miércoles, 8 de agosto de 2018

¿Los científicos creen generalmente en Dios? (Opinión y Actualidad)




¿Los científicos creen generalmente en Dios?


A menudo se suele propagar la idea de que la mayoría de los científicos del mundo creen en Dios o se adscriben a alguna clase de religión. Dejando de lado que el concepto de Dios probablemente será distinto entre una persona formada en ciencia y cualquier ciudadano común, esta idea sólo pondría de manifiesto que los científicos también son seres humanos, con sus debilidades y miedos.

No obstante, la idea es falsa. Diversos estudios demuestran que los científicos, a medida que incrementan sus conocimientos y su excelencia, se apartan de las sendas más trilladas de la fe o directamente se adscriben al ateísmo (o a un deísmo inocuo o a un panespiritualismo incompatible con las religiones tradicionales, como señala el físico Alan Sokal).

Lo que sucede es que públicamente resulta controvertido declararse como ateo (en EEUU, sería impensable, por ejemplo, ateísmo y presidencia de la nación). De manera que los científicos que se ganan la vida con su imagen pública no suelen ser demasiado taxativos en sus opiniones. Pero en encuestas privadas, los datos apuntan algo muy distinto.

Para respaldar esto, Sokal ofrece datos de un sondeo reciente que muestra que aproximadamente el 39 % de los científicos estadounidenses cree en “un Dios a quien rezar a la espera de una respuesta”, mientras que el 45 % no son creyentes y un 15 % no tienen opinión definida.

Entre los miembros de la Academia Nacional de Ciencias, la creencia en Dios se desploma a un 7 %. Un 72 % no cree en Dios. Y un 21 % es agnóstico.



En 1914 y 1933, el psicólogo James H. Leuba se propuso poner a prueba la hipótesis de que cuanto más instruida es la gente, menos probable es que crea en Dios. Para ello, realizó una encuesta entre científicos estadounidenses, y sus respuestas confirmaron la idea de que es mucho menos probable que crean en Dios los miembros de este colectivo que el público general. En 1997 y 1998, Edward J. Larson y Larry Witham publicaron dos artículos en Nature mostrando los resultados de sendos estudios en los que se repitieron las encuestas de Leuba.

La mayor propensión a la increencia de los “grandes” científicos, Leuba la atribuyó a su “superior conocimiento, entendimiento y experiencia”, y los resultados de 1998 confirmarían sus predicciones. Larson y Witham, a pesar de ser creyentes ellos mismos (Larson asiste a una iglesia metodista y Witham declara sentirse confortable con el Dios definido por Leuba), no dejan de reconocer que el resultado de su encuesta es coherente con otros datos estadísticos, y citan al historiador Paul K. Conkin (1998): “Hoy, cuanto mayor es el nivel educativo de los individuos, o mejores sus resultados en test de inteligencia o de rendimiento, menos probable es que sean cristianos”. Los datos de que disponemos en España apuntan en el mismo sentido (Pérez-Agote, Santiago 2005, pp. 43 y 82): conforme aumenta el nivel de estudios, disminuye la creencia en Dios; el 90,4 % de los españoles sin estudios creen en Dios, pero sólo el 55,5 % de quienes tienen estudios superiores. Entre éstos, no reza nunca el 43,7 %, pero sólo el 15,8 % de quienes carecen de estudios.



Fuente:
https://www.xatakaciencia.com/no-te-lo-creas/los-cientificos-creen-generalmente-en-dios

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"La vida es sólo un vistazo momentáneo de las maravillas de este asombroso universo. Es triste que tantos estén malgastando su vida soñando con fantasías espirituales"

Carl Sagan






martes, 7 de agosto de 2018

Basar la moral en la religión: un mal negocio (Opinión y Actualidad)




Basar la moral en la religión: un mal negocio


Uno de los argumentos que salen a colación cuando la típica discusión sobre la existencia de Dios ha llegado a una vía muerta es el de que la religión, esté o no basada en una divinidad inexistente, al menos procura un código de conducta al ser humano.

La religión, pues, lejos de su aparatosidad metafísica, ha establecido una serie de normas a lo largo de la historia, normas sin las cuales la sociedad estaría huérfana de valores. Bien, eso es lo que sostienen los que no tienen en cuenta que el ser humano es moral por naturaleza y que la población carcelaria, porcentualmente, está compuesta por creyentes más que por ateos o agnósticos.

El cínico físico Steven Weinberg expresa de esta forma su parecer sobre los códigos morales que inculca la religión: “Con o sin religión, la gente buena hará el bien y la gente mala hará el mal, pero para que la gente buena haga el mal hace falta la religión”.

Este provocador pensamiento se puede ilustrar mejor gracias a un experimento psicológico clásico sobre el llamado efecto de sobrejustificación a cargo de David Greene, Betty Sternberg y Mark Lepper.



Se seleccionó a diversos grupos de estudiantes de cuarto y quinto grados para que jugaran a una serie de juegos matemáticos, midiéndose en todo momento cuánto tiempo invertían en jugar. En general, empleaban mucho tiempo en ellos.

Días más tarde, los psicólogos propusieron una norma a los niños: aquéllos que jugaran más tiempo tendrían más posibilidades de recibir una recompensa, un premio. Esta oferta provocó que los niños dedicarán todavía más tiempo a sus juegos.

Sin embargo, cuando los investigadores dejaron de ofrecer esta serie de recompensas a los niños, los niños perdieron casi todo el interés hacia los juegos en cuestión. “Las recompensas extrínsecas habían menoscabado el interés intrínseco”, es como lo define el matemático John Allen Paulos.

Los castigos y premios religiosos operan bajo las mismas reglas psicoemocionales. Estas recompensas por ser buenos podrían reducir drásticamente el tiempo dedicado al juego de “ser bueno” si uno reniega de la religión más adelante, aunque sea puntualmente. Por ello, basar la ética en enseñanzas religiosas entraña un peligro latente.

Las cárceles estadounidenses apenas tienen representación atea. En Japón, uno de los países con la tasa de criminalidad más baja, sólo una minoría de sus ciudadanos declara creer en Dios. Las disensiones entre las distintas religiones son una de las causas principales de los conflictos entre países.

El truco quizá estribe en entender por qué hay que respetar al otro y tratar de cumplir las normas escogidas democráticamente entre todos (en el fondo, por una cuestión egoísta, en la que todos saldremos colectivamente ganando) y no seguir a rajatabla un dogma a base imperativos indiscutibles so pena de condena al fuego eterno.



Fuente:
https://www.xatakaciencia.com/psicologia/basar-la-moral-en-la-religion-un-mal-negocio


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"La religión no es más que un reflejo fantástico, en las cabezas de los hombres, de los poderes externos que dominan su existencia cotidiana. un reflejo en el cual las fuerzas terrenas cobran forma de supraterrenas"


Friedrich Engels






lunes, 6 de agosto de 2018

¿Por qué debemos combatir la Religión? (Opinión y Actualidad)




¿Por qué debemos combatir la religión?


8 Mayo 2014

Cada uno puede pensar o creer lo que estime conveniente. Quede eso por delante. Todas las personas, con independencia de sus ideas, merecen respeto, o al menos tienen derecho a expresar sus ideas (aunque no estemos obligados a escucharlas). Sin embargo, no todas las creencias son respetables, a pesar del tópico. Matar a judíos porque algunos los consideran una raza inferior no es respetable, por buscar un ejemplo extremo

Lo más difícil es trazar una línea que delimite las creencias respetables de las que no lo son. Por ello, mejor que cualquier línea, lo óptimo es que cada uno de nosotros, a título individual, asuma qué clase de ideas o creencias es capaz de tolerar sin esgrimir su intolerancia. Con todo, ¿existen unas líneas maestras? O, al menos, ¿es más productivo y satisfactorio para la mayoría de nosotros condenar al ostracismo determinadas creencias?


Creencias y creencias

La naturaleza del ser humano le impele a llenar las lagunas de ignorancia con conocimientos, porque la incertidumbre resulta profundamente incómoda. Cuando dicho conocimiento no está disponible, entonces la laguna se rellena con mitos o narraciones apaciguadoras.

Cuando nuestros antepasados, hace probablemente entre 100.000 y 75.000 años, empezaron a buscar respuestas a quienes eran y a dónde iban los muertos, no tenían demasiado tiempo para investigar sistemáticamente la naturaleza, de modo que se refugiaban en mitos construidos por la comunidad y solidificados por algún argumento de autoridad. Los cultos Cargo son un buen ejemplo viviente de esta dinámica.

Sobre esos cimientos imaginarios, se empezaron a levantar todas las religiones, tal y como explica Edward O. Wilson en su libro La conquista social de la Tierra:

Los humanos primitivos necesitaban un relato de todo lo importante que les ocurría, porque la mente consciente no puede funcionar sin relatos y explicaciones de su propio significado. La mejor manera, la única en que nuestros ancestros podían conseguir explicar su propia existencia era a través de un mito creacionista. Y todo mito creacionista, sin excepción, afirmaba la superioridad de la tribu que lo inventó sobre todas las demás tribus. Habiendo asumido esto, cada creyente religioso se veía a sí mismo como una persona elegida. Las religiones organizadas y sus dioses, aunque concebidas en la ignorancia de la mayor parte del mundo real, por suerte fueron grabadas en piedra en la historia temprana (…) Sus dogmas codifican normas de comportamiento que los devotos pueden aceptar absolutamente sin titubear. Cuestionar mitos sagrados es cuestionar la identidad y el valor de los que creen ellos Esta es la razón por la que los escépticos, incluidos los que están comprometidos con mitos distintos e igualmente absurdos, son considerados con tanta antipatía. En algunos países se arriesga a ingresar en prisión o a morir.


La madurez de abordar la realidad

En pocas palabras, pues, ya vamos intuyendo los efectos perniciosos de las religiones. En primer lugar, su efecto conciliador y apaciguador se funda en mentiras y/o ignorancia. En segundo lugar, las afirmaciones de las religiones son dogmáticas e indiscutibles, porque son la Verdad. En tercer lugar, las personas que no piensan igual son el enemigo.

Cuando las sociedades humanas no tenían tiempo ni recursos para adquirir conocimientos empíricos sobre el mundo natural, basar la convivencia en reglas indiscutibles fundadas en mitos era una buena solución. Con todo, los que no comulgaban ardían, literalmente.

Sin embargo, en un mundo donde todos tenemos acceso a la información, donde dicha información crece exponencialmente y puede ser continuamente contrastada, criticada, impugnada o discutida, los dogmas resultan, cuando menos, inmaduros e ineficaces. Si las normas sociales dependen de dogmas que podrían ser fácilmente rebatibles (cosa probable habida cuenta de que las fuentes son argumentos de autoridad), entonces las normas sociales penden de un hilo cada vez más fino. Por otro lado, el progreso científico y tecnológico que se ha venido produciendo desde el siglo XVI denota que una forma eficaz de obtener conocimientos cada vez más precisos o útiles para la sociedad consiste en falsarlos: son ciertos hasta que alguien demuestre que son falsos y sepa explicar en qué error se incurre.

Es decir, las creencias basan su eficacia en la idea inmadura de que se posee la verdad absoluta y la falta de humildad del que no quiere aceptar que se equivoca. La ciencia, por el contrario, funciona justo al revés: asume la ignorancia inicial y propone explicaciones sobre el mundo que deben ser, obligatoriamente, puestas en tela de juicio por la mayor cantidad de ojos posible.

Finalmente, defender ideas incuestionables por simple fe te enemista de cualquiera que no comulgue con dicha fe: imaginaos que alguien afirma que existe el Monstruo del Espaguetti Volador y que no podemos cuestionar dicha creencia. A la mínima, se enfrentará a quienes traten de esclarecer el engaño que da sentido a su creencia (la fe irracional se detecta rápidamente en el sentido de que quien la profesa se irrita profundamente cuando se trata de cuestionar). Los hacedores de preguntas o buscadores de razones, pues, son el peor enemigo de los que profesan una fe irracional.


¿Todos tenemos fe?

Una cuestión que suele salir a colación cuando se examina la fe en un mito es que todos profesamos alguna clase de fe. Por ejemplo, no hemos visto un átomo y creemos que existe. ¿Por qué creer en un dios creador debería ser diferente? Unos párrafos más arriba ya hemos visto que la fe en un mito que basa su funcionamiento en la inmovilidad ideológica. Por el contrario, si alguien demostrara que los átomos no existen recibiría el Nobel de Física.

Otra diferencia entre la fe racional y la fe irracional reside en la calidad de las fuentes de información que se aducen. Por ejemplo, si crees algo que solo aparece reflejado en un libro (o una docena de ellos), viola sistemáticamente parte del conocimiento empírico acumulado durante siglos sin explicar la razón de forma falsable y, además, tiene muchos años de antigüedad... probablemente estamos ante una muestra de fe irracional.

Un ejemplo de fe racional sería creer en la existencia del país Japón a pesar de que nunca lo hemos pisado. Es racional porque disponemos de muchas fuentes confiables que nos sugieren su existencia, dicha existencia no parece contradecir otros conocimientos (de hecho, se imbrican armónicamente con ellos), y, por si fuera poco, siempre podemos comprar un billete para Japón y comprobar su existencia con nuestros propios ojos.

Naturalmente, entre estos dos extremos de fe, racional e irracional, existen muchas posturas intermedias, e incluso algunas basculan de uno a otro lado, bordeando la ciencia ortodoxa y la heterodoxa. La religión, con todo, es una postura que puede situarse sin ningún género de dudas en el extremo de la fe irracional. Como también lo son determinadas posturas ideológicas de carácter político. O determinadas adhesiones a equipos de fútbol. O incluso determinados nacionalismos.

En aras de obtener conocimientos cada vez más precisos del mundo, dejar de ver a los que no profesan nuestras ideas indiscutibles como enemigos (trazando fronteras más altas que las políticas), admitir nuestra ignorancia con humildad, dejar de repetir que los valores se están perdiendo o se desacralizan (cuando en realidad solo dejan de ser como tu fe determina que deberían ser en todos los contextos históricos, se descubra lo que se descubra, cambie lo que cambie)… en aras de todo eso, y sobre todo en aras de dar un pasito más hacia la comprensión de lo que hacemos aquí, creo que deberíamos combatir las religiones y, por extensión, cualquier idea que no pueda ser cuestionada, ridiculizada o pisoteada.

Abunda en ello Edward O. Wilson:

Entonces, ¿por qué razón es prudente poner abiertamente en tela de juicio los mitos y los dioses de las religiones organizadas? Porque son idiotizantes y divisivos. Porque cada uno de ellos es solo una versión de una multitud de situaciones hipotéticas en competencia que posiblemente pueden ser ciertas. Porque fomentan la ignorancia, distraen a la gente de reconocer los problemas del mundo real y con frecuencia los conducen en direcciones equivocadas que provocan acciones desastrosas. Fieles a sus orígenes biológicos, fomentan de manera apasionada el altruismo entre sus miembros, aunque por lo general con el objetivo adicional del proselitismo. El sometimiento a una fe concreta es, por definición, fanatismo religioso. Ningún misionero protestante aconseja a su grey que consideren el catolicismo romano o el islámico como una alternativa tal vez superior.

Por cierto, ante la pregunta que me realizan a menudo, esta es, quién creó entonces el Universo… mi respuesta es que no lo sé, y tampoco sé si esa pregunta tiene sentido. Y como no lo sé (de hecho, nadie lo sabe), no propongo una hipótesis nada esclarecedora como fue Dios, porque dicha respuesta no ofrece ninguna información. ¿Quién creó a Dios, entonces? Sería como responder a ¿quién creó el Universo? algo así como “él mismo”, “azar”, “una energía especial que no conocemos”.

Fuente:
https://www.xatakaciencia.com/no-te-lo-creas/por-que-debemos-combatir-la-religion



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"El temor de las cosas invisibles es la semilla natural de lo que cada uno llama para sí mismo religión"

Thomas Hobbes