lunes, 26 de febrero de 2024

Los fragmentos de la Cruz de Cristo ¿Son reales?



El hallazgo de la Cruz de Cristo


La historia narra el hallazgo de tres cruces en una antigua cisterna, junto con los clavos...


Por: Varios | 

Fuente: santosepulcro.custodia.org


En el 327 la emperatriz, madre de Constantino, fue peregrina en Jerusalén y quiso buscar la Santa Cruz.

La historia narra el hallazgo de tres cruces en una antigua cisterna, junto con los clavos (de los que uno está montado en la Corona férrea en Monza, un segundo está en la Catedral de Milán y el tercero en Roma) y del titulus, el cartucho –querido por Pilato- que contenía la condena en tres idiomas (un fragmento se encuentra en Roma, en la iglesia de la santa Cruz). Un milagro permitió identificar la cruz de Cristo.

Cuenta la leyenda que hacia el año 326 la emperatriz Elena de Constantinopla (madre del emperador Constantino I el Grande) hizo demoler el templo de Venus que se encontraba en el monte Calvario, en Jerusalén, y excavar allí hasta que le llegaron noticias de que se había hallado la Vera Cruz. El viaje se había realizado con objeto de encontrar el Santo Sepulcro, que se hallaba perdido. Se inició la búsqueda debido al culto de la cruz, desde la muerte de Jesucristo.

Según la Leyenda dorada de Santiago de la Vorágine, cuando la emperatriz —que entonces tenía ochenta años— llegó a Jerusalén, hizo someter a interrogatorio a los judíos más sabios del país para que confesaran cuanto supieran del lugar en el que Cristo había sido crucificado. Después de conseguir esta información, la llevaron hasta el supuesto Monte de la calavera (el Gólgota), donde el emperador Adriano, 200 años antes, había mandado erigir un templo dedicado a la diosa Venus. Se cree que en realidad el Gólgota era una antigua cantera abandonada con un macizo rocoso, poco útil para la construcción, que quedó sin utilizar y constituyó posteriormente el patíbulo donde colocaban las cruces los romanos. Esta cantera estaba fuera de la muralla, pero cercana a ella.

Santa Elena ordenó derribar el templo y excavar en aquel lugar, en donde según la leyenda encontró tres cruces: la de Jesús y la de los dos ladrones. Como era imposible saber cuál de las tres cruces era la de Jesús, la leyenda cuenta que Elena hizo traer un hombre muerto, el cual, al entrar en contacto con la cruz de Jesucristo, la Vera Cruz, resucitó. El hallazgo de la reliquia se conmemoraba antiguamente en el mes de mayo con el nombre de fiesta de la Invención de la santa Cruz.

La emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el lugar del hallazgo un fastuoso templo, la llamada Basílica del Santo Sepulcro, en la que guardaron la reliquia. Mucho después, en el año 614, el rey persa Cosroes II tomó Jerusalén y, tras la victoria, se llevó la Vera Cruz y la puso bajo los pies de su trono, como símbolo de su desprecio a la religión de los cristianos.

Tras quince años de luchas, el emperador bizantino Heraclio lo venció definitivamente en el año 628. Poco después, en una ceremonia celebrada el 14 de septiembre de ese año, la Vera Cruz regresó a Jerusalén, llevada en persona por el emperador a través de la ciudad procesionalmente. Dice la leyenda que cuando el emperador, vestido con gran magnificencia, quiso cargar con la reliquia, fue incapaz de hacerlo, no siéndole posible hasta que no se despojó de todas las galas a imitación de la pobreza y la humildad de Cristo. Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Santa Cruz


La Capilla de Santa Helena

Es una iglesia armenia del siglo XII en el nivel inferior de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén. En el sureste de la capilla hay una silla que tenía fama de ser un asiento que era usado por Santa Elena, madre del emperador Constantino, cuando fue en busca de la Vera Cruz. Hay dos ábsides en la iglesia, dedicados uno a Santa Elena y el otro a Dimas, el ladrón arrepentido en la cruz. La capilla está adornada con modestia en la memoria de la simplicidad de Santa Helena.

Desde el deambulatorio, una escalera baja hasta la capilla dedicada a Santa Elena. Las paredes de la escalera están recubiertas por cruces, incisas en los siglos pasados por los peregrinos Armenios para testimoniar la devoción por la Cruz de este pueblo.

La capilla de tres naves, con 4 columnas que sostienen la cúpula es de propiedad de los Armenios y es del siglo XII. Fuentes y excavaciones arqueológicas confirman que ya en el proyecto constantino el aula se utilizaba de alguna manera. De las paredes cuelgan muchas lámparas según el estilo armenio.

Desde la Capilla armenia de santa Elena se accede a la inferior del “Inventio Crucis”, en la que se celebra cada año, el 7 de mayo, la memoria del hallazgo de la Santa Cruz y donde el padre Custodio franciscano lleva en procesión la reliquia de madera de la Cruz de Cristo al punto en el que tradicionalmente se encontró.

Fuente:

https://es.catholic.net/op/articulos/53600/cat/116/el-hallazgo-de-la-cruz-de-cristo.html#modal

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¿Qué hay de verdad sobre la cruz de Jesús?


Por -CNN-

11:14 ET(16:14 GMT) 27 Marzo, 2015

Nota del editor: La ciencia y la arqueología ofrecen una percepción de artefactos antiguos que podrían estar ligados a Jesucristo. Finding Jesus: Fact, Faith, Forgery, se transmite los domingos por la noche a las 21:00 horas, tiempo del este de EU en CNN US.


(CNN) — En julio de 2013, la historia más antigua sobre las reliquias de Jesús renació de nuevo cuando arqueólogos turcos descubrieron un baúl de piedra en una iglesia de 1350 años que parecía contener un pedazo de la cruz de Jesús.

"Hemos encontrado algo sagrado en un cofre. Es una parte de una cruz”, dijo el líder del equipo de excavación Gülgün Köroğlu, un historiador del arte y arqueólogo. En ese momento, ella pensó que el cofre fungía como un ataúd simbólico para las reliquias sagradas de una persona, reliquias conectadas a la crucifixión de Jesús.

Después, el silencio.

La historia de la última reliquia de la cruz en la que murió Jesús se estancó pues como luego mencionó Köroğlu, la caja que supuestamente contenía los objetos sagrados estaba de pronto misteriosamente vacía.

El último episodio de la búsqueda por la “cruz verdadera” es símbolo de los deslices que se han dado en la búsqueda de las reliquias de Jesús y más cuando se trata de la verdadera cruz, la cual representa la fe de más de 2.000 millones de cristianos.

Decir que algo huele a la “cruz verdadera” puede significar que es algo de certeza divina o de fraude absoluto. ¿Podría haber fragmentos de la cruz de Jesús entre nosotros? ¿Los fragmentos de un árbol podrían sobrevivir un milenio? O ¿se trata de fragmentos falsificados que nos hablan de nuestra necesidad de creer?

El fenómeno de la cruz verdadera comienza con el emperador Constantino, el primer emperador romano en convertirse al cristianismo. Él envió a su madre Santa Helena (246-330 de los años en curso) a buscar los objetos de Jesús en la Tierra Sagrada.

Cuando Helena viajó a Jerusalén en 326, la ciudad seguía sufriendo la destrucción causada por la última guerra judía en los años de 132-135. Tras derrotar a Israel, el emperador romano Adriano construyó un templo pagano sobre la tumba de Jesús, cerca de Calvario, un grave insulto a la nueva religión.

Helena ordenó que se derrumbara el templo pagano y comenzó a excavar para encontrar las reliquias de Jesús. Sus obreros encontraron tres cruces distintas, un descubrimiento relacionado directamente con los salmos que nos dicen que Jesús fue crucificado junto a dos criminales.

El historiador Rufino (340-410) reveló que para poder diferenciar cual cruz era la de Jesús, Helena hizo que llevaran a una mujer desahuciada al sitio. La mujer tocó dos de las cruces, pero nada sucedió. Después tocó la tercera... y se recuperó. La verdadera cruz de Jesús había sido revelada.

Helena la talló, dejando un poco de ella en Jerusalén y transportó un pedazo a Europa, en donde al parecer se multiplicó, tanto así que el reformador protestante Juan Calvino dijo "… si todas las piezas que se puedan encontrar fueran puestas juntas, se podría construir un gran buque de carga. Y aún así los salmos dicen que un solo hombre fue capaz de cargarla".

Pero, ¿Calvino exageraba para apoyar sus propias reformas al catolicismo? ¿Cómo podemos saber de qué estaba hecha la verdadera cruz, o cómo se veía, si ni los salmos —ni los romanos— se molestaron en decirnos?

Aquí es donde entra la ciencia.

En 1870, el arquitecto francés Charles Rohault de Fleury catalogó todos los fragmentos conocidos de la cruz verdadera. Él determinó que la cruz pesaba 74.8 kilogramos, tenía tres o cuatro metros de alto y dos metros de ancho.

Si todos los fragmentos de la cruz se reunieran, no alcanzarían ni la tercera parte de la cruz en la que murió Jesús. Y basado en fragmentos que le permitieron examinar bajo microscopio, de Fleury concluyó que la cruz estaba hecha con madera de pino.

Más tarde, cuatro partículas de la cruz fueron examinadas con el microscopio —parte de 10 piezas de la cruz verdadera—, acompañada por evidencia física de los emperadores bizantinos. Estos fragmentos venían de grandes iglesias europeas: Santa Croce en Roma, Notre Dame en París,y las Catedrales de Pisa y Florencia. Pero los científicos descubrieron que estaban hechas con madera de olivo.

Así fue que la pregunta clave se convirtió en ¿de qué estaba hecha la cruz de Jesús, de pino o de olivo?

Una de las realidades desconcertantes para los arqueólogos es la carencia de residuos de madera de las crucifixiones romanas masivas. A pesar de que los romanos mataron decenas de miles de personas por medio de la crucifixión —tantas como 500 al día durante la toma de Jerusalén en los años 66-70—, la única evidencia conectada con este terrible castigo fue descubierta en 1968, cuando unos arqueólogos encontraron el hueso del talón de un hombre con el clavo aún intacto.

En el museo de Israel en Jerusalén, Israel Hershkovitz, quien enseña anatomía y arqueología en la Universidad de Tel Aviv, dijo que el hueso del talón del hombre crucificado fue encontrado en una tumba judía en un suburbio del norte de Jerusalén, cerca de Gólgota, la colina donde los romanos crucificaban personas.

El hombre, cuyo osario o ataúd lo identificaba como Yehohanan, se encontraba en sus 20 años cuando murió en la cruz. Su buena dentadura y la falta de musculatura indican que probablemente provenía de una familia adinerada, puesto que la mayoría de las víctimas de la crucifixión eran de orígenes humildes y no terminaban en una tumba, a excepción de Jesús, quien fue puesto en una tumba por el adinerado José de Arimatea.

Otros enterrados en la misma tumba que Yehohanan tenían conexiones con el templo, así que es posible que fuera asesinado por los romanos por alguna transgresión política.

Yehohanan fue bajado de la cruz con un clavo de 11 centímetros aún en el hueso de su talón derecho y con un pedazo de madera todavía anclado a la cabeza del clavo. Hershkovitz cree que la longitud relativamente corta del clavo revela mucho sobre los métodos de crucifixión romanos. "El clavo era muy pequeño para atravesar dos talones, así que sin duda cada pie era clavado a la cruz por separado".

Hershkovitz está convencido que las cruces no estaban hechas con olivo pues la gente dependía de los olivos para consumo así que no los cortarían para hacer cruces.

Lo que es más importante, no serían muy útiles para ese propósito por la estructura misma del árbol.

Los olivos no crecen altos y rectos, les salen ramas por doquier y la madera tiene muchos huecos, haciendo muy difícil que los clavos aguanten el peso de la víctima.

"El olivo es el árbol menos apropiado. Tenemos diferentes tipos de robles que serían mejores para ese propósito.”

Actualmente hay aún más fragmentos de la “cruz verdadera” en exhibición alrededor del mundo: en el Monte Athos, en Roma, Bruselas, Venecia, Ghent, París, España, Serbia e incluso en Boalsburg, Pennsylvania, donde llegó un fragmento como parte de una capilla familiar importada y reconstruida por Theodore Boal para su esposa francesa.

Si quiere su propia astilla de la cruz en la que murió Jesús, el sitio eBay ofrece varias opciones, algunas con su propio sello de cera para preservar su integridad y algunas con documentos que atestiguan sobre su autenticidad.

Mark Goodacre, un profesor del Departamento de Religión de la Universidad de Duke, dice que el énfasis continuo en la genuinidad de los fragmentos de cruz verdadera es usualmente a costa del significado de la cruz misma.

"Lo que pasa con la cruz es que debes recordar siempre que se trata de la persona que colgó de ella, la madera misma es al final solo el instrumento de tortura".


Michael McKinley es coautor, con Davis Gibson, de Finding Jesus: Fact, Faith, Forgery, Six Holy Objects That Tell the Remarkable Story of the Gospels".

Fuente:

https://cnnespanol.cnn.com/2015/03/27/que-hay-de-verdad-sobre-la-cruz-de-jesus/

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Así es la Basílica romana donde 

se custodia la Cruz de Cristo encontrada 

por Santa Elena



Por Miguel Pérez Pichel

18 de agosto de 2021 / 10:01 AM


Este 18 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de Santa Elena, madre del emperador romano Constantino, que viajó a Jerusalén entre los años 327 y 328 donde encontró la Cruz de Cristo y trasladó sus restos a Roma.

Los fragmentos traídos por Santa Elena se conservan hoy en la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén de Roma, muy cerca de la Basílica Pontificia de San Juan de Letrán. El hallazgo de la Santa Cruz no está exento de detalles sobrenaturales.

Según la tradición, Santa Elena localizó el Calvario gracias a los testimonios de los habitantes de Jerusalén, que habían guardado la memoria del punto exacto a pesar del intento de desvirtuar el lugar mediante la construcción de un templo pagano.

En ese lugar de Jerusalén se alza hoy la Basílica del Santo Sepulcro en cuyo interior se veneran el lugar de la crucifixión y el Santo Sepulcro. Esa iglesia se construyó, precisamente, por orden de Constantino, aunque fue posteriormente destruida por persas y árabes y, posteriormente, reconstruida por los cruzados.

En sus indagaciones, Santa Elena localizó numerosas cruces, ya que el Calvario era un punto habitual de ajusticiamiento. Para averiguar cuál era la verdadera Cruz de Cristo hizo colocar unos fragmentos junto a una mujer agonizante que, al tocarlos se recuperó de su enfermedad.

Esos fragmentos son los que se custodian en un relicario del año 1800 en una cripta bajo la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén de Roma.

La actual Basílica, del siglo XVIII y en estilo barroco-romano, se alza sobre una construcción anterior del siglo IV restaurada en los siglos VIII y XII.

El solar sobre el que se alza era, en su origen, el Palatium Sessorianum, un palacio imperial que incluía un circo y un anfiteatro castrense. El anfiteatro todavía se conserva en buen estado y es empleado como huerto de un monasterio fundado en el siglo X anexo a la Basílica.

Al trasladar la capital imperial desde Roma a Constantinopla, el emperador Constantino entregó la propiedad del palacio a su madre Santa Elena. Santa Elena construyó en el palacio la capilla donde guardó las reliquias de la Cruz.

En el siglo VIII, los Papas Gregorio II y Adriano I restauraron la capilla. En el siglo XII, el Papa Lucio II amplió la capilla en estilo románico mediante la construcción de tres naves, un campanario y un pórtico.

La estructura de aquella construcción es la que se conserva en la actualidad, aunque muy modificada por la reconstrucción barroca realizada en el siglo XVIII por el Papa Benedicto XVI.

La Basílica es una de las siete iglesias que los peregrinos que vienen a Roma deben visitar. Las siete iglesias son la Basílica de San Pedro del Vaticano, la Basílica de San Juan de Letrán, la Basílica de San Pablo Extramuros, la Basílica de Santa María la Mayor, la Basílica de San Lorenzo Extramuros, la Basílica de San Sebastián Extramuros y la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén.

Fuente:

https://www.aciprensa.com/noticias/76936/asi-es-la-basilica-romana-donde-se-custodia-la-cruz-de-cristo-encontrada-por-santa-elena

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Los fragmentos de la cruz de Cristo dan “para llenar un gran barco”


Las reliquias de la crucifixión proliferan sospechosamente en todo el mundo, como ya denunció Calvino en 1543


Manuel Ansede

25 MAR 2016 - 12:05CET


Si quisiéramos recoger todo lo que se ha encontrado [de la cruz de Cristo], habría suficiente para cargar un gran barco. El Evangelio atestigua que la cruz podía ser portada por un hombre. Qué desfachatez llenar la Tierra de tal cantidad de fragmentos de madera que 300 hombres no podrían transportarlos”, reflexionaba ya el teólogo francés Juan Calvino, profundamente cristiano, en su Tratado de las reliquias, publicado en el año 1543.

La observación de Calvino sigue viva esta Semana Santa, cinco siglos después. Los pedazos de la llamada Vera Cruz, la cruz en la que fue ejecutado Jesús de Nazaret según la tradición cristiana, son considerados reliquias de primera categoría por la Iglesia católica, pero aparentemente son tan numerosos que dan la impresión de que Cristo fue un gigante crucificado con dos troncos de secuoyas. Es lo mismo que ocurre con la sangre de Jesús, “exhibida en más de 100 lugares” en tiempos de Calvino, según dejó escrito el propio teólogo.

Un supuesto leño de la cruz, de 20 centímetros, ha pasado 75 años en la caja fuerte de un banco en Caspe (Zaragoza)

Los trozos de madera atribuidos a la crucifixión de Cristo empezaron a proliferar cientos de años después de su muerte, como el que se adora en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, en el corazón de los Picos de Europa, en Cantabria. El leño mide 64 por 40 centímetros. Los propios franciscanos del templo reconocen que ignoran cuándo llegó al monasterio, aunque creen que fue “alrededor del siglo VIII”, según su página web. Sin embargo, atribuyen el hallazgo del madero al siglo IV, cuando Helena de Constantinopla, precisamente la madre del emperador romano que legalizó el cristianismo, afirmó haber encontrado la cruz de Jesús en un viaje a Jerusalén, gracias a la inspiración divina. Fue proclamada santa.

La Colegiata de Santa María la Mayor de Caspe (Zaragoza) alberga otro de los fragmentos de mayor tamaño que se conservan en el mundo. Mide 20 por 18 centímetros y está protegido por dos relicarios de oro y plata del siglo XVIII. Su historia es más rocambolesca. El relato católico oficial también sitúa su origen en el descubrimiento de Helena de Constantinopla en el siglo IV, pero 10 siglos más tarde el leño aparece en Roma, portado por el papa Clemente VII. Días antes de morir, en 1394, el pontífice se lo regaló a un amigo, el diplomático español Juan Fernández de Heredia, que lo acabó donando a la localidad de Caspe. En los últimos 75 años, sin embargo, el supuesto fragmento de la cruz de Cristo ha estado básicamente metido en la caja fuerte de una oficina bancaria, saliendo solo en procesión por el pueblo durante el Viernes Santo.

La Catedral de Notre Dame de París suma otros 24 centímetros de madera al recuento de presuntos pedazos de la cruz. Y las astillas se multiplican por todo el planeta. En la basílica de la Santísima y Vera Cruz en Caravaca de la Cruz (Murcia) se adora un fragmento de 17 centímetros con dos traversas de 7 y 10 centímetros. Los hermanos de la cofradía sostienen que hubo una “aparición milagrosa” del madero el 3 de mayo de 1231. Según su creencia, dos ángeles se presentaron en la iglesia y lo dejaron sobre el altar.

El Comité para la Investigación Escéptica ha intentado rastrear un origen único de los leños, sin éxito

La denominada Muy Antigua, Venerable y Dominicana Cofradía Penitencial y Sacramental de la Santa Vera Cruz de Palencia pidió en 2001 al Vaticano un fragmento de madera divina y lo obtuvo gracias a la intermediación del obispo de Palencia. Los leños sagrados también aparecen en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, en el monasterio de Heiligenkreuz (Austria) y en otras iglesias de España, El Vaticano, Guatemala, Italia y otros muchos países. Algunos son de madera de ciprés, otros son de pino, otros son de olivo. Incluso en eBay, un sitio de subastas en internet, cualquiera puede comprar por unos pocos cientos de euros un supuesto fragmento auténtico de la cruz de Cristo. Todos suman al cargamento del "gran barco" del que hablaba Calvino.

El Comité para la Investigación Escéptica —una organización estadounidense para el pensamiento crítico— financió en 2010 un estudio sobre los leños atribuidos a la cruz de Jesús. El trabajo, llevado a cabo por el investigador Joe Nickell, intentó rastrear un origen único de los maderos, sin éxito. “La proliferación de piezas de la Vera Cruz rivaliza en extravagancia con la de otras muchas reliquias falsas, como las más de 40 mortajas de Jesús y los múltiples cadáveres de María Magdalena”, escribió Nickell en su informe final. A su juicio, Calvino fue “crítico de manera justificada con la venta agresiva de reliquias” en su época. “Y nosotros, con nuestros modernos medios para el análisis científico, no debemos ser menos”.

Fuente:

https://elpais.com/elpais/2016/03/23/ciencia/1458763912_305135.html

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lunes, 19 de febrero de 2024

La Tragedia de los Andes, Nando Parrado y Dios.




Creo que de todos es conocido la catástrofe que ocurrió en la cordillera de los Andes en Octubre de 1972 cuando un avión de la fuerza aérea Uruguaya que hacía un vuelo chárter se estrelló contra la montaña comenzando así el llamado "Milagro de los Andes".

De Montevideo partieron 45 personas y solo sobrevivieron 16. Estuvieron 72 días en las condiciones mas extremas intentando sobrevivir al hambre, las bajas temperaturas y la constante desesperación viéndose obligados a practicar la antropofagia para sobrevivir. Tres miembros de la tripulación y diez pasajeros murieron por el impacto y cuatro personas fallecieron durante la primera noche debido a las gélidas temperaturas y a sus graves heridas. En las semanas posteriores fallecieron doce más, entre ellos ocho por un alud de nieve. El 12 de diciembre Nando Parrado y Roberto Canessa escalaron sin equipo un pico montañoso de 4650 m sobre el nivel del mar y descendieron hacia Chile, donde se encontraron con el arriero Sergio Catalán que posibilitó su rescate el 21 de diciembre tras recorrer unos 60 km.

Es sin duda una gran historia de supervivencia, determinación y unas enormes ganas de vivir. Se han dedicado muchos libros, documentales y películas sobre el hecho, incluida la película “La Sociedad de la nieve” basada en el libro del mismo nombre escrito por Pablo Vierci y que fue nominada a 2 premios Oscar en 2024.

Otro de los libros que trata sobre el tema es “El Milagro de los Andes” escrito por el mismísimo Nando Parrado y que fue publicado en 2006; donde Parrado relata sus experiencias y sufrimientos durante la tragedia y la posterior odisea del rescate. Hay que recordar que Nando fue uno de los mas afectados durante el siniestro. Después del impacto quedó prácticamente en coma, con fractura craneal y dado casi por muerto la primera noche. Por suerte el frio hizo que el sangrado y el edema fueran mínimos y pocos días después fue saliendo del coma en que estaba sumido para enterarse que su madre y su mejor amigo habían muerto con el impacto y que su hermana estaba gravemente herida y que moriría poco después. Por estos lamentables sucesos Nando era el principal interesado en salir de ese sitio caminando a través de las montañas hacia el oeste buscando Chile. Para eso debía recuperarse de sus heridas, fortalecerse, entrenar y esperar que mejorase algo el tiempo y salir en busca de una mínima esperanza de salvación. Tanto el como Roberto Canessa logran el objetivo de atravesar los andes y conseguir ayuda para rescatar a sus compañeros.

He tenido la suerte de leer casi todos los libros sobre el suceso (admito que tengo cierto morbo sobre el asunto) y sin duda el libro de Nando es uno de los mejores. Hago referencia al mismo en esta publicación porque en numerosas situaciones Nando reflexiona mucho sobre el accidente, la muerte y Dios. ¿Por qué un Dios bueno y amoroso permitiría la muerte de tantos inocentes? ¿Por qué permitió tanto sufrimiento? ¿Dónde está el amor de Dios entonces?

A continuación me permito colocar varios pasajes del libro donde se reflexiona sobre todo esto y nos damos cuenta no solo de lo horrible y difícil que fue la situación que debieron confrontar los afectados por la catástrofe sino también esa constante reflexión espiritual y el consecuente cuestionamiento divino.

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Arturo Nogueira sobrevivió al accidente aéreo, si bien quedó gravemente herido de las dos piernas, que estaban quebradas. No podía caminar, y tuvo que instalarse en las hamacas que confeccionó Roberto Canessa para que los heridos pudieran estar más confortables (aunque no pudiesen beneficiarse del calor humano que desprendía el grupo). Se le daban bien los mapas, y como no podía apenas moverse, asumió el papel de cartógrafo. Pasó horas intentando descifrar las cartas de vuelo que encontraron en la cabina de los pilotos. Su estado de salud se fue deteriorando con el transcurrir del tiempo.


Por otro lado, Arturo era un muchacho más tranquilo y serio. Era compañero de equipo, el apertura participante en los XV Old Christians First y, aunque no había tenido un estrecho contacto con él antes del accidente, el coraje con el que aguantó su sufrimiento me acercó a él. Al igual que Rafael, Arturo debería haber estado ingresado en una unidad de cuidados intensivos, con especialistas que le atendieran las veinticuatro horas. Sin embargo, estaba en los Andes, balanceándose en una hamaca improvisada, sin antibióticos ni analgésicos, y con los únicos cuidados de dos estudiantes de primer año de Medicina y un grupo de muchachos inexpertos. Pedro Algorta, otro de los aficionados del equipo, era muy allegado a Arturo y se pasaba muchas horas con su amigo, llevándole comida y agua e intentando que no pensara en su dolor. El resto de nosotros también nos turnábamos para sentarnos con él, al igual que hicimos con Rafael. Yo siempre tenía ganas de conversar con Arturo. Al principio hablábamos principalmente de rugby. Patear el balón es una parte importante del juego, ya que un buen disparo puede cambiar el marcador de un partido, y Arturo era el pateador más fuerte y preciso de nuestro equipo. Solía recordarle las fabulosas jugadas que había hecho en momentos clave de nuestros partidos y le preguntaba cómo había podido chutar el balón enviándolo tan lejos y con tanta precisión. Creo que Arturo disfrutaba con estas conversaciones. Le enorgullecía ser buen pateador y a menudo se ofrecía a enseñarme su técnica mientras yacía en la hamaca. A veces se olvidaba de su situación e intentaba demostrarme cómo pateaba con una de sus destrozadas piernas, lo cual le hacía encogerse de dolor y nos recordaba a ambos dónde estábamos.

Sin embargo, a medida que fui conociendo a Arturo, nuestros temas de conversación pasaron del deporte a cuestiones más profundas. Arturo era diferente del resto. Era sobre todo un socialista apasionado y su opinión inflexible sobre el capitalismo y la búsqueda de la riqueza personal lo convertía en una especie de excéntrico en medio del mundo de opulencia y privilegios en el que la mayoría de nosotros nos habíamos criado. Algunos de los chicos creían que su socialismo era pura fachada y que llevaba ropa andrajosa y leía a Marx sólo para llevar la contraria. Arturo no era fácil de tratar, es cierto. Podía tener opiniones punzantes y estridentes, lo cual irritaba a muchos de los chicos, pero conforme le iba entendiendo un poco, empecé a admirar su filosofía. No fue su opinión política lo que me atrajo, dado que a esa edad apenas tenía ideas políticas en la mente. Lo que me fascinaba de Arturo era la seriedad con la que vivía la vida y la intensa pasión con la que había aprendido a pensar por sí mismo. Le importaban las cosas relevantes, como la igualdad, la justicia, la compasión y la equidad. No le asustaba cuestionar cualquiera de las normas de la sociedad convencional ni condenar nuestro sistema de gobierno y de economía, que creía que servía a los poderosos a costa de los débiles.

Las firmes opiniones de Arturo molestaban a muchos y a menudo se enraizaban en airadas disputas por la noche sobre la historia, la política o los temas de actualidad. Sin embargo, yo siempre quería escuchar lo que Arturo tenía que decir, me intrigaban especialmente sus ideas sobre la religión. Al igual que la mayoría de los supervivientes, me había criado en un entorno católico convencional y, aunque no era lo que se dice un practicante devoto, nunca dudé de las enseñanzas fundamentales de la Iglesia. Hablar con Arturo me obligó a enfrentarme a mis creencias religiosas y a evaluar principios y valores que nunca había puesto en tela de juicio.

¿Cómo puedes estar tan seguro de que todos los libros sagrados del mundo, aquéllos en los que te enseñaron a creer, son la única palabra auténtica de Dios? —solía preguntar—. ¿Cómo sabes que tu idea de Dios es la única cierta? Somos un país católico porque llegaron los conquistadores españoles y sometieron a los aborígenes, reemplazando el Dios de los aborígenes por Jesucristo. Si los musulmanes hubieran conquistado América del Sur, todos rezaríamos a Mahoma en vez de a Jesús.

Las ideas de Arturo me perturbaban pero, a pesar de su tajante forma de pensar y de todo su escepticismo religioso, también me fascinaba comprobar que era una persona muy espiritual. En cuanto percibió mi ira hacia Dios me instó a no darle la espalda por nuestro sufrimiento.

¿Qué bien nos hace Dios? —respondí—. ¿Dejaría que mi madre y mi hermana murieran de un modo tan insensato? Si nos ama tanto, ¿por qué nos deja aquí para que suframos?

Estás furioso con el Dios en el que te enseñaron a creer de pequeño —contestó Arturo—. El Dios que se supone que te cuida y te protege, que responde a tus plegarias y perdona tus pecados. Ese Dios es sólo una leyenda. Las religiones intentan capturar a Dios, pero Dios está más allá de la religión. El verdadero Dios reside más allá de nuestro entendimiento. No podemos entender Su voluntad; es algo que no se puede explicar en un libro. Ni nos abandonó ni vendrá a salvarnos. Él no tiene nada que ver con el hecho de que estemos aquí. Dios no cambia; simplemente es. Yo no rezo a Dios para que me perdone o me haga favores, sino que sólo le rezo para estar más cerca de él y, cuando lo hago, el corazón se me llena de amor. Cuando rezo de esta forma, sé que Dios es, sin duda, amor. Al sentir ese amor recuerdo que no necesitamos ni ángeles ni cielo, porque todos formamos parte de Dios.

Negué con la cabeza.

Tengo tantas dudas… —dije—. Creo que me he ganado el derecho a dudar.

Confía en tus dudas —respondió Arturo—. Si tienes agallas para dudar de Dios y de cuestionar todo lo que te han enseñado sobre Él, entonces seguro que lo encontrarás. Está cerca de nosotros, Nando. Lo noto a nuestro alrededor. Abre los ojos y también lo verás.

Miré a Arturo, ese joven y apasionado socialista tumbado en una hamaca con las piernas rotas como palos y los ojos brillantes de fe y coraje, y sentí de repente un gran afecto por él. Sus palabras me conmovieron profundamente. ¿Cómo podía un muchacho tan joven conocerse tan bien? Hablar con Arturo me llevó a asumir que nunca me había tomado mi propia vida en serio. Había dado muchas cosas por sentado, gastando mis energías en chicas, automóviles y fiestas y dejándome llevar por la vida de un modo improvisado. Al fin y al cabo, ¿había prisa? Todo seguiría allí mañana, así que ya me preocuparía. Siempre había un mañana…

Me reí con tristeza para mis adentros, reflexionando: «Si hay un Dios y ese Dios quería que le prestara atención, sin duda la tiene ahora». Me incliné hacia delante y coloqué el brazo y el hombro a lo ancho del pecho de Arturo para hacerle entrar en calor. Mientras escuchaba su respiración rítmica y notaba a veces cómo se le tensaba el cuerpo por el dolor, me dije: «Éste es un hombre de verdad»

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Liliana de Methol estaba casada con Javier Methol (con el que viajaba a Chile para celebrar su 12º aniversario de bodas). Tenían 4 hijos. Era la única mujer sobreviviente después de la muerte de la hermana de Nando. Liliana fue uno de los sobrevivientes que más resistencia opuso a alimentarse de los fallecidos. Finalmente accedió cuando supieron que se suspendían las tareas de búsqueda, ante el deseo de volver a abrazar a sus hijos.


Al cabo de un rato, Javier intentó dormir y Liliana se giró hacia mí.

¿Cómo tienes la cabeza, Nando? —preguntó—. ¿Te sigue doliendo?

Sólo un poco —respondí

Deberías descansar más.

Me alegra que hayas decidido comer —le dije.

Quiero ver a mis hijos —contestó—. Y si no como, moriré. Lo hago por ellos.

¿Cómo está Javier?

Todavía está muy enfermo —dijo suspirando—. Rezo con él a menudo. Está seguro de que Dios nos dará una oportunidad.

¿Tú crees? —pregunté—. ¿Crees que Dios nos ayudará? Estoy muy confundido. Tengo demasiadas dudas.

Dios ya nos ha salvado —afirmó—. Debemos confiar en Él.

Pero ¿por qué iba a salvarnos Dios y dejar morir a los demás? Mi madre, mi hermana, Panchito, Guido, ¿no querían que Dios les salvara?

No hay forma de entender a Dios ni su lógica —contestó ella.

Entonces, ¿por qué deberíamos confiar en Él? —pregunté—. ¿Y qué hay de todos los judíos que murieron en los campos de concentración? ¿Y qué hay de todos los inocentes que han muerto en pestes y purgas y catástrofes naturales? ¿Por qué les daría la espalda y en cambio encontraría tiempo para nosotros?

Liliana suspiró, y noté su cálido aliento en mi rostro.

Te estás complicando demasiado —dijo con voz dulce—. Lo único que podemos hacer es amar a Dios y amar al prójimo y confiar en la voluntad divina.

Las palabras de Liliana no me convencieron, pero su calidez y bondad me consolaron. Traté de imaginar cuánto añoraba a sus hijos y recé por que pudieran volver a estar juntos. Entonces cerré los ojos y me sumí como siempre en un ligero sopor.

Dormité durante un rato, quizá media hora, y entonces me desperté, asustado y desorientado, cuando una enorme y pesada fuerza me golpeó el pecho. Algo iba muy mal. Noté una sensación húmeda y gélida contra el rostro y un peso aplastante se cernió sobre mí con tanta fuerza que me hizo expulsar todo el aire del pecho. Tras un momento de confusión, entendí lo que había pasado: un alud se había deslizado por la montaña y había llenado de nieve el fuselaje. Hubo un momento de completo silencio y entonces oí un lento y húmedo crujido; la nieve se asentó por su propio peso y me envolvió como si fuera una piedra. Traté de moverme, pero sentía como si tuviera el cuerpo encajonado en un bloque de cemento y ni siquiera podía mover un dedo. Pude respirar unas cuantas veces de un modo superficial, pero pronto la nieve me llenó la boca y las fosas nasales, y me empecé a asfixiar. Al principio, la presión en el pecho era insoportable pero, a medida que mi conciencia se desvanecía, dejé de notar las molestias. Mi mente se calmó y cobró lucidez. «Voy a morir —me dije—. Ahora veré lo que hay al otro lado». No sentí ninguna emoción fuerte. No intenté gritar ni luchar. Me limité a esperar y, cuando acepté mi impotencia, me sobrecogió una sensación de paz. Esperé pacientemente a que acabara mi vida. No había ángeles, ni revelaciones, ni un largo túnel que llevara hacia una dorada luz llena de amor. En vez de eso, sólo sentí el mismo silencio oscuro en el que me había sumido cuando el Fairchild chocó contra la montaña. Me dejé arrastrar por el silencio. Dejé que mi resistencia se desvaneciera. Era el final. Ya no habría más miedo. Ya no habría más lucha. Sólo un silencio insondable, y descanso.

Entonces una mano me quitó la nieve de la cara y me vi arrastrado violentamente de nuevo al mundo de los vivos. Alguien había cavado un estrecho pozo de varios centímetros para llegar hasta mí. Escupí la nieve de la boca y me metí una bocanada de aire frío en los pulmones, aunque el peso que todavía presionaba mi pecho me hacía difícil respirar correctamente.

Oí la voz de Carlitos por encima de mí.

¿Quién es? —gritó.

Yo —farfullé—. Nando.

Entonces me dejó. Oí caos por encima de mí, voces que gritaban y sollozaban.

¡Excavad en busca de caras! —vociferó alguien—. ¡Dejadles respirar!

¡Coco! ¿Dónde está Coco?

¡Aquí! ¡Ayudadme!

¿Alguien ha visto a Marcelo?

¿Cuántos hay? ¿Quién falta?

¡Que alguien cuente!

Entonces escuché la voz de Javier gritando histérico:

¿Liliana? ¿Liliana? ¡Ayudadla! ¡Aguanta, Liliana! ¡Oh, por favor, daos prisa, encontradla!

El caos duró tan sólo unos minutos, después pude levantarme de entre la nieve. El oscuro fuselaje se iluminó tenuemente con la llama del mechero que sujetaba Pancho Delgado. Los otros chicos se levantaban de la nieve como zombis saliendo de sus tumbas. Javier estaba arrodillado a mi lado, con Liliana en sus brazos. Por la languidez con la que le colgaban los brazos y la cabeza supe que estaba muerta. Negué con la cabeza, incrédulo, mientras Javier empezó a sollozar.

No. No —dije con voz apagada, como si pudiera discutir con lo que acababa de pasar. Como si pudiera negarme a permitir que fuera real.

Eché un vistazo a quienes estaban de pie a mi alrededor. Algunos estaban llorando, otros consolando a Javier, otros con la mirada perdida en las sombras y con una expresión de aturdimiento. Durante un instante nadie habló pero, una vez recuperados de la conmoción, los demás me contaron lo que habían visto.

Empezó con un lejano estruendo en la montaña. Roy Harley oyó el ruido y se puso de pie de un salto. A los pocos segundos, el alud arrasó la pared artificial construida en la parte de atrás del fuselaje, enterrándole hasta las caderas. Roy vio con horror cómo a todos los que estábamos durmiendo en el suelo nos había sepultado la nieve. Aterrado de pensar que todos nosotros estábamos muertos y de que estaba solo en la montaña, Roy empezó a excavar. Pronto destapó a Carlitos, Fito y Roberto. A medida que se iba destapando a los muchachos, éstos empezaban también a escarbar. Rebuscaron por la superficie de la nieve, tratando de encontrar frenéticamente a nuestros amigos enterrados pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no fueron lo suficientemente rápidos como para salvarnos a todos. Tuvimos muchas pérdidas. Marcelo había muerto, así como Enrique Platero, Coco Nicholich y Daniel Maspons. Carlos Roque, el mecánico del Fairchild, y Juan Carlos Menéndez habían fallecido bajo la pared caída. Diego Storm, que al tercer día de la tragedia me había salvado la vida arrastrándome hacia el cálido interior del fuselaje mientras yo seguía en coma, se había asfixiado bajo la nieve. Y Liliana, que hacía tan sólounos minutos me había dedicado unas amables palabras de consuelo, también se había ido. Gustavo había ayudado a Javier a excavar en su busca, pero había pasado demasiado tiempo y, cuando la encontraron, ya estaba muerta.

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Numa Turcatti Numa no formaba parte del equipo de rugby Old Christians. No pertenecía al barrio de Carrasco y tampoco había estudiado en el Colegio Stella Maris, sino que se había formado en el Colegio Seminario. por lo que apenas conocía a la mayoría de pasajeros del vuelo Fairchild 571. Viajaba por invitación de su amigo Gastón Costemalle.


Pero a otros, como Numa y Coche, que hasta en las mejores circunstancias apenas podían ingerir carne humana, no pudieron convencerles de que comieran. Me preocupaba especialmente la terquedad de Numa. Era un expedicionario, una gran fuente de fortaleza para mí, y no me gustaba la idea de enfrentarme a las montañas sin él.

Numa —le dije—, tienes que comer. Necesitamos que estés con nosotros cuando caminemos por las montañas. Debes ponerte fuerte.

Numa hizo una mueca y negó con la cabeza.

Apenas podía tragarme la carne antes —respondió—. No podría soportar comérmela así.

Piensa en tu familia —le ordené—. Si quieres volver a verles, debes comer.

Lo siento, Nando —se disculpó, apartándose de mí—. No puedo.

Sabía que tras el rechazo de Numa había más que la mera sensación de repulsa. De alguna manera ya había tenido suficiente, y su negativa a comer era una forma de rebelarse contra la ineludible pesadilla en la que se habían convertido nuestras vidas. Yo sentía lo mismo. ¿Quién podía sobrevivir a tal letanía de situaciones espantosas como nos habían obligado a soportar? ¿Qué habíamos hecho para merecer tanta desdicha? ¿Cuál era el sentido de nuestro sufrimiento? ¿Nuestras vidas tenían algún valor? ¿Qué clase de Dios podía ser tan cruel? Estas preguntas me asediaban a cada momento, pero de alguna manera entendía que pensar de esa forma era peligroso, pues no llevaba más que a una ira impotente que se agriaba rápidamente y se convertía en apatía. En ese lugar, apatía equivalía a muerte, de modo que aparté a la fuerza esas preguntas de mi mente evocando los recuerdos de mi familia en casa.

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Carlos Páez era el más joven de todos los supervivientes; tan solo tenía 18 años cuando se estrelló el avión (cumplió 19 en la cordillera).


31 de octubre, nuestro tercer día sepultados por el alud, Carlitos cumplía diecinueve años. Esa noche, tumbado junto a él en el fuselaje, le prometí que celebraríamos su cumpleaños cuando regresáramos a casa.

Mi cumpleaños es el nueve de diciembre —le dije—. Iremos todos a la casa de mis padres en Punta del Este y celebraremos todos los cumpleaños que no hemos podido celebrar aquí.

Hablando de cumpleaños —contestó—, mañana es el cumpleaños de mi padre y también el de mi hermana. He estado pensando en ellos y ahora estoy seguro de que les volveré a ver. Dios me ha salvado del accidente y del alud. Debe de querer que sobreviva y regrese con mi familia.

Yo no sé qué pensar ya de Dios —dije.

Pero ¿no notas lo cerca que está de nosotros? —preguntó—. Yo noto Su fuerte presencia aquí. Mira lo apacible que es la montaña, lo hermosa que es. Dios está aquí, y cuando noto Su presencia, sé que todo nos irá bien.

Como Carlitos, yo había visto la belleza de las montañas, pero para mí era una belleza letal y nosotros éramos la imperfección que la montaña quería borrar. Me preguntaba si Carlitos entendía realmente el problema que teníamos. Aun así le admiraba por el coraje de su optimismo.

Eres fuerte, Nando —dijo—. Lo lograrás. Encontrarás ayuda.

No contesté. Carlitos empezó a rezar.

Feliz cumpleaños, Carlitos —susurré, y entonces traté de dormir

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Arturo Nogueira agonizaba por las heridas de las piernas.


Arturo, por otra parte, se había vuelto aún más tranquilo e introspectivo de lo habitual, y cuando ahora me sentaba con él, notaba que se aproximaba el final de su lucha.

¿Qué tal estás, Arturo?

Tengo mucho frío, Nando —contestaba—. No me duele mucho. Ya no siento las piernas. Me cuesta respirar. —Su voz se debilitaba y se volvía aguda, pero los ojos le brillaban cuando se acercó a mí y me habló con una tierna premura—. Sé que me estoy acercando a Dios. A veces noto Su presencia muy cerca de mí. Puedo sentir Su amor, Nando. Hay tanto amor que me dan ganas de llorar.

Intenta aguantar, Arturo.

No creo que me quede mucho —dijo—. Siento que me empuja hacia Él. Pronto conoceré a Dios y entonces tendré las respuestas a todas tus preguntas.

¿Quieres que te traiga agua, Arturo?

Nando, quiero que recuerdes, incluso en este lugar, que nuestras vidas tienen sentido. Nuestro sufrimiento no es en vano. Incluso si nos quedamos aquí atrapados para siempre, podemos amar a nuestras familias y a Dios y a los demás mientras vivamos. Incluso en este lugar, vale la pena vivir la vida.

El rostro de Arturo se iluminó con una intensidad serena al decir eso. Yo seguí en silencio, por miedo a que se me quebrase la voz si intentaba hablar.

Dile a mi familia que la quiero, ¿vale? Eso es lo único que me importa ahora.

Se lo dirás tú mismo —contesté.

Arturo se rió de la mentira.

Estoy preparado, Nando —continuó—. Ya me he confesado con Dios. Mi alma está limpia. Moriré libre de pecado

Pero ¿qué significa esto? —me reí—. Creí que no creías en el tipo de Dios que perdona los pecados.

Arturo me miró y logró hacer una ligera mueca de humildad.

En un momento como éste —dijo— parece sabio cubrir todas las posibilidades.

Durante la primera semana de noviembre, Arturo se debilitó y se volvió cada vez más distante. Su mejor amigo, Pedro Algorta, se quedó junto a él en todo momento, llevándole agua, abrigándole para que no pasara frío y rezando con él. Una noche, Arturo empezó a lloriquear. Cuando Pedro le preguntó que por qué sollozaba, Arturo contestó, con una mirada abstraída:

Porque estoy muy cerca de Dios.

Al día siguiente, Arturo empezó a tener una fiebre muy alta. Estuvo delirando durante cuarenta y ocho horas, alternando la consciencia y la inconsciencia. En su última noche lo ayudamos a bajar de la hamaca para que pudiera dormir junto a Pedro y, antes de que amaneciera, Arturo Nogueira, uno de los hombres más valientes que he conocido, fallecía en silencio en brazos de su mejor amigo.

____________


En los años que han transcurrido desde la tragedia, a menudo he pensado en mi amigo Arturo Nogueira y las conversaciones sobre Dios que mantuvimos en la montaña. Muchos de los supervivientes afirman que sentían que Dios estaba presente allí. Creen que Él, en su misericordia, nos permitió sobrevivir en respuesta a nuestras plegarias y están seguros de que fue Su mano la que nos llevó a casa. Respeto profundamente la fe de mis amigos pero, para ser honesto, por mucho que recé para que sucediera un milagro en los Andes, nunca noté la presencia de Dios. Como mínimo, no veía a Dios como la mayoría de la gente lo veía. Sí que sentía que había algo más grande que yo, algo en las montañas, en los glaciares y en el radiante cielo que, en contadas ocasiones, me reconfortaba y me hacía sentir que el mundo no era un caos y que en él reinaba el amor y el bien. Si éste era Dios, no era Dios como ser, espíritu o mente omnipotente y sobrehumana; no era un Dios que eligiera salvarnos o abandonarnos, ni cambiarnos de alguna manera. Simplemente era un silencio, una plenitud y una simplicidad que inspiraban respeto que parecía llegar a mí a través de mis propios sentimientos de amor. De hecho, a menudo he pensado que, cuando sentimos lo que llamamos amor, en realidad estamos sintiendo nuestro vínculo con esa imponente presencia. Aún la puedo notar cuando mi mente se relaja y presto realmente atención. Mi intención no es comprender qué es o qué quiere de mí, de verdad que no quiero entender ese tipo de cosas. No me interesa ningún Dios que pueda ser comprendido, que nos hable desde un libro sagrado o de cualquier otro modo y que juegue con nuestras vidas con arreglo a un plan divino, como si fuéramos personajes de una obra de teatro. ¿Cómo puedo encontrar sentido a un Dios que pone una religión por encima del resto, que responde a una plegaria y hace caso omiso de otra, que envía a dieciséis jóvenes de regreso a casa y deja a los veintinueve restantes muertos en la montaña?

Hubo una época en la que quería conocer a ese Dios, pero ahora me doy cuenta de que lo que quería realmente era la comodidad de la certeza, saber que mi Dios era el auténtico Dios y que al final me recompensaría por mi lealtad. Ahora soy consciente de que es imposible estar seguro de algo, tanto de Dios como de cualquier otra cosa. He perdido la necesidad de saber. En esas inolvidables conversaciones que mantuve con Arturo mientras yacía en su lecho de muerte, me dijo que la mejor manera de encontrar la fe era tener el coraje de dudar. Recuerdo esas palabras todos los días, y dudo, y tengo esperanza, y de esta forma tan tosca intento tantear el camino hacia la verdad. Sigo recitando las oraciones que aprendí de niño —el avemaría y el padrenuestro—, pero no me imagino a un padre sabio y celestial escuchando con paciencia al otro lado de la línea, sino que pienso en el amor, en un océano de amor, en la auténtica fuente del amor, y me veo a mí mismo fundiéndome con él. Me abro a él, trato de dirigir esa marea de amor hacia quienes están cerca de mí, con la esperanza de protegerles y unirles a mí para siempre y de vincularnos a todo lo eterno que hay en el mundo. Éste es un sentimiento muy personal y no trato de analizar su significado. Simplemente me gusta cómo me hace sentir. Al rezar de esta manera, siento como si estuviera unido a algo bueno, pleno y poderoso. En las montañas, el amor me mantenía unido al mundo de los vivos. Ni el coraje ni la inteligencia me hubieran salvado. Como no tenía experiencia a la que recurrir, me apoyé en la confianza que sentía en mi amor por mi padre y en mi futuro, y esa confianza me condujo de vuelta a casa. Desde entonces, este sentimiento me ha llevado a entender en más profundidad quién soy yo y el significado que tiene ser humano. Ahora estoy convencido de que, si hay algo divino en el universo, la única forma en que lo encontraré es a través del amor que siento por mi familia y por mis amigos y a través del simple y maravilloso hecho de estar vivo. No necesito más conocimientos ni filosofías que los siguientes: mi deber es llenar mi estancia en la Tierra con la mayor cantidad de vida posible, volverme un poco más humano cada día y entender que sólo nos volvemos humanos cuando amamos. He tratado de querer a mis amigos con lealtad y generosidad. He amado a mis hijas con todas mis fuerzas. Y he querido a una mujer con un amor que ha llenado mi vida de sentido y de alegría. He sufrido grandes pérdidas y me han obsequiado con grandes consuelos pero, con independencia de lo que me dé o me quite la vida, éste es el concepto básico que siempre la iluminará: he amado con pasión, sin temor, con toda mi alma y mi corazón y ese amor me ha sido devuelto. Para mí, eso es suficiente.

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En el momento del accidente aéreo, Javier tenía 36 años (cumplió 37 en la montaña) y era el mayor de todos los supervivientes. Viajaba con su esposa Liliana, y es que el atractivo precio de los pasajes de avión les había parecido una excelente oportunidad para celebrar su aniversario de bodas con unas vacaciones en Chile.

Javier Methol es el único de los supervivientes que no está vivo a día de hoy. Tristemente, falleció el 4 de junio de 2015.


De todos los supervivientes, Javier es el más convencido de que salimos de la montaña por voluntad divina. Una vez me escribió: «Dios nos resucitó en la montaña y nos convirtió en hermanos. Cuando creíamos que estabas muerto, Él te devolvió la vida para que después tú y Roberto os convirtierais en Sus mensajeros y procurarais la salvación de todos nosotros. Estoy tan seguro de que en algunos momentos Él os llevó a ambos en Sus brazos…».

Javier y yo pensábamos diferente respecto a Dios y respecto al papel que Dios desempeñó en nuestra supervivencia; aun así, respeto la humildad y la sinceridad de su fe y la forma en que ha rehecho su vida después de su devastadora pérdida. Tranquilo y sereno, es una de las fuerzas estabilizadoras de nuestro grupo y siento siempre una sensación de paz cuando estoy con él.

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Adolfo (Fito) Strauch estudiaba Ingeniería Agrónoma, en parte porque su familia era dueña de una estancia. Era compañero de facultad de Daniel Fernández y Coche Inciarte. Eduardo Strauch, uno de sus primos, le había persuadido en el último instante para que los acompañara en su viaje a Chile.


Fito Strauch fue uno de los muchachos que tuvo un papel más relevante en la montaña y ninguno de nosotros, y menos yo, hemos olvidado los numerosos modos en que contribuyó a nuestra supervivencia. Al igual que Javier, Fito cree firmemente que nos rescataron de la montaña por mediación divina y que deberíamos vivir la vida como Sus misioneros. A veces creo que Fito está molesto conmigo por el modo en que he vivido la vida, por haber minimizado o incluso descartado el papel de Dios en nuestro rescate y por no haber sido fiel a las enseñanzas espirituales de la tragedia. Yo le digo que no estoy seguro de cómo predicar el mensaje de Dios porque no estoy seguro de cuál podría ser ese mensaje. Fito, en cambio, diría que la enseñanza de los Andes es que Dios nos salvó porque nos ama. Pero ¿acaso no amaba Él a mi madre y a mi hermana y a los veintinueve restantes que fallecieron? Lo que nos ocurrió en los Andes me transformó profundamente y me dio un enfoque más profundo y espiritual de la vida pero, para mí, lo que nos enseñó la montaña es que la vida es muy valiosa y que debería vivirse plenamente, con el corazón y llenos de amor. No quiero que mi vida se rija por lo que me pasó hace treinta años; ahora siento que cada día escribo el guión de mi propia vida. Para mí, eso no es negar las enseñanzas espirituales que aprendimos en la montaña, sino ponerlas totalmente en práctica.

Probablemente, Fito y yo no estaríamos nunca de acuerdo en este tema, pero para mí eso no disminuye mi respeto hacia él ni hace que sea menos amigo suyo y, cuando nos vemos, siempre nos abrazamos como hermanos.

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Una vez, después de dar una charla, una mujer joven pidió si podía hablar conmigo.

Hace algunos años estaba saliendo del garaje de mi casa marcha atrás —dijo—. No sabía que mi hija de dos años de edad estaba detrás del coche. La atropellé y murió. Mi vida se detuvo en ese instante. Desde entonces no he podido hablar, ni dormir, ni siquiera pensar en nada que no sea ese momento. Me he atormentado con preguntas. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué no la vi? ¿Por qué no tuve más cuidado? Y sobre todo, ¿por qué había pasado? Desde ese instante me he sentido paralizada por el sentimiento de culpabilidad y la pena, y el resto de mi familia ha sufrido por ello. Su historia me demuestra que me he equivocado. Se puede vivir, incluso cuando sufres. Ahora sé que tengo que seguir adelante. Tengo que vivir por mi marido y por mis otros hijos. Incluso con el dolor que siento, tengo que encontrar la fuerza para hacerlo. Su historia me hace creer que es posible.

Estupefacto, la sujeté entre mis brazos y la abracé. En ese momento, una vaga idea que había estado recorriendo en mi mente adoptó el enfoque afilado de una cuchilla. Me di cuenta de que mi historia es su historia; es la historia de todo aquel que la oiga. Esa mujer no había sentido nunca el azote del viento a temperaturas bajo cero, no había caminado nunca tambaleándose en medio de una ventisca a una gran altura, ni había contemplado con horror cómo su cuerpo se consumía por la inanición. Sin embargo, ¿había alguna duda de que ella había sufrido tanto como yo? Siempre había pensado que mi historia era única, algo tan extremo y atroz que sólo los que habían estado allí podían entender realmente por lo que habíamos pasado pero, en esencia —la esencia de los sentimientos humanos—, mi historia es la historia más habitual del mundo. En ocasiones, todos nos enfrentamos a la desesperación. Todos sufrimos el dolor, el abandono o una pérdida abrumadora. Y todos nosotros, tarde o temprano, nos enfrentaremos a la inevitable proximidad de la muerte. Mientras abrazaba a aquella triste mujer, se me escapó una frase.

Todos tenemos nuestros propios Andes —le dije.


Fuente:

Extractos del libro: “Milagro en los Andes” de Fernando Parrado. Editorial Planeta. Fecha de publicación 2006

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tanto de Dios como de cualquier otra cosa. 
He perdido la necesidad de saber"

Nando Parrado