Por qué es prácticamente seguro que Dios no existe
La selección natural no es sólo una alternativa al
azar. Es la mejor alternativa jamás sugerida. El diseño es una explicación
viable para la complejidad organizada solo a corto plazo.
By Richard Dawkins,
Contributor, Biologist and writer
Updated
Dec. 6, 2017
Estados Unidos, país que fue fundado en el laicismo
como faro de
«Por lo tanto, no es exagerado afirmar que si la ciudad de Nueva York fuera súbitamente reemplazada por una bola de fuego, un porcentaje significativo de la población estadounidense vería un halo de esperanza en el subsiguiente hongo nuclear, pues sugeriría que iba a suceder lo mejor que jamás pudiera ocurrir: el regreso de Cristo. Imagínense las consecuencias si una parte significativa del gobierno de Estados Unidos realmente pensara que el mundo está a punto de acabarse y que el fin va a ser glorioso. El hecho de que casi la mitad de la población estadounidense aparentemente se lo cree, basándose simplemente en el dogma religioso, debería considerarse una emergencia moral e intelectual».
¿Comprueba el presidente de la nación diariamente el índice de
ascensiones, como hacía Reagan con el horóscopo? No lo sabemos, pero ¿acaso alguien
se sorprendería?
Mis colegas científicos tienen razones añadidas
para declarar una emergencia. Los ataques a la investigación sobre células
madre, ignorantes y absolutistas, no son más que la punta del iceberg. Estamos
ante nada menos que un ataque global a la racionalidad y a los valores de
Los científicos se dividen en dos campos según lo
que consideran la mejor estrategia para enfrentarse a la amenaza. La corriente
de opinión de Neville Chamberlain, propiciadora del apaciguamiento, se centra
en la batalla de la evolución. En consecuencia, sus miembros identifican al
fundamentalismo como el enemigo y hacen ingentes esfuerzos por apaciguar la
religión «moderada» o «sensata» (lo cual no es una tarea difícil, pues los
obispos y los teólogos desprecian a los fundamentalistas tanto como los
científicos). En cambio, los científicos de la corriente de Winston Churchill,
consideran que la lucha por la evolución no es más que una batalla en una
guerra más amplia: una guerra que se avecina entre el sobrenaturalismo por un
lado y la racionalidad por otra. Para ellos, los obispos y los teólogos están,
junto con los fundamentalistas, en el bando de lo sobrenatural, y no es
cuestión de apaciguarlos.
La escuela de Chamberlain acusa a los churchilianos
de sacudir el bote hasta el extremo de enturbiar las aguas. El filósofo de la
ciencia Michael Ruse escribió:
«Nosotros, que amamos la ciencia, tenemos que darnos cuenta de que el enemigo de nuestros enemigos es nuestro amigo. Es demasiado frecuente que los evolucionistas dediquen tiempo a insultar a quienes podrían ser sus aliados. Esto vale sobre todo para los evolucionistas laicos. Los ateos pasan más tiempo atacando a cristianos bien dispuestos que enfrentándose a los creacionistas. Cuando Juan Pablo II escribió una encíclica en la que aprobaba el darwinismo, la respuesta de Richard Dawkins se redujo a acusarle de hipocresía, a decir que era imposible que fuera sincero al referirse a la ciencia, y Dawkins afirmó que él prefería a un fundamentalista honrado».
Un reciente artículo de Cornelia Dean publicado en
el New York Times cita al astrónomo Own Gingerich cuando dice que, al propugnar
simultáneamente la evolución y el ateísmo, «el Dr. Dawkins probablemente está
consiguiendo lograr más adeptos al diseño inteligente que cualquiera de los
principales teóricos del diseño inteligente».
No es la primera, no es la segunda, no es ni
siquiera la tercera vez que se hace esta observación absolutamente estúpida.
Los chamberlainitas suelen citar el principio del
difunto Stephen Jay Gould: NOMA, non-overlapping magisteria, «magisterios que
no se superponen». Gould sostenía que la ciencia y la auténtica religión nunca
entran en conflicto porque habitan dimensiones del discurso totalmente
separadas:
«Se lo digo a todos mis colegas, y lo repito por enésima vez (tanto en reuniones estudiantiles como en tratados eruditos): sencillamente, la ciencia no puede zanjar con sus métodos legítimos la cuestión de la posible supervisión de la naturaleza por parte de Dios. Ni lo afirmamos ni lo negamos; sencillamente, no podemos pronunciarnos sobre ello como científicos».
Suena estupendamente, hasta que uno se para a
pensar un momento sobre ello. Entonces, se da cuenta de que la presencia de una
deidad creadora en el universo es claramente una hipótesis científica. De
hecho, es difícil imaginarse, en toda la ciencia, una hipótesis más trascendental.
Un universo con un dios sería un tipo de universo totalmente diferente de un
universo sin dios, y la diferencia sería científica. Dios podría resolver el
asunto a su favor en cualquier momento montando una demostración espectacular
de sus poderes, algo que pudiera satisfacer incluso los exigentes estándares de
la ciencia. Incluso
Para apreciar la hipocresía de las personas
creyentes que aceptan el principio NOMA, imagínense que unos arqueólogos
forenses descubrieran, por casualidad, unas pruebas basadas en el ADN que
demostraran que Jesús nació de una madre virgen y que no tenía padre. Si los
entusiastas del NOMA fueran sinceros, deberían rechazar el ADN del arqueólogo
sin dudarlo: «Es irrelevante. Las pruebas científicas no tienen ninguna
relación con las cuestiones teológicas. Magisterio equivocado». ¿Acaso alguien
se cree, de verdad, que iban a decir algo de ese estilo? Podemos apostarnos lo
que sea a que no sólo los fundamentalistas, sino todos los profesores de
teología y todos los obispos del país proclamarían a los cuatro vientos la
evidencia arqueológica.
O bien Jesús tenía padre o no lo tenía. La cuestión
es una cuestión científica, y se usarían pruebas científicas, de haberlas, para
zanjarla. Lo mismo vale para cualquier milagro; y la creación deliberada e
intencionada del universo tendría que haber sido la madre y el padre de todos
los milagros. O bien ocurrió o bien no ocurrió. Se trata de un hecho, así o
asá, y en nuestro estado de incertidumbre le podemos asignar una probabilidad;
una estimación que puede ir variando a medida que se acumula más información.
La mejor estimación, por parte de la humanidad, de la probabilidad de la
creación divina se redujo considerablemente en 1859 con la publicación de El
origen de las especies, y a lo largo de las décadas subsiguientes ha seguido
reduciéndose, mientras la evolución se consolidaba en el siglo XIX como teoría
plausible, hasta llegar a convertirse, en la actualidad, en un hecho demostrado.
La táctica de los chamberlainitas de ponerse a
buenas con la religión «razonable», a fin de presentar un frente unido frente a
los creacionistas («diseño inteligente»), no es mala si nuestra preocupación
central es la batalla por la evolución. Se trata de una preocupación válida y
aplaudo a quienes la defienden, como Eugenie Scott en Evolución frente a
Creacionismo [Evolution versus Creationism]. Pero si nos preocupa la formidable
cuestión científica de si el universo fue o no creado por una inteligencia
sobrenatural, entonces las líneas divisorias pasan por otro sitio. Tratándose
de esta cuestión más amplia, los fundamentalistas están en el mismo bando que
la religión «moderada» y yo me encuentro en el bando opuesto.
Por supuesto, se está presuponiendo que el Dios del
que hablamos es una inteligencia personal tal como Yavé, Alá, Baal, Odín, Zeus
o Krishna. Si por «Dios» entendemos amor, naturaleza, bondad, el universo, las
leyes de la física, el espíritu de la humanidad o la constante de Planck, todo
lo anterior carece de sentido. Una estudiante estadounidense preguntó a su
profesor si tenía alguna opinión sobre mí. «Claro que sí», le respondió aquél.
«Está absolutamente convencido de que la ciencia es incompatible con la
religión, pero se extasía con la naturaleza y el universo. Para mí, ¡eso es
religión!». En efecto, si eso es lo que se entiende por religión, muy bien,
entonces soy un hombre religioso. Pero si tu Dios es un ser que diseña
universos, escucha plegarias, perdona pecados, hace milagros, lee tus
pensamientos, se preocupa por tu bienestar y te resucita de los muertos,
entonces no es probable que te sientas satisfecho. Como dijo el célebre físico
estadounidense Steven Weinberg, «Si quieres decir que “Dios es energía”
entonces puedes encontrar a Dios en un pedazo de carbón». Pero no cuentes con
que vas a llenar tu iglesia de fieles.
Cuando Einstein dijo «¿Tenía Dios una opción cuando
creó el universo?», lo que quería decir es «El universo, ¿se podría haber
iniciado de más de una manera?». «Dios no juega a los dados» fue una expresión
poética de Einstein para mostrar su duda sobre el principio de indeterminación
de Heisenberg. Es sabido que Einstein se molestó cuando los teístas
interpretaron esta afirmación como creencia en un Dios personal. Pero, ¿qué
esperaba? Debía haber sido palpable para él el ansia de malentendidos. Los
físicos «religiosos» normalmente resulta que lo son sólo en el sentido
einsteiniano: son ateos con un temperamento poético. También yo lo soy. Sin
embargo, dado este anhelo de malentendidos, tan extendido, el confundir
deliberadamente el panteísmo einsteiniano con la religión sobrenatural es un
acto intelectual de alta traición.
Si aceptamos pues que la hipótesis de Dios es una
hipótesis científica propiamente dicha, a cuya verdad o falsedad no tenemos
acceso simplemente por falta de pruebas, ¿cuál debería ser nuestra mejor
estimación de la probabilidad de que Dios existe, dadas las pruebas de las que
disponemos en estos momentos? En mi opinión, la probabilidad es bastante reducida,
y a continuación explico por qué.
En primer lugar, la mayoría de los argumentos
tradicionales a favor de la existencia de Dios, desde Tomás de Aquino, son
fáciles de desmontar. Varios de ellos, por ejemplo el argumento de la primera
causa, se basan en una regresión infinita que llega a su fin con Dios. Pero
nadie nos explica por qué Dios, misteriosamente, es capaz de poner fin a las
regresiones infinitas sin requerir él mismo una explicación. Ciertamente,
necesitamos algún tipo de explicación para el origen de todas las cosas. Los
físicos y los cosmólogos se dedican a esta ardua labor. Pero cualquiera que sea
la respuesta (una fluctuación cuántica aleatoria, o una singularidad
Hawking/Penrose o como quiera que acabemos llamándola), será simple. Por definición,
las cosas complejas, estadísticamente improbables, no ocurren así sin más;
necesitan ser explicadas. No son capaces de poner fin a las regresiones
infinitas, a diferencia de lo que ocurre con las cosas simples. La primera
causa no puede haber sido una inteligencia, por no hablar de una inteligencia
que responde a plegarias y le gusta ser adorada. Las cosas inteligentes,
creativas, complejas, estadísticamente improbables aparecen tardíamente en el
universo, como producto de la evolución o de algún otro proceso de escalada
gradual a partir de un principio simple. Aparecen tardíamente en el universo y
por tanto no pueden ser responsables de su diseño.
Otro de los esfuerzos de Tomás de Aquino, la vía de
los grados de perfección, merece la pena ser expuesto con detalle, pues es un
típico ejemplo de la debilidad del razonamiento teológico. Tomás de Aquino dijo
que nosotros percibimos grados, pongamos por caso, de bondad o temperatura, y
los medimos por referencia a un máximo:
«Ahora bien, el máximo de cualquier género es la causa de todo en dicho género; así el fuego, que es el máximo del calor, es la causa de todas las cosas calientes... Por tanto, debe existir algo que sea para todos los seres la causa de su ser, bondad, y cualquier otra perfección; y eso es lo que llamamos Dios».
¿Eso se considera un argumento? Por la misma razón
podríamos decir que la gente varía en cuanto a su olor, pero que sólo podemos
juzgarlos por referencia a un máximo perfecto de olor concebible. Por tanto,
debe existir un ser oloroso preeminente sin parangón, y lo llamamos Dios. Se
puede utilizar cualquier otra dimensión comparativa que se desee, para derivar
una conclusión igualmente fatua. A eso lo llaman teología.
El único de los argumentos tradicionales a favor de
Dios que se emplea ampliamente en la actualidad es el argumento teleológico,
llamado a veces «argumento del diseño», si bien (dado que el nombre da por
sentada la cuestión de su validez) debería llamarse más bien «argumento a favor
del diseño». Se trata del familiar argumento «del relojero», que sin duda es
uno de los malos argumentos más superficialmente plausibles jamás descubiertos;
y que casi todo el mundo redescubre hasta que se les hace ver la falacia lógica
y la brillante alternativa de Darwin.
En el mundo familiar de los artefactos humanos, las
cosas complicadas que tienen apariencia de haber sido diseñadas han sido
diseñadas. Para un observador ingenuo, parece deducirse que las cosas del mundo
natural de similar complejidad que parecen diseñadas, como los ojos o los
corazones, también han sido diseñadas. No se trata solamente de un argumento
por analogía. Aquí hay una apariencia de razonamiento estadístico; es falaz,
pero comporta una ilusión de plausibilidad. Si barajamos un millón de veces al
azar los fragmentos de un ojo o de una pierna o de un corazón, ya tendríamos
suerte e dar con una sola combinación capaz de ver, caminar o bombear. Esto
demuestra que estos dispositivos no podrían haberse constituido al azar. Y por
supuesto que ningún científico razonable dijo jamás que así fuera.
Lamentablemente, la educación científica de la mayoría de los estudiantes
británicos y estadounidenses omite toda mención de Darwin, y por tanto la única
alternativa al azar que la mayoría de las personas pueden imaginar es el diseño.
Incluso antes de la época de Darwin, la falta de
lógica saltaba a la vista: ¿cómo podría haber sido jamás una buena idea
postular, como explicación para la existencia de cosas improbables, a un
diseñador que tendría que ser más improbable aún? Todo el argumento cae
lógicamente por su base, como ya se dio cuenta Hume antes del nacimiento de
Darwin. Lo que no conocía Hume es la alternativa de suprema elegancia que
Darwin propondría, alternativa tanto al azar como al diseño. La selección
natural es tan deslumbrantemente poderosa y elegante que no sólo explica la
totalidad de la vida, sino que eleva nuestra conciencia y da una espaldarazo a
nuestra confianza en la capacidad de la ciencia para explicar todo lo demás.
La selección natural es más que una mera
alternativa al azar; es la única alternativa definitiva jamás planteada. El
diseño sólo es una explicación factible de la complejidad organizada a corto
plazo. No es una explicación final, pues los propios diseñadores requieren una
explicación. Si, como una vez especularon Francis Crick y Leslie Orgel medio en
broma, la vida fue sembrada deliberadamente en nuestro planeta por un
cargamento de bacterias que venía en la ojiva de un cohete, habrá que hallar
una explicación para los alienígenas inteligentes que lanzaron el cohete. En
última instancia, tienen que haber evolucionado de forma gradual a partir de
inicios más simples. Solamente la evolución, o algún tipo de «grúa»
gradualista, para emplear el ingenioso término de Daniel C. Dennett, es capaz
de poner fin a la regresión. La selección natural es un proceso anti-aleatorio
que va construyendo gradualmente la complejidad, paso a paso. El producto final
de este efecto cremallera es un ojo, o un corazón, o un cerebro; un dispositivo
cuya complejidad es absolutamente desconcertante hasta que divisamos la suave
rampa por la que se llega a él.
Esté, o no, en lo cierto en cuanto a mi conjetura
de que la evolución es la única explicación para la vida en el universo, de lo
que no cabe duda es de que es la explicación de la vida en este planeta. La
evolución es un hecho, y está entre los hechos más fehacientes que conoce la
ciencia. Pero tuvo que empezar de alguna manera. La selección natural no puede
obrar sus milagros hasta que no se den ciertas condiciones mínimas, de las
cuales la más importante es un sistema de duplicación fiable; el ADN o algo que
funcione como el ADN.
El origen de la vida en nuestro planeta, es decir,
el origen de la primera molécula capaz de autorreproducirse, es difícil de
estudiar, pues (probablemente) sólo sucedió una vez, hace 4 mil millones de
años en condiciones muy distintas de las que ahora prevalecen. Tal vez nunca
lleguemos a saber cómo ocurrió. A diferencia de los sucesos evolutivos que le
siguieron, debe haber sido un suceso auténticamente improbable; demasiado
improbable, quizás, como para que los químicos lo reproduzcan en el laboratorio
o desarrollen siquiera una teoría plausible de lo que ocurrió. Esta conclusión
tan extrañamente paradójica, el que una explicación química del origen de la
vida, para ser plausible, tiene que ser inverosímil, sería la conclusión
correcta si la vida en el universo fuera extremadamente rara. Y de hecho nunca
nos hemos topado con ningún atisbo de vida extraterrestre, ni siquiera por
radio; circunstancia que dio lugar a la exclamación de Enrico Fermi: «¿Dónde
están todos?».
Supongamos que el origen de la vida en un planeta
tuvo lugar por un golpe de suerte sumamente improbable, tan improbable que
únicamente sucede en un planeta por cada mil millones de planetas.
Si partiéramos en una nave espacial para encontrar
el planeta de la galaxia que alberga vida, las probabilidades en contra de
hallarlo serían tan altas que en la práctica sería una tarea imposible. Pero si
estamos vivos (y es patente que lo estamos si estamos a punto de embarcar en
una nave espacial) no tenemos que molestarnos en buscar ese único planeta
puesto que, por definición, nos encontramos en él. El principio antrópico es
realmente bastante elegante. Por cierto, yo en realidad no creo que el origen
de la vida fuera tan improbable. Creo que la galaxia tiene muchas islas de vida
diseminadas por ahí, aunque esas islas estén demasiado apartadas unas de otras
para que podamos concebir esperanzas de encontrarnos con una de ellas. A lo que
quiero llegar es simplemente que, dado el número de planetas en el universo, el
origen de la vida podría ser, en teoría, un golpe de suerte equivalente al de
un golfista con los ojos vendados que metiera la bola en uno. La belleza del
principio antrópico es que, incluso con estas pasmosas probabilidades en
nuestra contra, nos da una explicación perfectamente satisfactoria de la
presencia de la vida en nuestro propio planeta.
El principio antrópico se suele aplicar no a
planetas, sino a universos. Los físicos han sugerido que las leyes y constantes
de la física son demasiado buenas, como si el universo estuviera montado para
favorecer nuestra eventual evolución. Es como si hubiera, digamos, media docena
de diales que representan las principales constantes de la física. En
principio, cada uno de los diales se puede ajustar a un valor determinado de
una amplia gama de valores. Jugueteando al azar con estos diales, casi
cualquier combinación daría lugar a un universo en el que la vida sería
imposible. Algunos universos se esfumarían en el primer microsegundo. Otros no
contendrían ningún elemento de mayor peso que el hidrógeno y el helio. Y en
otros, la materia nunca se condensaría para formar estrellas (y se necesitan
estrellas para que surjan los elementos químicos y con ellos la vida). Se puede
hacer una estimación de las probabilidades, muy bajas, de que los seis diales
están bien ajustados, y concluir que debe haber intervenido un sintonizador
divino. Pero como ya hemos visto, esta explicación es vacua porque da por
sentada la cuestión más fundamental de todas. El divino sintonizador tendría
que ser, por su parte, al menos tan improbable como el ajuste de sus diales.
Una vez más, el principio antrópico brinda una
solución de una elegancia abrumadora. Los físicos tiene ya razones para
sospechar que nuestro universo, todo lo que vemos, es sólo un universo entre
tal vez miles de millones. Algunos teóricos postulan un multiverso de espuma,
en donde el universo que conocemos no es más que una burbuja. Cada burbuja
tiene sus propias leyes y constantes. Las leyes de la física que nos resultan
familiares son unas leyes provincianas. De todos los universos en la espuma,
sólo una minoría posee lo que se necesita para generar vida. Y, con una visión
antrópica a posteriori, es obvio que tenemos que encontrarnos en un miembro de
esta minoría, pues aquí estamos, ¿no? Como han dicho los físicos, no es ningún
accidente que veamos estrellas en el cielo, pues un universo sin estrella
carecería de los elementos químicos necesarios para la vida. Es posible que
existan universos en cuyos cielos no haya estrellas; pero estos universos
carecen de habitantes que las echen en falta. Análogamente, no es ningún
accidente que veamos una gran diversidad de especies vivas: pues un proceso
evolutivo que es capaz de dar lugar a una especie que ve cosas y reflexiona
sobre ellas necesariamente tiene que producir al mismo tiempo muchas otras
especies. La especie reflexiva debe estar rodeada de un ecosistema, igual que
debe estar rodeada de estrellas.
El principio antrópico nos permite postular una
buena dosis de suerte a la hora de explicar la existencia de vida en nuestro
planeta. Pero hay límites. Se nos permite un golpe de suerte para el origen de
la evolución, y quizás por unos cuantos sucesos únicos más, como el origen de
la célula eucariota y el origen de la conciencia. Pero con eso se acaba nuestro
derecho a postular la suerte a gran escala. Insisto en que no podemos invocar
grandes golpes de suerte que expliquen la ilusión de diseño que transmite cada
una de las mil millones de especies de seres vivos que han poblado
A diferencia de lo que a veces se afirma, la
evolución es una ciencia predictiva. Si se toma una especie hasta ahora no
estudiada y se la somete a un minucioso escrutinio, cualquier evolucionista
podrá predecir que cada individuo que se observe hará todo lo que esté en su
poder, a la manera propia de su especie (planta, herbívoro, carnívoro,
nectívoro o lo que sea) para sobrevivir y propagar el ADN que alberga. No
estaremos aquí el tiempo suficiente para poner a prueba la predicción, pero
podemos decir, con gran confianza, que si un cometa alcanza
Nosotros explicamos nuestra existencia combinando
el principio antrópico y el principio de selección natural de Darwin. Esta
combinación proporciona una explicación completa y profundamente satisfactoria
de todo lo que vemos y sabemos. La hipótesis divina no sólo es innecesaria. No
es en absoluto parsimoniosa. No solamente no necesitamos a Dios para explicar
el universo y la vida. Dios aparece en el universo como algo flagrantemente
superfluo. Por supuesto, no podemos demostrar la inexistencia de Dios, como
tampoco podemos demostrar la inexistencia de Thor, las hadas, los duendes y el
Monstruo Espagueti Volador. Pero, al igual que ocurre con esas otras fantasías
que no podemos desmentir, podemos decir que Dios es muy, muy improbable.
Traducido del original:
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De por qué Dios odia a los Ateos
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De por qué Dios odia a los Blasfemos
Ver: Lo Sobrenatural Hoy...
¿Está presente Dios en el Mundo Actual?
Ver: Curaciones milagrosas.
Punto de vista Ateo
Ver: La Probabilidad de Escuchar a Dios.
Las Comunicaciones Sobrenaturales Divinas.
Ver: Guía para el Cristiano novato que desea convertir Ateos en Creyentes
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Los 10 Mandamientos
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Oraciones Cristianas
Ver: ¿Nadie ha visto a Dios?
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