Buenas
y Malas Razones para Creer
“Espero
que te lo pienses muy bien antes de creer una sola palabra de lo que
te digan”
20
octubre, 2009
Querida
Juliet:
Ahora
que has cumplido 10 años, quiero escribirte acerca de una cosa que
para mi es muy importante. ¿Alguna vez te has preguntado cómo
sabemos las cosas que sabemos? ¿Cómo sabemos, por ejemplo, que las
estrellas que parecen pequeños alfilerazos en el cielo, son en
realidad gigantescas bolas de fuego como el Sol, pero que están muy
lejanas? ¿Y cómo sabemos que la Tierra es una bola más pequeña,
que gira alrededor de esas estrellas, el Sol?
La
respuesta a esas preguntas es «por la evidencia». A veces,
«evidencia» significa literalmente ver (u oír, palpar, oler) que
una cosa es cierta. Los astronautas se han alejado de la Tierra lo
suficiente como para ver con sus propios ojos que es redonda. Otras
veces, nuestros ojos necesitan ayuda. El «lucero del alba» parece
un brillante centelleo en el cielo, pero con un telescopio podemos
ver que se trata de una hermosa esfera: el planeta que llamamos
Venus. Lo que aprendemos viéndolo directamente (u oyéndolo,
palpándolo, etc.) se llama «observación».
Muchas
veces, la evidencia no sólo es pura observación, pero siempre se
basa en la observación. Cuando se ha cometido un asesinato, es
corriente que nadie lo haya observado (excepto el asesino y la
persona asesinada). Pero los investigadores pueden reunir otras
muchas observaciones, que en un conjunto señalen a un sospechoso
concreto. Si las huellas dactilares de una persona coinciden con las
encontradas en el puñal, eso demuestra que dicha persona lo tocó.
No demuestra que cometiera el asesinato, pero además pueda ayudar a
demostrarlo si existen otras muchas evidencias que apunten a la misma
persona. A veces, un detective se pone a pensar en un montón de
observaciones y de repente se da cuenta que todas encajan en su sitio
y cobran sentido si suponemos que fue Fulano el que cometió el
asesinato.
Los
científicos -especialistas en descubrir lo que es cierto en el mundo
y el Universo- trabajan muchas veces como detectives. Hacen una
suposición (ellos la llaman hipótesis) de lo que podría ser
cierto. Y a continuación se dicen: si esto fuera verdaderamente así,
deberíamos observar tal y cual cosa. A esto se llama predicción.
Por ejemplo si el mundo fuera verdaderamente redondo, podríamos
predecir que un viajero que avance siempre en la misma dirección
acabará por llegar a mismo punto del que partió. Cuando el médico
dice que tienes sarampión, no es que te haya mirado y haya visto el
sarampión. Su primera mirada le proporciona una hipótesis: podrías
tener sarampión. Entonces, va y se dice: «Si de verdad tiene el
sarampión, debería ver….» y empieza a repasar toda su lista de
predicciones, comprobándolas con los ojos (¿tienes manchas?), con
las manos (¿tienes caliente la frente?) y con los oídos (¿te suena
el pecho como suena cuando se tiene el sarampión?). Sólo entonces
se decide a declarar «Diagnostico que la niña tiene sarampión». A
veces, los médicos necesitan realizar otras pruebas, como análisis
de sangre o rayos x, para complementar las observaciones hechas con
sus ojos, manos y oídos.
La
manera en que los científicos utilizan la evidencia para aprender
cosas del mundo es tan ingeniosa y complicada que no te la puedo
explicar en una carta tan breve. Pero dejemos por ahora la evidencia,
que es una buena razón para creer algo, porque quiero advertirte en
contra de tres malas razones para creer cualquier cosa: se llaman
«tradición», «autoridad» y «revelación».

Empecemos
por la tradición. Hace unos meses estuve en televisión, charlando
con unos 50 niños. Estos niños invitados habían sido educados en
diferentes religiones: había cristianos, judíos, musulmanes,
hindúes, sijs… El presentador iba con el micrófono de niño en
niño, preguntándoles lo que creían. Lo que los niños decían
demuestra exactamente lo que yo entiendo por «tradición». Sus
creencias no tenían nada que ver con la evidencia. Se limitaban a
repetir las creencias de sus padres y de sus abuelos, que tampoco
estaban basadas en ninguna evidencia. Decían cosas como «los
hindúes creemos tal y cual cosa», «los musulmanes creemos esto y
lo otro», «los cristianos creemos otra cosa diferente».
Como
es lógico, dado que cada uno creía cosas diferentes, era imposible
que todos tuvieran razón. Por lo visto, al hombre del micrófono
esto le parecía muy bien, y ni siquiera los animó a discutir sus
diferencias. Pero no es esto lo que me interesa de momento. Lo que
quiero es preguntar de dónde habían salido sus creencias. Habían
salido de la tradición. La tradición es la trasmisión de creencias
de los abuelos a los padres, de los padres a los hijos, y así
sucesivamente. O mediante libros que se siguen leyendo durante
siglos. Muchas veces, las creencias tradicionales se originan casi de
la nada: es posible que alguien las inventara en algún momento, como
tuvo que ocurrir con las ideas de Thor y Zeus; pero cuando se han
transmitido durante unos cuantos siglos, el hecho mismo de que sean
muy antiguas las convierte en especiales. La gente cree ciertas cosas
sólo porque mucha gente ha creído lo mismo durante siglos. Eso es
la tradición.
El
problema con la tradición es que, por muy antigua que sea una
historia, es igual de cierta o de falsa que cuando se inventó la
idea original. Si te inventas una historia que no es verdad, no se
hará más verdadera porque se trasmita durante siglos, por muchos
siglos que sean.
En
Inglaterra, gran parte de la población ha sido bautizada en la
Iglesia Anglicana, que no es más que una de las muchas ramas de la
religión cristiana. Existen otras ramas, como la ortodoxa rusa, la
católica romana y la metodista. Cada una cree cosas diferentes. La
religión judía y la musulmana son un poco más diferentes, y
también existen varias clases distintas de judíos y de musulmanes.
La gente que cree una cosa está dispuesta a hacer la guerra contra
los que creen cosas ligeramente distintas, de manera que se podrá
pensar que tienen muy buenas razones -evidencias- para creer lo que
creen. Pero lo cierto es que sus diferentes creencias se deben
únicamente a diferentes tradiciones.
Vamos
a hablar de una tradición concreta. Los católicos creen que María,
la madre de Jesús, era tan especial que no murió, sino que fue
elevada al cielo con su cuerpo físico. Otras tradiciones cristianas
discrepan, diciendo que María murió como cualquier otra persona.
Estas otras religiones no hablan mucho de María, ni la llaman «Reina
del cielo», como hacen los católicos. La tradición que afirma que
el cuerpo de María fue elevado al cielo no es muy antigua. La Biblia
no dice nada de cómo o cuándo murió; de hecho, a la pobre mujer
apenas se la menciona en la Biblia. Lo de que su cuerpo fue elevado a
los cielos no se inventó hasta unos seis siglos después de Cristo.
Al principio, no era más que un cuento inventado, como Blancanieves
o cualquier otro. Pero con el paso de los siglos se fue convirtiendo
en una tradición y la gente empezó a tomársela en serio, sólo
porque la historia se había ido transmitiendo a lo largo de muchas
generaciones. Cuanto más antigua es una tradición, más en serio se
la toma la gente. Y por fin, en tiempos muy recientes, se declaró
que era una creencia oficial de la Iglesia Católica: esto ocurrió
en 1950, cuando yo tenía la edad que tienes tú ahora. Pero la
historia no era más verídica en 1950 que cuando se inventó por
primera vez, seiscientos años después de la muerte de María.
Al
final de esta carta volveré a hablar de la tradición, para
considerarla de una manera diferente. Pero antes tengo que hablarte
de la otras dos malas razones para creer una cosa: la autoridad y la
revelación.
La
autoridad, como razón para creer algo, significa que hay que creer
en ello porque alguien importante te dice que lo creas. En la Iglesia
Católica, por ejemplo, la persona más importante es el Papa, y la
gente cree que tiene que tener razón sólo porque es el Papa. En una
de las ramas de la religión musulmana, las personas más importantes
son unos ancianos barbudos llamados ayatolás. En nuestro país hay
muchos musulmanes dispuestos a cometer asesinatos sólo porque los
ayatolás de un país lejano les dicen que lo hagan.
Cuando
te decía que en 1950 se dijo por fin a los católicos que tenían
que creer en la asunción a los cielos del cuerpo de María, lo que
quería decir es que en 1950 el Papa les dijo que tenían que creer
en ello. Con eso bastaba. ¡El Papa decía que era verdad, luego
tenía que ser verdad! Ahora bien, lo más probable es que, de todo
lo que dijo el Papa a lo largo de su vida, algunas cosas fueron
ciertas y otras no fueron ciertas. No existe ninguna razón válida
para creer que todo lo que diga sólo porque es el Papa, del mismo
modo que no tienes porque creer todo lo que te diga cualquier otra
persona. El Papa actual ha ordenado a sus seguidores que no limiten
el número de sus hijos. Si la gente sigue su autoridad tan
ciegamente como a él le gustaría, el resultado sería terrible:
hambre, enfermedades y guerras provocadas por la sobrepoblación.
Por
supuesto, también en la ciencia ocurre a veces que no hemos visto
personalmente la evidencia, y tenemos que aceptar la palabra de
alguien. Por ejemplo, yo no he visto con mis propios ojos ninguna
prueba de que la luz avance a una velocidad de 300.000 kilómetros
por segundo, sin embargo, creo en los libros que me dicen la
velocidad de la luz. Esto podría parecer «autoridad» pero en
realidad es mucho mejor que la autoridad, porque la gente que
escribió esos libros sí que había observado la evidencia, y
cualquiera puede comprobar dicha evidencia siempre que lo desee. Esto
resulta muy reconfortante. Pero ni siquiera los sacerdotes se atreven
a decir que exista alguna evidencia de su historia acerca de la
subida a los cielos del cuerpo de María.
La
tercera mala razón para creer en las cosas se llama «revelación».
Si en 1950 le hubieras podido preguntar al Papa cómo sabía que el
cuerpo de María había ascendido al cielo, lo más probable es que
te hubiera respondido que «se le había revelado». Lo que hizo fue
encerrarse en su habitación y rezar pidiendo orientación. Había
pensado y pensado, siempre solo, y cada vez se sentía más
convencido. Cuando las personas religiosas tienen la sensación
interior de que una cosa es cierta, aunque no exista ninguna
evidencia de que sea así, llaman a esa sensación «revelación».
No sólo los Papas aseguran tener revelaciones. Las tienen montones
de personas de todas las religiones, y es una de las principales
razones por las que creen las cosas que creen. Pero ¿es una buena
razón?
Supón
que te digo que tu perro ha muerto. Te pondrías muy triste y
probablemente me preguntarías: «¿Estás seguro? ¿Cómo lo sabes?
¿Cómo ha sucedido?» y supón que yo te respondo: «En realidad no
sé que Pepe ha muerto. No tengo ninguna evidencia. Pero siento en mi
interior la curiosa sensación de que ha muerto». Te enfadarías
conmigo por haberte asustado, porque sabes que una «sensación»
interior no es razón suficiente para creer que un lebrel ha muerto.
Hacen falta pruebas. Todos tenemos sensaciones interiores de vez en
cuando, y a veces resulta que son acertadas y otras veces no lo son.
Está claro que dos personas distintas pueden tener sensaciones
contrarias, de modo que ¿cómo vamos a decidir cuál de las dos
acierta? La única manera de asegurarse que un perro está muerto es
verlo muerto, oír que su corazón se ha parado, o que nos lo cuente
alguien que haya visto u oído alguna evidencia real de que ha
muerto.
A
veces, la gente dice que hay que creer en las sensaciones internas,
porque si no, nunca podrás confiar en cosas como «mi mujer me ama».
Pero éste es un mal argumento. Puedes encontrar abundantes pruebas
de que alguien te ama. Si estás con alguien que te quiere, durante
todo el día estarás viendo y oyendo pequeños fragmentos de
evidencia, que se van sumando. No se trata de una pura sensación
interior, como la que los sacerdotes llaman revelación. Hay datos
exteriores que confirman la sensación interior: miradas en los ojos,
entonaciones cariñosas en la voz, pequeños favores y amabilidades;
todo eso es auténtica evidencia.
A
veces, una persona siente una fuerte sensación interior de que
alguien la ama sin basarse en ninguna evidencia, y en estos casos lo
más probable es que esté completamente equivocada. Existen personas
con una firme convicción interior de que una famosa estrella de cine
las ama, aunque en realidad la estrella ni siquiera las conoce. Esta
clase de personas tienen la mente enferma. Las sensaciones interiores
tienen que estar respaldadas por evidencias; si no, no podemos
fiarnos de ellas.

Las
intuiciones resultan muy útiles en la ciencia, pero sólo para darte
ideas que luego hay que poner a prueba buscando evidencias. Un
científico puede tener una «corazonada» acerca de una idea que, de
momento, sólo «le parece» acertada. En sí misma, ésta no es una
buena razón para creer nada; pero sí que puede razón suficiente
para dedicar algún tiempo a realizar un experimento concreto o
buscar pruebas de una manera concreta. Los científicos utilizan
constantemente sus sensaciones interiores para sacar ideas; pero
estas ideas no valen nada si no se apoyan con evidencias.
Te
prometí que volveríamos a lo de la tradición, para considerarla de
una manera distinta. Me gustaría intentar explicar por qué la
tradición es importante para nosotros. Todos los animales están
construidos (por el proceso que llamamos evolución) para sobrevivir
en el lugar donde su especie vive habitualmente. Los leones están
equipados para sobrevivir en las llanuras de África. Los cangrejos
de río están construidos para sobrevivir en agua salada. También
las personas somos animales, y estamos construidos para sobrevivir en
un mundo lleno de… otras personas. La mayoría de nosotros no
tienen que cazar su propia comida, como los leones y los bogavantes;
se las compramos a otras personas, que a su vez se la compraron a
otras. Nadamos en un «mar de gente». Lo mismo que el pez necesita
branquias para sobrevivir en el agua, la gente necesita cerebros para
poder tratar con otra gente. El mar de está lleno de agua salada,
pero el mar de gente está lleno de cosas difíciles de aprender.
Como el idioma.
Tú
hablas inglés, pero tu amiga Ann-Kathrin habla alemán. Cada una de
vosotras habla el idioma que le permite hablar en su «mar de gente».
El idioma se transmite por tradición. No existe otra manera. En
Inglaterra, tu perro Pepe es a dog. En Alemania, es ein Hund. Ninguna
de estas palabras es más correcta o más verdadera que la otra. Las
dos se transmiten de manera muy simple. Para poder nadar bien en su
propio «mar de gente», los niños tienen que aprender el idioma de
su país y otras muchas cosas acerca de su pueblo; y esto significa
que tienen que absorber, como si fuera papel secante, una enorme
cantidad de información tradicional. (Recuerda que «información
tradicional» significa, simplemente, cosas que se transmiten de
abuelos a padres y de padres a hijos.) El cerebro del niño tiene que
absorber toda esta información tradicional, y no se puede esperar
que el niño seleccione la información buena y útil, como las
palabras del idioma, descartando la información falsa o estúpida,
como creer en brujas, en diablos y en vírgenes inmortales.
Es
una pena, pero no se puede evitar que las cosas sean así. Como los
niños tienen que absorber tanta información tradicional, es
probable que tiendan a creer todo lo que los adultos les dicen, sea
cierto o falso, tengan razón o no. Muchas cosas que los adultos les
dicen son ciertas y se basan en evidencias, o, por lo menos en el
sentido común. Pero si les dicen algo que sea falso, estúpido o
incluso maligno, ¿cómo pueden evitar que el niño se lo crea
también? ¿Y que harán esos niños cuando lleguen a adultos? Pues
seguro que contárselo a los niños de la siguiente generación. Y
así, en cuanto la gente ha empezado a creerse una cosa -aunque sea
completamente falsa y nunca existan razones para creérsela-, se
puede seguir creyendo para siempre.
¿Podría
ser esto lo que ha ocurrido con las religiones? Creer en uno o varios
dioses, en el cielo, en la inmortalidad de María, en que Jesús no
tuvo un padre humano, en que las oraciones son atendidas, en que el
vino se transforma en sangre…, ninguna de estas creencias está
respaldada por pruebas auténticas. Sin embargo, millones de personas
las creen, posiblemente porque se les dijo que las creyeran cuando
todavía eran suficientemente pequeñas como para creerse cualquier
cosa.
Otros
millones de personas creen en cosas diferentes, porque se les dijo
que creyesen en ellas cuando eran niños. A los niños musulmanes se
les dice cosas diferentes de las que se les dicen a los niños
cristianos, y ambos grupos crecen absolutamente convencidos de que
ellos tienen razón y los otros se equivocan. Incluso entre los
cristianos, los católicos creen cosas diferentes de las que creen
los anglicanos, los episcopalianos, los shakers, los cuáqueros, los
mormones o los holly rollers, y todos están absolutamente
convencidos de que ellos tienen razón y los otros están
equivocados. Creen cosas diferentes exactamente por las mismas
razones por las que tú hablas inglés y tu amiga Ann-Kathrin habla
alemán. Cada una de los dos idiomas es el idioma correcto en su
país. Pero de las religiones no se puede decir que cada una de ellas
sea la correcta en su propio país, porque cada religión afirma
cosas diferentes y contradice a las demás. María no puede estar
viva en la católica Irlanda del Sur y muerta en la protestante
Irlanda del Norte.
¿Qué
se puede hacer con todo esto? A ti no te va a resultar fácil hacer
nada, porque sólo tienes 10 años. Pero podrías probar una cosa: la
próxima vez que alguien te diga algo que parezca importante piensa
para tus adentros: «¿Es ésta una de esas cosas que la gente suele
creer basándose en evidencias? ¿O es una de esas cosas que la gente
cree por la tradición, autoridad o revelación?» Y la próxima vez
que alguien te diga que una cosa es verdad, prueba a preguntarle
«¿Qué pruebas existen de ello?» Y si no pueden darte una
respuesta, espero que te lo pienses muy bien antes de creer una sola
palabra de lo que te digan.
Te
quiere,
Papá.
Richard
Dawkins
______
Richard
Dawkins es biólogo evolutivo, nació en Nairobi, Kenya, en 1941 y se
educó en la Universidad de Oxford. Comenzó su carrera como
investigador en los 60, estudiando bajo la dirección del etólogo
Nico Tinbergen, ganador del premio Nóbel, y desde entonces su
trabajo ha girado en torno a la evolución del comportamiento. Ha
obtenido las cátedras Gifford de la Universidad de Glasgow y Sidwich
del Newham College de Cambridge. Además ha sido profesor de zoología
de las universidades de Oxford y California, ha presentado programas
de la BBC y dirigido varias publicaciones científicas. En 1995 se
convirtió en el primer titular de la recién creada cátedra Charles
Simony de Divulgación Científica en la Universidad de Oxford.
Autor
de obras muy leídas como:
El
gen egoísta (1976; segunda edición, 1989; tercera, 2006)
El
fenotipo extendido (1982)
El
relojero ciego (1986)
El
río del Edén (1995)
Escalando
el monte improbable (1996)
Destejiendo
el arco iris (1998) — Dawkins, con ironía pero también con rigor
científico, se enfrenta a las pseudociencias mostrando lo que son:
fraude, ilusión, alucinación, error o embuste.
El
capellán del diablo (2003)
The
Ancestor’s Tale: A Pilgrimage to the Dawn of Evolution (2004); El
cuento del antepasado: un viaje a los albores de la evolución (2008)
The
God Delusion (2006); El espejismo de Dios (2007)
The
Greatest Show on Earth: The Evidence for Evolution (2009) (Evolución.
El mayor espectáculo sobre la Tierra)
Fuente:
https://acracia.org/buenas-y-malas-razones-para-creer/