lunes, 3 de agosto de 2026

Consecuencias Morales del Ateísmo




Consecuencias Morales del Ateísmo


Muchas personas quieren vincular los más nobles valores a alguna de las religiones, pero suelen olvidarse que gran parte de las acciones más terribles que se han realizado a lo largo de la historia se han hecho en nombre de la piedad”


2 Septiembre, 2015

Por: José Meslier


John Leslie Mackie (1917-1981) fue un brillante filósofo australiano, especializado en metaética y partidario del escepticismo moral, conocido ateo y participante en jugosas polémicas al respecto. En Dios no existe (peculiar traducción para The portable atheist, recopilación de textos realizada por Christopher Hitchens), se incluye un texto de Mackie sacado de su obra El milagro del teísmo: argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios.

Entre las consideraciones a favor de la existencia de una dios personal, o casi personal, se enumeran al menos cinco:

1) los supuestos milagros;

2) las versiones inductivas del argumento del diseño y la conciencia, tomando como ‘signos del diseño’ tanto el hecho de que existen regularidades causales y el hecho de que las leyes naturales fundamentales y las constantes físicas son tales que hacen posible el desarrollo de la vida y la conciencia;

3) una versión inductiva del argumento cosmológico, buscando una respuesta a la pregunta ‘¿Por que hay algo en lugar de nada?’;

4) la idea de que hay valores morales objetivos cuya existencia demanda una explicación adicional;

5) y la idea de que algunos tipos de experiencia religiosa pueden comprenderse mejor si los entendemos como la percepción directa de algo sobrenatural».

Por supuesto, Mackie echa por tierra estos argumentos: el primero y el quinto son, de forma obvia, muy débiles, ya que pueden explicarse fácilmente en términos naturales. Por otra parte, el mundo natural explica, gracias a la evolución, la conciencia, la moralidad y el valor como actividad humana. Lo único dudoso, desde una explicación naturalista, serían las irregularidades causales,el hecho de que las leyes físicas sean las que son y de que haya algo en lugar de nada. El naturalista suspenderá siempre la cuestión de Leibniz, ¿por qué hay algo en lugar de nada?, mientras que el teísta se sentirá igualmente indefenso ante la pregunta de por qué hay un dios en lugar de nada. La hipótesis de Dios, al menos desde Laplace, resulta innecesaria desde este punto de vista sustentado en términos racionales; la reivindicación literal y fáctica de la existencia de un Dios personal no posee base racional alguna, pero los intentos posteriores de defender el pensamiento religioso, una vez liberado de sus creencias tradicionales, son señalados por Mackie como un rotundo fracaso.

Por supuesto, Mackie sitúa en primer lugar el debate desde un punto de vista estrictamente filosófico, lo cual hace que el asunto se relativice y no satisfaga a algunas personas reflexivas y ecuánimes. Más interesante y concluyente resulta el estudio que realiza de la consecuencias morales del ateísmo, ya que muchas personas insisten en la aceptación de la religión precisamente porque creen que sin ella desembocaríamos en un desastroso nihilismo. Mackie señala cuatro puntos de vista principales sobre la naturaleza y el estatus de la moralidad. El primero quiere observar reglas y principios morales desvinculados de la utilidad que puedan tener, originados en alguna suerte de divinidad y sustentados por la promesa de recompensa o la amenaza de castigo en esta vida o en la otra. La segunda, denominada kantiana, racionalista o intuicionista, ve los principios morales como una normativa objetivamente válida, formulada o descubierta por el intelecto humano y dotada de autoridad autónoma al margen de cualquier dios (si un creyente tiene este punto de vista, seguramente pensará que la bondad divina consiste en que él ejemplifique esos principios). Un tercer punto de vista sostiene también la existencia de principios objetivos válidos, pero considera que son creados y sustentados de algún modo por la existencia de dios. Una cuarta opinión, llamada humeana, sentimentalista, subjetivista o naturalista, piensa que la moralidad es fundamentalmente un producto humano y social; los conceptos, principios y prácticas morales se han desarrollado a través de un proceso de evolución biológica y social. Desde esta última perspectiva, se explica la existencia y persistencia de los principios y prácticas morales debido a que permiten de alguna manera a los seres humanos, en cuya condición natural conviven fuerzas tanto competitivas como cooperativas, sobrevivir y alimentarse mejor al limitar la competencia y facilitar la cooperación. Mackie señala que los que se adhieren a este punto de vista no lo explican necesariamente de esta forma y que sea posible que suscriban alguna de las tres opiniones anteriores; no obstante, la explicación naturalista explica muy bien su pensamiento y su conducta.

Mackie, obviamente, muestra la moralidad con su propio origen causal, como una cuestión de sentimientos y actitudes; sería parcialmente instintiva, desarrollada a través de la evolución biológica, y parcialmente adquirida, desarrollada gracia a la evolución sociohistórica y transmitida de una generación a otra, en forma de valores culturales, más de forma automática que consciente. No obstante, como librepensador que es, Mackie no se conforma con respuestas definitivas y reconoce la complejidad del asunto. Ni teístas ni ateos poseen el monopolio de la virtud, pero tampoco puede vincularse la moralidad fácilmente a ninguna ley causal establecida por algún estudio estadístico sobre creencia o no creencia. Ello es debido, precisamente, a que lo que se considera vicio o virtud es objeto de controversia y división entre creyentes y no creyentes, lo cual da la razón a un enfoque naturalista. Mackie sospecha que existe una correlación positiva entre ateísmo y virtud, pero posee la honestidad intelectual para no establecer una tendencia causal que conduzca a que la no creencia promueve la buena praxis moral. Se retoman entonces algunas consideraciones generales, ¿qué supondría para la moralidad que existiera o no existiera un dios e igualmente en el caso de que la gente asociara, o no, su moralidad a las creencias religiosas? En primer lugar, las revelaciones de la religión son ya obviamente condenables al contener normas restringidas, anticuadas o bárbaras (tal y como aparecen en la Biblia o el Corán). Desde un punto de vista más general, la vinculación entre creencia religiosa y moralidad supone la devaluación de esta última por dos motivos principales: debido a que la debilitación de la moralidad decaerá cuando no exista la creencia y también porque la subordina a otras preocupaciones mientras persista la creencia (mencionaremos el absurdo de aceptar el pecado en el cristianismo para lograr la salvación).

Muchas personas quieren vincular los más nobles valores a alguna de las religiones, pero suele olvidarse que gran parte de las acciones más terribles que se han realizado a lo largo de la historia se han hecho en nombre de la piedad. Aunque, por ejemplo en el cristianismo, hay valores éticos admirables (muchos, añadidos posteriormente y explicables desde puntos de vista sociohistóricos), pero a lo largo de la historia en las religiones, en general se ha primado la preocupación por la salvación y la vida después de la muerte, así como la opinión de que la falta de fe, la duda y la crítica a la creencia es pecado y actitudes heréticas dignas de ser perseguidas. En general, la religión se opone a la discusión, muestra deshonestidad intelectual e incluso a veces abierta hostilidad a verdades científicas confirmadas. En este contexto, con los precedentes históricos de un claro totalitarismo religioso (precedente del político y base de él en muchos aspectos), la moralidad promovida por la religión suele ser ambigua o directamente perniciosa, lo cual no supone lógicamente que todos los creyentes y teístas sean dogmáticos o moralmente cuestionables. Frente a la religiosa, existe toda una tradición humanista, preocupada por los problemas sociales e individuales, defensora de la honestidad intelectual y la tolerancia, así como propulsora de la libre investigación. No obstante, Mackie no cae en un fácil maniqueísmo. La ausencia de vinculación religiosa no garantiza obviamente que no existan conflictos. Como creaciones humanas que son, también existen preceptos morales absolutistas y objetivistas, con vínculos religiosos o no, que suponen enfrentamientos entre distintas concepciones. Desde un enfoque naturalista, puede entenderse mejor la moralidad, con sus concesiones y con sus ajustes, o incluso llegar a un consenso universal sobre lo que es correcto. Por supuesto, nos limitaremos demasiado si simplemente derivamos la moralidad de los hechos de la situación humana y no procuramos entender cómo el hecho moral puede desarrollarse y a qué funciones sirve, así como obviamos tener en cuenta la posibilidad de que se extienda. Como valor innegable del ateísmo está su poderoso realismo ante hechos fatales de la existencia humana como es la muerte; hay quien señaló como una de las mayores irracionalidades del pensamiento religioso su elección de la comodidad frente a la verdad.

Fuente:

http://acracia.org/consecuencias-morales-del-ateismo/

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Ateísmo, Moral y Conciencia


Desde la Antigua Grecia hasta Kant, hubo ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no religiosas”


4 Diciembre, 2023

Por: Capi Vidal


Hay una frase atribuida a Albert Einstein: «Si la gente es buena solo porque teme el castigo y espera una recompensa, somos efectivamente un grupo lamentable». Aunque temamos caer en la simplificación, puede que ésta sea una de las claves del pensamiento religioso en lo que atañe a la moral, un comportamiento correcto se realiza para obtener ciertos beneficios (en el caso que nos ocupa, sobrenaturales). Desde este punto de vista, el ser humano necesita la religión, o cree necesitarla, para comportarse correctamente, aunque la vigilancia al respecto suele ser muy terrenal para justificar la existencia del Estado. Richard Dawkins, de forma muy irónica, afirma que se suele decir que la gente necesita religión, cuando en realidad lo que necesita son policías. Por supuesto, en ambos casos se trata de una visión simplista y hay que observar los factores determinantes, todos muy humanos.

En lo que estamos de acuerdo es en que una moralidad, en ausencia de vigilancia, es más verdadera que aquella que desaparece al no estar presente el vigilante, sea Dios o el Estado. Aunque siempre hay que echar mano de las estadísticas, no resulta difícil creer que las personas ateas posean una moral más sólida, ya que alguna clase de humanismo habrá reemplazado el más bien frágil credo religioso. Aunque es habitual confundirlas, la moral y la ética no tienen el mismo significado. La primera alude a los hábitos y comportamientos de los seres humanos y es posible definirla como el conjunto de normas de conducta que se consideran válidas para gran parte de una población.

La ética puede describirse como la reflexión acerca de por qué es válida una moral. La visión atea, o naturalista, suele insistir en que la moral nació con la vida social, cuando los seres humanos buscaron unas normas uniformes para ajustar sus conductas y convertir la convivencia en más o menos previsible. En gran medida, la moralidad es producto de la sociedad y el individuo acaba interiorizando unos determinados valores, diferentes según el contexto social existente, que estimulan su conciencia acerca de lo que es bueno o malo. Desde este punto de vista, la moralidad posee una naturaleza muy humana y relativa, ya que según las circunstancias se favorece un comportamiento u otro; muy al contrario, las visiones absolutistas propias de la religión ocasionan muchos más conflictos, ya que las acciones más abyectas suelen justificarse en aras de un ideal trascendente.

Es posible que toda nuestra civilización esté impregnada de ese concepto de castigo y recompensa, basado en una concepción inmutable de la naturaleza humana, por lo que examinaremos el ateísmo desde la perspectiva de un horizonte moral todo lo sólido y amplio posible, trataremos de apartar definitivamente la práctica moral de toda afiliación, práctica o creencia religiosa e introduciremos el hecho de que existen factores biológicos y sociales que explican nuestro sentido de lo que es bueno o malo. Un gigante intelectual como Bertrand Russell consideró las dificultades de la consideración religiosa de que la conciencia humana estuviera originada en la divinidad. En primer lugar, parece que la conciencia dicta cosas muy diferentes a cada individuo; en segundo, la psicología ha ido dando respuestas a los distintos sentimientos de cada persona.

Son las leyes causales, base del método científico, las que pueden ayudarnos a comprender por qué existe tanta diversidad en lo que motiva a la conciencia. Es precisamente la introspección la que a veces conduce a olvidar el origen de los sentimientos y a convertirlos en misteriosos. Si se quiere liberar a la ética de unas reglas externas, habría que poner en duda la visión religiosa de la conciencia. En una línea similar, Carl Sagan consideró que el argumento de la conciencia como demostración de la existencia de Dios no posee demasiado recorrido; hace ya tiempo que los neurobiólogos mostraron una alternativa al explicar que la conciencia es una función que depende del número y la complejidad de las conexiones neuronales del cerebro. Respecto al argumento moral de los religiosos, según el cual si el ser humano es moral es porque Dios existe, Sagan está en la misma línea de Dawkins cuando señala que la selección natural puede explicar muchas cosas sobre nuestro comportamiento; la adquisición de conciencia sobre nuestro entorno hace posible que comprendamos muchas cosas y ver lo que es bueno para nuestra supervivencia.

Aunque la ciencia no tenga mucho que decir sobre la ética, sí es capaz de examinar las causas de los deseos y los medios para realizarlos. Al no existir argumentos para probar que determinada cosa tiene un valor intrínseco, habría que aceptar que las diferencias son cuestión de gusto y no existe una verdad objetiva. Este subjetivismo tiene diversas consecuencias, la más evidente es que conceptos religiosos como «pecado» o «virtud» se anulan al solo poder ser algo como bueno o malo según unas circunstancias concretas. Desde un punto de vista biológico, pueden comprenderse los valores también como producto de la evolución, entendidos como lo que resulta agradable o desagradable en función del ambiente.

No es posible deducir, desde estas concepciones éticas desprendidas de todo origen sobrenatural, otro concepto clave para el pensamiento religioso: la idea de un propósito, cósmico o divino, en la existencia humana. La objeción de los partidarios de valores objetivos, apoyada en las supuestas consecuencias inmorales derivadas de este aparente relativismo, puede ser refutada apelando al deseo y rechazando la creencia. Efectivamente, los deseos pueden ser personales o impersonales, pero difícilmente podrán ser estimulados por una creencia abstracta en lo que es correcto y sí, por ejemplo, por la educación y el conocimiento. La felicidad general no necesita una sanción por parte de un concepto absoluto del bien, y tampoco se convierte en algo irracional al basarse en deseos individuales. También habría que dudar de la racionalidad o irracionalidad de los deseos, ya que solo se ponen a prueba con la valoración de los demás conduciendo, o no, a la felicidad o a la satisfacción. Los deseos son, tantas veces, grandes y generosos en ciertas personas, apoyados además en las grandes teorías morales, por lo que adquieren una nueva dimensión al tener la ambición de elevarlos a categoría universal.

El filósofo John Leslie Mackie considera que el mundo natural explica, gracias a la evolución, la conciencia, la moralidad y el valor como actividades humanas. Este autor clarifica cuáles son las consecuencias morales del ateísmo, ya que tantas personas, creyentes o no, consideran que la religión sigue siendo necesaria para no desembocar en un desastroso nihilismo. Así, Mackie considera cuatro puntos de vista principales sobre la naturaleza y el estatus de la moralidad: el primero observa las reglas y los principios morales desvinculados de cualquier utilidad que pudieran tener, estarían originados en algún tipo de divinidad y sustentados por la promesa de recompensa o la amenaza de castigo en esta vida o en la otra; el segundo, llamado kantiano, racionalista o intuicionista, ve los principios morales como una normativa objetivamente válida, formulada o descubierta por el intelecto humano y dotada de autoridad autónoma al margen de cualquier dios; un tercer punto de vista sostiene igualmente la existencia de principios objetivos válidos, pero considera que son creados y sustentados, del modo que fuere, por la existencia de Dios; finalmente, una cuarta opinión, denominada humeana, sentimentalista, subjetivista o naturalista, piensa que la moralidad es fundamentalmente un producto humano y social y, así, los conceptos, principios y prácticas morales se han desarrollado a lo largo de un proceso de evolución biológica y social.

Es esta última perspectiva naturalista la que explicaría la existencia y persistencia de los principios y prácticas morales, debido a que permiten de alguna manera a los seres humanos sobrivivir y alimentarse mejor al limitar la competencia y favorecer la cooperación. Sin caer en respuestas definitivas, Mackie muestra la moralidad con su propio origen causal, parcialmente instintiva, desarrollada a través de la evolución biológica y transmitida de una generación a otra en forma de valores culturales. El enfoque naturalista adquiere una fuerza evidente cuando se observa que no hay un consenso definitivo en la humanidad sobre lo que es vicio o virtud. La perspectiva religiosa se viene abajo notablemente por dos motivos principales: la moralidad sufrirá una debilitación evidente cuando no exista la creencia, y también debido a que se subordinará siempre a otras preocupaciones más trascendentes cuando exista la creencia (como es el caso de la salvación personal).

Richard Dawkins, biólogo considerado neodarwinista, considera que nobles impulsos como la amabilidad, el altruismo o la empatía se originan en el cerebro y se dirigen en primer lugar hacia la familia cercana, pero pueden extenderse como regla general. No profundizaremos aquí en la visión genética de Dawkins, no uniforme en el mundo científico y denunciada en ocasiones como biológicamente determinista, pero insistiremos en este autor por su prestigio y conocido ateísmo combativo. Derivar nuestro sentido de lo correcto o lo incorrecto de nuestro pasado evolutivo, conlleva ciertas dificultades al ser difícil comprender sentimientos como la compasión desde el punto de vista de la selección natural.

Sean cuales fueren las reglas de la evolución, altruistas o competitivas, no es posible hablar simplemente de determinismo biológico, ya que se filtran a través de la influencia de lo que llamamos civilización, con sus tradiciones, leyes y costumbres. Como modo de mejorar la conciencia, Dawkins considera que la ciencia y la evolución, incluso con sus lagunas, resultan mucho más adecuadas para mejorarla que el pensamiento religioso y elude la posibilidad de fantasear con nuestros miedos y necesidades. Frente a los que asocian, necesariamente, el sentimiento religioso a la condición humana, ya que parece manifestarse de un modo u otro, habría que insistir en lo saludable de la independencia mental. Una comprensión adecuada del mundo real puede asumir el mismo rol inspirativo que, tradicionalmente y de manera distorsionadora, ha asumido la religión.

Desde la Antigua Grecia hasta Kant, hubo ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no religiosas. De hecho, tal como señala Dawkins, los imperativos categóricos de Kant se fundan en el deber, por el bien del deber, apartando a Dios, lo cual ha supuesto que se haya pensado que el filósofo alemán, aunque no pudiera admitirlo en la sociedad de su tiempo, era en realidad ateo. La universalidad de los principios morales, que es lo que está también detrás de los imperativos kantianos, es válida en algunos casos, pero plantea problemas en otros, ya que no todo el mundo estará de acuerdo en según qué comportamientos.

En el caso de la moral de tipo kantiano, no tiene que ser una visión plenamente identificable con el absolutismo moral, puede hablarse de «deontología» o «ciencia del deber», es decir «obediencia a reglas». Entre las visiones morales modernas, están además los llamados «consecuencialistas», más pragmáticos, según los cuales la moralidad de una acción debe juzgarse por sus consecuencias (los utilitaristas, a menudo mal entendidos también, pueden considerarse como un tipo de consecuencialistas). Como afirma Richard Dawkins, no todo absolutismo deriva de la religión, pero es muy difícil defenderlo en otros campos.

Si la moral originada en las religiones es siempre exclusivista y totalizante, exigiendo además obediencia a los creyentes, una moral capaz de mejorar la vida y de facilitar el desarrollo, incluso con aspiración de ser universal, no necesita de orígenes divinos y todo ser humano puede comprenderla en mayor o en menor medida sin acudir a ninguna «verdad revelada». Es más, desde el ateísmo se ha criticado la moral religiosa, siempre absolutista, entendida como una verdad con mayúsculas, cuando en su nombre se han producido los mayores crímenes a lo largo de la historia; el ateo siempre considerará la moral religiosa como sospechosa, ya que detrás se encuentra la imposición y las mayores aberraciones hacia los no creyentes, por lo que acaba convirtiéndose en un instrumento de poder.

Frente a los que consideran que una moral sin Dios no puede darse, la lógica hace pensar que la humanidad, en los albores de su existencia, empezó a dar contenido a las normas morales y potenció así los instintos constructivos del ser humano; en caso contrario, no habríamos llegado hasta aquí. Con el devenir de la historia, la idea de Dios se fue haciendo innecesaria, por lo que una ética puramente humana, basada en la convivencia social, la justicia y la fraternidad, enemiga de todo dogmatismo, puede exigir un mayor compromismo con lo real. La creencia religiosa surge de debilidades y angustias humanas, muy comprensibles, pero son infinitamente más aceptables una incredulidad fundada en el esfuerzo por buscar la verdad, sin engaño alguno, y una moral fraterna, sin excusas sobrenaturales ni trascendentes. En esta línea, hay que recordar a Bertrand Russell cuando habla igualmente de renunciar al dogmatismo y adoptar la duda racional en todo ámbito humano; desde su punto de vista, ello ayudaría a erradicar los grandes males del mundo, ya que sin posiciones absolutistas resulta francamente difícil no considerar la gran responsabilidad que tenemos con el prójimo.

Otro ateo que ha tenido gran popularidad en los últimos años, el recientemente fallecido Christopher Hitchens, considera que el desarrollo del pensamiento ha supuesto que la humanidad se vaya apartando de toda verdad revelada y toda fe dogmática; desde este punto de vista, la razón, la conciencia y la moral solo pueden ser innatas en el ser humano, susceptibles de ser perfeccionadas o deterioradas y no es necesario apoyarse en ninguna explicación espiritual o metafísica.

Desde su ateísmo combativo, Hitchens presenta varias e importantes objeciones al pensamiento religioso: distorsión cognitiva sobre el conocimiento y la razón, servilismo, solipsismo, represión sexual… recogiendo la herencia de Freud, considera que las creencias de los hombres estás sustentadas en última instancia en ilusiones, respuestas a sus necesidades y deseos más apremiantes. Tal vez la ciencia y la razón no resultan suficientes para establecer valores, pero sí son necesarias, por lo que hay que desconfiar de toda aquella doctrina que las reduzca; el intelecto y la moral se potencian gracias al conocimiento y la creatividad humanas, por lo que se identifica aquí ateísmo con una libertad plena para la indagación.

El filósofo André Comte-Sponville, en otra interesante obra sobre el ateísmo de reciente edición, nos propone un punto de vista diferente sobre los valores humanos. Su ateísmo lo funda en lo que denomina «fidelidad», usando una palabra con la misma etimología que la palabra «fe», a unos valores judeocristianos de larga tradición; su falta de creencia en Dios no le impide abrazar la moral fundada en la religión y considerar su importancia como elemento de cohesión en la sociedad. El temor de Comte-Sponville está en que la falta de creencia desemboque en el nihilismo, algo que él considera sinónimo de barbarie; su deseo parece ser fiel a dos polos: los valores religiosos tradicionales y el proyecto modernizador de la Ilustración.

En este sentido, el filósofo francés se aparta del nuevo ateísmo de Dawkins y Hitchens, y especialmente de la tendencia posmoderna de Michel Onfray, que parte de Nietzsche para considerar que es precisamente el ateísmo el que nos proporciona la salida del nihilismo radicalizando e innovando los postulados de la Ilustración. El ateísmo de Onfray apuesta por una razón decididamente antirreligiosa y antimetafísica, que impida a los seres humanos caer en la tranquilidad existencial y el infantilismo mental permanente; el estilo directo e incendiario de este autor le lleva a considerar que el ser humano tiene una inclinación hacia la credulidad y la ceguera, por lo que las dificultades de la vida le empujan a las fábulas y los mitos.

Fuente:

http://acracia.org/ateismo-moral-y-conciencia/


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 «Si la gente es buena solo porque teme el castigo y espera una recompensa, somos efectivamente un grupo lamentable»

Albert Einstein





lunes, 27 de julio de 2026

Todos los planes de Hitler para la religión si no hubiera sido derrotado




Todos los planes de Hitler para la religión si no hubiera sido derrotado


Los planes de Hitler para la Alemania de posguerra contenían detalles escalofriantes sobre sus creencias religiosas”


Genevieve Carlton

el 4 de enero de 2021


Hitler fue un dictador cruel, un defensor del genocidio y un asesino en masa. Además, le gustaba planificar con antelación: cuando se suicidó en su búnker bajo Berlín, dejó planes detallados para el futuro de Alemania, incluyendo el papel que desempeñaría la religión en el Tercer Reich. Los planes de Hitler para la Alemania de posguerra contenían detalles escalofriantes sobre sus creencias religiosas.

De forma similar a como los nazis eliminaron a Cristo de la Navidad, Hitler pretendía destruir el cristianismo para consolidar su reputación como el "Jesucristo de Alemania". Comenzaría reemplazando los crucifijos con retratos suyos, para luego enviar a los disidentes religiosos a campos de concentración. El plan de Hitler también incluía el asesinato simulado del papa y una alianza con musulmanes de Oriente Medio contra los judíos y los británicos.

Para Hitler, la religión era una espina clavada que amenazaba con arrebatarle la lealtad del pueblo al Estado.


Según la política exterior de Hitler, los nazis continuarían despoblando el Este después de ganar la guerra.

Aunque se crio en la fe católica, asistió a una escuela católica y fue monaguillo, Hitler profesaba profundas convicciones que lo llevaban a rechazar gran parte del cristianismo. En privado, Hitler supuestamente realizó contribuciones económicas a la Iglesia Católica, a pesar de negarse a asistir a misa o recibir los sacramentos. Sin embargo, se quejaba de que el cristianismo era «una conspiración judía para socavar los ideales heroicos del Imperio Romano, dominado por los arios». Según esta lógica, Jesucristo era judío.

El antisemitismo de Hitler, que lo impulsó a aplicar la "Solución Final" para exterminar a la población judía de Europa, significaba que habría continuado con el Holocausto incluso si hubiera ganado la guerra. Como parte del Generalplan Ost, el plan de política exterior de Hitler, la Alemania nazi pretendía despoblar los territorios conquistados al este de Alemania, masacrando a sus "enemigos" religiosos, como los judíos, mediante asesinatos en masa.

El plan , desarrollado en 1941 y basado en el libro Mein Kampf de Hitler, consistía en excluir a los indeseables por motivos religiosos y étnicos mediante la construcción de una frontera fortificada que se extendería desde el Ártico hasta las montañas del Cáucaso.



El ataque contra el cristianismo ayudaría a Hitler a conquistar el mundo.

Tras la caída de la Alemania nazi y durante los Juicios de Núremberg, los investigadores descubrieron los planes de Hitler para la posguerra, con el objetivo de destruir el cristianismo alemán. El informe de 108 páginas, elaborado por los investigadores y titulado «La persecución de las iglesias cristianas», afirma que atacar al cristianismo era «parte integral del plan nacionalsocialista de conquista mundial».

Según los investigadores, para Hitler la conquista incluía una "política interna que implicaba la completa sumisión de la Iglesia al Estado". En la década de 1930, la Alemania nazi tomó el control de las ramas regionales de la iglesia protestante más grande, entregándolas a agencias gubernamentales. Una iglesia estatal servía a los intereses del partido de Hitler, al igual que la alianza con la Iglesia Católica Romana en 1933.

Este concordato exigía a la Iglesia que "el clero se comprometiera a jurar lealtad al gobierno del Reich y [prometiera] que la instrucción religiosa católica haría hincapié en los deberes patrióticos del ciudadano cristiano".


Hitler planeaba reemplazar el cristianismo con el nazismo.

Según el historiador Richard Weikart, Hitler finalmente quiso reemplazar el cristianismo con el nazismo. La enorme maquinaria propagandística del Tercer Reich se apropió de símbolos religiosos para construir una nueva fe en torno a Hitler y el nazismo. Hitler creía que una religión centrada en un judío de Oriente Medio no satisfacía las necesidades del Tercer Reich.

Sin embargo, mientras consolidaba su poder, Hitler promovió una fusión de nazismo y cristianismo conocida como el movimiento "cristiano alemán". En 1934, Gerhard Hahn, defensor del cristianismo alemán, declaró que ambos símbolos debían coexistir.

En La Cruz de Cristo y la Esvástica, Hahn argumentó: «La Iglesia y el pueblo deben permanecer juntos inseparablemente en la alegría y el dolor, en la muerte y la necesidad. La cruz de Cristo y la esvástica deben y tienen que permanecer juntas».

Como argumentó Weikart, la propaganda nazi presentaba a Hitler como un mesías, un salvador bendecido por Dios y con una misión divina para liberar a Alemania. Hanns Kerrl, nombrado por Hitler ministro de Asuntos Eclesiásticos, se refirió públicamente al dictador como "el Jesucristo de Alemania".



Como primer paso, Hitler sustituyó los crucifijos de las escuelas católicas por su retrato.

Hitler exigía lealtad a las organizaciones religiosas. Cuando los Testigos de Jehová se negaron a hacer el saludo nazi, Hitler envió a la mayoría a campos de concentración. También utilizó la amenaza de la deshonra pública para silenciar la oposición católica. Ordenó a las escuelas católicas que retiraran sus crucifijos y los sustituyeran por retratos suyos. Un vicario católico declaró: «Todo ataque contra el crucifijo, símbolo de nuestra salvación, es un ataque contra el cristianismo».

Hitler rechazaba cualquier disidencia de las religiones organizadas; consideraba un ataque a su plan un acto de traición. En consecuencia, cuando los católicos de Oldenburg y Prusia Oriental protestaron en 1936 y 1937, Hitler declaró que todas las escuelas debían convertirse en "escuelas comunitarias alemanas", aniquilando así la educación religiosa. El dictador exigió que se sustituyeran las imágenes del héroe alemán y líder de la Reforma, Martín Lutero, por retratos suyos. Con estas imposiciones, los protestantes prácticamente se vieron obligados a rendir culto a Hitler.


Las acciones de Hitler dividieron a los fieles en dos categorías: seguidores y enemigos.

Para evitar castigos severos, los líderes religiosos tuvieron que aceptar los objetivos de Hitler. Los nazis arrestaron a sacerdotes que rezaban por el pueblo judío y los enviaron a campos de concentración. Cuando Hitler firmó un concordato con la Iglesia Católica en 1933, exigió un juramento de lealtad.

Las acciones de Hitler dividieron a los fieles religiosos entre seguidores y enemigos. Algunos optaron por apoyar a Hitler; por ejemplo, los llamados "sacerdotes marrones", que actuaron como instrumentos de la maquinaria propagandística nazi. Quienes se resistieron terminaron en el "bloque de sacerdotes "del campo de concentración de Dachau.

En 1941, el secretario privado de Hitler, Martin Bormann, emitió un decreto secreto para destruir las iglesias. Escribió:

Cada vez más, es necesario separar a la gente de las iglesias y sus órganos, los pastores... Así como el Estado elimina y suprime las influencias nocivas de astrólogos, videntes y otros impostores, también debe eliminarse por completo la posibilidad de influencia de la iglesia.

Para los nazis, la Iglesia representaba una amenaza para el poder estatal. Por lo tanto, los nazis debían controlar o eliminar la religión organizada.


Las políticas de Hitler hacia los Testigos de Jehová serían un modelo para los disidentes religiosos.

Hitler no toleraba que los religiosos desafiaran su régimen. La Alemania nazi persiguió a los Testigos de Jehová , cuyas creencias religiosas les impedían jurar lealtad al poder secular. Además, muchos Testigos de Jehová alemanes se negaron a realizar el saludo nazi o a someterse al servicio militar obligatorio.

En 1933, Hitler prohibió a los Testigos de Jehová, lo que les impidió acceder a empleos públicos y prestaciones estatales. Solo podían recuperar sus derechos renunciando a su fe.

En 1938, los nazis encarcelaron a miles de testigos de Jehová, quienes debían llevar un triángulo morado para identificar su "delito". Para 1945, dos de cada tres testigos de Jehová alemanes encarcelados se encontraban en campos de concentración. Por consiguiente, la implacable persecución de Hitler contra los testigos de Jehová, con el pretexto de su deslealtad, probablemente sirvió de modelo para la forma en que una Alemania nazi victoriosa habría gobernado a los disidentes religiosos en toda Europa.

Traducido del original:

https://www.ranker.com/list/hitlers-plans-for-religion/genevieve-carlton

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Las iglesias Alemanas y el estado Nazi


La población de Alemania en 1933 rondaba los 60 millones. Casi todos los alemanes eran cristianos, ya sea católicos romanos (aproximadamente 20 millones) o protestantes (aproximadamente 40 millones). La comunidad judía de Alemania en 1933 era inferior al 1% de la población total del país.

¿De qué modo los cristianos y sus iglesias en Alemania reaccionaron al régimen nazi y a sus leyes, especialmente a la persecución de judíos? La ideología nazi que discriminaba a la raza judía convergió con el antisemitismo que estaba generalizado en toda Europa en ese momento y estaba profundamente arraigado en la historia cristiana. Para demasiados cristianos, las interpretaciones tradicionales de las escrituras religiosas parecían respaldar estos prejuicios.

Las actitudes y acciones de católicos y protestantes alemanes durante la era nazi estaban moldeadas no solo por sus creencias religiosas sino también por otros factores, a saber:

Repercusión negativa contra la República de Weimar y los cambios políticos, económicos y sociales que ocurrieron en Alemania durante la década de 1920;

Anticomunismo;

Nacionalismo; y

Resentimiento hacia la comunidad internacional después de la Primera Guerra Mundial, que Alemania perdió y por la cual fue forzada a pagar cuantiosas compensaciones.


Estos fueron algunos de los motivos por los cuales la mayoría de los cristianos de Alemania acogieron el surgimiento del nazismo en 1933. También fueron persuadidos por la declaración sobre “cristianismo positivo” mencionada en el Artículo 24 de la Plataforma del Partido Nazi de 1920, en la que se leía:

"Exigimos la libertad de todos los credos religiosos en el estado, en tanto que no pongan en peligro la existencia del estado ni entren en conflicto con la cultura y las creencias morales de la raza germánica. El Partido como tal se atiene al punto de vista de un cristianismo positivo sin atarse confesionalmente a ningún credo en particular. Combate el espíritu materialista judío a nivel nacional e internacional y está convencido de que la recuperación permanente de nuestro pueblo solo podrá lograrse desde las bases del bien común antepuesto al bien individual".

A pesar del manifiesto antisemitismo de esta declaración y de su vinculación entre una "libertad" religiosa y una comprensión nacionalista y discriminatoria de la moral, muchos cristianos de Alemania interpretaron esto como una afirmación de los valores cristianos.



Iglesias Protestantes en la Alemania Nazi

La mayor iglesia protestante en Alemania en la década de 1930 era la Iglesia Evangélica, compuesta por 28 iglesias regionales o Landeskirchen que incluían las tres tradiciones teológicas más importantes que habían surgido a partir de la Reforma: la luterana, la reformada y la unida. La mayoría de los 40 millones de protestantes eran miembros de esta iglesia, si bien existían las llamadas iglesias protestantes "libres" menores, como la metodista y la bautista.

Históricamente la iglesia Evangélica alemana se consideraba uno de los pilares de la cultura y la sociedad alemanas, con una tradición teológica de lealtad al estado. Durante la década de 1920, surgió un movimiento dentro de la Iglesia Evangélica Alemana llamado Deutsche Christen o "cristianos alemanes". Los "cristianos alemanes" abrazaron muchos de los aspectos raciales y nacionalistas de la ideología nazi. Cuando los nazis llegaron al poder, este grupo procuró crear una "iglesia del Reich" nacional y propugnó una versión "nazificada" del cristianismo.

Bekennende Kirche, la "Iglesia Confesionista", surgió en oposición a los “cristianos alemanes”. Su documento fundacional, la Profesión de Fe de Barmen, declaraba que la iglesia debía fidelidad a Dios y a las escrituras, no a un Führer terrenal. Tanto la Iglesia Confesionista como los "cristianos alemanes" siguieron formando parte de la Iglesia Evangélica Alemana, y el resultado fue una Kirchenkampf, o "lucha religiosa" dentro del protestantismo alemán: un debate y una lucha constantes por el control entre los que buscaban una iglesia "nazificada", los que se oponían y los denominados líderes eclesiásticos "neutrales" cuya prioridad era evitar el cisma religioso y cualquier tipo de conflicto con el estado nazi.

Los integrantes más famosos de la Iglesia Confesionista fueron el teólogo Dietrich Bonhoeffer, ejecutado por participar en la conspiración para derrocar al régimen, y el pastor Martin Niemöller, que pasó siete años en campos de concentración debido a sus críticas contra Hitler. Sin embargo, estos clérigos no fueron representativos de la Iglesia Confesionista; a pesar de sus ejemplos, la Kirchenkampf protestante fue principalmente un asunto interno de la iglesia, no una lucha contra el nacionalsocialismo. Incluso en la Iglesia Confesionista, a la mayoría de los líderes religiosos les preocupaba principalmente bloquear la interferencia estatal e ideológica en los asuntos de la iglesia. No obstante, de hecho hubo miembros del clero y laicos que se opusieron al régimen y lo resistieron, incluso hubo quienes ayudaron a los judíos y los ocultaron.



La Iglesia Católica Romana en la Alemania Nazi

La Iglesia Católica no se dividió entre facciones ideológicas diferentes tan drásticamente como la Iglesia Protestante, y nunca sufrió una Kirchenkampf interna entre esas partes. Desde un principio, los líderes católicos fueron más recelosos del nacionalsocialismo que los protestantes. El nacionalismo no estaba tan profundamente arraigado en la Iglesia Católica alemana, y el anticatolicismo exacerbado de figuras tales como Alfred Rosenberg, un destacado ideólogo nazi durante el ascenso nazi al poder, planteó un problema entre los líderes católicos de Alemania y el Vaticano. Además, el partido Centro Católico había sido un aliado clave del gobierno de la coalición en la República de Weimar durante la década de 1920 y estaba alineado tanto con los socialdemócratas como con el Partido Demócrata alemán izquierdista, enfrentándolo políticamente contra los partidos de derecha como los nazis.

De hecho, antes de 1933, algunos obispos les prohibieron a los católicos de sus diócesis que se afiliaran al partido nazi. Esta prohibición quedó sin efecto después del discurso de Hitler del 23 de mayo de 1933 ante el Reichstag, en el que describía al Cristianismo como el “cimiento” de los valores alemanes. El partido Centro se disolvió en 1933 como parte de la firma de un concordato entre el Vaticano y representantes del gobierno nazi, y varios de sus líderes fueron asesinados en la purga de Röhm en julio de 1934.


Resumen

En ambas iglesias alemanas había miembros, incluidos clérigos y destacados teólogos, que abiertamente apoyaban al régimen nazi. Con el tiempo se desarrollaron sentimientos antinazis tanto en los círculos protestantes como en los católicos a medida que el régimen nazi ejercía cada vez más presión sobre ellos. A su vez, el régimen nazi vio posibilidades de disenso en las críticas de la iglesia a las medidas estatales. Por ejemplo, cuando se leyó una declaración protestante desde los púlpitos de las iglesias confesionistas en marzo de 1935, las autoridades nazis reaccionaron enérgicamente arrestando por poco tiempo a más de 700 pastores. Después de que la encíclica papal de 1937, Mit brennender Sorge ("Con viva preocupación"), se leyera desde los púlpitos católicos, la Gestapo confiscó copias de oficinas diocesanas en todo el país.

La estrategia general de los líderes protestantes y católicos de Alemania fue la precaución con respecto a la protesta y la transigencia con el estado nazi dentro de lo posible. En ambas iglesias hubo críticas internas acerca de la ideología discriminatoria nazi y las nociones de "arianismo", y surgieron movimientos en ambas iglesias para defender a sus miembros considerados "no arios" por las leyes raciales nazis (por ejemplo, los judíos conversos). Sin embargo, durante todo este período, casi no hubo oposición pública al antisemitismo ni voluntad por parte de los líderes eclesiásticos de oponerse públicamente al régimen contra los asuntos de antisemitismo y la violencia oficialmente avalada contra los judíos. Hubo católicos y protestantes que individualmente alzaron la voz a favor de los judíos, y pequeños grupos dentro de ambas iglesias que se involucraron en actividades de rescate y resistencia (por ejemplo, la Rosa Blanca y Herman Maas).

Después de 1945, el silencio de los líderes eclesiásticos y la complicidad generalizada de los "cristianos comunes" obligaron a los líderes de ambas iglesias a abordar los problemas de culpabilidad y complicidad durante el Holocausto-un proceso que continúa a nivel internacional hasta nuestros días.

Fuente:

https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/the-german-churches-and-the-nazi-state



                          

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