lunes, 11 de mayo de 2026

¿Cuánto de lo que leemos en la Biblia es cierto? (Parte II)



¿Cuánto de lo que leemos en la Biblia es cierto?

(Parte II)


"Hay fundamentalistas cristianos que anhelan creer que todas y cada una de las palabras que aparecen en la Biblia son literalmente ciertas"


(Ver: Parte I)


En el articulo anterior dije que hablaría de esos evangelios extra, más o menos unos cincuenta, cualquiera de los cuales podría haber sido incluido en el canon junto a los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. La mayoría de ellos fueron escritos en los dos primeros siglos después de Cristo, pero, al igual que ocurrió con los cuatro evangelios oficiales, las últimas versiones escritas estaban basadas en tradiciones orales antiguas (acompañados, seguramente, de las habituales distorsiones tipo teléfono escacharrado). Entre ellos están el evangelio de Pedro, el de Felipe, el de María Magdalena, el evangelio copto de Tomás, el evangelio de la infancia de Tomás, el evangelio según los egipcios y el evangelio de Judas Iscariote.

En algunos casos, resulta fácil ver por qué fueron descartados. Cojamos, por ejemplo, el evangelio de Judas Iscariote. Judas fue el archivillano durante toda la historia de Jesús. Le traicionó entregándole a las autoridades, quienes le arrestaron, juzgaron y ejecutaron. Según el evangelio de Mateo, su motivación era la avaricia: la traición le devengó treinta monedas de plata. El problema con Mateo es que, como hemos visto, estaba obsesionado con las profecías del Antiguo Testamento. Mateo quería que todo lo que le sucediera a Jesús cumpliera con alguna profecía. Y nos podríamos preguntar si Judas, con el supuesto motivo de la avaricia, fue víctima de la fijación de Mateo por las profecías. Las siguientes son algunas pistas, que tomo prestadas del historiador bíblico Bart Ehrman.

Al profeta Zacarías (capítulo 11, versículo 12) le pagaron treinta monedas de plata. Una coincidencia no muy sorprendente. Hasta que leemos el siguiente versículo de Zacarías:

Y me pagaron solo treinta monedas de plata. ¡Valiente precio el que me pusieron!

Entonces el Señor me dijo: «Entrégaselas al alfarero». Así que tomé las treinta monedas de plata y se las entregué al alfarero del templo del Señor.

Recuerden las palabras «entrégaselas» y «alfarero» mientras volvemos al capítulo 27 de Mateo. Lleno de remordimiento, Judas cogió sus treinta monedas de plata y se las entregó a los sumos sacerdotes y a los ancianos.

Cuando Judas, el que lo había traicionado, vio que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos.

He pecado —les dijo—, porque he entregado sangre inocente.

¿Y eso a nosotros qué nos importa? —respondieron—. ¡Allá tú!

Entonces Judas arrojó el dinero en el santuario y salió de allí. Luego fue y se ahorcó.

Los jefes de los sacerdotes recogieron las monedas y dijeron: «La ley no permite echar esto al tesoro, porque es precio de sangre». Así que resolvieron comprar con ese dinero un terreno conocido como Campo del Alfarero, para sepultar allí a los extranjeros.

Los sumos sacerdotes no querían aceptar dinero manchado de sangre. Así que, en lugar de eso, utilizaron las treinta monedas de plata para comprar un terreno llamado… el Campo del Alfarero. Fiel a su costumbre, Mateo lo remata con otro profeta, en esta ocasión Jeremías:

Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías: «Tomaron las treinta monedas de plata, el precio que el pueblo de Israel le había fijado, y con ellas compraron el campo del alfarero, como me ordenó el Señor».


El redescubrimiento del evangelio de Judas fue uno de los hallazgos de documentos más sorprendentes de todo el siglo XX. Se sabía que dicho evangelio se había escrito, porque fue mencionado, y condenado, por los primeros Padres de la Iglesia. Pero todo el mundo creyó que se había perdido, puede que incluso destruido por herejía. Y entonces, en 1978, se halló un conjunto de documentos y fragmentos que llevaban enterrados en una cueva unos mil setecientos años. Los descubrieron por casualidad unos campesinos. Como suele ocurrir con estos hallazgos, pasó un tiempo hasta que este preciado documento llegó a manos de los expertos apropiados capaces de tratarlo como es debido, y sufrió algunos daños durante el trayecto. Se dató con la prueba del carbono, y se concluyó que era del año 280 d. C., sesenta años arriba o abajo

El documento redescubierto estaba escrito en copto, una antigua lengua egipcia. Pero se cree que se trata de una traducción de un texto griego más antiguo y todavía perdido, y es muy probable que fuera tan antiguo como los cuatro evangélicos canónicos. Al igual que esos cuatro, fue escrito por una persona distinta al citado como autor, por lo que seguramente no lo escribió el propio Judas. Es, en su mayor parte, un conjunto de conversaciones entre Judas y Jesús. Cuenta la historia de la traición, pero desde el punto de vista de Judas, y elimina una buena parte de la culpa que siente. Sugiere que Judas fue el único de los doce discípulos que entendió realmente la misión de Jesús. Los cristianos creen que el hecho de que Jesús fuera arrestado y asesinado formaba parte del plan divino para que, de ese modo, Dios pudiese perdonar los pecados de la humanidad. Por lo que Judas le estaba haciendo un favor a Jesús, y a Dios. Si esto suena raro (y lo es), esa extrañeza proviene directamente de la idea central del cristianismo: que la muerte de Jesús fue un sacrificio necesario, planeado por Dios. Ahora el lector podrá entender por qué el Concilio de Roma pudo preferir no incluir el evangelio de Judas en el canon.

Por razones diferentes, no resulta sorprendente que también descartaran el evangelio de la infancia de Tomás. Contrariamente a lo que se rumorea, no fue «Tomás el incrédulo», el discípulo que quería pruebas antes de creer en la resurrección de Jesús (igual debería ser el santo patrón de los científicos). Este evangelio narra increíbles historias sobre la infancia de Jesús, un periodo de su vida prácticamente ausente en el canon oficial. Por lo que allí se cuenta, Jesús era un niño travieso, que no temía mostrar sus poderes mágicos. A los cinco años, jugando en la orilla de un arroyo, cogió barro y lo convirtió en doce gorriones vivos.

Un gorrión está compuesto por más de cien mil millones de células. Células nerviosas, musculares, hepáticas, sanguíneas, óseas y de cientos de tipos más. Cada una de esas células es una máquina en miniatura de una complejidad extraordinaria. Cada una de las dos mil plumas que posee un gorrión es una maravilla con una delicada arquitectura. Nadie conocía esos detalles en los tiempos de Jesús. Aun así, pensaríamos que los adultos se habrían quedado bastante impresionados. Crear todo eso a partir de barro, y de un plumazo, sería una hazaña extraordinaria más propia de la magia. Pero no: José le dio más importancia a regañar a Jesús porque lo hizo en el día del sabbat, ya que la ley judía prohíbe realizar ningún trabajo ese día. Algunos judíos actuales ni siquiera le dan al interruptor de la luz si es sabbat. Tienen un temporizador que lo hace por ellos. Y hay edificios de apartamentos en los que, en sabbat, el ascensor se para en cada piso para que así no tengas que «trabajar» apretando un botón.

La respuesta de Jesús al ser regañado fue aplaudir y decir: «Largaos». Obedientemente, los gorriones levantaron el vuelo, piando.

De acuerdo con el evangelio de la infancia, el joven Jesús también utilizó sus poderes mágicos de formas menos interesantes. En una ocasión, estaba paseado por la aldea y otro niño que pasó corriendo tropezó levemente con su hombro. Jesús se enfadó y le dijo: «No llegarás mucho más lejos en tu camino». Esa misma noche, el niño se cayó y murió. Comprensiblemente, los afligidos padres se quejaron a José y le pidieron que controlase el uso que hacía Jesús de sus poderes mágicos. Debieron haberlo pensarlo mejor: de inmediato, Jesús los dejó ciegos. En una ocasión anterior, Jesús estaba molesto con un niño y lo maldijo de tal forma que su cuerpo se marchitó completamente.

No todo fue malo. Cuando uno de sus compañeros de juego se cayó de un tejado y se mató, Jesús le resucitó. Salvó de esa misma forma a una serie de personas, y en una ocasión curó a un hombre que accidentalmente se había cortado en un pie con su propia hacha. Una vez estaba ayudando a su padre carpintero, y resultó que una pieza de madera era demasiado corta. Bien, ¡Jesús no iba a permitir que un problemilla como ese estropeara un trabajo excelente! Alargó la madera con uno de sus hechizos mágicos.

Nadie se cree que los milagros fantásticos del evangelio de la infancia de Tomás sucedieran realmente. Jesús no convirtió el barro en gorriones, no mató al niño que tropezó con él ni dejó ciego a sus padres, ni tampoco alargó el pedazo de madera en la carpintería. ¿Por qué, entonces, la gente se cree los inverosímiles milagros descritos en los evangelios oficiales, canónicos: convertir el agua en vino, caminar sobre las aguas, alzarse de entre los muertos? ¿Se habrían creído el milagro de los gorriones o el del alargamiento del pedazo de madera si el evangelio de la infancia hubiese sido incluido en el canon? Y, si no, ¿por qué no? ¿Qué tienen de especial los cuatro evangelios en particular que fueron lo suficientemente afortunados para ser elegidos para formar parte del canon por un grupo de obispos y teólogos en Roma en el año 382 d. C.? ¿Por qué ese doble rasero?



El siguiente es otro ejemplo de ese doble rasero. Mateo nos cuenta que, en el momento exacto en el que Jesús muere en la cruz, la gran cortina del templo de Jerusalén se rasgó por la mitad, la tierra tembló, las tumbas se abrieron y los muertos caminaron por las calles. Según el evangelio oficial, entonces, el hecho de que Jesús resucitara no fue algo inusual. Solo tres días antes de que lo hiciera, una gran cantidad de personas salieron de sus tumbas y caminaron por las calles de Jerusalén. ¿Se creen realmente eso los cristianos? Y, si no es así, ¿por qué no? Hay tantas razones (o, para ser más concreto, tan pocas) para creer eso como para creer en la propia resurrección de Jesús. ¿Cómo deciden los creyentes en qué cuentos inverosímiles creer y cuáles ignorar?

Como dije anteriormente, la mayoría de los historiadores, aunque no todos, creen que Jesús existió. Pero eso no es decir mucho. «Jesús» es la forma romana del nombre hebreo Joshua o Yeshua. Era un nombre común y abundaban los predicadores errantes. Por lo que no es tan raro que existiera un predicador que se llamara Yeshua. De hecho, pudo haber muchos. Lo que no es creíble es que alguno de ellos convirtiera el agua en vino (o el barro en gorrines), caminara sobre las aguas, naciera de una virgen o se levantara de entre los muertos. Si usted quiere creer cosas como esas, lo mejor que podría hacer es buscar pruebas mucho mejores que las disponibles hasta ahora. Tal como dijo el astrónomo Carl Sagan: «Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias». Puede que se inspirara en Laplace, el famoso matemático francés, quien creía que el peso de la evidencia para una afirmación extraordinaria debe ser proporcional a su rareza.

La afirmación de que existió un predicador errante llamado Jesús no es una afirmación extraordinaria. Y las pruebas, aunque ligeras, son «proporcionales»: hacen falta pocas pruebas para una afirmación modesta. Probablemente, Yeshua sí existió. Pero las afirmaciones sobre que su madre era una virgen y que se alzó de la tumba son realmente extraordinarias. Por lo que las evidencias tendrían que ser buenas. Y no lo son.

David Hume, el gran filósofo escocés del siglo XVIII, tenía algo que decir sobre los milagros, y me gustaría hablar sobre ello porque es importante. Lo diré con mis propias palabras. Si alguien afirma haber visto un milagro —hace, por ejemplo, la milagrosa afirmación de que Jesús se levantó de su tumba o de que el niño Jesús convirtió el barro en gorriones— existen dos posibilidades:

POSIBILIDAD 1: Sucedió realmente.

POSIBILIDAD 2: El testigo se equivoca, o miente, o estaba alucinando, ha informado mal de lo sucedido, presenció un truco de magia, etc.

Alguien podría decir: «El testigo es tan fiable que le confiaría mi vida, y además hubo muchos más testigos —sería un milagro que estuviera mintiendo o que estuviera equivocado—». Pero Hume replicaría que: perfecto, pero incluso si usted piensa que la posibilidad 2 sería un milagro, seguramente admitirá que la posibilidad 1 es aún más milagrosa. Cuando tenga que elegir entre dos posibilidades, escoja siempre la que parezca menos milagrosa.


¿Ha visto alguna vez a un «mago» realmente extraordinario, un gran ilusionista? Derren Brown, por ejemplo, o Jamy Ian Swiss, o David Copperfield, James Randi o Penn y Teller? Es asombroso, una voz de nuestro interior nos grita: «Tiene que ser un milagro, no es posible que no sea algo sobrenatural». Pero, entonces, si el ilusionista es honesto, le dirá, serena y cuidadosamente: «No, solo es un truco. No puedo decirle cómo lo he hecho, me echarían del Círculo Mágico, pero le prometo que tan solo es un truco».

No todos los ilusionistas son honestos, por cierto. Algunos ganan grandes sumas de dinero doblando cucharas gracias a sus supuestos «poderes psíquicos» y persuadiendo luego a compañías mineras de que esos mismos poderes psíquicos les pueden decir dónde tienen que excavar.

En algunas ocasiones, es fácil ver cómo se ha hecho el truco. Recuerdo un espectáculo que apareció en una televisión británica en el que se anunciaban hazañas «increíbles» logradas mediante poderes psíquicos (telepatía y cosas por el estilo). A la hora de la verdad, no eran nada más que trucos habituales con los que se engañaba al presentador del programa, de nombre David Frost. Frost, o era muy tonto, o (mucho más probable) estaba fingiendo ser tonto por el bien de la audiencia del programa. Había una actuación de un padre y un hijo de Israel en la que el hijo aseguraba que podía leer los pensamientos de su padre mediante telepatía. El padre leía para sí un número secreto y mandaba «ondas del pensamiento» a su hijo, situado al otro lado del escenario, que «leía correctamente esos pensamientos». El padre hizo ver que se concentraba profundamente para a continuación gritar algo parecido a: «¿Ya lo has adivinado, hijo?», a lo que el hijo contestaba «¡Cinco!». El público se puso a aplaudir fervientemente, incitado por el insensato presentador: «¡Increíble! ¡Asombroso! ¡Qué misterioso! ¡La telepatía ha demostrado ser cierta!».

¿Lo pillan? Les daré una pista. Si el número secreto hubiera sido el ocho, el padre habría gritado algo como: «¿Crees que lo vas a poder conseguir, hijo?». Si el número secreto era el tres, habría dicho: «¿Lo tienes, hijo?». Si el número era el cuatro: «¿Ya lo tienes, hijo?». Pero lo que quiero recalcar es que, incluso si el ilusionista es realmente bueno (no como el equipo formado por ese padre y su hijo) y usted no adivina cómo funciona el truco, este sigue siendo un truco. No hay razón para pensar «debe de ser un milagro». Piense como Hume.

Apliquemos el razonamiento de Hume a algunos trucos de magia, cambiando el nombre a las dos «posibilidades» por el de «milagros».

MILAGRO 1: El ilusionista cortó de verdad a la mujer por la mitad. Penn y Teller atraparon las balas disparadas por el otro con sus dientes. David Copperfield hizo desaparecer la Torre Eiffel. James Randi metió sus manos en el interior del abdomen de un paciente y le sacó los intestinos.

MILAGRO 2: Sus ojos le engañan, incluso cuando cree que está observando los movimientos del ilusionista como un halcón, por lo que le parecería «milagroso» perderse algo.

Creo que ha de estar de acuerdo en que el milagro 2, por mucho que quiera poner reparos, no es un milagro. Tiene que decantarse por el milagro menor y extraer la misma conclusión a la que llegaría Hume: el milagro 1 nunca se produjo. Le engañaron.

A veces, el milagro 1, el milagro supuestamente verdadero, parece que es confirmado por un gran número de testigos. Puede que el ejemplo más famoso sea la «Aparición» de Nuestra Señora de Fátima.

En 1917, en Fátima, Portugal, dos niñas y un niño afirmaron haber tenido una visión de la Virgen María. Una de ellas, Lucía, dijo que María le habló y le prometió regresar al mismo lugar el día 13 de cada mes hasta octubre, momento en el que haría un milagro para demostrar quién era. Los rumores se propagaron por todo Portugal. Y el 13 de octubre, una gran multitud compuesta por setenta mil personas se congregó en el lugar para ser testigos del milagro. La Virgen María se le apareció a Lucía (a nadie más), quien señaló directamente en dirección al sol. Entonces:

El sol pareció caer de los cielos sobe la multitud horrorizada… y justo cuando parecía que la bola de fuego caería sobre ellos y los destruiría, el milagro cesó, y el sol recuperó su lugar habitual en el cielo, brillando tan pacíficamente como siempre.

Los católicos romanos se tomaron esta historia muy en serio (muchos de ellos lo siguen haciendo). Declararon oficialmente que había sido un milagro. El papa Juan Pablo II sobrevivió a un intento de asesinato en 1981. Creía que se había salvado gracias a «Nuestra Señora de Fátima», que «guio la bala» para que no lo matara. No «Nuestra Señora», sino, concretamente, «Nuestra Señora de Fátima». ¿Significa esto que los católicos creen en un montón de «Nuestras Señoras»? ¿Son incluso más politeístas que lo que sugerí en el capítulo 1? No solo una María, sino montones de ellas, cada una de las cuales aparece en alguna ladera, cueva o gruta.

En 2017, el obispo Dominick Lagonegro, el obispo auxiliar católico romano de Nueva York, predicó un sermón en el que citaba a su tía, la cual había sido testigo presencial de lo ocurrido en Fátima. Según su relato, el sol

subía y bajaba, iba y venía, como si estuviera bailando. «¿Quién más sino la Santísima Madre podría hacer bailar el sol?» [el obispo Lagonegro] se rio. Pero entonces aumentó de tamaño y «empezó a venir hacia la Tierra», continuó el obispo. «Mi tía recordaba que “parecía que las ropas de todos eran de un color amarillo brillante debido al sol”. Continuó cayendo hacia la tierra durante unos minutos», dijo, contando la historia de su tía, «y entonces se detuvo», volviendo a su órbita.

¿A su órbita? ¿Qué «órbita» sería esa? Y «continuó cayendo hacia la tierra durante unos minutos». ¡Durante unos minutos! Apliquemos el razonamiento de Hume a este caso.

MILAGRO 1: El sol se movió por el cielo y empezó a caer hacia la multitud, moviéndose hacia ellos de forma perceptible durante varios minutos.

MILAGRO 2: Setenta mil testigos estaban equivocados, o mintieron, o lo interpretaron mal.

El milagro 2 parece realmente un milagro, ¿no? ¿Setenta mil personas sufrieron la misma alucinación al mismo tiempo? ¿O todos contaron la misma mentira? Sin duda, eso hubiera sido un milagro gigantesco. Es lo que parece. Pero considere la alternativa, el milagro 1. Si de verdad el sol se hubiese movido, ¿no lo habría visto todo el mundo situado en la parte del mundo que era de día? No solo las personas reunidas en las afueras de un único pueblo de Portugal. Y si realmente se hubiera movido (o se hubiera movido la Tierra, por lo que podría parecer que el que se movía era el sol), habría sido una enorme catástrofe que hubiera destruido el mundo y puede que también el resto de planetas. ¡Especialmente si «cayó» durante «unos minutos»!

Así pues, siguiendo el razonamiento de Hume, escogemos el milagro menor y nuestra conclusión es que el famoso milagro de Fátima nunca se produjo.

La verdad es que estaba haciendo lo imposible para que el milagro 2 pareciese más milagroso de lo que realmente fue. ¿De verdad había setenta mil personas congregadas en ese lugar? ¿Cuál es la prueba histórica que demuestra que fueron tantos? En nuestro tiempo, ese tipo de números se exagera muy a menudo. Donald Trump afirmó que un millón y medio de personas acudieron a su acto de toma como presidente. Las pruebas fotográficas demuestran que fue una exageración gigantesca. Incluso aunque se reunieran setenta mil personas en Fátima en octubre de 1917, ¿cuántas afirmaron haber visto que el sol se movió? Puede que solo lo hicieran unos pocos, y el número se infló por el efecto del teléfono escacharrado. Si uno mira fijamente en dirección al sol, tal como les había indicado Lucía (por cierto, no lo intente, es malo para su vista), podría sufrir una alucinación y ver un ligero movimiento. La magnitud de ese movimiento, al igual que ocurrió con el número de personas que lo vieron, podría exagerarse gracias al efecto del teléfono escacharrado.

Pero lo importante de esta historia es que no necesitamos preocuparnos de esas consideraciones. Incluso si las setenta mil personas afirmaran haber visto cómo se movió el sol y cómo descendía hacia la Tierra, sabemos a ciencia cierta que eso no ocurrió porque el planeta no se ha destruido y nadie que no estuviera en Fátima lo vio moverse. Desde luego, el supuesto milagro nunca se produjo y la Iglesia católica romana fue muy ingenua por concederle una autentificación oficial.

Por cierto, en el Libro de Josué aparece un milagro parecido. Puede que este milagro fuera lo que inspiró a Lucía para inventarse el suyo. El líder israelí Josué estaba disputando una de sus muchas batallas contra las tribus rivales y necesitaba algo más de tiempo para asegurarse la victoria. ¿Qué hacer? ¡La solución obvia! En esos días se podía hablar directamente con Dios. Todo lo que tenía que hacer era pedirle que pospusiera la llegada de la noche para que el sol siguiera brillando en el cielo. Dios le complació y el sol permaneció en el cielo, proporcionándole a Josué el tiempo extra que necesitaba para ganar la batalla. Obviamente, este milagro nunca sucedió. Ningún experto serio piensa lo contrario. Pero hay fundamentalistas cristianos que anhelan creer que todas y cada una de las palabras que aparecen en la Biblia son literalmente ciertas. Y en internet se pueden consultar páginas web fundamentalistas que, desesperadamente, dan mil y una vueltas para encontrar alguna forma de hacer pasar por verdadero el largo día de Josué.

Traducido del original:

Outgrowing God: A Beginner’s Guide to Atheism

Richard Dawkins

Ver:

lunes, 4 de mayo de 2026

La Religión de los Ateos




La Religión de los Ateos


O la falacia del descreimiento


1 Mayo 2026,

Manuel Marín Oconitrillo


Si le preguntamos a la inteligencia artificial o a cualquier motor de búsqueda de internet si el ateísmo puede considerarse una religión, encontraremos cosas como estas, de la IA de Google:


El ateísmo no es una religión, sino la ausencia de creencia o la negación de la existencia de deidades. Se fundamenta en la razón, el escepticismo científico y la falta de evidencia empírica para mantener la fe en entes sobrenaturales. Aunque no adoran deidades, algunos ateos basan su cosmovisión en el humanismo, la ética o la ciencia.


Aspectos clave sobre la "postura" atea


Fundamentos: se basa en la evidencia empírica, el escepticismo científico y la negación de dogmas.

No es dogmático: al no tener libros sagrados ni sacerdotes, carece de las estructuras propias de una religión organizada.

Enfoque humano: muchos ateos sustituyen la figura divina por la valoración del ser humano, la moralidad, la compasión y el racionalismo. Diversidad: Existe variedad, desde el ateísmo pasivo (sin creencia) hasta el activo o militante que cuestiona activamente la religión.

Argumentos: suelen basarse en el problema del mal, en la falta de pruebas y el rechazo de conceptos infalsables.

Aunque no es una religión, a veces se discute si el ateísmo militante (nuevos ateos) actúa con convicciones firmes, similares a una postura religiosa en su rechazo a la fe.


El ateísmo está presente en China, Noruega, Japón, República Checa, Francia, Estados Unidos, Australia e Islandia, con porcentajes muy elevados. En España, la suma de no creyentes y ateos es del 27,5%…

Ahora, lo anterior, dicho en términos menos técnicos, se resume en que los ateos niegan la existencia de cualquier deidad o ser sobrenatural, denegando las definiciones específicas de Dios propuestas por las religiones. Se enfocan en la falta de pruebas empíricas de las entidades. No necesariamente niegan un concepto abstracto de "poder supremo", sino la creencia en un dios teísta personal y ordenador.


Rechazo de conceptos religiosos: niegan a los dioses específicos descritos por las religiones, tales como el dios teísta, creador o personal.

Falta de evidencia: muchos ateos se basan en que no se ha probado la existencia de deidades, lo que les lleva a no admitir la verdad o existencia de un Dios.

Ateísmo como ausencia de creencia: en un sentido más amplio, el ateísmo se define como la mera ausencia de creencia en la existencia de cualquier deidad, en lugar de una negación activa.

Foco en el ser humano: al negar la existencia de un ser superior, el ateísmo a menudo se centra en el ser humano y la realidad empírica.


La existencia del "ateísmo puro" es un tema, filosófico y teológicamente, debatido. Se puede definir como la ausencia total de creencia en cualquier deidad o entidad sobrenatural.

Mientras el “ateísmo explícito” niega la existencia de Dios de forma consciente, el ateísmo implícito simplemente carece de dicha creencia sin rechazo previo.



Perspectivas principales


Desde la definición: sí existe como ateísmo implícito o débil (falta de fe) o fuerte/positivo (afirmación de que Dios no existe). Es una postura respecto a la creencia en la deidad, no una ideología con dogmas.

Desde la filosofía y la teología: algunos autores argumentan que el ateísmo puro no existe, sosteniendo que el ser humano busca trascendencia y, al negar a Dios, a menudo se adoran "ídolos" o se confía en otras cosas, convirtiendo el ateísmo en un sistema de creencias o incluso una "religión de sí mismo”.

Ateísmo pragmático: muchos ateos simplemente ignoran la cuestión divina, enfocándose en un mundo material y actuando sin motivación religiosa.

En conclusión, el ateísmo, como postura de no creencia, existe y es común, pero la idea de una falta absoluta de confianza o creencia (ateísmo "puro" en sentido teológico) es cuestionada por quienes ven en todo ser humano una necesidad de buscar sentido o trascendencia.

Esto nos lleva a las sociedades primitivas en donde surge el deseo de religación, de acercamiento hacia aquello que consideraban superior, regente o creador. Normalmente no era solo un dios, sino muchos, que regían, creaban o simplemente asociaban con los fenómenos naturales (como los truenos, las lluvias, los vientos y olas del mar), ciclos vitales (fertilidad, cosecha), astros (sol, luna, estrellas). Etcetera. Todo ello requería un tótem, un objeto físico que sintetizara las cualidades del dios: un tótem para cada dios.

Por ello, desde las sociedades más primitivas, existe la construcción de objetos de madera, barro, cerámica, piedra (etc) por lo que, desde una perspectiva sociológica, antropológica y de crítica cultural, tanto la ciencia como el dinero (por ejemplo) pueden llegar a funcionar como tótems en la sociedad moderna. Aunque la definición tradicional de "tótem" se refiere a un objeto natural o animal venerado por una tribu como símbolo protector o de identidad (definición de la RAE), el concepto se ha extendido para analizar cómo las sociedades modernas sacralizan ciertos conceptos.



El dinero como tótem (sacralización del intercambio) conlleva un valor simbólico y de culto: el dinero no es solo un medio de intercambio (su función racional), sino un "símbolo sagrado" en la sociología moral del dinero. La sociedad moderna le otorga una confianza ciega, convirtiéndolo en un fin en sí mismo, en lugar de un simple instrumento, pues conlleva identidad y cohesión. Similar a los tótems tradicionales, el dinero une a los miembros de la sociedad moderna, permitiendo identificar grupos, alianzas y jerarquías sociales. Incluso ha llevado a una creencia automatizada; el valor se atribuye colectivamente, ocultando su construcción social.

La ciencia como tótem (cientificismo) implica una autoridad suprema: cuando la ciencia se convierte en "cientificismo" (la creencia de que la ciencia es la única fuente de la verdad), funciona como un tótem que proporciona certezas, respuestas y protección ante la incertidumbre, similar a un tótem protector. Luego, al igual que las religiones, la ciencia (o más bien, la fe ciega en ella) a menudo se separa de lo profano para volverse un objeto de veneración incuestionable en ciertos contextos, marcando la identidad del "racionalista moderno”. Los expertos y el conocimiento científico actúan como el tótem que organiza la visión del mundo moderno, guiando las políticas y la moral.


Claude Lévi-Strauss argumentó que el mundo moderno es tan "totémico" como las sociedades primitivas. La distinción entre "nosotros" (racionales) y "ellos" (primitivos) en sí misma es una construcción totémica, según la cual adoramos la racionalidad.

Émile Durkheim definió el totemismo como la separación entre lo sagrado y lo profano. Cuando el dinero o la ciencia son sacralizados, se elevan de la rutina al convertirse en símbolos sagrados.



En conclusión, la ciencia y el dinero operan como tótems modernos porque son objetos de fe colectiva, símbolos de identidad social y entidades a las que se les atribuye una "autoridad protectora" para organizar la realidad material y social.

Y ahora, como en la novela La vuelta de tuerca, vamos a darle otra vuelta a la tuerca usando las mismas armas de los ateos. Apenas plantearemos los argumentos, pues desarrollarlos implicaría extenderse más allá de los límites de este corto atisbo.

Comencemos con la ciencia. Se dice que la matemática es el lenguaje de la ciencia, es maravillosa, para la mayoría de los mortales es una fortaleza sin resquicios…, pero para los matemáticos, no tanto. Kurt Gödel planteó lo que se conoce como el Teorema de la incompletitud. Se nos va de las manos, así que solo diremos que habla de que la matemática tiene lagunas, no es absolutamente consistente. Este esbozo nos basta para poner suficientes dudas sobre el dios de la ciencia de los ateos; no es infalible. Se crea y desarrolla de acuerdo al avance del ser humano.

No obstante, el argumento más elegante contra la inexistencia de un Creador lo da uno de los mayores científicos de nuestro tiempo, Roger Penrose, físico y ganador del Nobel, que no adopta una postura teísta tradicional, pero reconoce la posibilidad de una "mente" o inteligencia subyacente que estructura el universo. De hecho, tiene que haberla de acuerdo con la física, señala.


Y ahora regresemos al muy antiguo problema del mal o paradoja de Epicuro:

¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde, entonces, surge el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?

Esto, que suena elegantísimo, parte de varias premisas falsas. Primera: separa a Dios del mal, es decir, que hay algo además de Dios y es malo. Esto nos llevaría a ¿quién creó el mal, si no lo creó Dios mismo, pues se ve dominado por él?

Para aclarar más lo planteado por Epicuro, nos valeremos de una versión más popular que se cuenta en los corrillos estudiantiles de la enseñanza media: ¿Puede Dios crear una piedra tan grande que no pueda alzarla? Si la crea, no es todopoderoso, pies no la pudo alzar, si la alza, entonces tampoco, porque no la pudo crear.

La solución radica en que esta paradoja está creada con trampa. En ella, Dios está gobernado por la gravedad, pues debe vencerla para alzar la piedra. Es decir, que, como también creo la gravedad, creó algo superior a sí mismo, que es una imposibilidad. Todo el juego es que tanto aquí como con Epicuro, nos basamos únicamente en el mundo físico, en las limitaciones humanas, y con ellas no podemos crear un Creador. Es absurdo. Y esto le da la razón en una cosa a los ateos: el Creador no puede ser antropomórfico, no puede tener atributos humanos.

El antropomorfismo de la divinidad es problemático en el cristianismo, pues es comparable con un Tótem, por un lado, y por otro con algo que supera las posibilidades de la ciencia: nos referimos a su representante de Dios en la tierra (Jesucristo). El mismo Penrose dice que Jesucristo es imposible desde todo punto de vista físico, por eso para hacerlo posible el cristianismo acude al milagro de que un ser omnipotente embaraza a una mujer y el espíritu se vuelve carne, sea lo que sea que eso signifique. Es decir, que una entidad incorpórea se aparea con una corpórea (o la insemina mágicamente, no lo sabemos), y de esta unión resulta que, en la mitología griega, sería un semidiós…


No queremos criticar al cristianismo, solo mostrar uno de los puntos más críticos de los ateos para no creer. Sin embargo, para el judaísmo, donde el Creador no se puede siquiera nombrar, pues sería nombrar lo inaprehensible, todo tiene que ver con el deseo humano de conocer a su Creador, esforzándose en adquirir sus cualidades. No define qué es el Creador, solo acepta que existe, siguiendo la premisa de que todo lo creado debe tener un Creador. Y del judaísmo, nos llega una sabiduría muy antigua que es la cábala, que habla del Creador completamente de otra forma que la filosofía o la ciencia, que reconoce que no es metodológicamente medible. De Epicuro nos podemos plantear lo siguiente: si aceptamos que sí hay un Creador, ¿qué cosa es el mal o el bien? ¿Qué tiene que ver con el Creador?

La cábala explica la Torá con otras herramientas muy distintas a las habituales del mundo físico: no trata de explicar el holograma que llamamos realidad o universo, sino que enseña a interactuar de la mejor forma con la creación, y de esta forma, con el Creador, siguiendo la premisa de que el Creador y lo creado son una y la misma cosa. En Deuteronomio: no hay nada más, aparte de Él —el Creador—. Muchos científicos, como Stephen William Hawking, colaborador de Penrose, afirman que el famoso Big Bang no es el inicio de todo, el punto de partida de nuestro universo (nuestra realidad), pero que hubo algo antes, aunque no sepamos qué es, aunque hay muchas teorías al respecto. La cábala no se ocupa de explicar el mundo material, de hecho, afirma que el mundo material no es real, sino un holograma, coincidiendo con muchas posturas de la física cuántica.

No nos extenderemos por los motivos de marras, nos centraremos en la relación del ser humano con su deseo de religación, de regresar al Creador. Los sabios de la Torá nos enseñan que el Creador es amor infinito, y al crear el mal, nos da la oportunidad de ser libres, nos da libre albedrío. El mal no es otra cosa que separarse de las cualidades del Creador, no ser como Él. Pero esto nos brinda la oportunidad de elegir ser como Él, que es un gran regalo. Pensemos que todo está bien, perfecto. Estaríamos fusionados al creador como un bebé en el vientre de su madre, pero al separarnos, somos como el bebé que viene al mundo y puede así conocer a su madre y aprender a ser como ella, a replicar su amor de madre. Dicen los cabalistas: es mayor el deseo de la madre de amamantar a su bebé que el del bebé de amamantarse. Es decir, el bebé aún está en una categoría inferior a la madre. Así, enseña la cábala, es la situación del ser humano con el Creador, y esa distancia es inconmensurable.

Muchas veces, a la gente los argumentos explicados de esta manera no le resultan intelectualmente satisfactorios, y esto se debe al ego humano, que pretende saberlo todo, controlarlo todo. Pero basta la ciencia para ver nuestra pequeñez: ni siquiera podemos viajar a la próxima galaxia, que es solo una pequeña parte del universo, pero pretendemos saber la esencia del Creador y controlarlo, analizarlo científicamente. Un niño no está interesado en saber cuánto mide su madre, su grupo sanguíneo, su densidad ósea…, su relación es emocional, quiere sentir a su madre, penetrar en su ser, y lo logra riendo con ella, aprendiendo de ella, amándola… Los aspectos científicos son superficiales en comparación; no dicen cómo realmente es la madre o qué es ser madre.

Asimismo, la cábala persigue eso en relación con el Creador, sin milagros, sin relaciones imposibles para la ciencia.

Hemos traído la cábala a colación para presentar otra perspectiva que nos muestra cuán falaz es decir que no hay un Creador. El mayor problema de los descreídos parece ser no que haya un Creador del todo, para expresarlo en lenguaje humano, sino que sea antropomórfico, y en eso admitimos que tienen toda la razón. En la cábala misma las limitaciones del lenguaje llevan a veces a situaciones extrañas, pero hay que entender de qué se trata adaptando el lenguaje a nuestro tiempo y convenciones sociales.

No sabemos qué es el Creador, pero sí podemos aproximarnos a Él adquiriendo sus atributos, como el amor absoluto. No es que vayamos a llegar, sino que el deseo de llegar nos conectará más con lo que significa la creación, la vida, la existencia. Esa es la “misión” de la cábala: conectar al ser humano con lo más esencial: el Creador. Y las religiones tienen asimismo su lugar, pues, por más que algunas estén llenas de defectos humanos, sirven para estudiar el asunto. Hay muchos caminos, algunos más largos que otros, pero confiemos en que la humanidad llegue a unirse en un solo propósito, el de querer superarse, en vez de dividirse y crear caos y destrucción. Usemos para bien nuestro libre albedrío.

Fuente:

https://www.meer.com/es/107461-la-religion-de-los-ateos

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“Prácticamente cualquier cosa, por absurda, tonta o ridícula que sea, ha sido creída o afirmada como cierta en un momento u otro por alguien, en algún lugar en nombre de la fe”

James T. Houk