lunes, 4 de abril de 2022

Por qué es prácticamente seguro que Dios no existe

 



Por qué es prácticamente seguro que Dios no existe


La selección natural no es sólo una alternativa al azar. Es la mejor alternativa jamás sugerida. El diseño es una explicación viable para la complejidad organizada solo a corto plazo.

By Richard Dawkins, 

Contributor, Biologist and writer

Updated Dec. 6, 2017


Estados Unidos, país que fue fundado en el laicismo como faro de la Ilustración del siglo XVIII, se está convirtiendo en víctima de la política religiosa, una circunstancia que habría horrorizado a los fundadores de la nación. El poder político de hoy en día concede más valor a las células embrionarias que a las personas adultas. Se obsesiona con el matrimonio de homosexuales, en lugar de preocuparse por temas verdaderamente importantes que suponen una diferencia para el mundo. Obtiene un apoyo electoral crucial de unos ciudadanos religiosos con tan poco sentido de la realidad que creen que van a «ascender» al cielo, quedando sus vestimentas tan vacías como sus mentes. Otros especímenes más extremos anhelan una guerra mundial, que identifican con el Apocalipsis que presagia el Segundo Advenimiento. Sam Harris, en su nuevo y breve libro Carta a una nación cristiana [Letter to a Christian Nation] da en el clavo, como siempre:

«Por lo tanto, no es exagerado afirmar que si la ciudad de Nueva York fuera súbitamente reemplazada por una bola de fuego, un porcentaje significativo de la población estadounidense vería un halo de esperanza en el subsiguiente hongo nuclear, pues sugeriría que iba a suceder lo mejor que jamás pudiera ocurrir: el regreso de Cristo. Imagínense las consecuencias si una parte significativa del gobierno de Estados Unidos realmente pensara que el mundo está a punto de acabarse y que el fin va a ser glorioso. El hecho de que casi la mitad de la población estadounidense aparentemente se lo cree, basándose simplemente en el dogma religioso, debería considerarse una emergencia moral e intelectual».

 

¿Comprueba el presidente de la nación diariamente el índice de ascensiones, como hacía Reagan con el horóscopo? No lo sabemos, pero ¿acaso alguien se sorprendería?

Mis colegas científicos tienen razones añadidas para declarar una emergencia. Los ataques a la investigación sobre células madre, ignorantes y absolutistas, no son más que la punta del iceberg. Estamos ante nada menos que un ataque global a la racionalidad y a los valores de la Ilustración que inspiraron la creación de la primera y más grande de las repúblicas laicas. La educación científica, y con ella el futuro de la ciencia en este país, está amenazada. Derrotada provisionalmente en un juzgado de Pennsylvania, la «pasmosa estupidez» (frase inmortal del juez John Jones) del «diseño inteligente» sigue aflorando continuamente. Atajarla es una responsabilidad que nos lleva mucho tiempo pero que es importante, y los científicos están empezando a salir de su autocomplacencia. Durante años han seguido tranquilamente con su ciencia, subestimando de forma lamentable a los creacionistas que, sin aptitud ni interés por la ciencia, se han dedicado a la muy seria labor política de subvertir a las juntas escolares locales. Los científicos, y los intelectuales en general, están ahora tomando conciencia de esta amenaza que nos viene de los talibanes usamericanos.

Los científicos se dividen en dos campos según lo que consideran la mejor estrategia para enfrentarse a la amenaza. La corriente de opinión de Neville Chamberlain, propiciadora del apaciguamiento, se centra en la batalla de la evolución. En consecuencia, sus miembros identifican al fundamentalismo como el enemigo y hacen ingentes esfuerzos por apaciguar la religión «moderada» o «sensata» (lo cual no es una tarea difícil, pues los obispos y los teólogos desprecian a los fundamentalistas tanto como los científicos). En cambio, los científicos de la corriente de Winston Churchill, consideran que la lucha por la evolución no es más que una batalla en una guerra más amplia: una guerra que se avecina entre el sobrenaturalismo por un lado y la racionalidad por otra. Para ellos, los obispos y los teólogos están, junto con los fundamentalistas, en el bando de lo sobrenatural, y no es cuestión de apaciguarlos.



La escuela de Chamberlain acusa a los churchilianos de sacudir el bote hasta el extremo de enturbiar las aguas. El filósofo de la ciencia Michael Ruse escribió:

«Nosotros, que amamos la ciencia, tenemos que darnos cuenta de que el enemigo de nuestros enemigos es nuestro amigo. Es demasiado frecuente que los evolucionistas dediquen tiempo a insultar a quienes podrían ser sus aliados. Esto vale sobre todo para los evolucionistas laicos. Los ateos pasan más tiempo atacando a cristianos bien dispuestos que enfrentándose a los creacionistas. Cuando Juan Pablo II escribió una encíclica en la que aprobaba el darwinismo, la respuesta de Richard Dawkins se redujo a acusarle de hipocresía, a decir que era imposible que fuera sincero al referirse a la ciencia, y Dawkins afirmó que él prefería a un fundamentalista honrado».

 

Un reciente artículo de Cornelia Dean publicado en el New York Times cita al astrónomo Own Gingerich cuando dice que, al propugnar simultáneamente la evolución y el ateísmo, «el Dr. Dawkins probablemente está consiguiendo lograr más adeptos al diseño inteligente que cualquiera de los principales teóricos del diseño inteligente».

No es la primera, no es la segunda, no es ni siquiera la tercera vez que se hace esta observación absolutamente estúpida.

Los chamberlainitas suelen citar el principio del difunto Stephen Jay Gould: NOMA, non-overlapping magisteria, «magisterios que no se superponen». Gould sostenía que la ciencia y la auténtica religión nunca entran en conflicto porque habitan dimensiones del discurso totalmente separadas:

«Se lo digo a todos mis colegas, y lo repito por enésima vez (tanto en reuniones estudiantiles como en tratados eruditos): sencillamente, la ciencia no puede zanjar con sus métodos legítimos la cuestión de la posible supervisión de la naturaleza por parte de Dios. Ni lo afirmamos ni lo negamos; sencillamente, no podemos pronunciarnos sobre ello como científicos».

 

Suena estupendamente, hasta que uno se para a pensar un momento sobre ello. Entonces, se da cuenta de que la presencia de una deidad creadora en el universo es claramente una hipótesis científica. De hecho, es difícil imaginarse, en toda la ciencia, una hipótesis más trascendental. Un universo con un dios sería un tipo de universo totalmente diferente de un universo sin dios, y la diferencia sería científica. Dios podría resolver el asunto a su favor en cualquier momento montando una demostración espectacular de sus poderes, algo que pudiera satisfacer incluso los exigentes estándares de la ciencia. Incluso la Templeton Foundation, de triste fama, reconoció que Dios es una hipótesis científica: financiando ensayos con doble enmascaramiento para averiguar si las oraciones a distancia podían acelerar la recuperación de pacientes enfermos del corazón. Por supuesto, el resultado fue negativo, aunque un grupo de control que sabía que habían rezado por ellos más bien empeoró (¿qué tal si se entabla una demanda colectiva contra la Templeton Foundation?). A pesar de esfuerzos como éstos, que tanta financiación han recibido, no se han hallado aún pruebas de la existencia de Dios.

Para apreciar la hipocresía de las personas creyentes que aceptan el principio NOMA, imagínense que unos arqueólogos forenses descubrieran, por casualidad, unas pruebas basadas en el ADN que demostraran que Jesús nació de una madre virgen y que no tenía padre. Si los entusiastas del NOMA fueran sinceros, deberían rechazar el ADN del arqueólogo sin dudarlo: «Es irrelevante. Las pruebas científicas no tienen ninguna relación con las cuestiones teológicas. Magisterio equivocado». ¿Acaso alguien se cree, de verdad, que iban a decir algo de ese estilo? Podemos apostarnos lo que sea a que no sólo los fundamentalistas, sino todos los profesores de teología y todos los obispos del país proclamarían a los cuatro vientos la evidencia arqueológica.

O bien Jesús tenía padre o no lo tenía. La cuestión es una cuestión científica, y se usarían pruebas científicas, de haberlas, para zanjarla. Lo mismo vale para cualquier milagro; y la creación deliberada e intencionada del universo tendría que haber sido la madre y el padre de todos los milagros. O bien ocurrió o bien no ocurrió. Se trata de un hecho, así o asá, y en nuestro estado de incertidumbre le podemos asignar una probabilidad; una estimación que puede ir variando a medida que se acumula más información. La mejor estimación, por parte de la humanidad, de la probabilidad de la creación divina se redujo considerablemente en 1859 con la publicación de El origen de las especies, y a lo largo de las décadas subsiguientes ha seguido reduciéndose, mientras la evolución se consolidaba en el siglo XIX como teoría plausible, hasta llegar a convertirse, en la actualidad, en un hecho demostrado.

La táctica de los chamberlainitas de ponerse a buenas con la religión «razonable», a fin de presentar un frente unido frente a los creacionistas («diseño inteligente»), no es mala si nuestra preocupación central es la batalla por la evolución. Se trata de una preocupación válida y aplaudo a quienes la defienden, como Eugenie Scott en Evolución frente a Creacionismo [Evolution versus Creationism]. Pero si nos preocupa la formidable cuestión científica de si el universo fue o no creado por una inteligencia sobrenatural, entonces las líneas divisorias pasan por otro sitio. Tratándose de esta cuestión más amplia, los fundamentalistas están en el mismo bando que la religión «moderada» y yo me encuentro en el bando opuesto.

Por supuesto, se está presuponiendo que el Dios del que hablamos es una inteligencia personal tal como Yavé, Alá, Baal, Odín, Zeus o Krishna. Si por «Dios» entendemos amor, naturaleza, bondad, el universo, las leyes de la física, el espíritu de la humanidad o la constante de Planck, todo lo anterior carece de sentido. Una estudiante estadounidense preguntó a su profesor si tenía alguna opinión sobre mí. «Claro que sí», le respondió aquél. «Está absolutamente convencido de que la ciencia es incompatible con la religión, pero se extasía con la naturaleza y el universo. Para mí, ¡eso es religión!». En efecto, si eso es lo que se entiende por religión, muy bien, entonces soy un hombre religioso. Pero si tu Dios es un ser que diseña universos, escucha plegarias, perdona pecados, hace milagros, lee tus pensamientos, se preocupa por tu bienestar y te resucita de los muertos, entonces no es probable que te sientas satisfecho. Como dijo el célebre físico estadounidense Steven Weinberg, «Si quieres decir que “Dios es energía” entonces puedes encontrar a Dios en un pedazo de carbón». Pero no cuentes con que vas a llenar tu iglesia de fieles.

Cuando Einstein dijo «¿Tenía Dios una opción cuando creó el universo?», lo que quería decir es «El universo, ¿se podría haber iniciado de más de una manera?». «Dios no juega a los dados» fue una expresión poética de Einstein para mostrar su duda sobre el principio de indeterminación de Heisenberg. Es sabido que Einstein se molestó cuando los teístas interpretaron esta afirmación como creencia en un Dios personal. Pero, ¿qué esperaba? Debía haber sido palpable para él el ansia de malentendidos. Los físicos «religiosos» normalmente resulta que lo son sólo en el sentido einsteiniano: son ateos con un temperamento poético. También yo lo soy. Sin embargo, dado este anhelo de malentendidos, tan extendido, el confundir deliberadamente el panteísmo einsteiniano con la religión sobrenatural es un acto intelectual de alta traición.

Si aceptamos pues que la hipótesis de Dios es una hipótesis científica propiamente dicha, a cuya verdad o falsedad no tenemos acceso simplemente por falta de pruebas, ¿cuál debería ser nuestra mejor estimación de la probabilidad de que Dios existe, dadas las pruebas de las que disponemos en estos momentos? En mi opinión, la probabilidad es bastante reducida, y a continuación explico por qué.



En primer lugar, la mayoría de los argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios, desde Tomás de Aquino, son fáciles de desmontar. Varios de ellos, por ejemplo el argumento de la primera causa, se basan en una regresión infinita que llega a su fin con Dios. Pero nadie nos explica por qué Dios, misteriosamente, es capaz de poner fin a las regresiones infinitas sin requerir él mismo una explicación. Ciertamente, necesitamos algún tipo de explicación para el origen de todas las cosas. Los físicos y los cosmólogos se dedican a esta ardua labor. Pero cualquiera que sea la respuesta (una fluctuación cuántica aleatoria, o una singularidad Hawking/Penrose o como quiera que acabemos llamándola), será simple. Por definición, las cosas complejas, estadísticamente improbables, no ocurren así sin más; necesitan ser explicadas. No son capaces de poner fin a las regresiones infinitas, a diferencia de lo que ocurre con las cosas simples. La primera causa no puede haber sido una inteligencia, por no hablar de una inteligencia que responde a plegarias y le gusta ser adorada. Las cosas inteligentes, creativas, complejas, estadísticamente improbables aparecen tardíamente en el universo, como producto de la evolución o de algún otro proceso de escalada gradual a partir de un principio simple. Aparecen tardíamente en el universo y por tanto no pueden ser responsables de su diseño.

Otro de los esfuerzos de Tomás de Aquino, la vía de los grados de perfección, merece la pena ser expuesto con detalle, pues es un típico ejemplo de la debilidad del razonamiento teológico. Tomás de Aquino dijo que nosotros percibimos grados, pongamos por caso, de bondad o temperatura, y los medimos por referencia a un máximo:

«Ahora bien, el máximo de cualquier género es la causa de todo en dicho género; así el fuego, que es el máximo del calor, es la causa de todas las cosas calientes... Por tanto, debe existir algo que sea para todos los seres la causa de su ser, bondad, y cualquier otra perfección; y eso es lo que llamamos Dios».

 

¿Eso se considera un argumento? Por la misma razón podríamos decir que la gente varía en cuanto a su olor, pero que sólo podemos juzgarlos por referencia a un máximo perfecto de olor concebible. Por tanto, debe existir un ser oloroso preeminente sin parangón, y lo llamamos Dios. Se puede utilizar cualquier otra dimensión comparativa que se desee, para derivar una conclusión igualmente fatua. A eso lo llaman teología.

El único de los argumentos tradicionales a favor de Dios que se emplea ampliamente en la actualidad es el argumento teleológico, llamado a veces «argumento del diseño», si bien (dado que el nombre da por sentada la cuestión de su validez) debería llamarse más bien «argumento a favor del diseño». Se trata del familiar argumento «del relojero», que sin duda es uno de los malos argumentos más superficialmente plausibles jamás descubiertos; y que casi todo el mundo redescubre hasta que se les hace ver la falacia lógica y la brillante alternativa de Darwin.

En el mundo familiar de los artefactos humanos, las cosas complicadas que tienen apariencia de haber sido diseñadas han sido diseñadas. Para un observador ingenuo, parece deducirse que las cosas del mundo natural de similar complejidad que parecen diseñadas, como los ojos o los corazones, también han sido diseñadas. No se trata solamente de un argumento por analogía. Aquí hay una apariencia de razonamiento estadístico; es falaz, pero comporta una ilusión de plausibilidad. Si barajamos un millón de veces al azar los fragmentos de un ojo o de una pierna o de un corazón, ya tendríamos suerte e dar con una sola combinación capaz de ver, caminar o bombear. Esto demuestra que estos dispositivos no podrían haberse constituido al azar. Y por supuesto que ningún científico razonable dijo jamás que así fuera. Lamentablemente, la educación científica de la mayoría de los estudiantes británicos y estadounidenses omite toda mención de Darwin, y por tanto la única alternativa al azar que la mayoría de las personas pueden imaginar es el diseño.

Incluso antes de la época de Darwin, la falta de lógica saltaba a la vista: ¿cómo podría haber sido jamás una buena idea postular, como explicación para la existencia de cosas improbables, a un diseñador que tendría que ser más improbable aún? Todo el argumento cae lógicamente por su base, como ya se dio cuenta Hume antes del nacimiento de Darwin. Lo que no conocía Hume es la alternativa de suprema elegancia que Darwin propondría, alternativa tanto al azar como al diseño. La selección natural es tan deslumbrantemente poderosa y elegante que no sólo explica la totalidad de la vida, sino que eleva nuestra conciencia y da una espaldarazo a nuestra confianza en la capacidad de la ciencia para explicar todo lo demás.

La selección natural es más que una mera alternativa al azar; es la única alternativa definitiva jamás planteada. El diseño sólo es una explicación factible de la complejidad organizada a corto plazo. No es una explicación final, pues los propios diseñadores requieren una explicación. Si, como una vez especularon Francis Crick y Leslie Orgel medio en broma, la vida fue sembrada deliberadamente en nuestro planeta por un cargamento de bacterias que venía en la ojiva de un cohete, habrá que hallar una explicación para los alienígenas inteligentes que lanzaron el cohete. En última instancia, tienen que haber evolucionado de forma gradual a partir de inicios más simples. Solamente la evolución, o algún tipo de «grúa» gradualista, para emplear el ingenioso término de Daniel C. Dennett, es capaz de poner fin a la regresión. La selección natural es un proceso anti-aleatorio que va construyendo gradualmente la complejidad, paso a paso. El producto final de este efecto cremallera es un ojo, o un corazón, o un cerebro; un dispositivo cuya complejidad es absolutamente desconcertante hasta que divisamos la suave rampa por la que se llega a él.

Esté, o no, en lo cierto en cuanto a mi conjetura de que la evolución es la única explicación para la vida en el universo, de lo que no cabe duda es de que es la explicación de la vida en este planeta. La evolución es un hecho, y está entre los hechos más fehacientes que conoce la ciencia. Pero tuvo que empezar de alguna manera. La selección natural no puede obrar sus milagros hasta que no se den ciertas condiciones mínimas, de las cuales la más importante es un sistema de duplicación fiable; el ADN o algo que funcione como el ADN.

El origen de la vida en nuestro planeta, es decir, el origen de la primera molécula capaz de autorreproducirse, es difícil de estudiar, pues (probablemente) sólo sucedió una vez, hace 4 mil millones de años en condiciones muy distintas de las que ahora prevalecen. Tal vez nunca lleguemos a saber cómo ocurrió. A diferencia de los sucesos evolutivos que le siguieron, debe haber sido un suceso auténticamente improbable; demasiado improbable, quizás, como para que los químicos lo reproduzcan en el laboratorio o desarrollen siquiera una teoría plausible de lo que ocurrió. Esta conclusión tan extrañamente paradójica, el que una explicación química del origen de la vida, para ser plausible, tiene que ser inverosímil, sería la conclusión correcta si la vida en el universo fuera extremadamente rara. Y de hecho nunca nos hemos topado con ningún atisbo de vida extraterrestre, ni siquiera por radio; circunstancia que dio lugar a la exclamación de Enrico Fermi: «¿Dónde están todos?».

Supongamos que el origen de la vida en un planeta tuvo lugar por un golpe de suerte sumamente improbable, tan improbable que únicamente sucede en un planeta por cada mil millones de planetas. La Fundación Nacional de Ciencia se reiría del químico que propusiera una investigación que sólo tuviera una probabilidad de éxito del uno por cien, por no hablar de uno entre mil millones. Y sin embargo, dado que hay al menos un trillón de planetas en el universo, incluso con unas probabilidades tan reducidas se llega a que hay vida en mil millones de planetas. Y uno de ellos (aquí es donde entra en juego el principio antrópico) tiene que ser la Tierra, puesto que aquí estamos.



Si partiéramos en una nave espacial para encontrar el planeta de la galaxia que alberga vida, las probabilidades en contra de hallarlo serían tan altas que en la práctica sería una tarea imposible. Pero si estamos vivos (y es patente que lo estamos si estamos a punto de embarcar en una nave espacial) no tenemos que molestarnos en buscar ese único planeta puesto que, por definición, nos encontramos en él. El principio antrópico es realmente bastante elegante. Por cierto, yo en realidad no creo que el origen de la vida fuera tan improbable. Creo que la galaxia tiene muchas islas de vida diseminadas por ahí, aunque esas islas estén demasiado apartadas unas de otras para que podamos concebir esperanzas de encontrarnos con una de ellas. A lo que quiero llegar es simplemente que, dado el número de planetas en el universo, el origen de la vida podría ser, en teoría, un golpe de suerte equivalente al de un golfista con los ojos vendados que metiera la bola en uno. La belleza del principio antrópico es que, incluso con estas pasmosas probabilidades en nuestra contra, nos da una explicación perfectamente satisfactoria de la presencia de la vida en nuestro propio planeta.

El principio antrópico se suele aplicar no a planetas, sino a universos. Los físicos han sugerido que las leyes y constantes de la física son demasiado buenas, como si el universo estuviera montado para favorecer nuestra eventual evolución. Es como si hubiera, digamos, media docena de diales que representan las principales constantes de la física. En principio, cada uno de los diales se puede ajustar a un valor determinado de una amplia gama de valores. Jugueteando al azar con estos diales, casi cualquier combinación daría lugar a un universo en el que la vida sería imposible. Algunos universos se esfumarían en el primer microsegundo. Otros no contendrían ningún elemento de mayor peso que el hidrógeno y el helio. Y en otros, la materia nunca se condensaría para formar estrellas (y se necesitan estrellas para que surjan los elementos químicos y con ellos la vida). Se puede hacer una estimación de las probabilidades, muy bajas, de que los seis diales están bien ajustados, y concluir que debe haber intervenido un sintonizador divino. Pero como ya hemos visto, esta explicación es vacua porque da por sentada la cuestión más fundamental de todas. El divino sintonizador tendría que ser, por su parte, al menos tan improbable como el ajuste de sus diales.

Una vez más, el principio antrópico brinda una solución de una elegancia abrumadora. Los físicos tiene ya razones para sospechar que nuestro universo, todo lo que vemos, es sólo un universo entre tal vez miles de millones. Algunos teóricos postulan un multiverso de espuma, en donde el universo que conocemos no es más que una burbuja. Cada burbuja tiene sus propias leyes y constantes. Las leyes de la física que nos resultan familiares son unas leyes provincianas. De todos los universos en la espuma, sólo una minoría posee lo que se necesita para generar vida. Y, con una visión antrópica a posteriori, es obvio que tenemos que encontrarnos en un miembro de esta minoría, pues aquí estamos, ¿no? Como han dicho los físicos, no es ningún accidente que veamos estrellas en el cielo, pues un universo sin estrella carecería de los elementos químicos necesarios para la vida. Es posible que existan universos en cuyos cielos no haya estrellas; pero estos universos carecen de habitantes que las echen en falta. Análogamente, no es ningún accidente que veamos una gran diversidad de especies vivas: pues un proceso evolutivo que es capaz de dar lugar a una especie que ve cosas y reflexiona sobre ellas necesariamente tiene que producir al mismo tiempo muchas otras especies. La especie reflexiva debe estar rodeada de un ecosistema, igual que debe estar rodeada de estrellas.

El principio antrópico nos permite postular una buena dosis de suerte a la hora de explicar la existencia de vida en nuestro planeta. Pero hay límites. Se nos permite un golpe de suerte para el origen de la evolución, y quizás por unos cuantos sucesos únicos más, como el origen de la célula eucariota y el origen de la conciencia. Pero con eso se acaba nuestro derecho a postular la suerte a gran escala. Insisto en que no podemos invocar grandes golpes de suerte que expliquen la ilusión de diseño que transmite cada una de las mil millones de especies de seres vivos que han poblado la Tierra. La evolución de la vida es un proceso general y continuo, que esencialmente da lugar al mismo resultado en todas las especies, aunque los detalles varíen.

A diferencia de lo que a veces se afirma, la evolución es una ciencia predictiva. Si se toma una especie hasta ahora no estudiada y se la somete a un minucioso escrutinio, cualquier evolucionista podrá predecir que cada individuo que se observe hará todo lo que esté en su poder, a la manera propia de su especie (planta, herbívoro, carnívoro, nectívoro o lo que sea) para sobrevivir y propagar el ADN que alberga. No estaremos aquí el tiempo suficiente para poner a prueba la predicción, pero podemos decir, con gran confianza, que si un cometa alcanza la Tierra y extermina los mamíferos, una nueva fauna surgirá para ocupar su lugar, igual que los mamíferos ocuparon el de los dinosaurios hace 65 millones de años. Y los roles que desempeñarán los nuevos actores en el drama de la vida serán a grandes rasgos, aunque no en los detalles, similares a los roles que desempeñaron los mamíferos y los dinosaurios antes que ellos, y antes que los dinosaurios los reptiles que se asemejaban a los mamíferos. Es de esperar que las mismas reglas se sigan en millones de especies en todo el globo, y durante cientos de millones de años. Una observación general de este tipo requiere un principio explicativo diferente del principio antrópico que explica sucesos excepcionales como el origen de la vida o el origen del universo como un golpe de suerte. Este principio totalmente diferente es la selección natural.

Nosotros explicamos nuestra existencia combinando el principio antrópico y el principio de selección natural de Darwin. Esta combinación proporciona una explicación completa y profundamente satisfactoria de todo lo que vemos y sabemos. La hipótesis divina no sólo es innecesaria. No es en absoluto parsimoniosa. No solamente no necesitamos a Dios para explicar el universo y la vida. Dios aparece en el universo como algo flagrantemente superfluo. Por supuesto, no podemos demostrar la inexistencia de Dios, como tampoco podemos demostrar la inexistencia de Thor, las hadas, los duendes y el Monstruo Espagueti Volador. Pero, al igual que ocurre con esas otras fantasías que no podemos desmentir, podemos decir que Dios es muy, muy improbable.

 


Traducido del original:
https://www.huffpost.com/entry/why-there-almost-certainl_b_32164
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¡Cristianos, aprendan estas dos palabras!




¡Cristianos, aprendan estas dos palabras!


Para entender por qué la fe está en gran peligro

Por David Madison el 25/03/2022


“¿Cómo sabes que tu religión es la correcta?” No es difícil adivinar qué tipo de respuestas obtendríamos si hiciéramos esta pregunta a las personas que salen de la iglesia el domingo por la mañana. Por lo general, las respuestas serían variaciones de "Lo siento en mi corazón", que a su vez se basa en confiar en lo que les han dicho los ministros, sacerdotes y padres sobre la Biblia, las visiones y las oraciones. Estas respetadas figuras de autoridad se aseguran de que sus preciadas  “verdades” religiosas se inculquen en las mentes de los jóvenes. Pero rara vez, si es que alguna vez, la gente devota, presa de una genuina curiosidad o escepticismo, pregunta: " ¿Cómo sabes que  estas cosas son ciertas?" Otra forma de preguntar esto es: "¿Cuál es su Epistemología?" El propósito de la Epistemología es clasificar las formas de conocimiento que son  confiables y dignas de confianza.

Los ministros y los sacerdotes se resisten a enseñar  epistemología  a sus feligreses, porque eso implicaría la búsqueda de datos fiables, objetivos y verificables para corroborar su creencia (y los teístas  nunca han podido ponerse de acuerdo  sobre dónde se pueden encontrar tales datos). Entonces, todos ustedes, fieles cristianos, aprendan esta palabra: epistemología, y traten de ponerla en práctica.



Ahora, en la segunda palabra. Los devotos comúnmente no logran comprender que la teología cristiana, desde el principio, se ha establecido para el fracaso. Abraza el extremismo teológico, en realidad el totalitarismo monoteísta: no hay escapatoria a su dios vigilante, es decir, ve y oye todo lo que haces y dices, y también espera una devoción extrema, es decir, ama a Dios con toda tu mente, corazón, alma y fuerza. Christopher Hitchens una vez comparó esto con vivir en Corea del Norte. Dios es todopoderoso, conocedor y amoroso. Pero si eso es cierto, entonces este dios debe ser también del todo responsable. Entonces, los teólogos cristianos se han arrinconado: ¿qué posible explicación pueden ofrecer para tanta maldad y sufrimiento en el mundo, si un dios cariñoso y competente está a cargo? A los pensadores serios les han molestado durante mucho tiempo las respuestas superficiales ofrecidas por ministros y sacerdotes, por lo que los teólogos desarrollaron una subespecialidad para elaborar las excusas más inteligentes posibles para exonerar a la deidad cristiana. Este campo se conoce como  “Teodicea”, término creado por Gottfried Leibnitz (1646-1716).

Los ministros y sacerdotes preferirían que sus feligreses no pensaran demasiado en la  teodicea, porque los teólogos que  son expertos en teodicea  saben que las excusas tradicionales para dios (aquellas que los laicos asumen que son lo suficientemente buenas) simplemente no funcionan (p. ej., “Dios trabaja en formas misteriosas"). Supongo que podríamos conceder que los especialistas en teodicea representan un  intento  cristiano de pensar seriamente, pero incluso sus excusas no funcionan.

Tan pronto como los apologistas intentan reconciliar el sufrimiento horrendo con un dios que todo lo abarca, se encuentran en problemas. Por ejemplo, los teólogos cristianos insisten en que a su dios se le puede atribuir una creación ordenada, pero incluso esto es problemático, como señala Robert M. Price, en su ensayo: “Teodicea: La Idiotez”.

“…las cosas asombrosas que vemos en la naturaleza parecen el resultado de un diseño inteligente, lo que implica un Diseñador. Pero los aspectos más feos de la naturaleza, la guerra sangrienta de los depredadores y sus presas, las depredaciones de los horribles cánceres y plagas, y así sucesivamente, parecen ir en contra de los diseños y el gobierno de una Deidad benévola…”.

A esto me refiero con estar preparado para el fracaso desde el principio: ¡incluso la creación se arruinó! A veces, la excusa del libre albedrío (dios espía todo lo que hacemos, pero no quiere interferir con nuestra libertad) se combina con la idea de que nuestro sufrimiento puede ser un momento de enseñanza para mejorar nuestro carácter. Entonces, ¿Dios está de acuerdo con eso? Price señala que esto realmente no funciona, es decir, el teísmo se reduce:

“… él (Dios) espera que aprendamos a lidiar con la tragedia y a prevenir las atrocidades humanas antes de que sucedan, ya que no es Dios, sino humanos perezosos o viciosos quienes las crean. Pero cuanto más defiendes a Dios de esta manera, más te inclinas hacia el deísmo, la doctrina que, habiendo creado el mundo y la humanidad, Dios se sentó a observar”.



 

También está la defensa del “panorama general” de dios:

“Reconociendo que los caminos de Dios no son nuestros caminos y que sus pensamientos están tan por encima de los nuestros como los cielos están por encima de la tierra, podríamos decir que 'bueno' para Dios no significa lo mismo que hace por nosotros. ¡Pero no tan rápido! Entonces, ¿por qué usar la palabra “bueno” en absoluto? Su teología es una de cebo y cambio”.

Este es especialmente el caso cuando el creyente no proporciona datos fiables, verificables y objetivos para demostrar que esta es la naturaleza de dios, es decir, sus pensamientos están muy por encima de los nuestros. Esto suena demasiado a palabrería teológica: balbuceos teológicos practicado por teólogos de todas las variedades durante siglos.

Price imagina un diálogo con un creyente que argumenta que, sin importar el nivel de sufrimiento que experimentemos, su dios es bueno. Price preguntaría:

“… ¿Qué tal si un asteroide matara a toda la población? ¿Seguirías afirmando que el Dios amoroso está en control?” El creyente, sonriendo plácidamente, insiste en que sí, Dios todavía estaría en control amoroso. ¿Qué ejemplo quedaría? ¿Qué significa el 'orarle' inclusive? ¡Dios estando en control amoroso parece como si Dios  no  estuviera en control! No significaría nada. No sería más que hablar en lenguas, un bla bla sin contenido de entusiasmo religioso. Si esto es defender a Dios, entonces no  hay  defensa”.

Y un comentario de Price, que define la idiotez de la teodicea: “Si Dios se hizo la vista gorda con Hitler, él no es mejor que Hitler”.

Hay una ironía considerable en el hecho de que la Biblia misma socava completamente la teodicea. Es tan difícil defender la deidad descrita tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. “El caso más flagrante de violencia despiadada tramada por Jehová es sin duda las masacres genocidas para limpiar Canaán de su populacho idólatra”. Más tarde, los enojados profetas de Jehová, tan profundamente molestos porque los israelitas se prostituyeron tras otros dioses, ¡prometieron que este dios, sin piedad, masacraría a su propio pueblo! De hecho, ¿cuántas personas que han emprendido la piadosa aventura de leer la Biblia de cabo a rabo, han decidido alejarse de la fe a causa de esta representación de dios? No hay teodicea que pueda redimir a un dios tan despreciable.

Tampoco el Nuevo Testamento, a pesar de los textos famosos sobre el amor de Dios, presenta un mejor caso para un dios simpático. En este testamento encontramos la creencia en toda regla en la tortura eterna por el fuego. La teodicea no puede superar esto, como explica Price:

“Es un espectáculo triste ser testigo de la retorsión culpable de los apologistas (sin mencionar a los cristianos promedio) que intentan defender el hecho de que Dios envía a los incrédulos al infierno. Están avergonzados o sin corazón...  ¿Puede haber alguna manera en la que la noción de Dios como padre pueda cuadrar con la posibilidad de que él condene a sus criaturas, sin importar quiénes sean o lo que hayan hecho, a una tortura sin fin?…  Y piensa en esto: Si racionalizas las atrocidades del Antiguo Testamento de Dios, y mucho menos el Infierno, ¿no eres cómplice después del hecho? ¿No estás diciendo que lo que hizo/hace está bien para ti? ¿De verdad quieres que te involucren? Porque lo estarás, y harás que tu tan noble fe se vea bastante mal, y con razón. Estás haciendo que tu Dios se vea horrible: el Señor de la Condenación”.



Cómplices después del hecho.

De hecho, los especialistas en teodicea son solo eso, sin darse cuenta de la idiotez de sus esfuerzos.

De hecho, hay bastantes cosas en las que los cristianos tienen miedo de pensar, más allá de la epistemología y la teodicea. Después de que se publicó mi libro de 2016, en el que analizo diez problemas difíciles que falsifican el cristianismo, fui testigo de una impresionante muestra de odio por parte de los cristianos devotos que visitaron el sitio web del libro. Sin embargo,  ni una sola vez  ninguno de estos visitantes enojados indicó que realmente había leído el libro. Nadie intentó hablar conmigo sobre ninguno de los temas que describí en detalle: tenían miedo de  pensar en estas cosas. Cuando se publicó mi nuevo libro el año pasado, “Diez cosas que los propios cristianos desearían que Jesús no hubiera enseñado”, les regalé copias a varios de mis amigos cristianos. Silencio. Ni siquiera un simple agradecimiento de ninguno de ellos. En otras palabras, me decían implícitamente: "Por favor, no esperes que piense sobre esto".

“Bueno, déjalos en paz”, sería una manera de verlo. Y al final de su ensayo, Price sugiere que podemos estar bien con los buenos cristianos que hacen el bien en el nombre de su señor:

“Muchos creyentes están demasiado ocupados atendiendo buenas obras humanitarias de misericordia en el nombre de su fe como para perder el tiempo con la teodicea, y espero que sigan haciendo el bien aunque no estén particularmente interesados ​​en las preguntas que a usted y a mí nos parecen tan importantes”.

Pero en estos días estamos encontrando cristianos profundamente piadosos y agresivos dispuestos a hacer mucho daño, especialmente promocionando la teocracia. Quieren hacer cumplir su tipo de moralidad y restringir los derechos de las personas que no están de acuerdo con ellos (piense en los derechos de los homosexuales, la paternidad planificada, el acceso al aborto). Por lo tanto, John Loftus señala el desafío de Christopher Hitchens a los creyentes:

“…[él] repetidamente dejó perplejos a los creyentes al pedirles que pensaran en una acción moral que pudieran hacer y que los no creyentes tampoco pudieran hacer. Sin embargo, el problema es que los hechos horribles a veces son moralmente justificados por buenas personas debido a una religión basada en la fe... A lo largo de la mayor parte de la historia [del cristianismo], la violencia fue su tema, su programa y su método para convertir a las personas y mantener a los creyentes en el redil. Su historia es una historia de violencia. No hay escapatoria de esto”.

De ahí nuestro esfuerzo continuo por desacreditar el cristianismo, que tiene dos mil años de impulso, alimentado hasta el día de hoy por promesas y rituales que ya no tienen ningún sentido. Esta es una fe todavía basada en supersticiones antiguas y pensamientos mágicos. Estaríamos mucho mejor (Y el mundo sería un lugar más seguro) si pudiéramos conseguir gente devota que evaluara la fe con sana curiosidad y escepticismo. Un buen primer paso sería sumergirse en el estudio de la  epistemología: ¿son sólidas y razonables sus formas de conocer a Dios? y luego pasar a considerar hasta qué punto la  teodicea  se queda corta al tratar de rescatar la creencia en un dios bueno y competente.

Mire más allá de las promesas y los rituales: haga la tarea.

 

David Madison fue pastor de la Iglesia Metodista durante nueve años y tiene un doctorado en Estudios Bíblicos de la Universidad de Boston.


Traducido del original:

https://www.debunking-christianity.com/2022/03/christians-please-learn-these-two-words.html

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Definiciones RAE:


- epistemología

Del gr. ἐπιστήμη epistḗmē 'conocimiento' y -logía.

1. f. Fil. Teoría de los fundamentos y métodos del conocimiento científico.

 

- teodicea

Del gr. θεός theós 'Dios' y δίκη díkē 'justicia'.

1. f. Fil. Estudio de Dios al margen de las creencias religiosas.

 


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“Leer correctamente, la Biblia es la fuerza más potente para el ateísmo jamás concebida”

Isaac Asimov