lunes, 18 de septiembre de 2023

La Balanza Desequilibrada (Colaboración)




Nota Inicial:

La presente publicación fue escrita y elaborada por un colaborador y amable lector de este Blog. Este artículo NO fue escrito por el habitual escritor y responsable de este sitio Noé Molina. (*)

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La Balanza Desequilibrada

 

Si hay algo que aprendemos rapidísimo en la vida, es que las acciones que realizamos, buenas o malas, tienen una consecuencia. Es inevitable, para lo bueno y lo malo. Y dependiendo de lo que hagamos, el resultado será más o menos contundente. Si alguien insulta a otro, tendrá alguna reprobación como resultado, un despido, o el fin de una relación. Si en cambio, hay un asesinato, la cárcel será el fin. A mayores actos, mayores consecuencias. Claro está que esto es una perogrullada.

Sin embargo, tal perogrullada, no se ve reflejada en la Biblia.

 

Lo peor que se puede hacer a alguien


¿Qué es lo peor que el Dios bíblico podría hacer a alguien? Mandarlo al infierno, sin duda. Pero no son muchas las veces donde se dice en la Biblia “Dios mandó al infierno a...”. La excepción quizás sea Coré: descendió vivo al Seol.

Pero después no encontramos casos así, al menos que yo recuerde. No hay un, por ejemplo:

“Dios mandó al infierno a Herodes”

“Dios castigó a Jezabel enviándola al infierno”

Por lo general, el castigo bíblico que sí se repite una y otra vez, tanto en el AT como en el NT, es matar al pecador. Dios mata como castigo. Entonces, analicemos casos donde el castigo de muerte es aplicado. Y usted me dirá, lector, si la perogrullada de la que hablábamos en el comienzo, existe en la Biblia o no.

 

1) “Hazme caso o viene el león”

Un capítulo no muy conocido de la Biblia, pero realmente interesante. Primera de Reyes 20. Veamos:

Se habla allí del ataque que Ben-Adad, rey de Siria, dirigió a Israel, cuyo rey era Acab.

No voy a entrar en detalle de todo el capítulo, que es bastante largo. Sí me detengo en el versículo 35:

“Entonces un varón de los hijos de los profetas dijo a su compañero por palabra de Dios: Hiéreme ahora. Mas el otro no quiso herirle.”

Simple. Un siervo de Dios le pide a otro que lo lastime (sin explicarle por qué).

Creo que cualquier persona normal habría hecho lo que se lee en el versículo. Lógico. ¿Cómo voy a lastimar a alguien, solo porque me lo pida? Además, recordemos el famoso mandamiento “No matarás”. Tal vez el hombre creyó que si lastimaba muy vehementemente al otro, podría matarlo y hacerse culpable de homicidio. Entonces, con toda lógica, no hizo caso.

La respuesta del servidor de Dios es la siguiente, versículo 36:

“El le dijo: Por cuanto no has obedecido a la palabra de Jehová, he aquí que cuando te apartes de mí, te herirá un león.”

¿¡Qué!? ¿Solo por eso?

Y además, ¿cómo puede ser ese el castigo, si el tipo ni siquiera le dijo que era “¿palabra de Dios?” No le dijo: “Dios te ordena a lastimarme”. Torpe la comunicación del siervo de Dios (cosa que hasta ahora permanece en muchos de ellos ;) ).

Y luego pasó lo que (tratándose de la sanguinaria Biblia), debería pasar:

“Y cuando se apartó de él, le encontró un león, y le mató”

Así que no hacer caso a una orden de un servidor de Dios (aunque sea a todas luces incoherente) es la muerte.

Lo tragicómico es lo siguiente, versículo 37:

“Luego se encontró con otro hombre, y le dijo: Hiéreme ahora. Y el hombre le dio un golpe, y le hizo una herida”

¿Qué habría pasado si el otro tampoco hubiera querido golpearlo? ¿También habría sido atacado por  el tataratataratataratataraabuelo de Simba?

¿Y qué habría pasado si 20 o 30 personas hubieran desobedecido? ¿Habría existido una mortandad de judíos a manos de los félidos, hasta que apareciera un heridor?

 

2) Er er..ró.

Vamos a Génesis 38.

Aquí se habla de Judá, hijo de Jacob. Y sucede que tenía un hijo llamado Er. Y dice lo siguiente en el versículo 7:

“Y Er, el primogénito de Judá, fue malo ante los ojos de Jehová, y le quitó Jehová la vida”

Directo, ¿verdad? No se sabe qué hizo Er. Pero Dios lo mató como a una cucaracha.

Raro que, si la Biblia es la palabra de Dios, nuestra guía (supuestamente), no se aclare qué es lo malo que hizo Er (para que sirva de ejemplo a otros), mientras se aclaran en un profundo detalle, cuestiones sin ninguna importancia, como la ropa de los sacerdotes, por ejemplo.

Hasta aquí tenemos esta escala de valores bíblicos:

- Desobedecer a un siervo de Dios: Muerte.

- Hacer lo malo: Muerte.

 

3) David.

David fue reconocido como un enorme siervo de Dios. Sin embargo, tuvo un episodio brutalmente contundente en su contra: la muerte de Urías, de la cual él fue el autor intelectual. (Ver)

A partir de esto, tomando en cuenta los casos anteriores, uno debería concluir rápidamente que David debería morir. ¿No? Hizo algo infinitamente más grave que el no-agresor y que Er.

Sin embargo, él no moriría. ¡¡¡Morirían sus hijos!!!

¿Tiene algo de lógica esto?

Me dirán que David se condenó a sí mismo al decir esto (2 Samuel 12, versículo 6):

“Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia”

Y yo respondo: si un acusado de un crimen, al ver que pasará años en la cárcel, pide que en lugar de eso, le corten la pierna en pedazos, sin anestesia, ¿lo haría algún juez? ¿Qué lógica tiene eso? Ninguna. Como la Biblia en este caso.

Ahora la balanza queda un poco rara:

- Desobedecer a un siervo de Dios: Muerte.

- Llevarse la mujer de otro e idear su asesinato: Muerte de tus hijos.

¿Eh?

 

4) Salomón.

Salomón. El que se hizo famoso en la Biblia, por pedir sabiduría en lugar de riquezas (1 Reyes versículo 3 hasta el 15).

Sin embargo, la obtención de sabiduría, no le impidió meter la pata hasta la cintura.

Porque (1 Reyes capítulo 11):

“...el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras (…) gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegareís a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros (…) Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas (…) Entonces edificó Salomón un lugar alto a Quemos, un ídolo abominable de Moab (…) y a Moloc, ídolo abominable de los hijos de Amón”

Aquí, aunque indirectamente, Salomón está desobedeciendo a un siervo de Dios (Moisés), igual que el “no-Agresor”. ¿No? Así que si aplicamos la balanza bíblica que se aplicó con el “No-Agresor”, Salomón moriría como castigo.

Pero no. Su castigo fue el siguiente (1 Reyes 11 versículo 11):

“Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé de tí el reino, y lo entregaré a tu siervo”

¿A qué viene esa dualidad de criterios?

- Un tipo hace “lo malo” (quién sabe qué) y muere.

- Un tipo se niega a lastimar a otro, y muere.

- Un tipo adora a todos los dioses de otras religiones, lo cual estaba terminantemente prohibido... y no recibe castigo alguno.

¿Tiene lógica?

Lo peor de todo, es que este castigo de romper el reino, viene así (versículo 12):

“Sin embargo, no lo haré en tus días, por amor a David tu padre; lo romperé de la mano de tu hijo.”

O sea, como Salomón era “el nene de David”, no es castigado. Mientras que un anónimo bíblico, es despedazado por Leoncio. ¡Qué lindo!

Lo que sí es, la “coherencia de la incoherencia bíblica”, es que otra vez, un hijo paga el pato por culpa de las macanas de su padre. Moi ben.

 

5) Uza.

Ya se habló de Uza alguna vez en este blog. (Ver)

Uza contravino una norma bíblica.

Sin embargo, lo hizo por instinto seguramente, uno ve que algo valioso cae al suelo e intenta impedirlo, ¿cierto? Sin embargo, muere al instante, por una mala decisión tomada en un par de segundos.

Sin embargo, Salomón, que tuvo tiempo para pensar lo que hacía, y que además tenía la “sabiduría de Dios”, para decidir, contraviene la norma de Dios, todas las veces que quiere... y no pasa nada.

Justo, ¿cierto?

 

6) El hombre que recogía leña.

Ya sé que es redundante. Pero es imposible dejar afuera este caso, que está ya analizado en el blog: (Ver)

Así que la balanza nos va quedando así:

- Desobedecer a un siervo de Dios si eres un donnadie: Muerte.

- Desobedecer a un siervo de Dios si eres el rey: Depende. Si la desobediencia es muy fea (asesinato), ahí se mueren tus hijos. Si no (IDOLATRÍA), no pasa nada.

 

7) Nada de que no pasa nada.

Ops. Me equivoqué. A algunos idólatras SÍ le pasan cosas. No ser “el nene” de algún personaje bíblico que Dios quiera, puede acarrear la muerte. Vemos un ejemplo más que conocido. Éxodo 32.

Allí se detalla el pedido de los israelitas a Aarón, para que les haga un becerro de oro al que luego adoran.

Cuando Moisés se entera, es el momento donde Jehová ordena el castigo. Versículos 27 y 28:

“Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: poned cada uno su espada sobre su muslo, pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente.”

Igualito que con Salomón, ¿no?

Y a todo esto: ¿por qué no fue condenado Aarón, el principal responsable de esto?

Me dirán que después, más adelante, lo dejaron abandonado y murió. Pero, ¿por qué no murió aquí mismo tras este hecho? Para que los personajes anónimos se mueren más rápido, mientras que los personajes con nombre, pueden meter la pata más de una vez (Aarón, Saúl, David, Acab, Jonás, Salomón) y algunos de ellos incluso, hacerlo ilimitadamente, que no pasa nada.

¿Balanza justa?

 

8) Los dos “no-diezmadores”

Ananías y Safira. Famosa historia, que viene a contradecir una famosa frase cristiana:

“El Antiguo Testamento es muy violento, pero eran otras épocas, en el Nuevo Testamento ya no pasa eso”.

Dos personas son fulminadas al instante por Dios, por una mentira.

O sea:

- Mentir: Muerte.

- Idear un asesinato: Muerte de tus hijos (???)

Lo peor de todo, es que, quien recrimina a Ananías y Safira por la cuestión económica, es un tipo que le sacó la oreja de un espadazo a otro. ¿Buen ejemplo?

Y qué conveniente historia para que, desde su cuna, el cristianismo amedrente y amenace a aquellos que osen no largarles todas las monedas...la tradición de la casa, desde los principio de la misma.

 

Usted crea en lo que quiera. Nadie tiene derecho a decirle a otro, que deje de creer.

Pero no se haga el bobo ni crea que tiene pie para condenar la descreencia ajena: si usted leyera estas cosas en el libro de cualquier otra religión, ya las estaría condenando. Los que fuimos cristianos sabemos que es así.

En fin, diga lo que quiera...pero su Dios es injusto y sin criterio. La Biblia lo demuestra.

Aunque obviamente...no lo aceptará. NO CONVIENE.    

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(*) Nota Final:

El autor de esta publicación es "JM Di Negri", fiel seguidor y colaborador de este Blog; quien amablemente me solicitó el compartir este artículo con el resto de los lectores; y al no estar en contra de la filosofía del Blog, es un honor para mí el poder publicarlo. El mismo "Di Negri" se encargará de responder las dudas de los lectores a través de los comentarios.

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Ver Artículos sobre: El Rey David





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“Leer correctamente, la Biblia es la fuerza más potente para el ateísmo jamás concebida”

Isaac Asimov



lunes, 11 de septiembre de 2023

¿Qué clase de 'Dios' es este?




¿Qué clase de 'Dios' es este?

 

Abril de 2023

Publicado por Frank O'Meara

 

Mi comentario:

Esta Reflexión excepcionalmente larga ofrece una selección de textos sagrados tanto de la Biblia como del Corán que, para ser amables, son simplemente escandalosos. Proporciona una práctica colección de citas que los polemistas querrán tener bajo la manga para silenciar a los fanáticos de las tres principales religiones del mundo. Como mínimo, reforzará el asombro de los ateos de que tales textos puedan alguna vez afirmar que tienen un origen divino.

 

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No esperen seriamente que crea en una deidad que, a través de la voz del profeta Amós (8:11), promete infligir a su pueblo una triple hambruna: de comida, de agua y, lo más sorprendente, de la verdad (equivalente, en algunas traducciones, simplemente como “la palabra de Dios”). Habría pensado que, en lo que respecta a la verdad, los fascistas y los fanáticos religiosos son muy capaces de crear tal hambruna, sin ninguna intervención divina.

La buena noticia es que la mayoría de los creyentes judíos y cristianos de hoy tampoco creen en tal deidad. Había tiempos, y no hace mucho, en los que los creyentes de generaciones anteriores creían, como todavía creen algunos fieles ignorantes de algunas sinagogas y de ciertas iglesias cristianas, que Dios es la verdadera causa detrás de las enfermedades, la miseria y diversas catástrofes, como el Sida, terremotos y tsunamis, que Él inflige a los descarriados como castigo (aunque, como ocurrió con el pobre Job, tales intervenciones divinas supuestamente son “enviadas para probarnos”).

Los creyentes realmente no pueden esperar que yo tome en serio los decretos divinos como los que se encuentran “passim” en el Antiguo Testamento, relacionados, por ejemplo, con la aprobación de vender a su hija como esclava (Éxodo 21:7), que trabajar en sábado merece la muerte (Éxodo 35:2) o que tocar la piel de un cerdo muerto me hace impuro (Levítico 11:7-8) o que no se deben sembrar dos cultivos diferentes en el mismo campo (Levítico 19:19) o que todo el pueblo debe se reúnan para apedrear a los transgresores (Levítico 24:10-16) o que las personas que duermen con sus suegros sean quemadas vivas (Levítico 20:14).

Judíos y cristianos, en su mayor parte, reconocen todo esto como expresiones de la ingenuidad y la ignorancia de un pasado distante, primitivo y no ilustrado. Han ido más allá de tales aberraciones, y aunque un poco avergonzados de que tales textos sigan siendo parte de sus Sagradas Escrituras, se felicitan por haber abandonado lo que sólo pueden llamarse, lógicamente, contradicciones blasfemas de un Dios que dicen, con optimismo y esperanza, que es un Dios. Dios del amor.


Pero ¿Qué pasa con el Islam, la tercera y más reciente (siglo VII d.C.) “religión del Libro”? Ahí, para sus compañeros monoteístas, judíos y cristianos –identificados en el Corán como infieles– está el problema. Para los fieles seguidores del Profeta, el Corán no fue escrito por Mahoma. Tienen toda la razón en eso, y los judíos y cristianos se equivocan absolutamente al afirmar lo contrario. Mahoma predicó su mensaje: sus discípulos lo pusieron por escrito más tarde, primero en omóplatos secos de camellos y luego en tiras de cuero. Ni siquiera es seguro que el Profeta supiese escribir. Profesionalmente era lo que los australianos llaman un “garbo”, un basurero. Pero él habló, y pocos habían hablado antes que él. Pero los creyentes islámicos creen que sus palabras no eran las suyas. Él no era más que el portavoz de Dios. El Corán registra el dictado divino (en épocas pasadas, los judíos creían lo mismo de sus Profetas que los cristianos de sus Evangelistas), de modo que cualquier crítica al texto sagrado es, por definición, blasfemia.

Demasiados cristianos en los países occidentales hablan del Islam y afirman con ligereza que sólo los extremistas y terroristas toman literalmente declaraciones del Corán como las siguientes:

“Combate en el camino de Dios a los que luchan contra ti... Mátalos dondequiera que los encuentres. Si pelean contigo, mátalos; tal es la retribución divina de los incrédulos” (2, 190-191);

“Vuestras mujeres son para vosotros un campo que arar” (2, 223);

“Si la gente del Libro creyera, sería mejor para ellos. Entre ellos hay creyentes, pero la mayoría son perversos” (3, 110);

“¡Dios ha cumplido su promesa hacia vosotros cuando, con su permiso, aniquiláis a vuestros enemigos” (3, 152)!

“Los incrédulos son vuestros enemigos declarados” (4, 101).

 

Sin preocuparse por el hecho de que nunca han abierto el Corán, muchos creyentes de otras religiones se quejan, con una confianza nacida de buenas intenciones ecuménicas pero también de una total ignorancia, de que los musulmanes modernos y “moderados” no interpretan esos textos literalmente, como tampoco lo hacen con ellos. Se hacen muchos textos embarazosos del Antiguo e incluso del Nuevo Testamento.

No son conscientes del hecho incómodo, de la incómoda verdad, de que los seguidores del Islam, y no sólo los “islamistas” –esos desagradables, ignorantes y fundamentalistas terroristas extremistas– creen que el Corán, tal como está, es la palabra misma de Dios. Inmutable. La verdad absoluta, que debe tomarse literalmente; no hay lugar para la “interpretación”. Los moderados, por razones obvias, no hacen ruido al respecto; serían herejes si se atrevieran a proclamar, o incluso pensar, lo contrario.

Nosotros, los occidentales, suponemos ingenuamente que, como nosotros, han ido más allá de la comprensión literal de sus textos sagrados. El hecho es que la fe islámica ortodoxa se centra en un Dios que decreta la aceptación (“Islam” significa “sumisión”) del Corán y sus preceptos.

Proponer que, como las otras dos religiones del Libro, el Islam reexamine la imagen desastrosa de un Dios y de una religión que pertenece a una época pasada, es, para los musulmanes, un escándalo condenable, intolerable. No necesitan –ni quieren– un Renacimiento, una Ilustración o incluso una Reforma. Dios, Alá, habló a través de Su profeta allá en el siglo VII. La verdad ya ha sido revelada. Basta de charla. Fin.

Estas tres religiones mundiales, cualquiera que sea el grado de su evolución, continúan proclamando la creencia en Dios, representado de diversas maneras como un Protector Divino misericordioso, amable, compasivo, grande, adorable, amoroso, o como un juez sediento de sangre, un demandante cruel, de sacrificios, banquero divino que exige el pago por nuestros crímenes, pecados y lesa majestad, incluida la redención mediante la muerte de su propio Hijo divino-humano, nacido para sufrir y morir para saldar la deuda que contrajimos desde el Edén. “Un Niño nos es nacido, un Hijo nos es dado”: ​​El sacrificio perfecto. “Sé que mi Redentor vive”. ¿En qué Dios crees?

Los creyentes sinceros de los tres monoteísmos rechazarán esta reflexión. Pero en lugar de una condena mutua abierta, ¿no podemos al menos intentar ver por qué todo esto se ha convertido en un diálogo de sordos? Si tan solo pudiéramos decir la verdad, explicar lo que creemos, por qué creemos o nos negamos a creer, y escucharnos unos a otros, vivir y dejar vivir como creyentes y no creyentes, en tolerancia mutua. Eres libre de creer en cualquier tipo de Dios que quieras. Entonces permíteme a mí no creer en ningún Dios en absoluto.

 

Traducido del original:

https://blindfaithblindfolly.wordpress.com/2023/04/17/what-sort-of-a-god-is-this-2/


Ver:


lunes, 4 de septiembre de 2023

Rambo Vs Dios



Rambo Vs Dios.

 

Nací a principio de los años 70´s (1973 para ser precisos) y ya en mi pre adolescencia estaba bombardeado en la tele por las clásicas películas de acción de los años 80´s: Tiros, músculos, explosiones, sangre, vísceras volando… Uff. Como nos gustaban a los chicos de esa época ese tipo de películas!!!. De ahí surgieron grandes clásicos de los que hoy se hacen infinidad de reboots y secuelas como “Terminator”, “Lethal Weapon” (Arma Mortal), “Rocky”, “Die Hard” (Duro de matar o Jungla de cristal), y un largo etcetera. Pero hay una película en especial que me gustó y que posteriormente se convirtió en una exitosa saga: Un excombatiente de la guerra de Vietnam y con aspecto de vagabundo llega a un pueblito donde es expulsado por las autoridades locales. Al negarse a marcharse y posteriormente resistirse al arresto, se escapa a las montañas cercanas comenzando así una trepidante persecución que termina en un fascinante caos de tiros, llamas, explosiones y adrenalina. Obviamente me estoy refiriendo a la primera película de “Rambo”.

Con el titulo original de “First Blood” (Acorralado en España y Rambo: primera sangre en Hispanoamérica) fue estrenada en 1982; dirigida por Ted Kotcheff y protagonizada por Sylvester Stallone. Fue un éxito de taquilla y crítica y comenzó una franquicia que tiene hasta el día de hoy 5 películas (de las cuales solo destacaría la secuela de 2008 cuya fiesta de sangre digital me pareció interesante). La película esta basada en el libro “First Blood” de 1972 escrito por David Morrell que se inspiró en las experiencias que oyó de sus alumnos que habían combatido en Vietnam. La novela recibió el elogio de Newsweek como “magnífica”, “una novela maravillosa” según la crítica literaria de The New York Times, “una novela sumamente dura y rápida” en palabras del escritor de suspenso John D. MacDonald. Cuando Stephen King enseñaba escritura creativa en la Universidad de Maine, la usó como libro de texto. El libro fue traducido a 26 idiomas.

Terminé de leerla hace unos días y esperaba encontrarme con un guión cinematográfico en forma textual y para mi sorpresa me encontré una interesante historia con una original narrativa y personajes muy bien definidos. Sobra decir que la novela tiene mucha más sangre y muertes que la película. Inclusive el protagonista (Del cual solo conocemos su apellido “Rambo”) es un fugitivo muy peligroso y sanguinario. Es comprensible que los guionistas de la película cambiaron un poco las características del personaje haciéndolo menos violento y asesino para que así pueda empatizar con el publico y dejar abierta la historia para posteriores secuelas. De hecho (Y se viene un alto Spoiler del libro) en la novela de Morrell, Rambo muere al final del libro.

Y es precisamente esta muerte la que nos trae al presente artículo. Poco antes de morir Rambo tiene suficiente tiempo para reflexionar sobre la vida y la muerte y en especial sobre Dios y su posible castigo ante una vida de asesinatos y muertes. Es una muy interesante introspección del personaje hasta tal punto que merece ser nombrada en la presente publicación. A continuación colocaré fragmentos de la novela conde se refleja esto y donde quizá logremos entender un poco que ese “Rambo” asesino y violento, también puede tener un lado espiritual.

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Los pongo un poco en contexto: Despues de escapar de la mina donde estaba atrapado, Rambo decide regresar al pueblo a formar un verdadero pandemónium de tiros y explosiones matando oficiales y civiles de forma indiscriminada. Hace volar la estación de combustible y las llamas se dispersan por todo el pueblo. En su afán de matar a Teasle (su archienemigo), se enfrenta a el en un festival de tiros y balas, cuando Teasle logra acertar un disparo en el pecho de Rambo. Disparo mortal por necesidad. Rambo escapa y busca un sitio donde morir en paz.


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Había visto morir a demasiados hombres de heridas de bala como para ignorar que su hemorragia lo llevaría a la muerte. Seguía sintiendo el dolor en el pecho, en la cabeza, acentuado agudamente con cada latido de su corazón, pero sus piernas estaban frías y adormecidas por la pérdida de sangre y por eso le costaba arrastrarse, sus dedos estaban insensibles como también las manos, los nervios de sus extremidades parecían haberse paralizado gradualmente. No le quedaba mucho tiempo de vida. Pero por lo menos todavía podía elegir el lugar para morir. No iba a ser allí, como si estuviera en las galerías. Estaba decidido a no experimentar otra vez esa sensación. No, sería en terreno abierto. Donde pudiera ver el cielo con claridad y aspirar el puro aire de la noche.

Siguió arrastrándose y pudo ver entre la maleza, un poco más adelante, una pequeña elevación; cuando llegó arriba descubrió que era un montículo cuyas pendientes estaban cubiertas de maleza, pero en la parte superior había un claro cubierto por las hojas secas del otoño. No era tan alto como lo que él buscaba. Pero era más alto que el resto del terreno y se sintió muy cómodo al acostarse sobre el pasto, como si fuera un colchón relleno de paja. Miró las extraordinarias formas anaranjadas que dibujaban las llamas contra las nubes de la noche. En paz. Este era el lugar indicado.

Su mente estaba en paz por lo menos. Pero el dolor aumentaba, torturándolo, en contraste con la insensibilidad de sus piernas y brazos. Dentro de poco llegaría hasta su pecho, anulando el dolor, pero ¿y después?

¿Llegaría a su cabeza? ¿O moriría antes?

Bueno. Tenía que pensar si le faltaba hacer alguna otra cosa, algo importante que hubiera olvidado. El dolor lo obligó a ponerse rígido. No, parecía que no faltaba nada más.

¿Y qué pasa con Dios?

La idea lo intranquilizó. Había pensado en Dios y rezado solamente en ocasiones en que sintió un miedo ilimitado, y siempre algo molesto porque no era creyente y se sentía tan hipócrita al rezar por puro miedo, como si a pesar de no creer en Dios, hubiera uno en realidad, un Dios que podía ser engañado por un hipócrita. Creía en Dios cuando era un niño. Creía a pie juntillas.

¿Cómo era el acto de contrición que rezaba todas las noches? Las palabras resurgieron a tropezones en su memoria, desconocidas para él. Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón ¿De qué?

De todo lo que ha pasado durante estos últimos días. Me arrepiento de que tuviera que suceder. Pero no podía dejar de pasar. Lo lamentaba, pero sabía que si hoy fuera lunes otra vez haría las mismas cosas que había hecho durante los días subsiguientes, y sabía que Teasle también haría lo mismo. No era posible evitarlo. Si el orgullo había sido el origen de su pelea, también había tenido otro motivo más importante.

¿Como cuál?

Una serie de tonterías, se dijo a sí mismo: libertad y derechos humanos. No había sido su intención demostrar un principio. Había salido a luchar contra cualquiera que pretendiera intimidarle una vez más y eso era muy distinto —no era ético —sino personal, emocional. Había matado a un gran número de personas y podía alegar que sus muertes fueron necesarias porque formaban parte de lo que insistía en intimidarlo, haciéndole imposible la vida a una persona como él. Pero no estaba muy convencido. Había gozado demasiado con esa lucha, gozado mucho con los peligros y las emociones.

Pensó que quizás la guerra lo había preparado para ello, que quizás se había acostumbrado tanto a la lucha que no podía hacerla a un lado.

No, eso tampoco era exacto. Podía haberse controlado si realmente lo hubiera querido. Pero sencillamente no tuvo ganas de controlarse. Estaba decidido a luchar contra cualquiera que quisiera interferir en la forma en que él quería vivir. Muy bien, pues, entonces, en cierto sentido su lucha había sido para defender un principio. Pero la cosa no era tan simple, pues se había sentido orgulloso y feliz de poder demostrar su habilidad para la lucha. Era el candidato menos indicado para dejarse llevar por delante, por supuesto que lo era, y ahora estaba muriéndose y nadie tiene ganas de morir y todo eso que pensaba respecto a principios, eran puras excusas para justificarse. Pensar que volvería a repetir lo que había hecho exactamente en la misma forma, era solamente un truco para convencerse de que lo que le estaba pasando ahora, no podía haberse evitado. Dios, y era ahora, y no podía hacer absolutamente nada para evitarlo y ni los principios ni el orgullo tenían nada que ver con lo que iba a suceder.

Lo que debía haber hecho era salir un poco más con chicas guapas, beber más agua helada y comer más melones. Y eso también era una serie de tonterías, lo que debía haber hecho y todo eso respecto a Dios eran simples complicaciones para olvidar lo que había pensado un poco antes: si bien la insensibilidad que se apoderaba de sus muslos y brazos era una forma fácil de morir, no por eso dejaba de ser insoportable. E inútil. Derrota pasiva. Lo único que podía elegir era la forma de morir y no pensaba hacerlo como un animal herido y acorralado, solo, trágico, desvaneciéndose insensible y gradualmente. Inmediatamente. En un violento rapto emocional.

Desde que vio por primera vez unos nativos mutilando un cadáver en la selva, le aterraba la idea de lo que podría sucederle a su cuerpo cuando él muriera. Como si su cuerpo pudiera conservar todavía algunos reflejos nerviosos, imaginaba no sin cierta repulsión cómo sería sentir que le vaciaban la sangre de sus venas, le inyectaban un fluido para embalsamarlo, le sacaban las vísceras y llenaban la cavidad torácica con sustancias preservativas. Al imaginar lo que sería sentir que el embalsamador le cosía los labios para que quedaran juntos y bajaba sus párpados, se había mareado. Morir, qué extraño que no le preocupara tanto la muerte como lo que le sucedería después. Pues bien, no podrían hacerle ninguna de esas cosas si no quedaba ningún resto suyo. Quizás sentiría algún placer si por lo menos lo hacía él por su cuenta.

Sacó de su bolsillo el último cartucho de dinamita que le quedaba, abrió la caja de mechas y detonadores que estaba cuidadosamente envuelta, colocó un juego de éstos en el cartucho y puso el cartucho entre los pantalones y el estómago. Titubeó un poco antes de encender la mecha. Este bendito asunto de Dios que siempre complicaba las cosas.

Lo que estaba por hacer se llamaba suicidio y eso podría condenarlo al infierno durante la eternidad. Si él fuera creyente, Pero no lo era y había vivido durante mucho tiempo con la idea de suicidarse durante la guerra, al llevar consigo la cápsula que le había dado su comandante para evitar que lo capturaran y torturaran. Pero cuando lo capturaron no tuvo tiempo de tragarla. Y ahora, en cambio, iba a encender la mecha.

¿Pero y si Dios existía? Bueno, si Dios existía, Él no podría culparle por ser fiel a su incredulidad. Una fuerte sensación le esperaba todavía. Sin dolor. Demasiado veloz como para sentir dolor. Un relámpago destructor y nada más. Por lo menos, eso ya era algo. La insensibilidad había llegado ya a la ingle, se preparó entonces para encender la mecha.

 


la insensibilidad era tan grande ya que le sería imposible encender la mecha antes que se apoderara completamente de él. Tan pobre. Tan feo y tan pobre. La muerte se apoderó entonces de él, pero no en forma de un sueño embotador, sin fin y oscuro como lo había imaginado. Fue algo más parecido a lo que supuso que sucedería con la dinamita, pero proveniente de su cabeza en lugar del estómago; no pudo comprender por qué había resultado así y sintió miedo.

Pero como era lo único que quedaba por suceder, dejó que sucediera, y se fue así, expelido, violentamente por la parte de atrás de su cabeza y su cráneo, como una catapulta que lo arrojara al cielo, entre millares de imágenes, hacia adelante, hacia afuera, entre destellos y reverberaciones inacabables y pensó que si eso se prolongaba lo suficiente quizás se habría equivocado y vería a Dios después de todo.

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Rambo nunca lo supo. Pero esas millares de imágenes, entre destellos y reverberaciones” que vio milésimas de segundos antes de morir fue un tiro de escopeta en la cabeza que le dio el Coronel Trautman, su antiguo líder militar en Vietnam y que puso fin a su agonía con ese disparo.

Evidentemente recomiendo encarecidamente que lean el Libro de Morrell y así poder tener una visión diferente, no solo de la guerra y las secuelas que ésta deja en sus soldados, sino también de una película que va un poco más allá de una simple cinta de acción.

Dejo a continuación un par de links donde pueden descargar el Libro “First Blood” en formato PDF y EPub.

 - PDF

 - EPub

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Las Comunicaciones Sobrenaturales Divinas.

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Oraciones Cristianas



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"Para ti soy ateo. Para Dios, la oposición" 

Woody Allen