso

07/09/2014 - 05:00


¿Quién fue en realidad Jesús de Nazaret? Es una pregunta que se han hecho numerosos historiadores, cristianos o no, desde el siglo XVIII, tiempo en el cuál se empezó a estudiar al hombre al margen de la religión. Desde entonces la mayoría de ellos, aunque discrepan en numerosos aspectos, coinciden en señalar que Jesús fue un predicador judío que vivió en las regiones de Galilea y Judea entre comienzos del siglo I y el año 30, cuando fue crucificado bajo el gobierno de Poncio Pilato. Esto es lo que casi todo el mundo da por cierto. Pero podría no serlo.

La realidad es que no existe ni un solo documento contemporáneo a Jesús que constate su existencia. Todo lo que sabemos sobre su figura –históricamente hablando– viene dado por relatos de los propios cristianos redactados, como poco, 30 o 40 años después de la muerte de Jesús. Relatos que, después, darían pie a la redacción de los Evangelios.


Para algunos académicos está claro que Jesús fue el efecto, no la causa, de la cristiandad”


Existen también referencias históricas no cristianas sobre Jesús pero, de nuevo, son posteriores al tiempo en que se supone desarrolló su actividad. La alusión directa más antigua a Jesús de fuentes no cristianas se encuentra en la obra del historiador judío-romano Flavio Josefo Antigüedades Judías, escrita en torno a los años 92 y 94 de nuestra era, más de cincuenta años después de la crucifixión de este.

Todo esto no quiere decir que Jesús no haya existido y, de hecho, la mayoría de académicos piensan que, pese a esta notable ausencia de documentación, Jesús tuvo que existir. ¿Quién si no podría inventarse todo lo sucedido? Pero, aunque se trata de una minoría, existe un grupo de pensadores que creen firmemente que Jesús nunca existió y es sólo una invención de los primeros cristianos para justificar su recién creada religión.


¿Historia mitificada o mito historificado?

Al margen de los académicos que creen a pies juntillas lo que dicen los Evangelios (también una minoría) la mayoría de investigadores del Jesucristo histórico creen que su figura responde a una mitificación. Según estos, los Evangelios no son más que una compilación de mitos e ideales, plagadas de nombres y lugares reales, elaborados por las primeras iglesias cristianas para apuntalar las lecciones que les habían sido transmitidas de forma oral. Lecciones que, en cualquier caso, sí habría trasmitido el propio Jesús a sus discípulos.


No existe ninguna mención a Jesús de ninguno de sus contemporáneos paganos”


Pero en opinión del historiador David Fitzgerald, que acaba de publicar Nailed: Ten Christian Myths That Show Jesus Never Existed at All (Lulu), se trata esta de una visión demasiado benevolente, conformada por historiadores de bagaje cristiano que defienden la historicidad de Jesús pese a las evidentes dificultades que conlleva sostener tal postura. Para Fitzgerald, Jesús fue el efecto, no la causa, de la cristiandad. San Pablo y el resto de los cristianos de primera generación buscaron continuar la Biblia judía creando un mesías, y mezclaron su venida con rituales paganos como la última cena, detalles gnósticos y un Dios personificado que rivalizará con los de su tipo, presentes en la tradición egipcia, persa, helenística y romana. Querían, a fin de cuentas, crear la religión definitiva. El nuevo libro de Fitzgerald, se suma a los trabajos recientes de otros académicos como Richard Carrier, Robert Price o Bart Ehrman que, desde ópticas distintas, defienden lo mismo: que Jesús nunca existió.

Se trata este de un debate complejo, y fuertemente marcado por la subjetividad inherente a la espiritualidad de cada cual, pero es imposible negar que el sector negacionista cuenta al menos con cinco argumentos de peso que, aunque pueden ser discutidos, pueden tambalear nuestras creencias. En la revista Alternet han recopilado estos, con ánimo de generar un debate serio sobre la que es, sin género de dudas, una de las figuras más influyentes de la cultura occidental.


1.

No hay ninguna evidencia secular del siglo I que sostenga la existencia de Jesús

Sabemos que Jesús es la forma latinizada del verdadero nombre de Cristo, que debió ser Yeshúa, un nombre hebreo muy popular en la época. Durante siglos, los historiadores han buscado sin descanso cualquier referencia contemporánea a la persona de la que hablan los Evangelios, pero han fracasado. “¿Qué tipo de cosas tenían que decir los autores paganos de la época de Jesús sobre él?”, se pregunta el doctor Bart Ehrman en su libro Jesus: Apocalyptic Prophet of the New Millenum (Oxford University Press). “Nada”, contesta.


Tenemos un gran número de documentos de la época: escritos de poetas, filósofos, historiadores, científicos, funcionarios del gobierno…Ninguno nombra a Jesús”


Por extraño que pueda parecer, no existe ninguna mención a Jesús de ninguno de sus contemporáneos paganos”, asegura Ehrman en su libro. “No existen registros de nacimiento, ni transcripciones de su juicio, ni certificados de defunción; no hay expresiones de interés, ni calumnias, ni referencias pasajeras. Nada. De hecho, si ampliamos nuestro campo de estudio a los años posteriores a su muerte –incluyendo todo el primer siglo de nuestra era– no hay ni una sola referencia a Jesús en cualquier fuente ni cristiana ni judía de cualquier tipo. Debo destacar que tenemos un gran número de documentos de la época: escritos de poetas, filósofos, historiadores, científicos, funcionarios del gobierno… Por no hablar de la gran colección de inscripciones en piedra, cartas privadas y documentos legales en papiro. En ninguno de estos documentos aparece siquiera el nombre de Jesús”.


2.

Las teorías actuales sobre el Jesús histórico apuntan a personas distintas

Numerosos investigadores han trazado teorías sobre quién pudo ser el verdadero Jesucristo, pero todas apuntan a diferentes personas. En su libro Deconstructing Jesus, Robert Price reúne una lista de distintos posibles Jeusucristos que incluye a un filósofo cínico, un hasidista, un rabino conservador o un fariseo, por citar sólo algunos. Algo que, según el propio Price, va en contra de su existencia: “El Jesús histórico (si es que lo hubo) pudo ser un rey mesiánico, un fariseo progresista, un chaman de Galilea, un mago o un sabio helenista. Pero tendría dificultades para ser todos ellos al mismo tiempo”.


3.

Los primeros escritores del Nuevo Testamento ignoraban los detalles de la vida de Jesús

¿Cuál es el libro del Nuevo Testamento que se escribió antes? Aunque vaya después que los Evangelios, el texto más cercano al Jesús histórico son las epístolas escritas por San Pablo, algunas de las cuales no se duda de su veracidad. Pero, pese a que fueron escritas sólo 20 años después de la muerte de Cristo, en estas cartas no se da ningún detalle de la vida de Jesús. No se habla de su nacimiento, ni de la virgen, ni de los milagros… Ni siquiera se hace referencia a los doce apóstoles.


Los únicos textos del Nuevo Testamento cuya autoría está constatada son 6 de las 13 cartas de San Pablo”


Parece que Pablo evita revelar cualquier detalle biográfico de Jesús, y los pocos que ofrece contradicen lo que aparece en los evangelios. Los líderes de los primeros cristianos, como Pedro y Santiago, son supuestamente los discípulos y amigos de Jesús pero Pablo apenas habla de ellos y las pocas veces que lo hace es para criticarles por no ser verdaderos cristianos.


4.

Los Evangelios no son relatos de primera mano sobre la vida de Jesucristo

El teólogo Marcus Borg cree que, para entender la evolución del cristianismo, el Nuevo Testamento debería ser leído en orden cronológico. “Al colocar los evangelios después de las cartas de Pablo vemos que éstos no son el origen del cristianismo, sino su producto. El evangelio –la buena nueva– de y sobre Jesús existía antes que los Evangelios, y estos [los libros como tal] están elaborados por las comunidades cristianas primitivas varias décadas después de la vida histórica de Jesús y nos dicen cómo esas comunidades veían a éste en su momento histórico [que no es el mismo]”.


Basta asomarse a cualquier Evangelio para comprobar que en ningún momento las historias están narradas en primera persona”


Los evangelios recibieron el nombre de cuatro de los doce apóstoles –Mateo, Marco, Lucas y Juan– pero, aunque desconocemos su autoría real (que probablemente fue colectiva) lo que es seguro es que no fueron escritos por ellos, ni en fechas contemporáneas a Jesucristo. La atribución de su autoría se asignó, de hecho, después de su redacción, más de un siglo después del nacimiento del cristianismo. En aquella época era muy habitual utilizar seudónimos de gente conocida para dar entidad a los distintos textos. Y así se hizo en la práctica totalidad de los libros del Nuevo Testamento. Los únicos textos de éste cuya autoría está constatada son 6 de las 13 cartas de San Pablo. Los verdaderos escritores, en cualquier caso, no mentían. Basta asomarse a cualquier Evangelio para comprobar que en ningún momento las historias están narradas en primera persona, y se hace explícita la existencia de terceros testigos. En ningún momento se oculta que se trata de una compilación de historias compartidas por el boca a boca.


5.

Los Evangelios se contradicen entre ellos

La mayoría de teólogos e historiadores coinciden en señalar que el evangelio de Marco fue el primero que se redactó. Diversos análisis lingüísticos sugieren que los libros de Lucas y Mateo no son más que una reelaboración de este primer Evangelio, con sus propias correcciones y nuevo material. Pero, pese a esto, se contradicen entre ellos en numerosos detalles. Eso por no hablar del Evangelio de Juan, el más tardío, que es aún más contradictorio, porque se cree fue escrito con un objetivo diferente y para distinto público.

Fuente:

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-09-07/es-jesus-una-figura-historica-cinco-razones-para-pensar-que-nunca-existio_184667/

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¿Existió Jesucristo en realidad? Cinco teorías que aumentan la sospecha


Desde hace muchos años, los eruditos más consagrados en el estudio de la Biblia llevan intentando separar al Jesús histórico del mágico o mitológico. ¿Cuáles son sus razones?


Por ACyV

20/09/2021 - 05:00


Jesucristo es, sin duda alguna, la persona más influyente de la historia de la humanidad. A su lado, cualquier 'influencer' de nuestro tiempo quedaría en ridículo; nadie ha impactado tanto con su palabra en el mundo durante tantos siglos. Sin embargo, el eterno debate entre eruditos y teólogos sobre la existencia histórica de su figura, es decir, sobre si realmente fue una persona de carne y hueso que realizó de manera más o menos parecida todo lo narrado en el Nuevo Testamento, sigue más presente que nunca. Algunos autores, como John Dominic Crossan, le ven como un personaje histórico centrado en la transmisión de valores éticos y nada más, recogiendo el testigo de los cínicos de la Antigua Grecia. Otros siguen viéndole como una figura mítica que nunca existió y que surgió como resultado del sincretismo entre la cultura griega y judía, entre los que figuran George Albert Wells (autor del libro 'Did Jesus Exist?') o el filósofo británico y experto en religiones occidentales Timothy Freke.

Sin ánimo de atentar contra la fe de nadie y respetando todas las creencias religiosas, muchas de las narraciones bíblicas que hay sobre su figura son del todo mágicas, en especial los milagros, lo que sugiere la posibilidad de que las hazañas de aquel Jesús de Nazaret del que se habla en el Nuevo Testamento sean más un producto mítico para cautivar a las almas de la época. A medida que la ciencia se fue imponiendo en el mundo, sobre todo a partir de la Ilustración, las creencias religiosas y las supersticiones se han ido desechando en pro del método científico, lo que objetivamente redunda en una mejor comprensión de aquello que antes no se podía explicar y quedaba relegado al tono mitológico.


"No hay registros de nacimiento, ni transcripciones del juicio al que fue sometido, ni certificado de defunción... nada"


Uno de toda esa larga lista de eruditos que quiere añadir pruebas del lado de que Jesucristo nunca existió como tal es David Fitzgerald. Desde hace más de diez años, cuando publicó su 'Ten Christian Myths That Show Jesus Never Existed At All' (algo así como "Diez mitos cristianos que demuestran que Jesús nunca existió"), lleva abogando por un Jesús mítico, apoyándose en el argumento de que la mayoría de las personas que han estudiado a fondo su figura desde hace siglos lo hacían desde una convicción cristiana y no científica o histórica. Hoy conoceremos aún más a fondo las razones para pensar que Jesús de Nazaret nunca llegó a existir realmente y todo parte de una construcción mitológica que se hizo a posteriori.


- Ninguna fuente no secular de la época habla de su existencia

Bart Ehrman, experto en paleocristianismo, cree que la mayor demostración de que el Mesías nunca llegó a existir estriba en que ninguno de los escritores paganos de su época dan fe de su existencia, ni siquiera de pasada. "No hay registros de nacimiento, ni transcripciones del juicio al que fue sometido, ni certificado de defunción... nada", afirma en su libro 'Jesus: Apocalyptic Prophet of the New Millennium'. "De hecho, si ampliamos nuestro campo de análisis a los años posteriores a su muerte, no hay ni una sola referencia a Jesús en ninguna fuente no cristiana o no judía". Esto sin duda es muy raro, puesto que "tenemos una gran cantidad de documentos de la época escritos por poetas, filósofos o historiadores", recalca el erudito. Por tanto, no hay prueba en otros textos de que Jesús de Nazaret llegara a existir.


- El silencio de Pablo

Pablo de Tarso, uno de los personajes centrales de los Hechos de los Apóstoles y el mayor impulsor del cristianismo en el mundo, no llega nunca a mencionar hechos biográficos concretos de Jesucristo. Lo más misterioso es que en ningún momento hace referencia a los Doce Apóstoles, contradiciendo los evangelios en los que se narra la vida del Mesías. Esta sospecha hace que muchos eruditos, tanto creyentes como ateos, piensen que en realidad los evangelios fueran escritos 'a posteriori'.

Una teoría que defiende Marcus Borg, teólogo y especialista en el Nuevo Testamento, quien sí que reconoce la figura histórica de Jesús, pero advierte de su excesiva mitologización. "Los Evangelios son el producto de las primeras comunidades cristianas varias décadas después de la vida histórica de Jesús y nos hablan de significado que tenían para su contexto", asegura el erudito en un artículo publicado en 'Huffington Post'.


- Los seudónimos de los evangelistas

Ni Marcos se llamaba Marcos, ni Mateo era Mateo, ni Lucas era Lucas ni tampoco Juan era Juan. Esta es la teoría de Donald Guthrie, doctor en la Universidad de Londres, quien en los años 60 publica un libro titulado 'New Testament Introduction' en el que teoriza sobre que la designación de sus nombres se produjo en torno al siglo II. Según Guthrie, en aquella época era muy frecuente el uso de seudónimos por parte de testigos de hechos. Además, de acuerdo a su análisis del Nuevo Testamento, en ningún momento ninguno de los evangelistas llegan a reconocer que estaban ahí, presenciando las hazañas y los milagros de Jesucristo.


- Los evangelios se contradicen entre sí

Otra de las razones que hacen dudar de que los hechos de Jesucristo fueran reales es que las crónicas que existen sobre él y sus hazañas en momentos pueden llegar a contradecirse entre sí. Según un reciente artículo de 'Alternet' que ha recopilado algunas de estas ideas, el evangelio de Marcos en concreto es la biografía de Jesús más antigua que existe y que tanto Lucas como Mateo le reelaboraron con correcciones propias y material nuevo. Lo más llamativo es que "se contradicen entre sí, y aún más, contradicen el evangelio de Juan, el cual fue mucho más tardío", ya que "fueron escritos bajo diferentes objetivos y para distintos tipos de público".


- Hay varios "Jesús" (el real y el mitológico)

Según el autor al que queramos recurrir, nuestras creencias o la fe de la que profesemos, nuestras impresiones sobre Jesús variarán de manera diferente. Algunos eruditos le reconocen como un filósofo cínico, otros como un fariseo liberal, un revolucionario carismático o uno de los primeros pacifistas de la historia. Incluso se le ha llegado a calificar de feminista (lo cual no es del todo extraño, ya que entre sus personas de confianza destacaba María Magdalena, una prostituta que bien podría servir para denunciar los males del machismo de la época).

"Jesús parece ser un efecto, y no la causa, del cristianismo", sostiene Fitzgerald. Sea como sea, hay que separar la historia del mito con el rigor que merece el personaje, pues es evidente que los hechos que se narran en los evangelios sobre Jesús tienen mucho de mágicos, y ahora que han pasado los siglos es muy fácil someterlos a crítica bajo la lupa científica del presente. Sin embargo, ello no tiene por qué afectar a la creencia y experiencia individual que cada uno tenga con la religión católica, ya que una de las cualidades de la Biblia, y quizás de los motivos por los que ha sido tan leída y analizada, es que puede ser interpretada de muchas formas sin por ello mermar el valor de lo que en ella se escribe o se cuenta, al igual que la fe de quien la lee.

Fuente:

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2021-09-20/jesucristo-religion-catolica-biblia-historia_3274470/


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lunes, 6 de julio de 2026

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios


 

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios


«Tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (la diferencia entre decir 'Dios existe' o 'No, no lo hace')»


26 de agosto de 2021

Miguel Ángel Quintana Paz


Corría el año 2009 cuando se publicitó un curioso cartel financiado por ateos de distintas partes del mundo. (Bueno, no tan distintas: no se difundió en países musulmanes, ni budistas ni hinduistas; solo en una docena de sustrato cristiano). Pronto la campaña se conocería como «el bus ateo».

Consistió en algo simple. Se recaudaron fondos para un anuncio que se exhibirían en autobuses urbanos (originariamente en Londres; luego en Washington, Toronto, Génova, Helsinki, Estocolmo…; desde España se sumaron las ciudades de Barcelona, Madrid y Valencia). En vistosas letras coloridas, el anuncio rezaba (si se me permite el leve oxímoron) así: «Probablemente Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida».

A algunos ateos no gustó que se incluyera un «probablemente» en el eslogan. Richard Dawkins, por ejemplo. Con todo, me resulta más interesante la reacción del otro campo, el creyente. Alguno de sus miembros, como cierto pastor evangélico de Fuenlabrada, quiso adelantarse a la versión hispana de la campaña. Manos a la obra, su congregación sufragó autobuses para la Navidad de 2008 con la inscripción «Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo». Por desgracia, alguien olvidó incluir la tilde en «sí», de modo que la campaña fuenlabreña quedó como una curiosa duda condicional: «Dios si existe…».

Menos cómica, pero más significativa, es la comparativa entre otras dos reacciones. De un lado, nuestra Conferencia Episcopal. De otro, los obispos también católicos, pero en este caso británicos. Mientras que la primera condenó la campaña como una «blasfemia objetiva», como ofensa que sobrepasaba los límites de la libertad de expresión, los segundos se felicitaron por la buena nueva de que alguien (no importaba si habían sido ateos) pusiera a Dios, de nuevo, en el centro de nuestro debate público.

Confieso que, en retrospectiva, estoy en esto con los mitrados del Reino Unido. Volvamos nuestra mirada sobre las polémicas que cada vez invaden más nuestro tiempo: si conviene o no inventarse un nuevo morfema de género, «-e», para decir «niños, niñas y niñes»; si es algo gravísimo, o solamente grave, que los camareros te sirvan a menudo a ti, por ser chica, el café con leche, mientras dan por supuesto que le corresponde a tu novio esa birra Paulaner que a ti tanto te entusiasma; si regalar a tu sobrina una mochila rosa equivale a condenarla a esclavitud perpetua. Convengamos en que se trata de disputas de menor empaque ontológico que debatir sobre si Dios existe o no, o sobre qué sentido tiene nuestra vida sobre la tierra.

Me acojo aquí, pues, bajo la autoridad provisional del episcopado británico. Y, a partir de esta pequeña parábola (verídica) que acabo de relatar, me dispongo a narrar otras dos que acaso pudieran animar a resucitar en nuestros lares charlas que no versen solo de política, o sexos, o naciones, o etnias, u orientaciones eróticas, o lenguas, o razas. Que no versen tanto, vaya, sobre las identidades humanas, y dediquen al menos un rato a otra identidad posible: la de Dios. Que lleven la conversación sobre él algo más allá de los lugares que de costumbre le tenemos reservado (púlpitos, librerías religiosas, sacristías).

Vamos primero con una parábola muy sencilla. La ideó el filósofo Edward Feser. Es buena para justificar que nos pongamos a hablar sobre Dios.

Y es que no podemos hacer como que ignoramos algo: que muchos creen que debatir sobre Dios resulta tan infructuoso como discutir cuál es el mejor sabor de helado. Cuando digo «muchos» me refiero tanto a creyentes como no creyentes. En ambos bandos prolifera la idea de que «Dios» es un asunto meramente subjetivo (llámese «de fe», o «un sentimiento», o «un encuentro personal»). Y que, por lo tanto, aunque se puede hacer sobre él poesía, o rezos, o publicidad en autobuses, no procede sugerirlo como tema de debate público y razonado.


Normalmente, esta visión se acompaña de otro convencimiento: que la única forma de conocer de manera de veras racional la realidad nos la otorga la ciencia. Y esta, como resulta bien sabido, no tiene en cuenta lo más mínimo la existencia de un Dios. Ya se lo dijo Laplace a Napoleón cuando este le inquirió por el lugar del Ser Supremo en su teoría física: «No me hizo ninguna falta tal hipótesis, sire». Por tanto, cualquier cháchara sobre lo divino resultará acientífica y, al igual que toda cháchara sobre lo real que quede fuera de la ciencia, quizá sea sentimental, o hermosa, o edificante… pero no forma parte del saber racional.

Los filósofos llaman a esta postura «naturalismo» o «cientificismo». Pero es la comparten en lo más íntimo multitudes que ni conocen esos términos filosóficos, ni son expertas en ciencias. Ya lo hemos dicho: incluso hay creyentes que consideran que, si queremos ponernos racionales, habremos de limitarnos a elaborar teorías científicas y ya está. Luego, cuando cierras la puerta de tu laboratorio, bien puedes irte un rato a meditar a tu templo o tus clases de yoga; esos lugares (como los parques de atracciones, o los prostíbulos, o los teatros) más allá de la razón.

Por eso es importante, si queremos ponernos a hablar sobre lo divino, contar no solo con el beneplácito de los obispos británicos, sino con alguna parábola que señale qué es lo que falla en la recién descrita forma de pensar. Y eso hace la que traemos aquí, de Edward Feser. Que versa sobre esos aparatitos que emiten pitidos cuando localizan algo metálico bajo el suelo: los detectores de metales.

Imaginemos que alguien recorre nuestro jardín con uno de esos instrumentos y consigue encontrar a cierta profundidad un par de antiguas monedas romanas y fragmentos de un vaso de cobre. Sin duda le estaríamos muy agradecidos. De hecho, como resultado de algunas lecturas y un poquito de investigación histórica que, por nuestra cuenta, habíamos hecho, ya intuíamos que quizá una villa romana floreció bajo nuestra finca siglos atrás.

Pero, ¡ay!, nuestro amigo del detector de metales, cuando le comentamos esta posibilidad, se nos pone muy solemne: «No, no, bajo tierra no hay más que esto que yo he detectado», arguye un tanto irritado. «Es imposible que haya muros de una villa romana, o mosaicos, o esqueleto alguno: mi detector, de última tecnología, solo detecta metales, así que eso es todo lo que aquí debajo puede yacer».

Creo que a cualquiera le sonrojaría un tanto el grosero error de nuestro interlocutor. ¡Claro que su detector solo localiza metales, está hecho para eso, y es muy bueno haciéndolo! Mas de ahí no se deduce en modo alguno que no yazca ningún otro objeto, no metálico, subterráneo.

Esa forma burda de razonamiento es, sin embargo, justo la que exhiben nuestros cientificistas. Sí, la ciencia es un detector de metales estupendo para conocer un montón de cosas de nuestro mundo. Pero está hecha para detectar solo cierto tipo de realidades: las materiales, las que siguen las leyes naturales, las que pueden someterse a experimentos… Igual que nuestro detector de metales solo detecta eso, metales. Pero ni la ciencia ni el detector pueden asegurarnos que no exista nada más allá de lo que ambos se han especializado en detectar. Podemos, pues, seguir investigando tranquilos: después de todo, quizá sí reposen los restos de una villa romana (con sus ladrillos, teselas, artesanías) bajo nuestro jardín.

Sobre jardines también versa la tercera y última parábola que me gustaría rememorar aquí. Procede de otro filósofo: Anthony Flew. Una vez que la historia de los buses y los obispos nos ha proporcionado motivos para hablar de Dios, y una vez que la alegoría del detector de metales niega que resulte irracional tal cosa, Flew ofreció en 1955 un buen marco para ponerse a ello.

Imaginemos, nos pidió, a dos exploradores que se toparan de repente, en medio de la selva, con un claro muy peculiar. Resulta que allí las flores y demás plantas parecen estar colocadas de manera especialmente ordenada. Además, algunas especies no son nada frecuentes por allí. Se diría incluso que parte de la vegetación ha sido ubicada en parterres por alguien, como con intención de hermosear ese paraje.

Uno de los exploradores exclama, entonces: «Oh, debe de haber algún jardinero por aquí que se ocupe de este coqueto terrenito». El otro, más escéptico, no las tiene todas consigo: «Bueno, me extrañaría mucho. ¿Quién va a vivir por estos andurriales? ¿Y quién iba a dedicarse en ese caso a algo tan absurdo como cultivar un jardín en medio de la selva? Además, tampoco me parece que esté todo tan bien organizadito como pareciera a primera vista. Creo que simplemente estamos proyectando».

Para zanjar su discrepancia, y dado que tienen tiempo libre, nuestros exploradores deciden quedarse unos días en las inmediaciones de aquel vergel. Así comprobarán con sus propios ojos si existe o no jardinero alguno que cuide de él.

Ahora bien, pasan los días y nadie aparece. «¿Ves? Te lo dije. No existe floricultor alguno», expone triunfal nuestro escéptico. «Bueno», contesta el creyente en la existencia de tal cuidador, «creo que sí existe, pero es invisible y por eso no lo hemos visto».

Como nuestros amigos llevan consigo cable eléctrico y son muy apañados, deciden entonces montar una verja electrificada en torno al claro selvático, de modo que vibre una alarma si alguien pasara a través de su perímetro. Pero transcurren de nuevo los días y la alarma nunca suena. «¿Ves? No hay jardinero alguno». «Oh, bueno, creo que lo que pasa es que no solo es invisible, sino también muy sutil y capaz de pasar por entre los cables». «¿Y por qué nuestros perros no lo han detectado tampoco?». «Oh, está claro que tampoco es perceptible mediante el olfato».

En esta situación, convendremos, sería lógico que el explorador escéptico se molestase un poco con su compañero: «A ver, querido, primero me dices que hay un jardinero por aquí, pero luego todas las pruebas que te ofrezco de que no existe me las respondes atribuyendo a tal jardinero características más y más extrañas. ¿Hay alguna prueba que vayas a admitir de que te equivocas, o simplemente preferirás convertir a tu presunto jardinero en alguien cada vez más rocambolesco (invisible, intangible, inaudible, inodoro, inmaterial…)? ¿Hay alguna diferencia práctica entre que exista tu jardinero y que no exista ningún jardinero en absoluto?».

Como el lector habrá ya intuido, este explorador escéptico representa al propio Flew, que era ateo. Nuestro filósofo sentía que los creyentes jugaban un poco con él como hacía el explorador primero con su colega: no admitían nada como prueba de que Dios no existiera. Y eso acarreaba un problema para los creyentes: si tu frase «Dios existe» no puede refutarse de ninguna manera, ¿qué quieres decir exactamente cuando la pronuncias? Flew sentía no ya que discrepaba de sus coetáneos creyentes, sino que ni siquiera entendía qué querían decir cuando decían «existe Dios». No entendía qué negaba (y, por tanto, qué afirmaba) esa frase.

Pues, en efecto, cualquiera de nosotros, cuando dice por ejemplo «mañana lloverá», reconoce que su frase quedará refutada si al final no cae ni una gota. Todo lo que decimos sobre la realidad, por muy seguros que estemos de ello, admite que ciertos sucesos lo contradirían: yo estoy seguro de que las vacas no vuelan (salvo que alguien programe un vuelo chárter para ellas); pero mi frase «las vacas no vuelan» implica que si, por ejemplo, mañana viese un grupo de ganado vacuno desplazándose con gráciles alas por los aires, eso sí constituiría una prueba contra mi aserto anterior.

Sin embargo, los creyentes en Dios no parecen obedecer esta lógica. Cuando dicen «Dios existe» o «Dios es bueno» o «Dios nos ama» y se les ponen delante cosas que parecerían probar lo contrario (niños que mueren entre atroces padecimientos, justos que viven vidas desgraciadas, inexistencia de milagros…), ninguna de esas realidades basta para que, según ellos, queden refutadas tales frases. ¿Qué significan, entonces, si parecen no excluir nada? Y, si nada contradice la frase «Dios existe», ¿cuál es su diferencia con la frase contraria, «Dios no existe»?

El desafío de Flew tuvo una acogida enorme entre los filósofos anglosajones de su época. Fueron muchos los pensadores que se sintieron obligados a explicar qué querían decir los creyentes cuando decían que creían en Dios. Otros, naturalmente, abundaron en la perspectiva escéptica de Flew.

Esta historieta tiene, además, un final curioso: hacia el final de sus días (murió en 2010), quién sabe si como consecuencia remota del referido debate, Anthony Flew empezó a creer en Dios. No en el Dios cristiano ni en el islámico o el judío, pero sí en cierta deidad superior. Algún tipo de jardinero.

En suma, he expuesto tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (el que aborda la diferencia entre decir «Dios existe» o «No, no lo hace»). Hace nueve meses se abrió un debate en España sobre dónde estaban los intelectuales cristianos y en qué medida los medios de comunicación de la Iglesia católica (sobre todo, Cope y Trece TV) o sus universidades cumplían con su misión. Soy tan escéptico como el explorador reticente de nuestro cuento acerca de si cambiarán los debates frívolos de nuestros días por otros de mayor enjundia; pero también es verdad, como hemos visto, que a veces te sorprende en mitad de la selva salvaje un claro que nadie parecía esperar.


Sobre el autor:

Miguel Ángel Quintana Paz

@quintanapaz

Director académico y profesor en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) de Madrid. También salgo en la tele (El Toro TV) o en las tertulias de ViOne Media. Para saber qué decir en todos esos sitios me ha ayudado ser doctor en Filosofía con Premio Extraordinario por la Universidad de Salamanca, haber ejercido como Lonergan Post-Doctoral Fellow en el Boston College o haber trabajado como investigador en las universidades de Viena o Turín (en esta última, bajo la dirección de Gianni Vattimo).

Fuente:

https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2021-08-26/tres-parabolas-por-si-queremos-debatir-sobre-dios/


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