Hay tanto material e información sobre Pablo de Tarso que es difícil abarcarlos todos en solo algunos artículos.
Veamos ahora algunos puntos interesantes, aislados y muy precisos que simplemente nos confirman que lo que los cristianos piensan y creen de su “Gran Apóstol” está lleno de falsedades y mentiras en ocasiones bastante descaradas y cínicas:
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Los planes de Pablo.
Recordemos que Pablo nació (supuestamente) en el seno de una familia nabatea de alto rango, con posibles orígenes principescos; su calidad de ciudadano romano, sus anteriores actividades de rapiña feudal, bandido cuando se presentaba la ocasión, sus antiguas funciones de jefe de una policía supletoria, le hacen despreciar al pueblo judío, dispuesto a rebelarse contra el ocupante romano. Además recordemos que no era de un aspecto físico nada agraciado y posiblemente sufría de alguna vergonzosa enfermedad. Como se sentía secretamente odiado y despreciado por las masas judías, sus simpatías se inclinaban hacia los gentiles.
De todo esto se resentirá la doctrina que poco a poco irá formulando, de cara a la realización de un plan que acaricia profundamente y que ya hemos tratado en este blog en los artículos dedicados a Pablo. Además, su formación religiosa es inicialmente pagana en su infancia. Aunque la Idumea estuviera integrada en la provincia de Judea desde los reyes asmoneos, sólo es judía en la imaginación de aquéllos. Allí abundan los templos paganos, y es testimonio el de Ascalón, en el que era sacerdote uno de sus antepasados directos. De manera que para Saulo-Pablo esa doctrina que comienza a formular en sí mismo reflejará, inconscientemente, sus pasadas creencias. No puede asimilar el estricto monoteísmo de Israel. Y así, también inconscientemente, transpondrá el trinitarismo pagano de los viejos cultos de la Nabatea contemporánea, todavía latente en Idumea, en un trinitarismo bien propio.
Pablo vio el resultado de las mezclas político-religiosas con los múltiples levantamientos guerrilleros de la época, especialmente el movimiento zelote. No se ganaba nada atacando a Roma en el plano material. Y tampoco tenía ningún interés, más bien al contrario. En cambio, con una doctrina seductora, que recogiera los temas que hasta entonces habían atraído siempre a los paganos cultos, predicando una doctrina que recordara la de los “misterios” a los que estaban acostumbrados los gentiles, descartando todo aquello que pudiera hacer levantarse en contra los poderes temporales, obligando a los fieles a vivir como individuos sometidos y dóciles, se tenía la posibilidad de reunir a muchísima gente. Haciéndolo así, podía crearse un verdadero imperio “espiritual”, con una capital, provincias regidas por gobernadores también “espirituales”, y que vigilaran unos missi domini perfectamente serios. Dicho imperio existía ya, y era el de la Diáspora judía, sobre el que reinaba el sumo sacerdote de Israel, quien no solamente disponía de poder de jurisdicción, sino también de extradición, y que recibía desde muy lejos los impuestos y los diezmos. Y para Pablo ése era el único refugio. En efecto, al hacerse circuncidar y al convertirse oficialmente al judaísmo, cortó con sus orígenes árabes. Roma no admitía la circuncisión para los gentiles que abrazaban el judaísmo. A continuación, y en virtud de la Lex Cornelia, emperadores como Adriano y Antonino el Piadoso, prohibieron formalmente dicho rito mediante la publicación de edictos. A los hombres libres que se hicieran circuncidar les esperaban penas diversas, como expulsión, confiscación de los bienes o pena capital. En los tiempos de Saulo-Pablo todavía no regía tanta severidad, pero los romanos ya mostraban un rechazo formal hacia todo latino o griego que se hubiera pasado al judaísmo. De manera que nos encontramos a nuestro hombre no sólo separado del mundo idumeo y nabateo, sino también del romano y del griego. ¿Qué podía hacer?
¿Integrarse en los zelotes, entre los mesianistas, dirigidos por los “hijos de David”? Ni hablar. ¡No tenía ningún porvenir! Los primeros puestos estarían siempre reservados a los verdaderos “hijos de la Alianza”, a los elegidos de Yavé. De modo que Pablo sólo hará que le admitan momentáneamente. De esta decisión nacerán contactos episódicos, que sólo durarán algún tiempo, con Simón-Pedro y Jacobo-Santiago, tal como nos lo cuentan los Hechos de los Apóstoles. Luego, cuando los jefes mesianistas hayan sido progresivamente eliminados por las legiones romanas de la manera que ahora sabemos, nuestro hombre podrá al fin volar con sus propias alas. En el período preparatorio habrá tenido tiempo de introducirse, de familiarizarse con los principios y las tradiciones de la nueva corriente “cristiana”.
Queda el problema de una doctrina que le permita presentarse como portador de un mensaje de salvación. Ya hemos dicho antes que tuvo conocimiento de la obra de Filón de Alejandría, un extenso trabajo en el que el autor presenta una interpretación alegórica del Pentateuco, especialmente en su Nomon hieron allegoriai. Sobre todo tiene la originalidad, siendo judío de nacimiento, de atreverse a afirmar que Dios no establece ninguna diferencia entre los hombres, que no es el nacimiento lo que confiere la nobleza, sino la sabiduría y la virtud. Todos los que se apartan de la idolatría para acudir al verdadero Dios son miembros del auténtico Israel, que no es el de la carne y el nacimiento. Y para Filón, que expresaba por primera vez esta enseñanza secreta de los doctores de la Ley, esta especie de cosmopolitismo del judaísmo es la garantía de que constituye la verdadera y la mejor de las religiones.
Y esto colmará de gozo a nuestro Pablo. Su concepción de Jesús-Mesías, que extraña en especial a los zelotes, como a Simón-Pedro, quien en las Homilías Clementinas le replica que Jesús jamás se había pretendido Dios, podrá elevarse, gracias a Filón, al nivel del Logos platónico, del Verbo divino, y le permitirá relegar el Metatrón-saar-ha-Panim de los cabalistas a segundo plano. Porque Pablo no inventó nada en este terreno; cuando predica el Verbo es Filón quien habla.
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Ocultando su lugar de nacimiento
Se desprende de los Hechos que Pablo era en un principio llamado "Saulo", y que su lugar de nacimiento fue Tarso, una ciudad de Asia Menor (Hechos 9,11 y 21,39 y 22,3). Sin embargo, curiosamente el mismo Pablo en sus cartas, nunca menciona que él vino de Tarso, incluso cuando describe parte de su biografía. En su lugar, da la siguiente información sobre sus orígenes:
Romanos 11,1
1 Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín.
Filipenses 3,5
5 circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo;
Parece que Pablo no estaba ansioso por difundir a los destinatarios de sus cartas que vino de algún lugar tan remoto como Tarso, el motor de fariseísmo.
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Pablo, un “joven”de 57 años’.
San Jerónimo, en su Comentarios sobre la Epístola a los Filipenses, (XXIII - M. L. XXVI, 617-643.) dice que los padres del apóstol Pablo eran de Giscala, en Judea, y cuando la provincia fue devastada enteramente por el ejército romano, y los judíos se dispersaron por todo el universo, fueron transferidos a Tarso, en Cilicia. Pablo, entonces todavía “un joven (adolescentem), siguió la suerte de sus padres”.
La deportación de los habitantes de Giscala tuvo lugar durante la represión llevada a cabo por Varus (quien crucificó a dos mil prisioneros judíos en las colinas de los alrededores de Jerusalén), es decir en los años 6 al 4 antes de nuestra era. Ahora bien, se nos dice que en aquella época Pablo era todavía un joven (adolescentem). Así pues, habría nacido hacia el año 21 antes de nuestra era, y contaría alrededor de quince años cuando se produjeron esos acontecimientos. Esto parece difícilmente compatible con la cronología clásica, ya que en este caso habría contado 57 años cuando se produjo la lapidación de Esteban, en el año 36 de nuestra era.
¿Qué dice Hechos?
Hechos 7,58
58 Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo.
Y entonces, ¿Cómo pueden decir los Hechos de los Apóstoles: “un joven que se llamaba Saulo” si ese “joven” tenía 57 años? Además, en este caso habría muerto a los 88 años (en el 67 de nuestra era), cosa difícilmente compatible con su actividad y sus numerosos viajes.
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Pablo, Maestro del disfraz
Pablo después de separarse de Bernabé, cambió también de identidad. A partir de la expedición a Pafos, tomará el nombre de Pablo (en griego Paulos), en lugar de Saulo. Cosa fácil.
¿Qué debía ser entonces un salvoconducto proporcionado por las autoridades romanas, para pasar de una provincia del Imperio a otra? Probablemente un título de formato reducido, sobre papiro o pergamino. Debió de resultar fácil transformar el nombre primitivamente inscrito: SAVL, en PAVLVS. Y así, ¿quién podría identificar a ese hombre de nombre latino, que hablaba griego, a partir de ahora originario de Tarso, en Cilicia, con un judío (que su desafortunada circuncisión le obligó a ser) al que busca la policía romana en Chipre?
Mejor aún, más tarde, a su regreso a Jerusalén, y para escapar a toda identificación, se rapará los cabellos, bajo el falaz pretexto de un voto, y se mezclará con otros cuatro peregrinos que se hallan en el mismo caso. Y para mayor seguridad, cargará en su nombre y por ellos con los gastos de la ceremonia (Hechos de los Apóstoles 21,24). Cosa que, de hecho, representa el pago de su complicidad, como resulta de ese mismo pasaje de los Hechos:
Hechos 21,21-24
21 Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres.
22 ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido.
23 Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto.
24 Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley.
Es evidente que las acusaciones imputadas a Saulo-Pablo son verídicas, combate la circuncisión y las costumbres judaicas. Y también es evidente que esas precauciones que le aconsejan tomar sus discípulos locales no son otra cosa que una estrategia de guerra. Todo ese parágrafo destila doble discurso. Para Pablo se trata de poder raparse la cabeza, es decir, de cambiar de fisonomía, haciendo uso de un motivo altamente válido a los ojos de los judíos de Jerusalén. Después, lejos de la ciudad, en las otras provincias, esto le permitirá cambiar más completamente todavía de fisonomía, afeitándose a continuación la barba y el bigote.
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Pablo contra las fieras…
Pablo tuvo que sufrir muchas supuestas duras pruebas físicas en el curso de sus campañas de propaganda. Lo menos que puede decirse es que se adjudica un bonito papel, y que, en la realidad, seguro que fue muy diferente. ¿Qué nos dice? “batallé en Efeso contra fieras...” (1 Corintios 15,32.)
Si tomamos los Hechos de los Apóstoles en los pasajes que relatan la permanencia de Pablo en esta ciudad, constataremos que no hay nada de eso. Basta con releer los Hechos (19, 1-40), y se ve a nuestro hombre acusado de unas tentativas de arruinar el tráfico local (la fabricación y la venta de efigies de la Diana de Éfeso), y librarse de ello gracias a la discreta protección (una más) de los asiarcas de la ciudad. También aquí su título de ciudadano romano lo protegió oficialmente; los asiarcas, en efecto, eran elegidos cada año por las ciudades de la provincia de Asia. Estaban encargados de presidir el culto de Roma y del emperador, así como los juegos celebrados en dicha ocasión; cuando expiraba su cargo, conservaban el título. Como la función acarreaba grandes gastos de representación, exigía de los candidatos una situación social muy elevada. Los magistrados y sacerdotes de Roma no podían lanzar a las fieras, con los condenados a muerte del origen más bajo, a un ciudadano del Imperio. Eso habría constituido un escándalo que les habría costado muy caro, si se tenían en cuenta las leyes romanas.
Por otra parte, la frase antes mencionada parece insinuar que Saulo-Pablo combatió “victoriosamente contra las fieras”. Ahora bien, tales combates no eran los de los condenados a muerte, que eran lanzados delante de las fieras desarmados; entonces se trataba de especialistas llamados venatores que, aunque menos considerados que los gladiadores clásicos, ejercían un oficio con toda regla, que requería una técnica de combate, según la fiera a la que se enfrentaban, y esos venatores llevaban entonces unos nombres de guerra, justificados por su reputación a los ojos del público. Prestar a Pablo esta posibilidad es absolutamente descabellado.
Lo mismo sucede, pues, con la afirmación en la que nos dice con aplomo: “Fui librado de la boca del león” (2 Timoteo 4,17) Cuando escribe esta carta a su lugarteniente, que entonces estaba en Efeso, se halla por segunda vez en Roma, trasladado de Troas en el año 66. Está encerrado en la custodia pública, esperando el final de su proceso. Ha comparecido ya ante los magistrados romanos por todos los hechos que se le reprochan. Pero no ha corrido el peligro de que le echaran a los leones, dado que todavía ignora la sentencia que será pronunciada contra él. Por otra parte, no corría tampoco dicho riesgo de ejecución durante su primer proceso ante el tribunal del César a consecuencia de su “apelación”, ya que era ciudadano romano, y el suplicio de las fieras no se aplicaba jamás a esa aristocracia del Imperio.
No eran “fieras” o “leones” reales… creo que esto es obvio, aunque muchos Creyentes Cristianos siguen utilizando el argumento del “Pablo circense” domador de animales salvajes.
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Ver: Parte 2. Pablo de Tarso, Más Falsedades, Manipulaciones e Incoherencias.
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Fuentes:
- New Bible Dictionary; Howard Marshall, A.R. Millard, J.I. Packer, D.J. Wiseman;Third Edition 1996;
- Hyam Maccoby, The Mythmaker: Paul & the Invention of Christianity.
- Hermann Detering, The Falsified Paul, Early Christianity in the Twilight (Journal of Higher Criticism, 2003)
- E. Doherty, The Jesus Puzzle, 1999; G. A. Wells,
- A. N. Wilson, Paul, The Mind of the Apostle (Sinclair-Stevenson, 1997)
- John Ziesler, Pauline Christianity (Oxford, 1990)
- R. Ambelain, La Vie secrète de Saint Paul, (París, Robert Laffont, « Les Énigmes de l'univers », 1972)
- Edward Stourton, In the Footsteps of Saint Paul (Hodder & Stoughton, 2004)
- J. Murphy-O'Connor, Paul, A Critical Life (Clarendon, 1996)
- J. Murphy-O'Connor, Paul, His Story (Oxford, 2005)
Ver: Pablo; Conclusiones desde el Ateismo
Ver Artículos sobre: Pablo de Tarso
Ver: Jesús no Existió. Introducción.
Ver Sección: Análisis Bíblico.
No existe un solo dios que no encuentre en la ignorancia su mejor credo" Anónimo