lunes, 13 de abril de 2026

¿Cuánto de lo que leemos en la Biblia es cierto?




¿Cuánto de lo que leemos en la Biblia es cierto?


¿Cómo sabemos que cualquier acontecimiento de la historia pasó realmente?


¿Cuánto de lo que leemos en la Biblia es cierto?

¿Cómo sabemos que cualquier acontecimiento de la historia pasó realmente? ¿Cómo sabemos que existió Julio César? ¿O Guillermo el Conquistador? No ha sobrevivido ningún testigo presencial, e incluso estos pueden ser sorprendentemente poco fiables, algo que cualquier oficial de policía que recoja declaraciones le confesará. Sabemos que tanto César como Guillermo existieron porque unos arqueólogos encontraron reliquias que lo demuestran y porque existen muchos documentos escritos cuando estaban vivos que lo confirman. Pero cuando la única prueba disponible de la existencia de un acontecimiento o persona no se escribió hasta varias décadas o siglos después de la desaparición de todos los testigos, los historiadores sospechan de su veracidad. La prueba es débil porque se transmitió oralmente, lo que hizo que se pudiera distorsionar con mucha facilidad. Especialmente si el escritor era parcial. Winston Churchill dijo: «La historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intención de escribirla». En este artículo veremos que la mayoría de las historias sobre Jesús que aparecen en el Nuevo Testamento plantean problemas.

Jesús debía de hablar en arameo, una lengua semítica relacionada con el hebreo. Los libros del Nuevo Testamento fueron escritos originalmente en griego; los del Antiguo Testamento, en hebreo. Existen muchas traducciones al inglés. La más famosa es la versión del Rey Jacobo de 1611, llamada así porque fue encargada por el rey Jacobo I de Inglaterra (Jacobo VI de Escocia). La versión del rey Jacobo es la traducción preferida de muchos porque el lenguaje que utiliza es hermoso, algo que no es sorprendente dado que su inglés es el de la época de Shakespeare. Sin embargo, dado que su lenguaje no siempre resulta claro para los lectores modernos, en este articulo se ha decidido utilizar una traducción moderna, la Nueva Versión Internacional; las citas serán de esta versión a no ser que se diga lo contrario.

Existe un juego muy popular en las fiestas, el «teléfono escacharrado». Se colocan, por ejemplo, diez personas en fila. La primera persona le susurra algo al oído al segundo (podría ser una historia). El segundo le cuenta esa historia al tercero, el tercero al cuarto y así sucesivamente. Al final, cuando la historia ha llegado a la décima persona, esta ha de repetir lo que ha escuchado a todos los demás. A no ser que la historia original fuera excepcionalmente sencilla y breve, habrá cambiado un montón, a menudo de una forma muy graciosa. No es solo que las palabras se hayan modificado a lo largo de la fila, sino también algunos detalles importantes de la propia historia.

Antes de que se inventase la escritura y de que apareciese la arqueología científica, las historias transmitidas de forma oral, con todas sus distorsiones del estilo del teléfono escacharrado, eran el único modo en que la gente podía aprender historia. Y es muy poco fiable. Cada vez que una generación de contadores de historias daba paso a la siguiente, las historias eran cada vez más confusas. Al final, la historia (lo que pasó realmente) se pierde entre el mito y la leyenda. Es difícil saber si alguna vez existió una persona real detrás del legendario héroe griego Aquiles, o de la tan hablada belleza de Helena, cuyo rostro «hizo zarpar a miles de navíos». Cuando el poeta Homero escribió finalmente las historias (y desconocemos cuándo lo hizo, incluso el siglo aproximado), estas ya se habían distorsionado mientras se iban contando una y otra vez de forma oral de una generación a otra. No sabemos quién era «Homero» ni cuándo vivió, si era ciego, como cuenta la leyenda, si era una única persona o varias. Tampoco sabemos cómo empezaron inicialmente sus historias, antes de que pasaran por el filtro distorsionador de la transmisión boca a boca. ¿Empezaron siendo un relato de los hechos que luego se fue distorsionando? ¿O empezaron como una ficción inventada que cambiaba cada vez que se volvía a contar?

Lo mismo se puede decir de las historias que se cuentan en el Antiguo Testamento. No tenemos más razones para creer en ellas que en las historias de Homero sobre Aquiles o Helena. Las historias de Abraham y José son leyendas hebreas, al igual que las de Homero son leyendas griegas. ¿Y qué decir del Nuevo Testamento? Hay más posibilidades de comprobar si son historias verdaderas porque suceden en un periodo mucho más reciente que las del Antiguo Testamento: sucedieron tan solo hace unos dos mil años. ¿Pero cuánto sabemos realmente de Jesús? ¿Podemos estar seguros al menos de que existiera? La mayoría —aunque no todos— de los expertos modernos piensan que seguramente sí que existió. ¿De qué pruebas disponemos?


¿Los evangelios? Aparecen en el inicio del Nuevo Testamento, por lo que podríamos pensar que se escribieron primero. La verdad es que el libro más antiguo del Nuevo Testamento aparece cerca del final: las cartas de san Pablo. Por desgracia, Pablo no cuenta prácticamente nada de la vida de Jesús. Hay muchas cartas sobre el significado religioso de Jesús, especialmente sobre su muerte y resurrección, pero nada que se pueda considerar historia. Puede que Pablo pensara que sus lectores ya conocían la historia de la vida de Jesús. Pero es posible que ni siquiera Pablo la conociera: recuerden, los evangelios aún no se habían escrito. O puede que pensara que ni siquiera era importante. Esta falta de información sobre Jesús en las cartas de Pablo hace que los historiadores se hagan preguntas: ¿no resulta un poco raro que Pablo, que deseaba que la gente adorase a Jesús, no diga prácticamente nada de lo que dijo o hizo realmente?

Otra cuestión que preocupa a los historiadores es que apenas hay mención alguna de Jesús en las historias que no forman parte de los evangelios. El historiador judío Josefo (37 d. C.-c. 100), que escribía en griego, tan solo dijo lo siguiente:

Más o menos en esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si es que debemos llamarlo hombre. Ya que realizó milagros sorprendentes y fue un maestro para las personas que aceptaron la verdad con alegría. Atrajo a muchos judíos y a muchos griegos. Era el Mesías. Y cuando, bajo la acusación de aquellos que son los más notables entre nosotros, Pilato lo condenó a morir en la cruz, aquellos que primero le amaron no le abandonaron. Pasados tres días se les apareció vivo, habiendo los profetas de Dios predicho todo esto y otras mil maravillas sobre él. Y, hasta el día de hoy, la tribu de los cristianos, llamados así por él, aún no ha desaparecido.

Muchos historiadores sospechan que este pasaje es una falsificación, introducido más adelante por un escritor cristiano. La frase más sospechosa es «Era el Mesías». En la tradición judía, «Mesías» era el nombre dado al largamente prometido rey o líder militar judío que nacería para triunfar sobre los enemigos de su pueblo. Los cristianos enseñan que Jesús era el Mesías («Cristo» es simplemente la traducción griega de esta palabra). Pero, para un judío devoto, Jesús no se parecía en nada a un líder militar. De hecho, es más bien todo lo contrario. Su mensaje de paz, como poner la otra mejilla cuando alguien te golpea, no es lo que se esperaba de un soldado. Y, lejos de liderar a los judíos contra los opresores romanos de su tiempo, Jesús aceptó mansamente ser ejecutado por ellos. A un judío devoto como Josefo, la idea de que Jesús fuera el Mesías le habría parecido bastante loca. Si, de alguna manera, Josefo se hubiera revelado contra la educación que recibió y se hubiera convencido a sí mismo de la improbabilidad de que un personaje como Jesús fuera el Mesías, lo habría celebrado a lo grande. No se habría limitado a soltar algo tan trivial como «era el Mesías». Parece, pues, que se trata más bien de una falsificación cristiana posterior. Eso es lo que la mayoría de los expertos creen en la actualidad.

El otro historiador de esos años que menciona a Jesús es el romano Tácito (54-120 d. C.). Los escritos cuya autoría le han atribuido aportan evidencias más convincentes de la existencia de Jesús, irónicamente porque Tácito no tenía nada bueno que decir sobre los cristianos. Al escribir en latín sobre un suceso durante la persecución de los primeros cristianos por el emperador Nerón (37-87 d. C.), Tácito dijo:

Nerón capturó a los culpables e infligió las torturas más exquisitas a una clase odiada por sus abominaciones, aquellos a los que el populacho llamaba cristianos. Cristo, de quien proviene su nombre, sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio a manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato, y una superstición muy maliciosa, de este modo controlada momentáneamente, de nuevo estalló, no solamente en Judea, el primer origen del mal, sino incluso en Roma, donde todas las cosas espantosas y vergonzosas de todas partes del mundo confluyen y se popularizan.

En cualquier caso, también se sospecha que este párrafo es una falsificación.

La mayoría de los expertos (aunque no todos) creen que hay más pruebas a favor que en contra de la existencia de Jesús. Por supuesto, lo daríamos por seguro si creyéramos que los cuatro evangelios del Nuevo Testamento son históricamente verídicos. Hasta hace muy poco, nadie dudaba de ellos. Existe incluso una conocida frase en inglés, gospel truth, que se puede traducir como «verdad evangélica», con la que se quiere expresar que algo se acepta como verdad incuestionable. Pero, hoy en día, esa frase suena bastante vacía, después de los estudios realizados durante los siglos XIX y XX por diversos expertos (especialmente alemanes).


¿Quién escribió los evangelios? ¿Y cuándo?

Mucha gente cree erróneamente que el evangelio de «Mateo» fue escrito por Mateo, el recaudador de impuestos, uno de los doce compañeros íntimos de Jesús. Y que el evangelio de «Juan» fue escrito por otro miembro de ese pequeño grupo, el Juan que pasó a ser conocido como el «discípulo querido». Creen que el de «Marcos» fue escrito por un joven compañero del principal discípulo de Jesús, Pedro, y el de «Lucas» por un médico amigo de Pablo. Pero nadie tiene la más remota idea de quién escribió realmente los evangelios. No disponemos de ninguna prueba convincente en ninguno de los cuatro casos. Los cristianos posteriores simplemente pusieron un nombre en la portada de cada evangelio por comodidad. Debió de parecerles mejor que ponerles títulos neutros y aburridos como A, B, C y D. Ningún experto serio de nuestros días cree que los evangelios fueran escritos por testigos presenciales, y todos están de acuerdo en que incluso el de Marcos, el evangelio más antiguo de los cuatro, fue escrito unos treinta y cinco o cuarenta años después de la muerte de Jesús. La mayoría de las historias que aparecen en los de Lucas y de Mateo derivan del de Marcos, y algunas otras de un documento griego perdido conocido como «Q». Durante décadas, todo lo que aparece en los evangelios fue contado de boca a boca infinidad de veces, sufrió la distorsión del teléfono escacharrado y se exageraron los relatos hasta que, finalmente, se escribieron los cuatros textos.

El asesinato del presidente Kennedy, ocurrido en 1963, fue presenciado por cientos de personas. Está grabado. Los periódicos de todo el mundo lo contaron el mismo día. Se creó un comité conocido como Comisión Warren para analizar cada detalle de lo que ocurrió. Tuvieron en cuenta los consejos expertos de científicos, médicos, detectives forenses y especialistas en armas de fuego. La conclusión principal de las 888 páginas del informe Warren fue que Lee Harvey Oswald disparó a Kennedy, y que actuó solo. Pero con el paso de los años han surgido mitos, leyendas y teorías de la conspiración, y seguramente seguirán creciendo cada vez que se cuente después de que hayan fallecido todos los testigos oculares.

Los ataques del 11-S sobre Nueva York y Washington D. C. ocurrieron hace más de veinte años, un tiempo más corto que el habido entre la muerte de Jesús y la escritura del evangelio más antiguo, el de Marcos. Los hechos del 11-S se han documentado masivamente, muchos testigos han contado lo que vieron y, desde entonces, se ha discutido sobre cada minuto de lo acontecido. Y, aun así, no todo el mundo está de acuerdo. Internet es un hervidero de rumores contradictorios, leyendas y teorías. Algunas personas piensan que se trató de un complot estadounidense. O israelí. Incluso uno llevado a cabo desde el espacio exterior. Otros creyeron, en ese momento sin prueba alguna, que fue ideado por Sadam Husein, el dictador de Irak. Esto justificó, según su punto de vista, la invasión de ese país ordenada por el presidente Bush (aunque esa nunca fue la razón oficial). Algunos testigos presenciales fotografiaron lo que, según ellos, era la cara de Satanás en las nubes de polvo que ese día se levantaron sobre Nueva York.

Por desgracia es cierto —e internet lo pone de manifiesto como nunca antes había sucedido— que las personas simplemente se inventan muchas cosas. Y los rumores y los cotilleos se propagan como epidemias, con independencia de si son verdad o no. Se cree que el gran autor estadounidense Mark Twain dijo: «Una mentira se puede propagar por medio mundo mientras la verdad todavía se está poniendo los zapatos». Y no solo las mentiras maliciosas, sino también las buenas historias que son falsas pero que resulta entretenido y divertido recontarlas, sobre todo si te las contaron de buena fe y no sabes con seguridad si no son ciertas. O historias que, aunque no sean entretenidas, son espeluznantemente extrañas; otra razón por la que tantas se transmiten.

El siguiente es un ejemplo típico de cómo una historia falsa se propaga porque es entretenida y encaja con las expectativas o los prejuicios de la gente. Primero un poco de trasfondo. Puede que usted haya oído hablar del «Arrebatamiento». Algunos predicadores y escritores, recurriendo a pasajes concretos de la Biblia, han revolucionado recientemente a miles de personas, la mayoría en Estados Unidos, haciéndoles creer que, dentro de poco, unos pocos afortunados, elegidos por su bondad, serán catapultados repentinamente al cielo y desaparecerán en él. Este «Arrebatamiento» anunciará la prometida «Segunda Venida» de Jesús. El resto de nosotros (los que no hemos sido arrebatados) seremos «abandonados». Personas que conocemos desaparecerán de repente sin dejar ningún rastro. Se supone que «hacia el cielo» significa que los australianos arrebatados serán catapultados en ¡una dirección opuesta a la de los europeos arrebatados!

Y ahora la historia a la que me refería. No es cierta, pero sí que hay mucha gente que la cree, y demuestra cómo se propagará una buena historia. Una mujer de Arkansas estaba conduciendo detrás de un camión que transportaba una carga de globos con forma humana de tamaño real. El camión chocó y los muñecos rosas inflados flotaron cielo arriba porque habían sido hinchados con helio. Pensando que estaba siendo testigo del Arrebatamiento y de la Segunda Venida de Jesús, la mujer gritó: «¡Ha vuelto, ha vuelto!», y salió por el techo solar de su coche, esperando ser arrebatada hacia el cielo. La cola resultante formada por veinte coches mató a trece personas inocentes, además de a la mujer. Fíjese en la espuria precisión de esas «trece personas inocentes». Podríamos pensar que un simple rumor no debería incluir un detalle tan específico como ese. Pero nos equivocaríamos.

Y podemos entender cuán «propagable» es esta historia. Si alguien se la cuenta como hecho, casi seguro que usted mismo se apresurará a contársela a otra persona. Las historias se propagan solo porque son buenas historias. Puede que sean divertidas. Puede que disfrutemos de la atención que nos prestan cuando contamos una buena historia. La de los muñecos de helio no solo es extremadamente gráfica: cumple con las expectativas y los prejuicios de la gente. ¿Se da cuenta de que podría haber ocurrido lo mismo con las historias de los milagros de Jesús o de su resurrección? Los primeros reclutas del cristianismo debieron de ser especialmente propensos a contar las historias y rumores sobre Jesús, sin comprobar si eran veraces.

Piense en las leyendas distorsionadas sobre el 11-S o la muerte de Kennedy, y luego imagine cómo se hubieran podido distorsionar aún más y de manera más fácil si no hubieran existido ni cámaras ni periódicos y no se hubiera escrito nada sobre ese suceso hasta pasados treinta años. No serían nada más que cotilleos transmitidos de forma oral. Eso es lo que ocurrió después de la muerte de Jesús. Por todo el Mediterráneo oriental, desde Palestina hasta Roma, existían pequeños focos aislados compuestos por cristianos de diversos orígenes. Las comunicaciones entre estos grupos locales eran deficientes e infrecuentes. Los evangelios aún no se habían escrito. No disponían de ningún Nuevo Testamento que los mantuviera unidos. No estaban de acuerdo en muchos puntos: por ejemplo, si los cristianos tenían que ser judíos (y tenían que ser circuncidados) o si el cristianismo era una religión completamente nueva. Algunas de las cartas de Pablo muestran a un líder luchando por introducir algo de orden en este caos.

Hasta después de la muerte de Pablo no se estableció un «canon bíblico» aceptado por todos (los libros que serían considerados el listado oficial). La Biblia que hoy en día leen los cristianos (protestantes) es un canon estándar compuesto por veintisiete libros que forman el Nuevo Testamento y treinta y nueve libros que forman el Antiguo Testamento (los católicos romanos y los cristianos ortodoxos tienen un conjunto de libros adicionales, a menudo llamados «textos apócrifos»).

Los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan son los únicos evangelios del canon oficial, pero, tal como veremos, existen otros muchos evangelios de Jesús que fueron escritos más o menos en la misma época que los otros. El canon fue escogido por una conferencia de líderes religiosos llamada Concilio de Roma. Esto ocurría en el año 382 d. C., en los alegres días que siguieron a la legalización oficial del cristianismo por parte del Imperio romano, después de la conversión del emperador Constantino el Grande. Pero, en esa época, seguramente nos habrían educado para adorar a Júpiter, Apolo, Minerva y el resto de dioses romanos. Muchos años después, el cristianismo se propagó por Sudamérica gracias a otros dos grandes imperios, el portugués, en Brasil, y el español en el resto del continente. La amplia presencia del islam en el norte de África, Oriente Medio y el subcontinente indio es también el resultado de conquistas militares.

Como he dicho antes, los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron solo cuatro de los muchos evangelios que circulaban en la época del Concilio de Roma. Cualquiera de ellos podría haber sido incluido en el canon, pero por diversas razones ninguno lo consiguió. Una de las causas más habituales era que fuesen considerados heréticos, lo que significa que decían cosas que contradecían las creencias «ortodoxas» de los miembros del concilio. También en parte fue debido a que eran ligeramente más recientes que los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Pero, como hemos visto, ni siquiera el de Marcos se escribió lo suficientemente temprano como para considerar que se trata de un relato histórico fiable.

Los cuatro evangelios favorecidos se eligieron, en parte, por extrañas razones que tienen más que ver con la redacción poética que con la historia. Ireneo, una de esas influyentes figuras de la historia temprana del cristianismo conocidas como los «Padres de la Iglesia», vivió dos siglos antes del Concilio de Roma. Estaba convencido de que tenía que haber cuatro evangelios, ni más ni menos. Señaló (ya que pensó que era importante) que existen cuatro esquinas en la tierra y cuatro vientos. Si eso no era suficiente, también indicó que el Libro de la Revelación se refiere al trono de Dios soportado por cuatro criaturas con cuatro rostros. Parece ser que estaba inspirado en el profeta Ezequiel, del Antiguo Testamento, quien soñó con cuatro criaturas que salían de un torbellino, cada una de las cuales tenía cuatro caras. Cuatro, cuatro, cuatro, cuatro, no podemos escaparnos del cuatro, por lo que, obviamente, ¡debíamos tener cuatro evangelios en el canon! Lamento decir que esa es la clase de «razonamiento» que se hace pasar por lógica en la teología.

Por cierto, el Libro de la Revelación no se añadió al canon hasta más adelante, y es una pena que se hiciera. Un tipo llamado Juan tuvo un sueño extraño una noche en una isla llamada Patmos y lo escribió. Todos tenemos sueños y una gran parte de ellos son bastante extraños. Los míos casi siempre lo son, pero no los escribo y no hay duda de que no son lo suficientemente interesantes para imponérselos a los demás. El sueño de Juan fue más extraño que la mayoría de sueños (casi como si estuviera drogado). Se volvió muy influyente simplemente porque de alguna manera se acabó incluyendo en el canon bíblico. Se creyó que era profético y en Estados Unidos es muy citado por predicadores acalorados. Junto a la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, el Libro de la Revelación es la principal inspiración de la idea del «Arrebatamiento». También es la fuente de la peligrosa idea de que la ansiada Segunda Venida de Jesús no puede producirse hasta después de la «Batalla del Armagedón». Esta creencia es la razón por la que algunas personas en Estados Unidos ansían que se produzca una guerra total en Oriente Medio en la que participe Israel. Piensan que esa guerra será el «Armagedón».

Miles de personas, especialmente en Estados Unidos gracias a la extraordinaria popularidad que han alcanzado los libros cuya temática trata de los «dejados atrás», sostienen la loca creencia de que el Arrebatamiento sucederá de verdad. Y será pronto. Hay incluso páginas web que anuncian un servicio de pago para cuidar de su gato en el caso de que usted, sin aviso previo, sea absorbido por el cielo. Es una lástima que esas personas no se den cuenta de que fue la suerte la que decidió qué libros entraban en el canon y cuáles fueron… ¡dejados atrás!

El largo lapso de tiempo entre la muerte de Jesús y la escritura de los evangelios nos proporciona una razón para dudar de su fiabilidad. Otra es que se contradicen entre sí. Aunque todos los evangelios están de acuerdo en que Jesús estuvo acompañado por doce discípulos íntimos, discrepan a la hora de decir quiénes fueron. Mateo y Lucas siguen el rastro de José, el marido de María, desde el rey David a través de dos líneas de antepasados completamente diferentes, veinticinco de ellos en el caso de Mateo, cuarenta y uno en el de Lucas. Para complicar las cosas, se supone que Jesús nació de una madre virgen, por lo que los cristianos no pueden usar la línea de antepasados de José que llega hasta David para concluir que Jesús era descendiente de este último. También existen discrepancias entre los evangelios y algunos hechos históricos conocidos, por ejemplo, todo lo relacionado con los legisladores romanos y sus quehaceres.

Otro problema derivado de considerar los evangelios como verdad histórica es la obsesión de estos con que se cumplan las profecías del Antiguo Testamento. Especialmente en el caso del evangelio de Mateo. Uno se queda con la sensación de que Mateo era muy capaz de inventarse un incidente y escribirlo en su evangelio, tan solo para demostrar que se había cumplido una profecía. El ejemplo más notorio es su invención de la leyenda de que María era virgen cuando dio a luz a Jesús. Y es una leyenda que cobró vida propia. Mateo cuenta cómo a José se le apareció un ángel en un sueño, asegurándole que María, su prometida, estaba embarazada, no de otro hombre, sino de Dios (por cierto, esto no concuerda con el relato de Lucas, en el que un ángel se le aparece directamente a María). De todas formas, Mateo continúa, sin ningún atisbo de vergüenza, admitiendo lo siguiente ante sus lectores:

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel» —que significa «Dios con nosotros»—.

Puede que «vergüenza» no sea la palabra correcta. Mateo, fuera quien fuese, tenía una idea diferente de la nuestra sobre la verdad histórica. Para él, cumplir una profecía era más importante que lo sucedido realmente. No habría comprendido por qué digo «sin ningún atisbo de vergüenza».

Por otro lado, Mateo no entendió en absoluto la profecía. Está en el capítulo 7 de Isaías. Y está muy claro en el mismo Libro de Isaías —aunque, al parecer, no para Mateo— que Isaías no estaba hablando del futuro distante, sino del futuro inmediato de su propio tiempo. Estaba hablando con el rey, Ahaz, sobre una joven que se encontraba allí, y que ya estaba embarazada entonces.

La palabra que citó Mateo como «virgen» fue almah, en el hebreo de Isaías. Almah puede significar virgen, pero también puede significar «mujer joven», algo así como la palabra inglesa maiden, que tiene ambos significados. Cuando el hebreo utilizado por Isaías se tradujo al griego en la versión del Antiguo Testamento conocida como Biblia Septuaginta, que es la que leería Mateo, almah se convirtió en parthenos, que sí significa «virgen». Un simple error de traducción generó el mito conocido en todo el mundo de la Santísima Virgen María y del culto católico romano de María como una especie de reina, la «Reina de los Cielos».

Fue esa misma determinación de cumplir las profecías la que condujo tanto a Mateo como a Lucas a decir que Jesús nació en Belén. Otro de los profetas del Antiguo Testamento, Miqueas, había predicho que el Mesías judío nacería en Belén, la «ciudad de David». El evangelio de Juan, de manera bastante razonable, da por hecho que Jesús nació en Nazaret, que era donde vivían sus padres. Juan habla de personas que se sorprendieron de que Jesús, si es que realmente era el Mesías, naciera en Nazaret. Marcos no menciona su nacimiento para nada. Pero tanto Mateo como Lucas querían que se cumpliera la profecía de Miqueas, y ambos se apresuraron a encontrar una forma de cambiar el lugar de nacimiento de Jesús, de Nazaret a Belén. Por desgracia, lo hicieron de dos formas diferentes y contradictorias.

La solución al problema elegida por Lucas fue un impuesto decretado por el emperador romano Augusto. Este impuesto, según Lucas, venía acompañado de la realización de un censo. Aquí Lucas mete la pata con las fechas, porque los historiadores modernos saben que no existió ningún censo romano justo en ese espacio de tiempo que encajara con la historia. Pero dejémoslo pasar. Para poder ser contadas en el censo, todas las personas tenían que ir a su «propia ciudad». Aunque José vivía en Nazaret, su «propia ciudad», según Lucas, era Belén. ¿Por qué? Porque descendía por línea paterna del rey David, y David procedía de Belén. Es ridículo de por sí. Según las cuentas del propio Lucas, David era el antepasado cuarenta y uno en línea ascendente de José. ¿Cómo podría cualquier ley definir la «ciudad propia» de una persona como la ciudad en la que nació su antepasado cuarenta y uno? ¿Tiene usted la más remota idea de quiénes fueron sus antepasados por línea paterna hace cuarenta y una generaciones? Dudo que incluso lo sepa la reina Isabel. De todas formas, según Lucas, esa es la razón por la que Jesús nació en Belén. Sus padres se mudaron de Nazaret para estar en el lugar donde nacieron los antepasados de hacía cuarenta y una generaciones por línea paterna de José cuando se realizara el censo.

La forma que tuvo Mateo de cumplir con la profecía de Miqueas fue diferente. Al parecer, supuso que Belén era la ciudad natal de María y José, razón por la que Jesús nació allí. El problema de Mateo era cómo hacer que se desplazaran a Nazaret más adelante. Así que echó mano del malvado rey Herodes enterándose del nacimiento de Jesús en Belén. Temeroso de una profecía según la cual un nuevo «Rey de los Judíos» le destronaría, Herodes ordenó el asesinato de todos los niños varones de Belén. En un sueño, Dios envió un ángel para advertir a José, diciéndole que huyera con María y Jesús a Egipto.

María y José hicieron caso de la advertencia y no regresaron de Egipto hasta después de la muerte de Herodes. Sin embargo, incluso entonces, evitaron Belén porque, en otro sueño, Dios había advertido a José de que no estarían seguros cerca del hijo de Herodes, Arquelao. Así que se fueron y vivieron, en cambio,

en un pueblo llamado Nazaret. Con esto se cumplió lo dicho por los profetas: «Será llamado nazareno».

Una ingeniosa solución. Mandó a su personaje, Jesús, a Nazaret para que estuviera a salvo y, mientras tanto, se las arregló para cumplir con otra profecía.


Traducido del original:

Outgrowing God: A Beginner’s Guide to Atheism

Richard Dawkins

Ver:

7 comentarios:

  1. ¡Muy buenas!...comenzamos la semana.

    A ver...me maravilla en extremo que al día de hoy, se sigan creyendo y siguiendo las historias de un libro que:

    A.T. de edad 3500 años, escrito por los hebreos cuando eran esclavos de Nabucodonosor (que gran ópera la de Verdi) y necesitaban una "constitución" para creer y encontrar sentido para luchar.

    Crearon un "dios" al uso y costumbre de la época: Se le hacían sacrificios, era celoso, castiga a y mataba, etc..

    Ahora en este siglo, estamos creando otro, totalmente diferente: La I.A. que ya me veo en pocos años el "Skynet" de "Terminator"

    Un montón de historias, bien absurdas, o increíbles, intercalando alguna, principalmente de carácter geográfico verídica.

    No enumero, porque aquí "semos" muy eruditos, ja,ja. y la sabréis de sobra.

    Vamos al N.T. (2000 años)
    Siempre me ha llamado la atencíon el hecho del "parto virginal" de María, que se supo después que Jesús tuvo 4 hermanos, nombres incluidos y un número indeterminado de hermanas.

    Aquí una diatriba que tuve con el amigo, (que le deseo lo mejor donde esté Nehemías) porque defendía que perfectamente pudo ser "partenogénesis", obviando que en ese caso, al no tener cromosomas maculinos, Jesús sería una mujer.

    Otro caso sería el de la "paloma violadora"...en cuyo caso y por milagro, una mezcla de genes con humanos daría un "bicho raro" ¿no?

    Pero obviando todo eso, suponiendo haya ocurrido el parto, tal y como lo narra el N.T. tendríamos a Jesús con falta de 23 cromosomas e investigando, he aquí lo que ocurriría con faltarle uno solo: (menos mal, añado que no le sobra, porque en cuyo caso tendría "Síndrome de Down" por lo menos:

    Consecuencias Principales por falta DE 1 cromosoma:

    Incompatibilidad vital (Autosomas): La pérdida de cualquiera de los 22 pares de cromosomas autosómicos suele resultar en la inviabilidad del embrión.

    Síndrome de Turner (45, X): Es la monosomía más común. Sus efectos incluyen:

    Desarrollo Físico: Estatura baja, cuello ancho (pterygium colli) y tórax plano.

    Salud Reproductiva: Infertilidad, ausencia de menstruación y falta de desarrollo de caracteres sexuales secundarios en la adolescencia.

    Otros riesgos: Mayor incidencia de problemas cardíacos (como coartación de aorta), renales y auditivos. (Ahí va...tendríamos un "Jesús" sordo)

    Impacto Celular: La ausencia de un cromosoma reduce la proliferación celular, altera la estabilidad del genoma y afecta la síntesis de proteínas al no tener la dosis genética correcta (haploinsuficiencia). "

    Y menos mal, también añado, que esto suele ocurrie espontáneamente, no heredado, aunque en ese caso, se explicaría perfectamente todas las deficiencias del "Dios" que relata la Biblia.

    Saludos y ¡feliz semana!



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    1. Cierto el NT relata dos sucesos bastante raros y extraños en el nacimiento y muerte de Jesus:

      1. Nacimiento de una virgen, con padre NO humano.
      2. Resurreccion de ser crucificado y atravezado con una lanza romana.

      Nacer de virgen ya se dijo es imposible,
      o al menos el padre debe ser humano

      Es lo que le ocurrio al hijo de la vecina, a mi y al que me este leyendo (excluyendo que ponga a leer mi comentario a una ai)

      Debe ser pues un relato fantástico, imaginativo.

      Y morir y resucitar, pues tampoco es algo que ocurra a diario:

      Morir crucificado y atravezado con una lanza romana, no da para resurrección, ni siquiera hoy en dia con todos los avances medicos, alguien se salvaría, mas aun si recibio azotes.

      Ni el nacimiento ni la muerte son verídicos

      Ya entonces lo que haya en el medio es sospechoso de ser otra fabulita infantil

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  2. La validez de un texto de orientación espiritual (sea la Biblia u otro) no reside en cuánto de veracidad histórica contenga, sino en el mensaje espiritual que quiere transmitir, en la Verdad a la que se apunta, y sobre todo en el (o los) caminos PRÁCTICOS que los aspirantes espirituales deben transitar, para realizar la Verdad por y en sí mismos, y hacerse libres (libres de la vida en la ignorancia, o en la ilusión, o en el ego)...

    Analizar un texto espiritual con criterios científicos, como hace Dawkins, es como analizar al microscopio la madera del cofre que contiene el tesoro, estudiando minuciosamente si es madera de pino o de roble, la forma en que fue tratada, etc, y descartando y dejando de prestar atención al tesoro...

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  3. Es que un texto lleno de errores, mitos, con múltiples traducciones, según usted, destinado a la "espiritualidad", eso es por ahora, tan mitologico como el libro en sí, hay que demostrar que existen tales cosas como "espíritu", o "alma".

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  4. Es que un texto lleno de errores, mitos, con múltiples traducciones, según usted, destinado a la "espiritualidad", eso es por ahora, tan mitologico como el libro en sí, hay que demostrar que existen tales cosas como "espíritu", o "alma".

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    1. Creer que un texto espiritual tiene que "demostrar" algo sigue siendo el mismo error de querer abordarlo con criterios científicos, o sea, sin entender de qué se trata...

      Salu2.

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  5. Para querer iniciar un debate, lo primero que hay que tener es cultura de lo que se pretende negar y plantear bien la cuestión, te ayudamos en cuanto a lo que pretendes referirte para que veas que no hay nada más lejos que lo que planteas, y en ningún caso se contradicen las cualidades de Dios con su existencia, leer un poco.

    Dios es eterno y posee atributos "omni" (omnipresente, omnipotente, omnisciente), lo que significa que trasciende el tiempo, existe sin principio ni fin, y es todopoderoso e inmutable. Como creador, no depende del espacio o del tiempo, sino que gobierna la historia y está presente en todo lugar simultáneamente.

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