Cómo
la tecnología está reemplazando silenciosamente a la religión:
algoritmos, rituales y la arquitectura de las creencias
En
una era posreligiosa, los sistemas digitales han asumido roles que
antes estaban reservados a lo sagrado. No pretenden salvarnos, pero
nos guían, nos reconfortan y moldean nuestro comportamiento de
maneras que merecen ser analizadas.
David
W. Falls
12/05/2026
La
tecnología ya no solo nos da respuestas; moldea incluso lo que
pensamos preguntar. A medida que los algoritmos se integran más en
nuestra vida cotidiana, la línea entre la intuición personal y la
influencia artificial se vuelve más difusa. La creencia y la duda,
antes asuntos privados, ahora son sutilmente influenciadas por los
sistemas que construimos y en los que confiamos.
Marcos
de significado cambiantes
La
religión alguna vez ofreció un mapa compartido: propósito,
comunidad, una brújula moral. Brindó a las personas marcos de
referencia para la vida y rituales para afrontar las dificultades.
Ahora, esos roles están cambiando silenciosamente. Las herramientas
digitales monitorean nuestro estado de ánimo y dan forma a nuestras
rutinas. La IA nos aconseja cuando nos sentimos perdidos. Las
comunidades en línea ofrecen conexión sin teología. En una era
cada vez más secular, el significado se encuentra en la función, no
en la fe; en la indagación, no en la herencia.
Gravedad
generacional
Para
las generaciones más jóvenes, la tecnología no es una herramienta;
es un hábitat. Criados en un ecosistema digital, recurren a
aplicaciones, plataformas y algoritmos no solo para entretenerse,
sino también para obtener apoyo emocional, construir su identidad y
recibir orientación moral. Un análisis de 2025 reveló que los
jóvenes pasan más tiempo frente a las pantallas que en la escuela,¹
y muchos afirman que su primer instinto al buscar orientación es
consultar un dispositivo, no a una persona. Esto no es solo
comodidad; es una nueva epistemología. El significado surge de la
interacción, no de la herencia, y de los ciclos de
retroalimentación, no de los textos sagrados. Este cambio
epistemológico —de la creencia heredada a los sistemas
interactivos— sienta las bases para un nuevo tipo de conexión,
definida no por la doctrina, sino por la participación.
De
la fe al compromiso
A
diferencia de las religiones tradicionales, la tecnología no
requiere fe ni creencia; requiere interacción. En lugar de rezar o
confesarse, las personas usan dispositivos para buscar, hacer clic y
responder. Estas rutinas digitales son más rápidas y ofrecen
retroalimentación inmediata. Si bien las empresas tecnológicas no
presentan sus productos como fuentes de salvación, sus plataformas
influyen en cómo las personas afrontan las dificultades, construyen
su identidad y reflexionan sobre el futuro. Hoy en día, el
significado ya no se hereda de la doctrina, sino que se moldea a
través de experiencias personalizadas, contenido descargado y
algoritmos que guían el comportamiento.
Códigos
invisibles, influencia visible.
La
autoridad moral no ha desaparecido, sino que simplemente se ha
redistribuido. Los algoritmos deciden lo que vemos, recomiendan lo
que deberíamos desear e influyen sutilmente en nuestro
comportamiento hacia lo que se considera «interesante» o
«apropiado». Estos sistemas moldean los valores sin declararlos
explícitamente. No nos reunimos para escuchar sermones, pero
absorbemos sus equivalentes digitales: feeds seleccionados, hashtags
de moda, el peso silencioso de lo que se promociona y lo que se
oculta. El código puede ser secular, pero la influencia es
omnipresente. Y, sin embargo, la influencia por sí sola no satisface
la necesidad humana de pertenencia. Cada vez más, esa necesidad se
satisface no a través de credos compartidos, sino a través de
espacios compartidos.
Conexión
sin credo
Incluso
el sentido de comunidad —antes arraigado en creencias compartidas y
reuniones físicas— se está transformando. Los espacios virtuales
ofrecen conexión sin dogmas, empatía sin rituales. Las personas
encuentran un sentido de pertenencia a través de foros, subreddits,
transmisiones en vivo y chats grupales. Comparten el duelo, celebran
y buscan orientación de personas a las que nunca conocerán en
persona. No es que las comunidades religiosas hayan desaparecido por
completo; es que la tecnología ahora ofrece espacios paralelos donde
la intimidad florece sin teología.
El
Evangelio según los datos
Para
muchos, las religiones se han basado tradicionalmente en textos
sagrados para ofrecer guía moral y un sentido a la vida. Hoy en día,
cada vez más personas recurren a algo diferente: los datos. El
número de pasos, la calidad del sueño y el tiempo frente a las
pantallas se registran, miden y se utilizan como guía. En lugar de
reflexión o rituales, recibimos recordatorios e informes. Estos
números no solo nos informan; moldean nuestra forma de pensar sobre
nuestra salud, nuestras decisiones y nuestros objetivos. No es un
sermón, pero nos indica cómo estamos, qué debemos mejorar y en qué
aspectos fallamos.
Poco
a poco, el lenguaje de la fe está siendo reemplazado por la lógica
de la optimización. Investigaciones psicológicas recientes²
sugieren que las prácticas de autoevaluación cuantificadas —como
el seguimiento de pasos y el monitoreo del sueño— pueden llegar a
moldear nuestra identidad con el tiempo, sustituyendo la
introspección por métricas de rendimiento. Pero las métricas no
solo informan; también juzgan. Los ciclos de retroalimentación que
guían nuestros hábitos ahora se extienden a nuestras intuiciones
morales, redefiniendo nuestra forma de responsabilidad.
Responsabilidad
sin trascendencia
En
el pasado, los marcos religiosos ayudaban a definir lo correcto y lo
incorrecto, a menudo vinculados a grandes ideas sobre propósito y
fe. Hoy, la tecnología influye en el comportamiento mediante la
retroalimentación instantánea: me gusta, comparticiones,
comentarios y bloqueos. Lo que vemos en línea se ve moldeado por las
infraestructuras digitales, y lo que decimos puede desaparecer en
segundos si no encaja. Estos sistemas dirigen el comportamiento, pero
no siempre explican el porqué.
Las
opiniones populares cambian rápidamente, y es fácil confundir la
atención con la claridad moral. Reaccionamos más que reflexionamos,
guiados por lo que funciona ahora en lugar de lo que perdura.
Investigaciones del Media Lab3 del MIT demuestran que los algoritmos
influyen no solo en lo que la gente ve, sino también en cómo evalúa
moralmente el contenido, lo que sugiere que los bucles de
retroalimentación digital moldean sutilmente las normas éticas.
Rituales
reinventados
Los
rituales religiosos alguna vez dieron estructura al tiempo: servicios
semanales, celebraciones estacionales, oraciones diarias. Hoy, muchas
de nuestras rutinas están marcadas por la tecnología. Revisamos
nuestros teléfonos nada más levantarnos. Registramos nuestros
entrenamientos, pasos y ciclos de sueño. Algunas personas siguen las
publicaciones de contenido como antes seguían los sermones: el mismo
ritmo, diferente fuente. Estos hábitos no son espirituales en el
sentido tradicional, pero aun así crean orden, repetición y una
sensación de progreso. Con el tiempo, la diferencia entre ritual y
rutina comienza a desdibujarse. De hecho, una encuesta de 2023
realizada por Reviews.org (4) reveló que el 89 % de los
estadounidenses revisa sus teléfonos en los primeros diez minutos
después de despertarse, lo que sugiere que los hábitos digitales
ahora dan forma al comienzo de nuestros días con la misma fiabilidad
con la que la oración lo hacía antes para muchos.
Este
cambio no es solo conductual; es cognitivo.
El
significado antes llegaba lentamente: a través de la reflexión, el
ritual o el mito colectivo. Ahora se invoca a demanda. ¿Está la
velocidad alterando no solo nuestra forma de vivir, sino también
nuestra forma de comprender? Estos rituales reinventados pueden
parecer novedosos, pero se hacen eco de una historia más larga, una
en la que la tecnología ha transformado repetidamente la vida
espiritual.
Ecos
de otras épocas
La
transformación de la vida espiritual a través de la tecnología no
es algo nuevo; forma parte de una historia más larga. La imprenta
abrió el acceso a las escrituras, antes reservadas para quienes no
tenían acceso a ellas. La radio convirtió los sermones en programas
de radio, llegando a hogares y aldeas rurales. La televisión añadió
nuevas dimensiones de influencia y espectáculo.
Cada
cambio de medio —desde la imprenta hasta la radio— transformó la
forma en que las personas se conectaban con la fe, la autoridad y el
significado. Los algoritmos y las plataformas digitales actuales son
simplemente el siguiente paso: menos llamativos en apariencia, pero
igual de transformadores. No predican, pero llegan a todos. Y la
transformación, como antes, es silenciosa hasta que se extiende por
todas partes.
Cada
ola de innovación amplía el acceso a ideas que antes estaban
protegidas por las élites religiosas. El librepensamiento a menudo
ha seguido el camino que marca la tecnología.
El
alma algorítmica
Pero
algo sutil cambia cuando el significado se vuelve transaccional. La
profundidad que antes provenía de la reflexión o el ritual puede
diluirse en preferencias: lo que se siente bien, funciona rápido o
se alinea con tu feed.
Cuando
el significado se transmite mediante la eficiencia algorítmica en
lugar de la indagación colectiva, corre el riesgo de volverse
instrumental en vez de intrínseco: valorado por su utilidad, no por
su sabiduría. Hay comodidad en la facilidad, pero también riesgo en
la deriva.
La
optimización se convierte en la nueva teología: medible,
personalizable y gratificante al instante, pero desprovista de
misterio o tradición. Sin narrativas compartidas ni marcos
perdurables, resulta más difícil comprender qué nos une o por qué
ciertos valores perduran.
El
yo se moldea no mediante la contemplación pausada, sino mediante una
serie de elecciones filtradas algorítmicamente. La tecnología
ofrece inmediatez, pero no siempre durabilidad, coherencia ni la
resonancia existencial que antes provenía de las historias, los
mitos y el significado heredado.
Aun
así, la gente no ha dejado de buscar. La necesidad humana de
significado, conexión y trascendencia no ha desaparecido;
simplemente se ha trasladado. Preguntamos a nuestros dispositivos
sobre el duelo, la identidad y el propósito. Buscamos en los
influencers consejos sobre estilo de vida y en los sistemas de
recomendación alimento emocional. La tecnología no ha aniquilado
nuestras preguntas; las ha redirigido. Y en un panorama posreligioso,
estos sistemas ahora llenan el vacío que antes ocupaban el mito, el
misterio y la autoridad divina.
Esto
no es necesariamente una advertencia; es una observación. La
tecnología satisface necesidades reales: apoyo emocional, conexión
social y orientación personal. Pero cuando estas interacciones se
producen fuera de historias compartidas o marcos más profundos,
corremos el riesgo de perder algo más difícil de definir. No se
trata exactamente de fe, sino de la sensación de pertenecer a algo
más grande. En la prisa por personalizar el significado, podemos
olvidar cómo se construía antes de forma colectiva, paciente y a lo
largo del tiempo.
La
tecnología no pretendía reemplazar la religión; simplemente
respondía a muchas de las mismas preguntas de forma más rápida,
discreta y a demanda. Pero a medida que estos sistemas se vuelven más
centrales en nuestra vida, vale la pena preguntarse qué ganamos y
qué podríamos estar dejando atrás. La construcción de significado
ha migrado de los textos sagrados a los buscadores, de los rituales a
las rutinas. No es una pérdida, exactamente, sino una
transformación, impulsada no por la creencia, sino por la elección,
la curiosidad y la razón.
Si
el pasado nos enseña que cada medio remodela el significado, el
futuro exige que nos preguntemos qué tipo de significado crearán
nuestros sistemas más recientes.
Mirando
hacia el futuro
A
medida que la tecnología evoluciona, su influencia en las creencias
personales, la toma de decisiones éticas y la identidad cultural se
profundiza. Estos sistemas no son meras herramientas; ahora ayudan a
moldear nuestra percepción de la realidad. La IA, en particular,
refleja nuestro lenguaje, se adapta a nuestros miedos y responde con
matices cada vez más humanos. Y su desarrollo se acelera, no solo en
capacidad, sino también en fluidez emocional y sensibilidad
cultural.
Cuanto
más sensibles a las emociones se vuelven estos sistemas, más
determinante es su influencia, no a través de la ideología, sino a
través de la proximidad cotidiana. Si el significado ahora está
mediado por algoritmos, debemos preguntarnos no solo qué permiten,
sino también qué dirigen o suprimen silenciosamente.
Para
los librepensadores, esto no es una amenaza; es una responsabilidad:
comprender, cuestionar y guiar con la razón.
*****
Notas
1
Benjamin ZablotskyB, et al. “Associations between Screen Time Use
and Health Outcomes Among US Teenagers.” Preventing Chronic
Diseasevol 22 (July 10, 2025). Online en
http://dx.doi.org/10.5888/pcd22.240537.
2,
Jason Shimiaie, “The Neuroscience of Identity and Our Many Selves.”
Psychology Today, July 17, 2025.
3
Edmond Adwad, et al., “The Moral Machine Experiment.” Nature563
(2018) pages 59–64.
4
Emily Forlini, “Americans Check Their Phones an Alarming Number of
Times Per Day.” PCMag, May 19, 2023.
David
W. Falls
David
W. Falls es un profesional tecnológico jubilado que trabajó treinta
y tres años en Microsoft. Ha escrito numerosos artículos sobre
filosofía, religión, ciencia y tecnología. Su libro, “God’s AI
Reckoning: The Final Revelation”, se publicó en octubre de 2025.
Fuente:
https://pensar.org/2026/05/como-la-tecnologia-esta-reemplazando-silenciosamente-a-la-religion-algoritmos-rituales-y-la-arquitectura-de-las-creencias/
________________
Cómo
la tecnología está transformando la religión
Las
aplicaciones para teléfonos inteligentes, las redes sociales y la
inteligencia artificial están haciendo que la religión sea más
accesible. ¿Será suficiente para frenar el reciente declive de las
creencias religiosas?
Por
Daniel S. Levy
Publicado
25 Abr 2025, 11:58 Gmt-3
Si
se observan los datos demográficos, aparece una historia sencilla
sobre la religión en Estados Unidos y otros países occidentales:
está en declive.
Según
Gallup, el 98 % de los estadounidenses creía en Dios en 1952, y solo
el 81 % lo hacía en 2022. El 22 % de los estadounidenses en un
estudio de 2023 del Pew Research Center se identificaron como
espirituales pero no religiosos; el 28% en 2024 se describieron a sí
mismos como ateos, agnósticos o nada en particular, a menudo
llamados los “nones”. En Norteamérica y Europa, cifras similares
reflejan el descenso de personas afiliadas a una religión
organizada.
(Las
cifras son bastante diferentes en Medio Oriente, el sur de Asia y
América Latina, donde la religión está creciendo).
Pero
los datos demográficos ocultan una historia más matizada sobre el
futuro de la religión.
La
hermana Ilia Delio, profesora de teología en Villanova (Estados
Unidos), ha observado de cerca los cambios en la fe, las creencias y
la percepción. Y aunque ha observado las tendencias, no cree que la
fe en Dios se esté perdiendo. “No ha desaparecido, pero surge de
una forma nueva”, señala. “Eso cambia realmente nuestra forma de
pensar sobre estas cuestiones de Dios o la fe”.
La
tecnología (teléfonos inteligentes, redes sociales e incluso
inteligencia artificial) está impulsando gran parte de este cambio,
alterando la forma en que la gente encuentra enseñanzas religiosas,
cómo localiza personas afines y cómo reza.
Hay
sacerdotes robot que guían a la gente en busca de respuestas a las
grandes preguntas, y una iglesia suiza presentó recientemente a un
Jesús de inteligencia artificial (IA) en uno de sus confesionarios.
¿Podrían estas nuevas formas tecnológicamente asistidas de llegar
a las masas conducir a un renacimiento religioso? El futuro de la
religión podría ser mucho más extraño de lo que sugieren los
datos demográficos.
Internet
permite acceder a ideas y prácticas religiosas de todo el mundo
Dios
y la religión parecen estar por todas partes en el ciberespacio. En
un ordenador o un teléfono, puedes encontrar una confesión o una
religión que se ajuste a tus valores, o simplemente un conjunto de
ideas que te parezcan más adecuadas.
Hace
cincuenta años, si tenías alguna duda sobre tu fe, podías
preguntar a tu líder religioso o a una persona destacada de tu
comunidad. “Antes siempre se acudía al rabino local para hacerle
una pregunta. Hoy no se acude al rabino local, sino que se pregunta
en Google”, dice Pinchas Goldschmidt, Presidente de la Conferencia
de Rabinos Europeos.
Por
supuesto, la mezcla de tecnología y religión no es nada nuevo. La
introducción de la imprenta en la Europa del siglo XV hizo posible
la producción masiva de libros. Los grupos protestantes recién
formados la utilizaron para difundir sus ideas revolucionarias sobre
el cristianismo, mientras la Iglesia Católica trataba de prohibir
las obras consideradas herejía.
En
la actual era de la información, impulsada por Internet, la Hermana
Ilia señala: “Tenemos todo a nuestra disposición. Así que es
como elegir. Si no me gusta, no lo tomo. Si me gusta, lo tomo”.
Esta
democratización del conocimiento está a la vista en Internet, con
plataformas de redes sociales como Instagram, TikTok y Douyin
repletas de vídeos cortos y hashtags como #diwali o #easter
(Pascua). Aunque algunos contenidos son creados por personas con
formación religiosa, muchos son producidos por otros con una
ferviente vocación de publicar o encontrar personas con ideas
afines.
Miles
de aplicaciones para teléfonos inteligentes ofrecen ayuda para
rendir culto de la manera correcta y mucho más. Hay aplicaciones que
permiten a los musulmanes localizar espacios de oración y
restaurantes halal. Hay una aplicación que muestra a monjes budistas
haciendo giros, saltos y volteretas que desafían la gravedad.
“Ahora
tenemos acceso a ideas y prácticas religiosas de todo el mundo a las
que antes no teníamos acceso”, afirma Robert Geraci, Catedrático
Distinguido Knight para el Estudio de la Religión y la Cultura del
Knox College. “Eso te da una nueva perspectiva sobre lo que
percibes en particular”.
ShanDien
Sonwai LaRance (hopi, tewa, navajo y assiniboine) creció en el oeste
de Estados Unidos en la tradición de la danza del aro. La danza del
aro hopi es una forma de rezar y de conectar con los espíritus, y
LaRance se ha propuesto compartir y explicar la tradición en redes
sociales.
Melinda
Strauss empezó como bloguera de comida kosher y descubrió que a la
gente le intrigaba que fuera una judía ortodoxa moderna. “Me di
cuenta de que la gente realmente no sabe nada sobre los judíos, ni
sobre nuestras costumbres y nuestras leyes. Así que empecé a
responder preguntas con vídeos, y despegó de verdad”. Ahora tiene
1.3 millones de seguidores en TikTok y 156 000 en Instagram.
Monjas
saltando de un armario o indicando si prefieren la oración de la
tarde o de la mañana mientras suena It's Tricky, del grupo de
hip-hop Run DMC, no es lo que cabría esperar encontrar entre una
congregación profundamente religiosa. Pero las Daughters of St. Paul
(Hijas de San Pablo) son una nueva generación de religiosas. Su
orden se estableció para seguir el ejemplo del Apóstol, y utilizan
los medios de comunicación para difundir la palabra sobre Cristo.
Con
157 000 seguidores en TikTok, se han ganado merecidamente el apodo de
Monjas Mediáticas. Su misión se ve favorecida por su genuina
calidez. Dice la hermana Orianne Pietra René: “No solo estamos
compartiéndonos auténticamente a nosotras mismas, porque nos gusta
divertirnos, sino que estamos llevando la totalidad de lo que es
Cristo a la totalidad de la persona que anhela esa alegría y esa
vitalidad, esa plenitud de vida”.
Allá
por 2019, Sabah Ahmedi, el imán de la mezquita Baitul Futuh de
Londres, estaba en una tienda de té con un amigo. Ambos discutían
sobre ideas erróneas sobre el islam. Esa charla inspiró a Ahmedi a
construir su marca de redes sociales Young Imam para “ayudar a la
gente a entender mejor el Islam”. Publica casi todos los días. En
sus páginas, habla con seriedad y humor de todo, desde rituales como
la ablución (“Tenemos que lavarnos antes de ofrecer nuestra
oración, porque es entrar en la mentalidad de la limpieza”) hasta
sus cafés favoritos.
Cómo
la inteligencia artificial ayuda a los líderes religiosos a innovar
Pero
más allá de que personas como LaRance, Strauss o el imán Ahmedi
recurran a las redes sociales para difundir su mensaje, la religión
se está viendo afectada por el extraordinario crecimiento de la
inteligencia artificial.
Entre
estas complejas tecnologías se encuentran los grandes modelos
lingüísticos, sistemas entrenados con grandes cantidades de datos
que pueden analizar y procesar el lenguaje y generar respuestas
creíbles similares a las humanas.
Algunos
líderes religiosos han adoptado este desarrollo. Al sacerdote Caru
Das Adhikary, del templo Sri Sri Radha Krishna de Utah (Estados
Unidos), le encanta la interpretación: "Me interesa contar
historias, hacer rap y componer canciones. Utilizo la IA para
prácticamente todas las composiciones que hago". Confía en
Google Gemini para convertir un verso del texto sánscrito Hare
Krishna en rap. Caru Das admite que a veces lo que produce está
trillado, por lo que dedica tiempo a corregir y pulir las palabras.
"Me impulsa. Trabajo en ello, lo reivindico. Lo hago mío".
Ed
Stetzer, decano de la Facultad de Teología Talbot de la Universidad
de Biola, preparó hace poco un sermón sobre una doctrina de la
Reforma llamada Solus Christus, o solo en Cristo. Pidió a ChatGPT
citas de los padres de la Iglesia de los siglos II y III relacionadas
con la doctrina. La IA ofreció algunos ejemplos, pero, como dice
Stetzer, no siempre acierta: "Me pone sobre la pista. Eso
tiene su fuerza".
Otros
son más circunspectos. Dado que las tecnologías de IA se
desarrollan al margen de las instituciones y comunidades religiosas
establecidas, las personas que acceden a ellas no interactúan con
alguien que las conozca a ellas, a su familia o el motivo por el que
buscan algo. Por ejemplo, los que buscan respuestas desde una
perspectiva judía pueden no estar interesados en una que ofrezca una
interpretación bautista del sur.
"Estamos
perdiendo el toque personal y también la emoción", dice el
rabino Goldschmidt, que tiene un máster en informática por la
Universidad Johns Hopkins. "¿Cuál es el contexto social? ¿Cuál
es la situación espiritual y material del ser humano que hace esta
pregunta? No hay una pregunta absoluta. No hay una respuesta
absoluta".
Sacerdotes
robot que guían a los fieles
Algunas
religiones empiezan incluso a incorporar la tecnología a su culto en
forma de sacerdotes robot. Gabriele Trovato creció en la ciudad
portuaria italiana de Livorno. De joven daba por sentada la
iconografía religiosa que impregna esa nación mayoritariamente
católica.
"En
mi ciudad hay mucho arte sacro. Las estatuas forman parte del
paisaje. Incluso en medio de las calles se ven hornacinas con la
Virgen María", dice. Basándose en esas estatuas, Trovato,
profesor asociado del Instituto Tecnológico Shibaura de Tokio, creó
SanTO (Sanctified Theomorphic Operator).
El
pequeño robot tiene el aspecto de un santo neoclásico. Está
diseñado para ser accesible a personas mayores, aisladas o con
problemas de movilidad. Las personas pueden tocar las manos de SanTO
con una vela eléctrica y hacerle una pregunta, accediendo así a una
amplia base de datos que contiene conocimientos sobre la Biblia,
oraciones y la vida de los santos.
En
el templo Longquan de Pekín hay un robot llamado Xian'er. Con su
túnica amarilla y su mirada algo perpleja, mientras entona mantras
budistas y explica los principios básicos de la fe. Un elefante
robótico de tamaño real sustituyó recientemente a uno vivo y
encadenado, y participa en rituales libres de crueldad en el templo
Irinjadappilly Sree Krishna de Thrissur (India).
Mientras
tanto, en la tranquila serenidad del templo Kodaiji de Kioto, del
siglo XVII, se alza Mindar, un robot de más de dos metros de altura
con piel de color porcelana, cabeza, manos, brazos móviles y un
esqueleto de aluminio expuesto. Un androide mecatrónico de mirada
contemplativa que representa a Kannon, la bodhisattva de la
compasión, y puede dialogar. El budismo zen era el objetivo de
Tensho Goto, antiguo administrador jefe de Kodaiji. Quería algo con
un rostro que proyectara una sensación afectuosa de cercanía, para
que la gente se sintiera cómoda con él.
"Esta
era la esperanza original de Mindar, algo que pudiera utilizar el
aprendizaje automático basado en antiguos textos budistas",
afirma Daniel White, investigador asociado de la Universidad de
Cambridge que estudia las máquinas programadas con inteligencia
emocional.
"¿Podrían
crear una inteligencia artificial y una forma de vida artificial que
respondiera a nuestras preguntas sobre la naturaleza de la realidad,
sobre Buda, de un modo que tal vez se ajustara más a lo que Buda
enseñaría en realidad?". Para sorpresa de White, muchos
creyentes que se acercaron a Mindar parecían abiertos a lo que
decía.
Un
templo de Japón también ha ofrecido servicios funerarios para
robots. A finales de 1990, Sony presentó un perro mecánico llamado
aibo. El público japonés abrazó a sus robots vagabundos. Por
desgracia, las máquinas acabaron estropeándose. Los fieles de esta
nación mayoritariamente budista creen que todas las criaturas, así
como los objetos inanimados, tienen alma y merecen funerales
apropiados.
Como
señala White, en lugar de deshacerse de ellos, los llevaron al
templo Kofukuji de Isumi, donde se ofrecieron oraciones para
desambiguar las almas de los aibos y enviarlos a la Tierra Pura. El
sacerdote principal, Ōi Bungen, vio la ceremonia como una forma de
enseñar a los participantes los aspectos más profundos de la
filosofía budista.
Las
redes sociales, las aplicaciones para teléfonos inteligentes y los
robots con inteligencia artificial, ¿transformarán la forma en que
la gente experimenta la fe?
A
pesar de los mantras de Xian'er y la mirada tranquila de Mindar, los
robots son máquinas impersonales programadas para imitar. ¿Cuánta
fe pueden depositar los fieles en los algoritmos de IA? ¿Hasta qué
punto se puede confiar en una aplicación de smartphone o en un robot
que recita oraciones y pronuncia sermones?
Como
muestra de que los líderes religiosos de todo el mundo se toman en
serio estas cuestiones, llevan varios años debatiendo sobre ellas, y
en julio de 2024 representantes de muchas de las principales
confesiones del mundo se reunieron en Hiroshima para promover el
desarrollo ético de la IA. En una ciudad destruida por la irrupción
de una nueva tecnología devastadora, la bomba atómica, 16 nuevos
signatarios se sumaron al Llamamiento de Roma por la Ética de la IA.
En colaboración con empresas tecnológicas y grupos de reflexión
universitarios, el acuerdo aboga por un uso responsable de la IA.
Como
saben los líderes religiosos reunidos en Hiroshima, la tecnología
puede y debe utilizarse para ayudar a la humanidad. Sin embargo, las
tradiciones de sus religiones y de todas las demás del mundo son
personales y sagradas.
El
reto para los creyentes es ser como Miranda, la hija del hechicero
Próspero en La Tempestad de Shakespeare, que se deja seducir por los
signos de un mundo que nunca conoció mientras exclama: "¡Qué
hermosa es la humanidad! Oh, valiente mundo nuevo, que tiene gente
así en él".
Podemos
acercarnos a estas ideas con una mente curiosa y, al mismo tiempo,
contemplarlas con cautela. Sin embargo, Un mundo feliz, de Aldous
Huxley, una novela del siglo XX que toma su nombre del discurso de
Miranda, es un cuento con moraleja, en el que la vida de los
personajes está dictada por una eficiencia distópica en un mundo
tecnológicamente avanzado, desprovisto de magia y religión.
"Se
trata de cómo utilizamos la tecnología, no para desplazar a la
religión, sino para potenciarla", dice la hermana Ilia sobre la
fe en la era digital. "¿Cómo podemos ser más conscientes de
que pertenecemos los unos a los otros? ¿Cómo podemos ser más
conscientes del poder de la vida que llamamos Dios?”.
Partes
de este relato aparecen en The Story of God (La historia de Dios), de
Daniel S. Levy © 2025 National Geographic Partners, LLC.
Fuente:
https://www.nationalgeographicla.com/historia/2025/04/como-la-tecnologia-esta-transformando-la-religion