¿Cuánto
de lo que leemos en la Biblia es cierto?
¿Cómo
sabemos que cualquier acontecimiento de la historia pasó realmente?
¿Cuánto
de lo que leemos en la Biblia es cierto?
¿Cómo
sabemos que cualquier acontecimiento de la historia pasó realmente?
¿Cómo sabemos que existió Julio César? ¿O Guillermo el
Conquistador? No ha sobrevivido ningún testigo presencial, e incluso
estos pueden ser sorprendentemente poco fiables, algo que cualquier
oficial de policía que recoja declaraciones le confesará. Sabemos
que tanto César como Guillermo existieron porque unos arqueólogos
encontraron reliquias que lo demuestran y porque existen muchos
documentos escritos cuando estaban vivos que lo confirman. Pero
cuando la única prueba disponible de la existencia de un
acontecimiento o persona no se escribió hasta varias décadas o
siglos después de la desaparición de todos los testigos, los
historiadores sospechan de su veracidad. La prueba es débil porque
se transmitió oralmente, lo que hizo que se pudiera distorsionar con
mucha facilidad. Especialmente si el escritor era parcial. Winston
Churchill dijo: «La historia será generosa conmigo, puesto que
tengo la intención de escribirla». En este artículo veremos
que la mayoría de las historias sobre Jesús que aparecen en el
Nuevo Testamento plantean problemas.
Jesús
debía de hablar en arameo, una lengua semítica relacionada con el
hebreo. Los libros del Nuevo Testamento fueron escritos originalmente
en griego; los del Antiguo Testamento, en hebreo. Existen muchas
traducciones al inglés. La más famosa es la versión del Rey Jacobo
de 1611, llamada así porque fue encargada por el rey Jacobo I de
Inglaterra (Jacobo VI de Escocia). La versión del rey Jacobo es la
traducción preferida de muchos porque el lenguaje que utiliza es
hermoso, algo que no es sorprendente dado que su inglés es el de la
época de Shakespeare. Sin embargo, dado que su lenguaje no siempre
resulta claro para los lectores modernos, en este articulo se ha
decidido utilizar una traducción moderna, la Nueva Versión
Internacional; las citas serán de esta versión a no ser que se diga
lo contrario.
Existe
un juego muy popular en las fiestas, el «teléfono escacharrado».
Se colocan, por ejemplo, diez personas en fila. La primera persona le
susurra algo al oído al segundo (podría ser una historia). El
segundo le cuenta esa historia al tercero, el tercero al cuarto y así
sucesivamente. Al final, cuando la historia ha llegado a la décima
persona, esta ha de repetir lo que ha escuchado a todos los demás. A
no ser que la historia original fuera excepcionalmente sencilla y
breve, habrá cambiado un montón, a menudo de una forma muy
graciosa. No es solo que las palabras se hayan modificado a lo largo
de la fila, sino también algunos detalles importantes de la propia
historia.
Antes
de que se inventase la escritura y de que apareciese la arqueología
científica, las historias transmitidas de forma oral, con todas sus
distorsiones del estilo del teléfono escacharrado, eran el único
modo en que la gente podía aprender historia. Y es muy poco fiable.
Cada vez que una generación de contadores de historias daba paso a
la siguiente, las historias eran cada vez más confusas. Al final, la
historia (lo que pasó realmente) se pierde entre el mito y la
leyenda. Es difícil saber si alguna vez existió una persona real
detrás del legendario héroe griego Aquiles, o de la tan hablada
belleza de Helena, cuyo rostro «hizo zarpar a miles de navíos».
Cuando el poeta Homero escribió finalmente las historias (y
desconocemos cuándo lo hizo, incluso el siglo aproximado), estas ya
se habían distorsionado mientras se iban contando una y otra vez de
forma oral de una generación a otra. No sabemos quién era «Homero»
ni cuándo vivió, si era ciego, como cuenta la leyenda, si era una
única persona o varias. Tampoco sabemos cómo empezaron inicialmente
sus historias, antes de que pasaran por el filtro distorsionador de
la transmisión boca a boca. ¿Empezaron siendo un relato de los
hechos que luego se fue distorsionando? ¿O empezaron como una
ficción inventada que cambiaba cada vez que se volvía a contar?
Lo
mismo se puede decir de las historias que se cuentan en el Antiguo
Testamento. No tenemos más razones para creer en ellas que en las
historias de Homero sobre Aquiles o Helena. Las historias de Abraham
y José son leyendas hebreas, al igual que las de Homero son leyendas
griegas. ¿Y qué decir del Nuevo Testamento? Hay más posibilidades
de comprobar si son historias verdaderas porque suceden en un periodo
mucho más reciente que las del Antiguo Testamento: sucedieron tan
solo hace unos dos mil años. ¿Pero cuánto sabemos realmente de
Jesús? ¿Podemos estar seguros al menos de que existiera? La mayoría
—aunque no todos— de los expertos modernos piensan que
seguramente sí que existió. ¿De qué pruebas disponemos?

¿Los
evangelios? Aparecen en el inicio del Nuevo Testamento, por lo que
podríamos pensar que se escribieron primero. La verdad es que el
libro más antiguo del Nuevo Testamento aparece cerca del final: las
cartas de san Pablo. Por desgracia, Pablo no cuenta prácticamente
nada de la vida de Jesús. Hay muchas cartas sobre el significado
religioso de Jesús, especialmente sobre su muerte y resurrección,
pero nada que se pueda considerar historia. Puede que Pablo pensara
que sus lectores ya conocían la historia de la vida de Jesús. Pero
es posible que ni siquiera Pablo la conociera: recuerden, los
evangelios aún no se habían escrito. O puede que pensara que ni
siquiera era importante. Esta falta de información sobre Jesús en
las cartas de Pablo hace que los historiadores se hagan preguntas:
¿no resulta un poco raro que Pablo, que deseaba que la gente adorase
a Jesús, no diga prácticamente nada de lo que dijo o hizo
realmente?
Otra
cuestión que preocupa a los historiadores es que apenas hay mención
alguna de Jesús en las historias que no forman parte de los
evangelios. El historiador judío Josefo (37 d. C.-c. 100), que
escribía en griego, tan solo dijo lo siguiente:
Más
o menos en esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si es que
debemos llamarlo hombre. Ya que realizó milagros sorprendentes y fue
un maestro para las personas que aceptaron la verdad con alegría.
Atrajo a muchos judíos y a muchos griegos. Era el Mesías. Y cuando,
bajo la acusación de aquellos que son los más notables entre
nosotros, Pilato lo condenó a morir en la cruz, aquellos que primero
le amaron no le abandonaron. Pasados tres días se les apareció
vivo, habiendo los profetas de Dios predicho todo esto y otras mil
maravillas sobre él. Y, hasta el día de hoy, la tribu de los
cristianos, llamados así por él, aún no ha desaparecido.
Muchos
historiadores sospechan que este pasaje es una falsificación,
introducido más adelante por un escritor cristiano. La frase más
sospechosa es «Era el Mesías». En la tradición judía, «Mesías»
era el nombre dado al largamente prometido rey o líder militar judío
que nacería para triunfar sobre los enemigos de su pueblo. Los
cristianos enseñan que Jesús era el Mesías («Cristo» es
simplemente la traducción griega de esta palabra). Pero, para un
judío devoto, Jesús no se parecía en nada a un líder militar. De
hecho, es más bien todo lo contrario. Su mensaje de paz, como poner
la otra mejilla cuando alguien te golpea, no es lo que se esperaba de
un soldado. Y, lejos de liderar a los judíos contra los opresores
romanos de su tiempo, Jesús aceptó mansamente ser ejecutado por
ellos. A un judío devoto como Josefo, la idea de que Jesús fuera el
Mesías le habría parecido bastante loca. Si, de alguna manera,
Josefo se hubiera revelado contra la educación que recibió y se
hubiera convencido a sí mismo de la improbabilidad de que un
personaje como Jesús fuera el Mesías, lo habría celebrado a lo
grande. No se habría limitado a soltar algo tan trivial como «era
el Mesías». Parece, pues, que se trata más bien de una
falsificación cristiana posterior. Eso es lo que la mayoría de los
expertos creen en la actualidad.
El
otro historiador de esos años que menciona a Jesús es el romano
Tácito (54-120 d. C.). Los escritos cuya autoría le han atribuido
aportan evidencias más convincentes de la existencia de Jesús,
irónicamente porque Tácito no tenía nada bueno que decir sobre los
cristianos. Al escribir en latín sobre un suceso durante la
persecución de los primeros cristianos por el emperador Nerón
(37-87 d. C.), Tácito dijo:
Nerón
capturó a los culpables e infligió las torturas más exquisitas a
una clase odiada por sus abominaciones, aquellos a los que el
populacho llamaba cristianos. Cristo, de quien proviene su nombre,
sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio a manos de uno
de nuestros procuradores, Poncio Pilato, y una superstición muy
maliciosa, de este modo controlada momentáneamente, de nuevo
estalló, no solamente en Judea, el primer origen del mal, sino
incluso en Roma, donde todas las cosas espantosas y vergonzosas de
todas partes del mundo confluyen y se popularizan.
En
cualquier caso, también se sospecha que este párrafo es una
falsificación.
La
mayoría de los expertos (aunque no todos) creen que hay más pruebas
a favor que en contra de la existencia de Jesús. Por supuesto, lo
daríamos por seguro si creyéramos que los cuatro evangelios del
Nuevo Testamento son históricamente verídicos. Hasta hace muy poco,
nadie dudaba de ellos. Existe incluso una conocida frase en inglés,
gospel truth, que se puede traducir como «verdad evangélica», con
la que se quiere expresar que algo se acepta como verdad
incuestionable. Pero, hoy en día, esa frase suena bastante vacía,
después de los estudios realizados durante los siglos XIX y XX por
diversos expertos (especialmente alemanes).
¿Quién
escribió los evangelios? ¿Y cuándo?
Mucha
gente cree erróneamente que el evangelio de «Mateo» fue escrito
por Mateo, el recaudador de impuestos, uno de los doce compañeros
íntimos de Jesús. Y que el evangelio de «Juan» fue escrito por
otro miembro de ese pequeño grupo, el Juan que pasó a ser conocido
como el «discípulo querido». Creen que el de «Marcos» fue
escrito por un joven compañero del principal discípulo de Jesús,
Pedro, y el de «Lucas» por un médico amigo de Pablo. Pero nadie
tiene la más remota idea de quién escribió realmente los
evangelios. No disponemos de ninguna prueba convincente en ninguno de
los cuatro casos. Los cristianos posteriores simplemente pusieron un
nombre en la portada de cada evangelio por comodidad. Debió de
parecerles mejor que ponerles títulos neutros y aburridos como A, B,
C y D. Ningún experto serio de nuestros días cree que los
evangelios fueran escritos por testigos presenciales, y todos están
de acuerdo en que incluso el de Marcos, el evangelio más antiguo de
los cuatro, fue escrito unos treinta y cinco o cuarenta años después
de la muerte de Jesús. La mayoría de las historias que aparecen en
los de Lucas y de Mateo derivan del de Marcos, y algunas otras de un
documento griego perdido conocido como «Q». Durante décadas, todo
lo que aparece en los evangelios fue contado de boca a boca infinidad
de veces, sufrió la distorsión del teléfono escacharrado y se
exageraron los relatos hasta que, finalmente, se escribieron los
cuatros textos.
El
asesinato del presidente Kennedy, ocurrido en 1963, fue presenciado
por cientos de personas. Está grabado. Los periódicos de todo el
mundo lo contaron el mismo día. Se creó un comité conocido como
Comisión Warren para analizar cada detalle de lo que ocurrió.
Tuvieron en cuenta los consejos expertos de científicos, médicos,
detectives forenses y especialistas en armas de fuego. La conclusión
principal de las 888 páginas del informe Warren fue que Lee Harvey
Oswald disparó a Kennedy, y que actuó solo. Pero con el paso de los
años han surgido mitos, leyendas y teorías de la conspiración, y
seguramente seguirán creciendo cada vez que se cuente después de
que hayan fallecido todos los testigos oculares.
Los
ataques del 11-S sobre Nueva York y Washington D. C. ocurrieron hace
más de veinte años, un tiempo más corto que el habido entre la
muerte de Jesús y la escritura del evangelio más antiguo, el de
Marcos. Los hechos del 11-S se han documentado masivamente, muchos
testigos han contado lo que vieron y, desde entonces, se ha discutido
sobre cada minuto de lo acontecido. Y, aun así, no todo el mundo
está de acuerdo. Internet es un hervidero de rumores
contradictorios, leyendas y teorías. Algunas personas piensan que se
trató de un complot estadounidense. O israelí. Incluso uno llevado
a cabo desde el espacio exterior. Otros creyeron, en ese momento sin
prueba alguna, que fue ideado por Sadam Husein, el dictador de Irak.
Esto justificó, según su punto de vista, la invasión de ese país
ordenada por el presidente Bush (aunque esa nunca fue la razón
oficial). Algunos testigos presenciales fotografiaron lo que, según
ellos, era la cara de Satanás en las nubes de polvo que ese día se
levantaron sobre Nueva York.
Por
desgracia es cierto —e internet lo pone de manifiesto como nunca
antes había sucedido— que las personas simplemente se inventan
muchas cosas. Y los rumores y los cotilleos se propagan como
epidemias, con independencia de si son verdad o no. Se cree que el
gran autor estadounidense Mark Twain dijo: «Una mentira se puede
propagar por medio mundo mientras la verdad todavía se está
poniendo los zapatos». Y no solo las mentiras maliciosas, sino
también las buenas historias que son falsas pero que resulta
entretenido y divertido recontarlas, sobre todo si te las contaron de
buena fe y no sabes con seguridad si no son ciertas. O historias que,
aunque no sean entretenidas, son espeluznantemente extrañas; otra
razón por la que tantas se transmiten.
El
siguiente es un ejemplo típico de cómo una historia falsa se
propaga porque es entretenida y encaja con las expectativas o los
prejuicios de la gente. Primero un poco de trasfondo. Puede que usted
haya oído hablar del «Arrebatamiento». Algunos predicadores y
escritores, recurriendo a pasajes concretos de la Biblia, han
revolucionado recientemente a miles de personas, la mayoría en
Estados Unidos, haciéndoles creer que, dentro de poco, unos pocos
afortunados, elegidos por su bondad, serán catapultados
repentinamente al cielo y desaparecerán en él. Este
«Arrebatamiento» anunciará la prometida «Segunda Venida» de
Jesús. El resto de nosotros (los que no hemos sido arrebatados)
seremos «abandonados». Personas que conocemos desaparecerán de
repente sin dejar ningún rastro. Se supone que «hacia el cielo»
significa que los australianos arrebatados serán catapultados en
¡una dirección opuesta a la de los europeos arrebatados!
Y
ahora la historia a la que me refería. No es cierta, pero sí que
hay mucha gente que la cree, y demuestra cómo se propagará una
buena historia. Una mujer de Arkansas estaba conduciendo detrás de
un camión que transportaba una carga de globos con forma humana de
tamaño real. El camión chocó y los muñecos rosas inflados
flotaron cielo arriba porque habían sido hinchados con helio.
Pensando que estaba siendo testigo del Arrebatamiento y de la Segunda
Venida de Jesús, la mujer gritó: «¡Ha vuelto, ha vuelto!», y
salió por el techo solar de su coche, esperando ser arrebatada hacia
el cielo. La cola resultante formada por veinte coches mató a trece
personas inocentes, además de a la mujer. Fíjese en la espuria
precisión de esas «trece personas inocentes». Podríamos pensar
que un simple rumor no debería incluir un detalle tan específico
como ese. Pero nos equivocaríamos.
Y
podemos entender cuán «propagable» es esta historia. Si alguien se
la cuenta como hecho, casi seguro que usted mismo se apresurará a
contársela a otra persona. Las historias se propagan solo porque son
buenas historias. Puede que sean divertidas. Puede que disfrutemos de
la atención que nos prestan cuando contamos una buena historia. La
de los muñecos de helio no solo es extremadamente gráfica: cumple
con las expectativas y los prejuicios de la gente. ¿Se da cuenta de
que podría haber ocurrido lo mismo con las historias de los milagros
de Jesús o de su resurrección? Los primeros reclutas del
cristianismo debieron de ser especialmente propensos a contar las
historias y rumores sobre Jesús, sin comprobar si eran veraces.
Piense
en las leyendas distorsionadas sobre el 11-S o la muerte de Kennedy,
y luego imagine cómo se hubieran podido distorsionar aún más y de
manera más fácil si no hubieran existido ni cámaras ni periódicos
y no se hubiera escrito nada sobre ese suceso hasta pasados treinta
años. No serían nada más que cotilleos transmitidos de forma oral.
Eso es lo que ocurrió después de la muerte de Jesús. Por todo el
Mediterráneo oriental, desde Palestina hasta Roma, existían
pequeños focos aislados compuestos por cristianos de diversos
orígenes. Las comunicaciones entre estos grupos locales eran
deficientes e infrecuentes. Los evangelios aún no se habían
escrito. No disponían de ningún Nuevo Testamento que los mantuviera
unidos. No estaban de acuerdo en muchos puntos: por ejemplo, si los
cristianos tenían que ser judíos (y tenían que ser circuncidados)
o si el cristianismo era una religión completamente nueva. Algunas
de las cartas de Pablo muestran a un líder luchando por introducir
algo de orden en este caos.
Hasta
después de la muerte de Pablo no se estableció un «canon bíblico»
aceptado por todos (los libros que serían considerados el listado
oficial). La Biblia que hoy en día leen los cristianos
(protestantes) es un canon estándar compuesto por veintisiete libros
que forman el Nuevo Testamento y treinta y nueve libros que forman el
Antiguo Testamento (los católicos romanos y los cristianos ortodoxos
tienen un conjunto de libros adicionales, a menudo llamados «textos
apócrifos»).
Los
de Mateo, Marcos, Lucas y Juan son los únicos evangelios del canon
oficial, pero, tal como veremos, existen otros muchos evangelios de
Jesús que fueron escritos más o menos en la misma época que los
otros. El canon fue escogido por una conferencia de líderes
religiosos llamada Concilio de Roma. Esto ocurría en el año 382 d.
C., en los alegres días que siguieron a la legalización oficial del
cristianismo por parte del Imperio romano, después de la conversión
del emperador Constantino el Grande. Pero, en esa época, seguramente
nos habrían educado para adorar a Júpiter, Apolo, Minerva y el
resto de dioses romanos. Muchos años después, el cristianismo se
propagó por Sudamérica gracias a otros dos grandes imperios, el
portugués, en Brasil, y el español en el resto del continente. La
amplia presencia del islam en el norte de África, Oriente Medio y el
subcontinente indio es también el resultado de conquistas militares.

Como
he dicho antes, los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron solo cuatro
de los muchos evangelios que circulaban en la época del Concilio de
Roma. Cualquiera de ellos podría haber sido incluido en el canon,
pero por diversas razones ninguno lo consiguió. Una de las causas
más habituales era que fuesen considerados heréticos, lo que
significa que decían cosas que contradecían las creencias
«ortodoxas» de los miembros del concilio. También en parte fue
debido a que eran ligeramente más recientes que los de Mateo,
Marcos, Lucas y Juan. Pero, como hemos visto, ni siquiera el de
Marcos se escribió lo suficientemente temprano como para considerar
que se trata de un relato histórico fiable.
Los
cuatro evangelios favorecidos se eligieron, en parte, por extrañas
razones que tienen más que ver con la redacción poética que con la
historia. Ireneo, una de esas influyentes figuras de la historia
temprana del cristianismo conocidas como los «Padres de la Iglesia»,
vivió dos siglos antes del Concilio de Roma. Estaba convencido de
que tenía que haber cuatro evangelios, ni más ni menos. Señaló
(ya que pensó que era importante) que existen cuatro esquinas en la
tierra y cuatro vientos. Si eso no era suficiente, también indicó
que el Libro de la Revelación se refiere al trono de Dios soportado
por cuatro criaturas con cuatro rostros. Parece ser que estaba
inspirado en el profeta Ezequiel, del Antiguo Testamento, quien soñó
con cuatro criaturas que salían de un torbellino, cada una de las
cuales tenía cuatro caras. Cuatro, cuatro, cuatro, cuatro, no
podemos escaparnos del cuatro, por lo que, obviamente, ¡debíamos
tener cuatro evangelios en el canon! Lamento decir que esa es la
clase de «razonamiento» que se hace pasar por lógica en la
teología.
Por
cierto, el Libro de la Revelación no se añadió al canon hasta más
adelante, y es una pena que se hiciera. Un tipo llamado Juan tuvo un
sueño extraño una noche en una isla llamada Patmos y lo escribió.
Todos tenemos sueños y una gran parte de ellos son bastante
extraños. Los míos casi siempre lo son, pero no los escribo y no
hay duda de que no son lo suficientemente interesantes para
imponérselos a los demás. El sueño de Juan fue más extraño que
la mayoría de sueños (casi como si estuviera drogado). Se volvió
muy influyente simplemente porque de alguna manera se acabó
incluyendo en el canon bíblico. Se creyó que era profético y en
Estados Unidos es muy citado por predicadores acalorados. Junto a la
primera carta de Pablo a los tesalonicenses, el Libro de la
Revelación es la principal inspiración de la idea del
«Arrebatamiento». También es la fuente de la peligrosa idea de que
la ansiada Segunda Venida de Jesús no puede producirse hasta después
de la «Batalla del Armagedón». Esta creencia es la razón por la
que algunas personas en Estados Unidos ansían que se produzca una
guerra total en Oriente Medio en la que participe Israel. Piensan que
esa guerra será el «Armagedón».
Miles
de personas, especialmente en Estados Unidos gracias a la
extraordinaria popularidad que han alcanzado los libros cuya temática
trata de los «dejados atrás», sostienen la loca creencia de que el
Arrebatamiento sucederá de verdad. Y será pronto. Hay incluso
páginas web que anuncian un servicio de pago para cuidar de su gato
en el caso de que usted, sin aviso previo, sea absorbido por el
cielo. Es una lástima que esas personas no se den cuenta de que fue
la suerte la que decidió qué libros entraban en el canon y cuáles
fueron… ¡dejados atrás!
El
largo lapso de tiempo entre la muerte de Jesús y la escritura de los
evangelios nos proporciona una razón para dudar de su fiabilidad.
Otra es que se contradicen entre sí. Aunque todos los evangelios
están de acuerdo en que Jesús estuvo acompañado por doce
discípulos íntimos, discrepan a la hora de decir quiénes fueron.
Mateo y Lucas siguen el rastro de José, el marido de María, desde
el rey David a través de dos líneas de antepasados completamente
diferentes, veinticinco de ellos en el caso de Mateo, cuarenta y uno
en el de Lucas. Para complicar las cosas, se supone que Jesús nació
de una madre virgen, por lo que los cristianos no pueden usar la
línea de antepasados de José que llega hasta David para concluir
que Jesús era descendiente de este último. También existen
discrepancias entre los evangelios y algunos hechos históricos
conocidos, por ejemplo, todo lo relacionado con los legisladores
romanos y sus quehaceres.
Otro
problema derivado de considerar los evangelios como verdad histórica
es la obsesión de estos con que se cumplan las profecías del
Antiguo Testamento. Especialmente en el caso del evangelio de Mateo.
Uno se queda con la sensación de que Mateo era muy capaz de
inventarse un incidente y escribirlo en su evangelio, tan solo para
demostrar que se había cumplido una profecía. El ejemplo más
notorio es su invención de la leyenda de que María era virgen
cuando dio a luz a Jesús. Y es una leyenda que cobró vida propia.
Mateo cuenta cómo a José se le apareció un ángel en un sueño,
asegurándole que María, su prometida, estaba embarazada, no de otro
hombre, sino de Dios (por cierto, esto no concuerda con el relato de
Lucas, en el que un ángel se le aparece directamente a María). De
todas formas, Mateo continúa, sin ningún atisbo de vergüenza,
admitiendo lo siguiente ante sus lectores:
Todo
esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por
medio del profeta: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo
llamarán Emanuel» —que significa «Dios con nosotros»—.
Puede
que «vergüenza» no sea la palabra correcta. Mateo, fuera quien
fuese, tenía una idea diferente de la nuestra sobre la verdad
histórica. Para él, cumplir una profecía era más importante que
lo sucedido realmente. No habría comprendido por qué digo «sin
ningún atisbo de vergüenza».
Por
otro lado, Mateo no entendió en absoluto la profecía. Está en el
capítulo 7 de Isaías. Y está muy claro en el mismo Libro de Isaías
—aunque, al parecer, no para Mateo— que Isaías no estaba
hablando del futuro distante, sino del futuro inmediato de su propio
tiempo. Estaba hablando con el rey, Ahaz, sobre una joven que se
encontraba allí, y que ya estaba embarazada entonces.
La
palabra que citó Mateo como «virgen» fue almah, en el hebreo de
Isaías. Almah puede significar virgen, pero también puede
significar «mujer joven», algo así como la palabra inglesa maiden,
que tiene ambos significados. Cuando el hebreo utilizado por Isaías
se tradujo al griego en la versión del Antiguo Testamento conocida
como Biblia Septuaginta, que es la que leería Mateo, almah se
convirtió en parthenos, que sí significa «virgen». Un simple
error de traducción generó el mito conocido en todo el mundo de la
Santísima Virgen María y del culto católico romano de María como
una especie de reina, la «Reina de los Cielos».
Fue
esa misma determinación de cumplir las profecías la que condujo
tanto a Mateo como a Lucas a decir que Jesús nació en Belén. Otro
de los profetas del Antiguo Testamento, Miqueas, había predicho que
el Mesías judío nacería en Belén, la «ciudad de David». El
evangelio de Juan, de manera bastante razonable, da por hecho que
Jesús nació en Nazaret, que era donde vivían sus padres. Juan
habla de personas que se sorprendieron de que Jesús, si es que
realmente era el Mesías, naciera en Nazaret. Marcos no menciona su
nacimiento para nada. Pero tanto Mateo como Lucas querían que se
cumpliera la profecía de Miqueas, y ambos se apresuraron a encontrar
una forma de cambiar el lugar de nacimiento de Jesús, de Nazaret a
Belén. Por desgracia, lo hicieron de dos formas diferentes y
contradictorias.
La
solución al problema elegida por Lucas fue un impuesto decretado por
el emperador romano Augusto. Este impuesto, según Lucas, venía
acompañado de la realización de un censo. Aquí Lucas mete la pata
con las fechas, porque los historiadores modernos saben que no
existió ningún censo romano justo en ese espacio de tiempo que
encajara con la historia. Pero dejémoslo pasar. Para poder ser
contadas en el censo, todas las personas tenían que ir a su «propia
ciudad». Aunque José vivía en Nazaret, su «propia ciudad», según
Lucas, era Belén. ¿Por qué? Porque descendía por línea paterna
del rey David, y David procedía de Belén. Es ridículo de por sí.
Según las cuentas del propio Lucas, David era el antepasado cuarenta
y uno en línea ascendente de José. ¿Cómo podría cualquier ley
definir la «ciudad propia» de una persona como la ciudad en la que
nació su antepasado cuarenta y uno? ¿Tiene usted la más remota
idea de quiénes fueron sus antepasados por línea paterna hace
cuarenta y una generaciones? Dudo que incluso lo sepa la reina
Isabel. De todas formas, según Lucas, esa es la razón por la que
Jesús nació en Belén. Sus padres se mudaron de Nazaret para estar
en el lugar donde nacieron los antepasados de hacía cuarenta y una
generaciones por línea paterna de José cuando se realizara el
censo.
La
forma que tuvo Mateo de cumplir con la profecía de Miqueas fue
diferente. Al parecer, supuso que Belén era la ciudad natal de María
y José, razón por la que Jesús nació allí. El problema de Mateo
era cómo hacer que se desplazaran a Nazaret más adelante. Así que
echó mano del malvado rey Herodes enterándose del nacimiento de
Jesús en Belén. Temeroso de una profecía según la cual un nuevo
«Rey de los Judíos» le destronaría, Herodes ordenó el asesinato
de todos los niños varones de Belén. En un sueño, Dios envió un
ángel para advertir a José, diciéndole que huyera con María y
Jesús a Egipto.
María
y José hicieron caso de la advertencia y no regresaron de Egipto
hasta después de la muerte de Herodes. Sin embargo, incluso
entonces, evitaron Belén porque, en otro sueño, Dios había
advertido a José de que no estarían seguros cerca del hijo de
Herodes, Arquelao. Así que se fueron y vivieron, en cambio,
… en
un pueblo llamado Nazaret. Con esto se cumplió lo dicho por los
profetas: «Será llamado nazareno».
Una
ingeniosa solución. Mandó a su personaje, Jesús, a Nazaret para
que estuviera a salvo y, mientras tanto, se las arregló para cumplir
con otra profecía.
Traducido
del original:
Outgrowing
God: A Beginner’s Guide to Atheism
Richard
Dawkins