lunes, 6 de julio de 2026

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios


 

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios


«Tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (la diferencia entre decir 'Dios existe' o 'No, no lo hace')»


26 de agosto de 2021

Miguel Ángel Quintana Paz


Corría el año 2009 cuando se publicitó un curioso cartel financiado por ateos de distintas partes del mundo. (Bueno, no tan distintas: no se difundió en países musulmanes, ni budistas ni hinduistas; solo en una docena de sustrato cristiano). Pronto la campaña se conocería como «el bus ateo».

Consistió en algo simple. Se recaudaron fondos para un anuncio que se exhibirían en autobuses urbanos (originariamente en Londres; luego en Washington, Toronto, Génova, Helsinki, Estocolmo…; desde España se sumaron las ciudades de Barcelona, Madrid y Valencia). En vistosas letras coloridas, el anuncio rezaba (si se me permite el leve oxímoron) así: «Probablemente Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida».

A algunos ateos no gustó que se incluyera un «probablemente» en el eslogan. Richard Dawkins, por ejemplo. Con todo, me resulta más interesante la reacción del otro campo, el creyente. Alguno de sus miembros, como cierto pastor evangélico de Fuenlabrada, quiso adelantarse a la versión hispana de la campaña. Manos a la obra, su congregación sufragó autobuses para la Navidad de 2008 con la inscripción «Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo». Por desgracia, alguien olvidó incluir la tilde en «sí», de modo que la campaña fuenlabreña quedó como una curiosa duda condicional: «Dios si existe…».

Menos cómica, pero más significativa, es la comparativa entre otras dos reacciones. De un lado, nuestra Conferencia Episcopal. De otro, los obispos también católicos, pero en este caso británicos. Mientras que la primera condenó la campaña como una «blasfemia objetiva», como ofensa que sobrepasaba los límites de la libertad de expresión, los segundos se felicitaron por la buena nueva de que alguien (no importaba si habían sido ateos) pusiera a Dios, de nuevo, en el centro de nuestro debate público.

Confieso que, en retrospectiva, estoy en esto con los mitrados del Reino Unido. Volvamos nuestra mirada sobre las polémicas que cada vez invaden más nuestro tiempo: si conviene o no inventarse un nuevo morfema de género, «-e», para decir «niños, niñas y niñes»; si es algo gravísimo, o solamente grave, que los camareros te sirvan a menudo a ti, por ser chica, el café con leche, mientras dan por supuesto que le corresponde a tu novio esa birra Paulaner que a ti tanto te entusiasma; si regalar a tu sobrina una mochila rosa equivale a condenarla a esclavitud perpetua. Convengamos en que se trata de disputas de menor empaque ontológico que debatir sobre si Dios existe o no, o sobre qué sentido tiene nuestra vida sobre la tierra.

Me acojo aquí, pues, bajo la autoridad provisional del episcopado británico. Y, a partir de esta pequeña parábola (verídica) que acabo de relatar, me dispongo a narrar otras dos que acaso pudieran animar a resucitar en nuestros lares charlas que no versen solo de política, o sexos, o naciones, o etnias, u orientaciones eróticas, o lenguas, o razas. Que no versen tanto, vaya, sobre las identidades humanas, y dediquen al menos un rato a otra identidad posible: la de Dios. Que lleven la conversación sobre él algo más allá de los lugares que de costumbre le tenemos reservado (púlpitos, librerías religiosas, sacristías).

Vamos primero con una parábola muy sencilla. La ideó el filósofo Edward Feser. Es buena para justificar que nos pongamos a hablar sobre Dios.

Y es que no podemos hacer como que ignoramos algo: que muchos creen que debatir sobre Dios resulta tan infructuoso como discutir cuál es el mejor sabor de helado. Cuando digo «muchos» me refiero tanto a creyentes como no creyentes. En ambos bandos prolifera la idea de que «Dios» es un asunto meramente subjetivo (llámese «de fe», o «un sentimiento», o «un encuentro personal»). Y que, por lo tanto, aunque se puede hacer sobre él poesía, o rezos, o publicidad en autobuses, no procede sugerirlo como tema de debate público y razonado.


Normalmente, esta visión se acompaña de otro convencimiento: que la única forma de conocer de manera de veras racional la realidad nos la otorga la ciencia. Y esta, como resulta bien sabido, no tiene en cuenta lo más mínimo la existencia de un Dios. Ya se lo dijo Laplace a Napoleón cuando este le inquirió por el lugar del Ser Supremo en su teoría física: «No me hizo ninguna falta tal hipótesis, sire». Por tanto, cualquier cháchara sobre lo divino resultará acientífica y, al igual que toda cháchara sobre lo real que quede fuera de la ciencia, quizá sea sentimental, o hermosa, o edificante… pero no forma parte del saber racional.

Los filósofos llaman a esta postura «naturalismo» o «cientificismo». Pero es la comparten en lo más íntimo multitudes que ni conocen esos términos filosóficos, ni son expertas en ciencias. Ya lo hemos dicho: incluso hay creyentes que consideran que, si queremos ponernos racionales, habremos de limitarnos a elaborar teorías científicas y ya está. Luego, cuando cierras la puerta de tu laboratorio, bien puedes irte un rato a meditar a tu templo o tus clases de yoga; esos lugares (como los parques de atracciones, o los prostíbulos, o los teatros) más allá de la razón.

Por eso es importante, si queremos ponernos a hablar sobre lo divino, contar no solo con el beneplácito de los obispos británicos, sino con alguna parábola que señale qué es lo que falla en la recién descrita forma de pensar. Y eso hace la que traemos aquí, de Edward Feser. Que versa sobre esos aparatitos que emiten pitidos cuando localizan algo metálico bajo el suelo: los detectores de metales.

Imaginemos que alguien recorre nuestro jardín con uno de esos instrumentos y consigue encontrar a cierta profundidad un par de antiguas monedas romanas y fragmentos de un vaso de cobre. Sin duda le estaríamos muy agradecidos. De hecho, como resultado de algunas lecturas y un poquito de investigación histórica que, por nuestra cuenta, habíamos hecho, ya intuíamos que quizá una villa romana floreció bajo nuestra finca siglos atrás.

Pero, ¡ay!, nuestro amigo del detector de metales, cuando le comentamos esta posibilidad, se nos pone muy solemne: «No, no, bajo tierra no hay más que esto que yo he detectado», arguye un tanto irritado. «Es imposible que haya muros de una villa romana, o mosaicos, o esqueleto alguno: mi detector, de última tecnología, solo detecta metales, así que eso es todo lo que aquí debajo puede yacer».

Creo que a cualquiera le sonrojaría un tanto el grosero error de nuestro interlocutor. ¡Claro que su detector solo localiza metales, está hecho para eso, y es muy bueno haciéndolo! Mas de ahí no se deduce en modo alguno que no yazca ningún otro objeto, no metálico, subterráneo.

Esa forma burda de razonamiento es, sin embargo, justo la que exhiben nuestros cientificistas. Sí, la ciencia es un detector de metales estupendo para conocer un montón de cosas de nuestro mundo. Pero está hecha para detectar solo cierto tipo de realidades: las materiales, las que siguen las leyes naturales, las que pueden someterse a experimentos… Igual que nuestro detector de metales solo detecta eso, metales. Pero ni la ciencia ni el detector pueden asegurarnos que no exista nada más allá de lo que ambos se han especializado en detectar. Podemos, pues, seguir investigando tranquilos: después de todo, quizá sí reposen los restos de una villa romana (con sus ladrillos, teselas, artesanías) bajo nuestro jardín.

Sobre jardines también versa la tercera y última parábola que me gustaría rememorar aquí. Procede de otro filósofo: Anthony Flew. Una vez que la historia de los buses y los obispos nos ha proporcionado motivos para hablar de Dios, y una vez que la alegoría del detector de metales niega que resulte irracional tal cosa, Flew ofreció en 1955 un buen marco para ponerse a ello.

Imaginemos, nos pidió, a dos exploradores que se toparan de repente, en medio de la selva, con un claro muy peculiar. Resulta que allí las flores y demás plantas parecen estar colocadas de manera especialmente ordenada. Además, algunas especies no son nada frecuentes por allí. Se diría incluso que parte de la vegetación ha sido ubicada en parterres por alguien, como con intención de hermosear ese paraje.

Uno de los exploradores exclama, entonces: «Oh, debe de haber algún jardinero por aquí que se ocupe de este coqueto terrenito». El otro, más escéptico, no las tiene todas consigo: «Bueno, me extrañaría mucho. ¿Quién va a vivir por estos andurriales? ¿Y quién iba a dedicarse en ese caso a algo tan absurdo como cultivar un jardín en medio de la selva? Además, tampoco me parece que esté todo tan bien organizadito como pareciera a primera vista. Creo que simplemente estamos proyectando».

Para zanjar su discrepancia, y dado que tienen tiempo libre, nuestros exploradores deciden quedarse unos días en las inmediaciones de aquel vergel. Así comprobarán con sus propios ojos si existe o no jardinero alguno que cuide de él.

Ahora bien, pasan los días y nadie aparece. «¿Ves? Te lo dije. No existe floricultor alguno», expone triunfal nuestro escéptico. «Bueno», contesta el creyente en la existencia de tal cuidador, «creo que sí existe, pero es invisible y por eso no lo hemos visto».

Como nuestros amigos llevan consigo cable eléctrico y son muy apañados, deciden entonces montar una verja electrificada en torno al claro selvático, de modo que vibre una alarma si alguien pasara a través de su perímetro. Pero transcurren de nuevo los días y la alarma nunca suena. «¿Ves? No hay jardinero alguno». «Oh, bueno, creo que lo que pasa es que no solo es invisible, sino también muy sutil y capaz de pasar por entre los cables». «¿Y por qué nuestros perros no lo han detectado tampoco?». «Oh, está claro que tampoco es perceptible mediante el olfato».

En esta situación, convendremos, sería lógico que el explorador escéptico se molestase un poco con su compañero: «A ver, querido, primero me dices que hay un jardinero por aquí, pero luego todas las pruebas que te ofrezco de que no existe me las respondes atribuyendo a tal jardinero características más y más extrañas. ¿Hay alguna prueba que vayas a admitir de que te equivocas, o simplemente preferirás convertir a tu presunto jardinero en alguien cada vez más rocambolesco (invisible, intangible, inaudible, inodoro, inmaterial…)? ¿Hay alguna diferencia práctica entre que exista tu jardinero y que no exista ningún jardinero en absoluto?».

Como el lector habrá ya intuido, este explorador escéptico representa al propio Flew, que era ateo. Nuestro filósofo sentía que los creyentes jugaban un poco con él como hacía el explorador primero con su colega: no admitían nada como prueba de que Dios no existiera. Y eso acarreaba un problema para los creyentes: si tu frase «Dios existe» no puede refutarse de ninguna manera, ¿qué quieres decir exactamente cuando la pronuncias? Flew sentía no ya que discrepaba de sus coetáneos creyentes, sino que ni siquiera entendía qué querían decir cuando decían «existe Dios». No entendía qué negaba (y, por tanto, qué afirmaba) esa frase.

Pues, en efecto, cualquiera de nosotros, cuando dice por ejemplo «mañana lloverá», reconoce que su frase quedará refutada si al final no cae ni una gota. Todo lo que decimos sobre la realidad, por muy seguros que estemos de ello, admite que ciertos sucesos lo contradirían: yo estoy seguro de que las vacas no vuelan (salvo que alguien programe un vuelo chárter para ellas); pero mi frase «las vacas no vuelan» implica que si, por ejemplo, mañana viese un grupo de ganado vacuno desplazándose con gráciles alas por los aires, eso sí constituiría una prueba contra mi aserto anterior.

Sin embargo, los creyentes en Dios no parecen obedecer esta lógica. Cuando dicen «Dios existe» o «Dios es bueno» o «Dios nos ama» y se les ponen delante cosas que parecerían probar lo contrario (niños que mueren entre atroces padecimientos, justos que viven vidas desgraciadas, inexistencia de milagros…), ninguna de esas realidades basta para que, según ellos, queden refutadas tales frases. ¿Qué significan, entonces, si parecen no excluir nada? Y, si nada contradice la frase «Dios existe», ¿cuál es su diferencia con la frase contraria, «Dios no existe»?

El desafío de Flew tuvo una acogida enorme entre los filósofos anglosajones de su época. Fueron muchos los pensadores que se sintieron obligados a explicar qué querían decir los creyentes cuando decían que creían en Dios. Otros, naturalmente, abundaron en la perspectiva escéptica de Flew.

Esta historieta tiene, además, un final curioso: hacia el final de sus días (murió en 2010), quién sabe si como consecuencia remota del referido debate, Anthony Flew empezó a creer en Dios. No en el Dios cristiano ni en el islámico o el judío, pero sí en cierta deidad superior. Algún tipo de jardinero.

En suma, he expuesto tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (el que aborda la diferencia entre decir «Dios existe» o «No, no lo hace»). Hace nueve meses se abrió un debate en España sobre dónde estaban los intelectuales cristianos y en qué medida los medios de comunicación de la Iglesia católica (sobre todo, Cope y Trece TV) o sus universidades cumplían con su misión. Soy tan escéptico como el explorador reticente de nuestro cuento acerca de si cambiarán los debates frívolos de nuestros días por otros de mayor enjundia; pero también es verdad, como hemos visto, que a veces te sorprende en mitad de la selva salvaje un claro que nadie parecía esperar.


Sobre el autor:

Miguel Ángel Quintana Paz

@quintanapaz

Director académico y profesor en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) de Madrid. También salgo en la tele (El Toro TV) o en las tertulias de ViOne Media. Para saber qué decir en todos esos sitios me ha ayudado ser doctor en Filosofía con Premio Extraordinario por la Universidad de Salamanca, haber ejercido como Lonergan Post-Doctoral Fellow en el Boston College o haber trabajado como investigador en las universidades de Viena o Turín (en esta última, bajo la dirección de Gianni Vattimo).

Fuente:

https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2021-08-26/tres-parabolas-por-si-queremos-debatir-sobre-dios/


Ver:

lunes, 29 de junio de 2026

No es Terrorismo, es Religión



No es Terrorismo,

es Religión


"Trabaja para Dios y, al morir, irás al cielo. Serías tonto si no aprovecharas semejante oferta”


Por: Dean Van Drasek


Me encontraba en Yakarta cuando ocurrieron los atentados suicidas contra iglesias en Surabaya el 13 de mayo de 2018, seguidos al día siguiente por ataques similares contra comisarías. Se trataba de padres e hijos, incluso niños pequeños, que se ataban explosivos al cuerpo e intentaban matar a la mayor cantidad de personas posible. Los perpetradores podrían haber regresado del conflicto en Siria o Irak, y podrían haber formado parte de un grupo fundamentalista local. Pero todo eso, para mí, es irrelevante.

Para mí, solo hay una pregunta: ¿qué se necesitaría para que un padre hiciera eso con su hijo?

Soy padre de dos hijos, ambos adultos. Puedo imaginar, con horror, situaciones en las que les ayudaría a quitarse la vida. En caso de enfermedades dolorosas e incurables; si se enfrentaran a una muerte brutal o tortura; y se lo ofrecería como opción si se vieran obligados a ser esclavizados, pero no se me ocurren otras razones.

Pero estos padres, que sin duda amaban profundamente a sus hijos, creían que la mejor manera de tratarlos era asegurarles un lugar en un paraíso eterno. Allí tendrían la garantía de no volver a enfermar, ni pasar hambre, ni ser infelices jamás. Bastaría con seguir las enseñanzas del libro sagrado, según la interpretación de sus líderes religiosos, y así se les garantizaría un lugar en el paraíso.

Los hebreos no tenían el concepto de paraíso en su religión original, salvo la corte celestial de Yahvé, con sus ángeles y demás. Por lo tanto, no existe ninguna descripción del mismo. Además, nadie parecía comprender que Jesús también era Yahvé; de lo contrario, estoy seguro de que alguien le habría preguntado cómo era el cielo. Si lo hubieran hecho, o si los hebreos lo hubieran considerado, estoy seguro de que habrían dado con una descripción bastante similar a la del Corán: un jardín con abundante agua (sin mencionar wifi, motos acuáticas ni comida tailandesa), algo a lo que aspiraría un pueblo pobre en un entorno árido y que consideraría divino.

Recuerdo que hace años, en Filipinas, estaba con una familia pobre cuyo hijo estaba muy enfermo. Le había dado algunos libros; tendría unos nueve años. Le dije que había sido muy valiente, y él me respondió que podía ir al cielo, pero que aún no quería ir. Le pregunté cómo sería el cielo. Para él, era fruta fresca todos los días, todo el arroz que quisiera y un televisor que funcionara siempre (su familia no tenía electricidad). También quería ver a su hermanita, que había fallecido dos años antes en un accidente de tráfico. Muchos años después, intenté encontrarlo, pero unos promotores inmobiliarios locales se habían apropiado de la zona donde estaba su pueblo, y todos los habitantes habían sido desalojados años atrás.

Así pues, el paraíso es lo que el autor puede imaginar al momento de componer su «visión». Para los musulmanes, Jannah (el paraíso) es un jardín con muchos ríos que fluyen (Corán 2:25, 3:133, 9:72 y 13:25-26), donde se obtiene un trono como el de un rey con copas a mano, alfombras y almohadas (Corán 36:56-57, 52:20 y 88:10-16), y, como para cualquier pueblo que haya enfrentado tiempos de hambre y escasez, habrá abundancia de la mejor comida (Corán 69:24). Omito las partes sobre riqueza, placeres carnales y vino, nada de lo cual sonaría muy bien a un niño. Pero ser feliz, estar a salvo, cómodo y tener abundancia de sus comidas favoritas habría sido suficiente paraíso en aquellos tiempos, e incluso hoy para mucha gente.

Y el paraíso en todas las religiones occidentales es eterno. Los hindúes y budistas (aquellos que creen en cielos e infiernos) y algunas religiones chinas conciben el cielo más como un lugar agradable donde ser recompensado en el camino hacia la iluminación, que es el olvido. Hiciste un buen trabajo, así que tómate un día libre y luego, en la próxima vida, continúa la lucha por la iluminación final o la unión con lo inefable.

¿Pero un cielo eterno? La eternidad no es lo mismo que el infinito, ya que puede haber muchas eternidades dentro de un infinito. Una eternidad es solo una medida de tiempo, por lo que concebiblemente puede haber muchos ciclos temporales diferentes dentro de un infinito de espacio-tiempo. Pero dejemos ese tema para los físicos, matemáticos y filósofos desempleados.

En cualquier sentido que podamos comprender, nuestra vida, comparada con la eternidad, no es nada. No es ni una mota de polvo en la inmensidad de la existencia. Los padres siempre se preocupan por el futuro de sus hijos, así que si estos van a vivir eternamente, entonces olvídense de preocuparse por las calificaciones de admisión a la universidad; lo único que les debe preocupar es el cambio hacia el cielo, sobre todo si existe el desincentivo añadido del infierno.

La mayoría de la gente no cree en su religión a ese nivel. La mayoría de los niños pasan más tiempo en las aulas que en iglesias, mezquitas o templos, y esto es cierto en gran medida en casi todos los lugares. Es como enfermarse. La gente puede creer en Dios y en los milagros, pero no solo reza para curarse, sino que va al médico. Los que no lo hacen, simplemente lo atribuyen a la magia de la selección natural.

Las religiones saben que esto es peligroso, pues si todos pudieran ir al cielo tras la muerte gracias a sus creencias sinceras, la religión correría el riesgo de perder fieles (quienes financian los templos y el estilo de vida de los sacerdotes). Por ello, la mayoría de las religiones advierten contra el suicidio (aunque algunas, como el jainismo, consideran la abnegación que conduce a la muerte como la máxima expresión de religiosidad; sin embargo, muy pocos siguen ese camino, y cuando lo hacen, suele ser en la edad adulta).

Las religiones quieren mantener vivos a sus creyentes, por lo que se les dice que esperen el cielo. Esto garantiza que la religión se beneficie del apoyo y la sumisión de por vida de sus creyentes. Pero hay un caso que constituye una excepción, y que se ha inculcado en todas las religiones importantes que conozco, excepto el budismo: la idea del mártir.

Además de realizar sacrificios y donaciones, construir monumentos y seguir órdenes, las religiones también necesitan ocasionalmente que la gente muera. Y dado que la institución de la monarquía es una faceta de la religión, muchas de las lealtades que reclama la religión también son reclamadas por el Estado. Esto puede ser manifiesto, como cuando la Iglesia Católica Romana solía prometer el paraíso a los soldados que participaban en las cruzadas, o pernicioso, como cuando los líderes rebeldes de Masada convencieron a sus seguidores de morir antes que perder contra los romanos (o fueron asesinados por los fanáticos entre ellos; por supuesto, no hay forma de saberlo), o pasivo, como cuando los iconos sagrados fueron llevados ante los ejércitos ortodoxos de Rusia y Bizancio.

Pero la idea siempre es la misma, independientemente de cómo se exprese. Trabaja para Dios y, al morir, irás al cielo. Y si el cielo dura para siempre, serías tonto si no aprovecharas semejante oferta.

Imagina una oferta similar en nuestro mundo real. Una empresa te dice que si trabajas para ellos un solo día, un turno de 8 horas con una hora para almorzar, te pagarán todos los días por el resto de tu vida. Y te pagarán mucho más de lo que ganas ahora; de hecho, te alcanzará para disfrutar de todos los placeres que desees. Me parece una buena oferta. Pero la mayoría diría que es demasiado bueno para ser verdad. Siempre me he preguntado por qué no dicen lo mismo de las religiones que prometen un cielo eterno.

Y da igual si eres rico o pobre, porque el cielo siempre será mejor. Supongo que esto funciona porque algunas de las personas más ricas que he conocido también han sido las más codiciosas y venales. Promételes una forma de conseguir más, y si no les cuesta mucho, estarán encantados.

Así que, si eres un buen padre o madre, amas a tus hijos y alguien te dice que hay una manera de asegurar que lleguen al paraíso, que pueden ir ahora y no arriesgarse a cometer algún "pecado" en el futuro que podría hacerlos inelegibles para entrar, entonces serías un tonto si no tomaras esa medida por ellos.

Estoy seguro de que los padres que acaban de asesinar a sus hijos los amaban tanto como yo amo a los míos. E hicieron lo que creían que les aseguraría la mejor "vida": la entrada inmediata al cielo. Lo cual, para algunos grupos religiosos, significa matar a otras personas. Ninguna religión occidental está libre de esta mancha. Los libros sagrados del judaísmo se regodean en ella como ningún otro que haya conocido. Es un deber positivo matar a los infieles, apoderarse de sus tierras y matar o esclavizar a su gente. Por eso Richard Dawkins lo señaló célebremente: "El Dios del Antiguo Testamento es posiblemente el personaje más desagradable de toda la ficción: celoso y orgulloso de ello; un maniático del control mezquino, injusto e implacable; un limpiador étnico vengativo y sanguinario; un matón misógino, homófobo, racista, infanticida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista y caprichosamente malévolo". Si Hitler hubiera sido judío y hubiera estado masacrando luteranos, no hay duda de que YHWH lo habría llevado directamente al cielo.

Así pues, tenemos un caso de religión, creída como verdadera, que muestra a una familia un camino para alcanzar el cielo juntos y que, además, hace el bien en el proceso. ¿Eran terroristas? ¿Intentaban ahuyentar a los cristianos o forzarlos a convertirse al islam? Lo dudo. Intentaban lo mejor para sus hijos y para sí mismos, basándose en su comprensión del mundo. No desarrollaron esta comprensión por estupidez, aunque sí pudieron haber ignorado la ciencia y otras filosofías y religiones. La ignorancia suele ir de la mano de fuertes creencias religiosas, incluso entre personas inteligentes y cultas (me viene a la mente Ted Cruz, senador estadounidense, pues pocas personas que he conocido merecen tanto el calificativo de «ignorante»).

La religión, al pretender ser la «respuesta» a todas las preguntas, exhorta a sus seguidores a rechazar el conocimiento de fuentes no autorizadas (pensemos en la lista de libros prohibidos de la Iglesia Católica, especialmente los de cosmología y ciencia). Las religiones temen a la ciencia cuando intentan vender relatos milenarios como si fueran «reales». Una simple lectura demuestra que todas las obras sagradas son incompatibles con nuestra realidad científica actual, pero la gente o bien ignora la ciencia, o levanta una barrera mental entre ciencia y religión, o simplemente se sienta en la última fila y tararea en voz baja intentando no pensar en ello. Porque los creyentes realmente anhelan un paraíso donde puedan relajarse todo el día, beber cerveza y no engordar. (Y tampoco necesitarán Viagra).

Así que, cuando hablamos de estas personas que se sacrificaron a sí mismas y a sus hijos en el altar de la esperanza de un paraíso religioso, no las llamemos terroristas. Amaban a sus hijos. Querían lo mejor imaginable para ellos: una eternidad de felicidad. Hasta que no reconozcamos que este es el problema, nunca se resolverá. Seguiremos teniendo guerras "justas", ejecuciones con oraciones previas al asesinato, políticos que comienzan el día con una oración y luego autorizan fondos para el asesinato de civiles en algún país lejano que ninguno de ellos ha visitado jamás, etc. Todo forma parte de la misma mentalidad: que cualquier crimen, cuando se justifica por la religión y se valida y recompensa con el paraíso, no es crimen alguno. Las familias que se suicidaron en Indonesia se encontraban simplemente en un extremo del espectro, ya que tenían fuertes convicciones, mientras que la mayoría de la gente aún tiene dudas, al menos las suficientes como para impedirles actuar como si todo el asunto del cielo fuera real. Esperemos que ese nivel de duda siga prevaleciendo en la gran mayoría de la gente.

No puedo enojarme con la familia. Solo siento tristeza por el daño que causaron y la pérdida de vidas. Pero si de verdad creen en estas tonterías religiosas, entonces actuaron como buenos padres. Piensen en lo que podrían haber hecho con sus vidas y las de sus hijos si hubieran sido ateos.


Autor: Dean Van Drasek

Soy estadounidense, aunque he vivido en Asia durante más de 20 años. Nací en una familia cristiana, pero nunca llegué a creer del todo, aunque lo intenté con ahínco. Mi abuela, con buen humor, solía llamarme "pagano", y tenía toda la razón. Les confesé a mis familiares y amigos que no era creyente cuando entré a la universidad. Me gusta leer sobre mitología comparada.

Traducido del original:

https://www.atheistrepublic.com/blog/dean-van-drasek/it-s-not-terrorism-its-religion                          

 
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lunes, 22 de junio de 2026

¿Cómo sabemos que la Biblia fue inventada por gente ignorante?




¿Cómo sabemos que la Biblia fue inventada por gente ignorante?


Basta con mirar los hechos”


Por: © Rosa Rubicondior.

Miércoles, 17 de Junio de 2026


Esta analogía requiere un manejo cuidadoso porque los creacionistas son expertos en ignorar el punto de un argumento y atacar en su lugar una caricatura del mismo. Así que, para que quede claro desde el principio, esto no es una afirmación sobre lo que dice la Biblia. Es un simple experimento mental sobre cómo contrastamos las afirmaciones con la realidad.

Supongamos que alguien escribió un libro en el que afirmaba dar una descripción precisa de la Biblia. En él, decía que la Biblia constaba de solo cuatro libros, dos en el Antiguo Testamento y dos en el Nuevo Testamento; que tenía solo 120 páginas; y que toda la historia trataba sobre Adán y Eva y sus hijos, Noé y Moisés.

Cómo contrastaríamos esas afirmaciones?

La respuesta no es complicada. Tomaríamos una Biblia y compararíamos las afirmaciones con el libro mismo. En otras palabras, contrastaríamos la descripción con la realidad que afirma describir. Y una vez hecho esto, solo cabrían dos conclusiones serias: o el autor mentía deliberadamente para engañar a sus lectores, o era tan ignorante de los hechos que simplemente los inventó. Lo que no podíamos concluir razonablemente es que la Biblia estuviera equivocada por no coincidir con su descripción.


Y dijo Dios: Haya un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del firmamento de las aguas que estaban sobre el firmamento; y fue así. Y llamó Dios al firmamento Cielos. Y fue la tarde y la mañana del segundo día. Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un solo lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra; y a la reunión de las aguas llamó Mares; y vio Dios que era bueno. ( Génesis 1:6-10 )

E hizo Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en el firmamento de los cielos para alumbrar sobre la tierra. ( Génesis 1:16-17 )


Así es, en su forma más simple, como funciona la ciencia. Una afirmación se contrasta con la realidad. Partimos de la suposición —la hipótesis nula— de que no existe una diferencia significativa entre la afirmación y los hechos. Luego observamos. Si la evidencia muestra una diferencia real entre la afirmación y los hechos observables, la afirmación no supera la prueba. No es la realidad la que debe ajustarse para rescatar la afirmación; es la afirmación la que debe rechazarse o revisarse.

Esto puede sonar como una explicación simplista de ciencia básica, pero es sorprendente la frecuencia con la que los creacionistas se equivocan incluso en esto. Tienen un libro que, leído literalmente, hace afirmaciones sobre la edad, el origen y la estructura del universo. Con la ciencia moderna, es sencillo comparar esas afirmaciones con el universo real. Cuando hacemos esto, descubrimos que la descripción y la realidad no solo son diferentes, sino radicalmente e irreconciliablemente distintas.

Sin embargo, en lugar de concluir que la descripción antigua es errónea, los creacionistas concluyen que la evidencia debe ser errónea. Los hechos no se juzgan en función de la realidad; la realidad se juzga en función de la exigencia previa de que la Biblia debe ser correcta. Esto no es ciencia. Es una ilusión disfrazada de certeza.

En efecto, los creacionistas creen que sus creencias prevalecen sobre la evidencia.

Entonces, ¿qué afirmaciones hace la Biblia sobre la edad y la estructura del universo, y cómo se comparan esas afirmaciones con la realidad observable?

Para ser justos, la Biblia no proporciona una edad numérica explícita para el universo. La conocida cifra de unos 6000 años, propia de los creacionistas de la Tierra joven, proviene de cálculos basados ​​en genealogías bíblicas, siendo el más famoso el del arzobispo James Ussher del siglo XVII , quien situó la creación en el 4004 a. C. Los creacionistas modernos de la Tierra joven suelen extender esta cifra a un rango de entre 6000 y 10 000 años, no porque la evidencia lo exija, sino porque la cifra anterior resulta ahora demasiado absurda como para defenderla con seriedad.

Sin embargo, la Biblia es más explícita sobre la estructura del universo tal como la entendían sus autores antiguos. Describe un mundo en el que la Tierra se encuentra bajo un firmamento, o bóveda, que separa las aguas de abajo de las de arriba. El sol, la luna y las estrellas se describen como luces situadas en este firmamento para iluminar la Tierra. En otros pasajes, las estrellas no se tratan como soles y galaxias distantes, sino como objetos que pueden caer del cielo y ser pisoteados. Esta es la cosmología de un mundo pequeño y antropocéntrico, no el universo revelado por la astronomía. ( Génesis 1:6-10 ; Génesis 1:16-17 ; Daniel 8:10 )


Entonces, ¿cómo se compara esa antigua descripción con lo que encontramos cuando observamos directamente? Tomemos, por ejemplo, este pequeño fragmento del cielo visible para el Telescopio Espacial Hubble:


Descripción de la imagen: Una gran galaxia espiral. Se observa inclinada, lo que provoca que se vea acortada y muy ancha. Sus brazos espirales azules, muy compactos, se extienden desde su brillante centro, separándose en sus extremos. Les siguen filamentos y cúmulos de polvo rojo oscuro, salpicados de puntos rosados ​​donde se forman estrellas en nubes de gas. La galaxia está rodeada por un tenue resplandor y se encuentra sobre un fondo oscuro.

Crédito: ESA/Hubble y NASA, D. Thilker y el equipo MAUVE-HST.


La imagen del mes de la ESA/Hubble de hoy se centra en una galaxia espiral activa en un viaje que abarca cientos de millones de años. La galaxia Messier 88 (M88), también conocida como NGC 4501, se encuentra a unos 63 millones de años luz de distancia en la constelación de Coma Berenices (Cabello de Berenice).

M88 es una galaxia activa, lo que significa que su centro alberga un agujero negro supermasivo que se alimenta de gas y polvo. Se estima que este agujero negro tiene una masa aproximadamente 100 millones de veces mayor que la del Sol, y parece estar impulsando las eyecciones de gas desde el centro de la galaxia.

Alrededor de este agujero negro hay una población de estrellas antiguas y rojizas que le dan a M88 su cálido brillo central. Desde el centro se extienden varios brazos espirales simétricos y compactos, cada uno delineado por brillantes cúmulos estelares rosas y azules y nubes de polvo anudadas. Vemos M88 desde un ángulo que la hace parecer alargada, y sus brazos espirales se despliegan delicadamente ante ella.

M88 es miembro del Cúmulo de Virgo, una colección de más de mil galaxias unidas por la gravedad y, por lo tanto, ligadas por el destino. A medida que este enorme grupo de galaxias se desplaza por el espacio, las galaxias mismas se encuentran en constante movimiento al orbitar alrededor del centro de gravedad del cúmulo. M88 emprende un largo y, en cierto modo, peligroso viaje cósmico que la llevará a los confines del cúmulo.

Como ocurre con cualquier viaje épico, M88 se verá fundamentalmente transformada por su travesía hacia el centro del Cúmulo de Virgo, a unos 2 millones de años luz de su ubicación actual. Dentro de 200 a 300 millones de años, M88 alcanzará su punto más cercano a Messier 87, la enorme galaxia elíptica que sirve de ancla a todo el cúmulo. Al aproximarse a este coloso gravitacional, M88 experimentará una intensa presión de arrastre. Este proceso consiste en la expulsión del gas de una galaxia al abrirse paso a través del gas siempre presente entre las galaxias del cúmulo.

Los investigadores ya han visto este proceso en acción en M88. El disco de gas giratorio de la galaxia está truncado y parece haberse comprimido en el borde frontal de la galaxia, acumulándose como nieve delante de un arado. De hecho, M88 parece tener considerablemente menos gas frío —el combustible básico para la formación de estrellas— de lo esperado para una galaxia de su tamaño, especialmente en sus regiones exteriores. Esta es una clara señal de que M88 se verá alterada por su viaje, lo que afectará su capacidad para formar estrellas y alterará el curso de su evolución.

Los astrónomos observaron M88 con el Hubble como parte de un programa de observación (# 18103(Investigador Principal: D. Thilker) dedicado a comprender la vida de las galaxias espirales en entornos densos. Este programa utiliza la cámara de campo amplio 3 del Hubble, de gran capacidad , que puede resolver con precisión cúmulos estelares y nebulosas individuales en galaxias situadas a decenas de millones de años luz de distancia. Al estudiar galaxias a estas escalas, los astrónomos pueden comprender cómo un viaje a través de un cúmulo influye en la evolución de las galaxias y en su capacidad para formar nuevas estrellas.


Estas galaxias no habrían sido visibles para los autores de la Biblia, quienes simplemente asumieron que lo que podían ver era todo lo que existía, y que la magia era una base racional para explicar la existencia de objetos cuyo origen no era evidente. Estas galaxias distantes, a decenas o cientos de millones de años luz de distancia, cada una de las cuales puede contener miles de millones de estrellas y sistemas estelares, ocupan un fragmento tan pequeño del cielo nocturno que podrían ocultarse tras un solo grano de arroz sostenido con el pulgar y el índice, a la distancia de un brazo. Para una mayor comparación entre la descripción bíblica del universo y lo que podemos observar con la tecnología moderna, aquí les presentamos algunas imágenes recientes del mes de la Agencia Espacial Europea/Hubble:


Y eso es lo que sucede cuando contrastamos una afirmación antigua con la realidad. Los autores de la Biblia imaginaron un cosmos pequeño, cerrado y geocéntrico porque así era como lo veían las personas sin telescopios, sin espectroscopía, sin mecánica orbital, sin comprensión de las galaxias y sin forma de saber que los puntos de luz en el cielo nocturno no eran pequeñas lámparas fijadas a una cúpula sobre sus cabezas.

No hay nada de malo en que esos autores antiguos desconocieran lo que les era imposible saber. La vergüenza reside en pretender, miles de años después, que sus conjeturas precientíficas fueron revelación divina y que la astronomía moderna debe estar equivocada porque no coincide con ellas. Las imágenes del Hubble no muestran un firmamento. No muestran estrellas adheridas a una cúpula. No muestran aguas sobre el cielo, pilares que sostienen los cielos ni una pequeña Tierra plana en el centro de la creación. Muestran un universo vasto, antiguo y dinámico en el que nuestro planeta no es el centro de nada excepto de nuestra propia experiencia local.

Por lo tanto, los creacionistas se enfrentan al mismo problema que el autor del experimento mental que describió erróneamente la Biblia. O la descripción es incorrecta, o la realidad es incorrecta. La ciencia no tiene dificultad en decidir entre estas alternativas porque está dispuesta a investigar. El creacionismo, en cambio, parte de la respuesta requerida y luego exige que la evidencia se manipule, se ignore o se tergiverse hasta que parezca encajar.

Las imágenes del Hubble no son simplemente bellas; son evidencia. Son la realidad, registrada por instrumentos, verificada mediante la observación y comprendida a través de la física. Frente a esto, los creacionistas ofrecen la cosmología de la Edad de Bronce, argumentos falaces y la insistencia en que la incredulidad ante la evidencia es, de alguna manera, una virtud.

En cualquier otro contexto, confundir una antigua imagen mitológica del universo con una descripción científica precisa se consideraría absurdo. No es menos absurdo porque se haga en nombre de la religión. El universo no está obligado a ajustarse a las fantasías de los sacerdotes antiguos, y cuando lo observamos con honestidad, es evidente que no lo hace.

No es culpa de los autores de la Biblia que se equivocaran tanto; hicieron lo mejor que pudieron con el poco conocimiento que tenían.


Traducido del original:

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