Ya vimos en el artículo anterior los “Métodos de tortura durante la Inquisición”, hoy revisaremos algunos instrumentos de tortura más sofisticados que fueron utilizados para hacer confesar a los blasfemos y opositores de Dios y la Iglesia. Yo veo estas imágenes y descripciones y me parece una mentira surrealista que en algún momento de la historia de la humanidad estas acciones fueron reales solo porque alguien no estaba de acuerdo con un dogma religioso especifico.
Entiendo que ya la iglesia se “Disculpó” por esos atroces crímenes, pero creo que eso no es suficiente; todo el dolor y sufrimiento que ocasionaron no podrá ser remediado con disculpas y arrepentimientos tardíos. Debería de haber una manera de compensar toda esa época de terror y sangre. Pero vemos con impotencia que un sistema que permitió y realizó tales practicas, en lugar de estar desaparecido y obsoleto, notamos que su vigencia y poder es cada día mayor.
Me gustaría poder hacer algo por la memoria de esas pobres personas que sufrieron los embates del poder de Dios representado por la Iglesia.
Me gustaría pensar que estos artículos y este Blog es un rudimentario intento por recordar y contrarrestar a esas acciones.
Me gustaría creer que el lector Cristiano honesto e inteligente ha aprendido a cuestionarse las aberrantes acciones que han realizado Dios y los que hacen la justicia en su nombre.
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Las armas para carceleros se distinguen de las armas militares porque no son adecuadas para la guerra, ya que los enemigos van provistos de corazas y armados, pero son muy útiles para controlar la turba de prisioneros semidesnudos, evidentemente desarmados. En el "agarracuellos" (a la izquierda) se puede observar el aro con la abertura en forma de trampa a un extremo de un asta de dos metros de longitud. Un preso, o cualquier fugitivo que intentara escapar de un alguacil escondiéndose entre la multitud, es fácilmente capturado: una vez que el cuello es aferrado por la trampa, no hay otra posibilidad que seguir al captor. El "agarracuellos" es usado todavía en centenares de cárceles, y muchas veces forma parte del equipo de las fuerzas antidisturbios. Las versiones modernas incluyen, en algunos casos, el uso de electricidad.
Hay gran variedad de látigos. Entre ellos, los hay de dos, tres y hasta ocho cadenas provistas de abundantes estrellas o/y hojas de acero cortante que se usaban y se usan para flagelar el cuerpo humano. Para desollar se utilizaban látigos de muy diferentes tamaños; gigantes como "el gato de nueve colas", que podía lisiar un brazo y un hombro de un sólo golpe, o finos y pérfidos, como el "nervio de toro", que con dos o tres golpes podía cortar la carne de las nalgas hasta llegar a la pelvis. El látigo de desollar se empapaba en una solución de sal y azufre disueltos en agua antes de utilizarlo, lo que unido a sus estrellas lo convertían en una herramienta destructiva y muy útil para el torturado. La carne, al ser golpeada, se convertía en pulpa, dejando a la vista diferentes órganos internos. Los látigos se siguen usando en la actualidad. En esta fotografía se incluyen: un látigo de cadenas formadas por eslabones planos y ovales, afilados como cuchillas en forma de hojas; otro de cadena doble con cuatro pesadas estrellas de hierro en la punta; y un fragmento de un látigo del siglo XIV, denominado corona de espinas en honor a Jesucristo.
Pinzas, tenazas, cizallas se utilizaban al "rojo vivo", aunque también frías para lacerar o arrancar cualquier miembro del cuerpo humano, y eran otro elemento básico más entre las herramientas de todo verdugo. Las tenazas se utilizaban preferentemente ardiendo para las narices, dedos de las manos y pies y pezones. Las pinzas alargadas, servían para desgarrar o abrasar el pene. Como queda explicado en la parte de la pera oral, rectal y vaginal, los genitales masculinos siempre han gozado de una especie de inmunidad. Sin embargo, en toda la larga serie de torturas, también se dan raros casos de castración, extirpación del pene e incluso amputación de la tríada completa. Las partes seccionadas a menudo eran quemadas dentro del puño de la víctima. Éstos castigos no se aplicaban por actos de violencia contra la mujer como se podría pensar, sino más bien por intentos de violencia o conspiraciones contra gobernantes o príncipes. La violación extramatrimonial raramente era castigada, y la violación matrimonial siempre ha sido sacrosanta.
Estos artilugios, que existían con gran profusión de formas fantasiosas, desde 1500 hasta 1800, se imponían a quienes habían manifestado imprudentemente su descontento hacia el orden, contra las convenciones vigentes, contra la prepotencia del poder o, de cualquier forma, contra el estado de las cosas en general. A través de los siglos, millones de mujeres, consideradas conflictivas por su cansancio de la esclavitud doméstica y los continuos embarazos, fueron humilladas y atormentadas; así el poder eclesiástico exponía el escarnio público a los desobedientes y a los inconformistas. La Iglesia castigaba una larga lista de infracciones menores mediante este método.
La inmensa mayoría de las víctimas eran mujeres, y el principio que se aplicaba era siempre el de mullier taceat in ecclesia, la mujer calla en la iglesia. Muchas máscaras incorporaban piezas bucales de hierro, algunas de éstas mutilaban permanentemente la lengua con púas afiladas y hojas cortantes.
Las víctimas encerradas en las máscaras y expuestas en la plaza pública, también eran maltratadas por la multitud. Golpes dolorosos, ser untados con orina y excrementos, y heridas graves (a veces mortales, sobre todo en los senos y el pubis) eran su suerte.
Hasta finales del siglo XVIII, en los paisajes urbanos de Europa no era extraño encontrar abundantes jaulas de hierro y madera adosadas al exterior de los edificios municipales, palacios ducales o de justicia, catedrales, murallas de las ciudades o en altos postes cerca de los cruces de caminos. Es algo que habrás visto en las películas y en lo que quizá no has reparado, pero que existió. Gran cantidad de ejemplos perduran hoy en día, como en el palacio de Mantúa o en el ábside de la catedral de Münster (Suiza). En Venecia, lugar de origen de la jaula celular, las jaulas se colgaban en el Puente de los Suspiros, y más a menudo en los muros del Arsenal. Una tradición familiar cuenta que dicha jaula se descolgó en 1750-52, años en que el segundo gran duque lorenés de Toscana, Prieto Leopoldo, destruyó todos los elementos de tortura y ejecución, y desde entonces se ha conservado en el palacio familiar. Las víctimas, desnudas o semidesnudas, eran encerradas en las jaulas y colgadas. Morían de hambre y sed; por el mal tiempo y el frío en invierno; y por el calor y las quemaduras solares en verano. A menudo, anteriormente habían sido torturadas y mutiladas para mayor escarmiento. Normalmente los cadáveres se dejaban en descomposición hasta el desprendimiento de los huesos, aunque a veces se cubrían herméticamente con resina de pino, con el fin de retrasar los efectos de la descomposición, y se rodeaban con correas para impedir el desprendimiento de los miembros. De ésta manera, se utilizaban como escarmiento moral. Evidentemente, las víctimas, una vez muertas, eran pasto de todo tipo de animales
El estiramiento o desmembramiento por medio de tensión longitudinal se usó en el antiguo Egipto y en Babilonia. En Europa, junto con el péndulo, constituían elementos fundamentales en cualquier mazmorra desde la República Romana hasta la "desaparición" de la tortura hacia el final del siglo XVIII. En muchos países fuera de Europa ambos subsisten hoy en día. La víctima es literalmente alargada por la fuerza del cabestrante. Antiguos testimonios aseguran que el estiramiento era de hasta 30 cm, longitud inconcebible que procede de la dislocación y distorsión de cada articulación de brazos y piernas, del desmembramiento de la columna vertebral y, por supuesto, del desgarro de los músculos de extremidades, tórax y abdomen, efectos éstos por descontado letales. Ésta tortura constaba normalmente de tres grados. En el primero, la víctima sufría la dislocación de los hombros a causa del estiramiento de los brazos hacia atrás y hacia arriba, así como un intenso dolor de los muslos al desgarrarse como cualquier fibra sometida a una tensión excesiva. En el segundo grado, las rodillas, la cadera y los codos comienzan a descoyuntarse; en el tercero se separan ruidosamente. Ya en el segundo grado el interrogado queda inválido de por vida, después del tercero queda paralizado y va desmembrándose poco a poco. Las funciones vitales van cesando según pasan las horas y los días.
La finalidad de este suplico es similar a algunas de las ya vistas, pero en éste caso se abrasaban los costados y las axilas mediante una antorcha compuesta por siete bujías. Si la víctima, ya paralizada, con los hombros destrozados y moribunda a causa de las infecciones producidas por las quemaduras seguía sin confesar, el tribunal estaba obligado, como siempre en un caso semejante, a reconocer su inocencia.
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COLLAR PENAL
Hay muchos tipos de ataduras que ligan a personas a pesos inhumanos: tobilleras (la clásica "bola" que llevan los presos de los dibujos), muñequeras, cinturones, collares... El condenado debía llevar consigo éstas cargas durante largo tiempo: semanas, meses, años o incluso toda la vida. El bloque de la fotografía lleva una cadena con una anilla para el cuello en el extremo. La piedra, de doce kilos, se sujetaba con las manos, en cualquier momento y lugar. La víctima sufría un mortal esfuerzo, y la abrasión del cuello y los hombros, con la consiguiente infección y gangrena, que no solían ser mortales en los primeros meses.
Los instrumentos provistos de pinchos en su interior eran, y en determinados ambientes aún lo son, predilectos de religiosos que se mortifican. Lógicamente, los mismos instrumentos servían también para la tortura inquisitorial y punitiva. Su funcionamiento era el siguiente: se ceñía en torno a la víctima, y rápidamente empezaba a herir y lacerar la carne con cada pequeño movimiento, con cada respiración. Luego llegaba la infección, la putrefacción y la gangrena. No pocas veces, el verdugo agregaba gusanos carnívoros en la parte descarnada que se introducían royendo hacia el interior del abdomen.
Éste es otro de los instrumentos de tortura que a primera vista no da fe de los sufrimientos que es capaz de crear, porque su misión no es únicamente la de inmovilizar a la víctima. A los pocos minutos de su utilización sobre la persona, ésta sufre grandes calambres, primero de los músculos abdominales y rectales, luego de los pectorales, cervicales y de las extremidades. Con el paso de las horas, estos calambres conducen a un continuo e insufrible dolor en abdomen y recto. En tal situación, la víctima solía ser golpeada, pateada, quemada y mutilada a placer.
Los instrumentos de tortura hechos con forma de trompeta, trombón, flauta, dulce, oboe.... están fabricados en madera, bronce o hierro. Probablemente, son de origen holandés, y se asocian sobre todo a los siglos XVII y XVIII, aunque se conocen algunos ejemplos anteriores y posteriores. El collar de hierro se cerraba por detrás del cuello de la víctima, y sus dedos colocados como los de un músico bajo los cortes de la mordaza eran apretados a voluntad del verdugo pudiendo llegar al aplastamiento de carne, huesos y articulaciones. Ésta tortura era, sobre todo, una forma de la picota de exposición a la vergüenza pública, con todas las consecuencias habituales, dolorosa y a veces fatales, que marcaban la suerte de los así expuestos. Se imponía para castigar delitos menores: conflictividad, blasfemia en primer grado, palabrería soez, alteración del orden público, etc. En Italia, según referencias de archivos romanos, napolitanos, parmesanos y boloñeses, a menudo se aplicaba a los que montaban juerga y provocaban alboroto delante de la iglesia durante las misas. En la República Veneciana, se aplicaban flautas pesadas de hierro a quienes abusaban de la denuncia anónima contra otros, "empujados por la malicia, enojo o envidia"
Simple y muy eficaz, el aplastamiento de los nudillos, falanges y uñas es una de las torturas más antiguas. Los resultados, en términos de dolor infringido con relación al esfuerzo realizado y al tiempo consumido, son altamente "satisfactorios". Éste era uno de los muchos instrumentos utilizados en lo que se conoce como "las preguntas dolorosas", que consistían en la extracción de confesiones por medio de torturas descritas e ilustradas con precisión científica, hasta los mínimos detalles: el grosor de cuerdas, el número de eslabones de las cadenas, la longitud de clavos y tornillos, los grados de mutilación permanentes permitidos para diferentes grados de acusaciones, etc. En el año 1629 en Prossneck, Alemania, dejaron a una mujer con éstos tornillos puestos de diez de la mañana a la una de la tarde mientras que el torturador y sus colaboradores fueron a almorzar.
EL PÉNDULO
Una tortura fundamental, que a veces constituía únicamente una preparación de la víctima para posteriores tormentos, era la dislocación de los hombros mediante la rotación violenta de los brazos hacia atrás y arriba. El suplicio del péndulo es (como tantas otras torturas) barato y eficiente. No necesita equipos complicados. Las muñecas de la víctima se ataban por detrás de la espalda, y en esa ligadura se añade una cuerda y se iza. Inmediatamente, los húmeros se desarticulan junto con la escápula y la clavícula. Tal dislocación producía horribles deformaciones, a menudo permanentes. La agonía se podía estimular mediante pesas agregadas progresivamente a los pies, hasta que al fin el esqueleto se desmembraba. Al final, la víctima, paralizada, moría.
Era una especie de vergüenza pública que se aplicaba sobre todo a los borrachos. Había dos clases de "picotas en tonel": las que tenían el fondo cerrado, en las que la víctima se colocaba dentro, con orinas y estiércol o simplemente con agua podrida, y las abiertas para que las víctimas caminaran por las calles de la ciudad con ellas a cuestas, lo que les producía un gran dolor debido a su gran peso.
Entre los instrumentos de escarnio pública también hay que destacar los collares para vagos y maleantes. Consistían en pesadas "botellas" de madera o piedra, o gruesas "monedas" de hierro que se colgaban al cuello de los borrachos las primeras y de mercaderes deshonestos las segundas. A los cazadores furtivos se les ataban cadenas con los cadáveres de los animales cazados furtivamente, hasta la putrefacción y desprendimiento de los mismos (castigo especialmente eficaz en verano) Los collares rondaban los ocho o nueve kilos, por lo que su aplicación durante noches y días enteros, provocaba heridas e infecciones y, en ciertos casos extremos, incluso gangrena.
La barbilla de la víctima se colocaba en la barra inferior, y el casquete era empujado hacia abajo por el tornillo. Los efectos de este proceso son evidentes. Primero, se destrozan los alvéolos dentarios, después las mandíbulas, y luego el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo. Hoy en día ya no se utiliza como pena capital, pero goza de gran estima para su uso como interrogatorios en buena parte del mundo. En la actualidad, el casquete y la barra inferior están recubiertos de un material blando que no deja marcas sobre la víctima. Existen unos instrumentos con una finalidad parecida llamadas "rompecráneos", que como su nombre indica se diferenciaban del "aplastacabezas" en que en vez de aplastar el cráneo lo rompían. Esto aseguraba que el diablo saldría de la cabeza del acusado.
Era el instrumento de ejecución más común en la Europa germánica, después de la horca, desde la Baja Edad Media hasta principios del siglo XVIII. En la Europa latina el despedazamiento se llevaba a cabo con barras de hierro macizas y mazas herradas en lugar de ruedas. La víctima, desnuda, era estirada boca arriba en el suelo o en el patíbulo, con los miembros extendidos al máximo y atados a estacas o anillas de hierro. Bajo las muñecas, codos, rodillas y caderas se colocaban trozos de madera. El verdugo, asestando violentos golpes con la rueda de borde herrado, machacaba hueso tras hueso y articulación tras articulación procurando no asestar golpes fatales. La víctima se transformaba, según nos cuenta un cronista alemán anónimo del siglo XVII, "en una especie de gran títere aullante retorciéndose, como un pulpo gigante de cuatro tentáculos, entre arroyuelos de sangre, carne cruda, viscosa y amorfa mezclada con astillas de huesos rotos" . Después se desataba e introducía entre los radios de la gran rueda horizontal al extremo de un poste que después se alzaba. Los cuervos y otros animales arrancaban tiras de carne y vaciaban los ojos de la víctima hasta que a ésta le llegaba la muerte. Como se ve, era una de las torturas más largas y agónica que se podía infligir. Junto con la hoguera y el descuartizamiento, éste era uno de los espectáculos más populares de entre los muchos similares que tenían lugar en las plazas de Europa. Multitudes de plebeyos y nobles acudían a deleitarse con un "buen" despedazamiento, preferentemente de una o varias mujeres en fila.
Está provisto de pinchos en todos los lados. El instrumento de la fotografía pesa más de cinco kilos, se cerraba en el cuello de la víctima, y a menudo se convertía en un medio de ejecución: la erosión hasta el hueso de la carne del cuello, hombros y mandíbula, la progresiva gangrena, la infección febril y la erosión final de los huesos, sobre todo de las vértebras descarnadas conducen a una muerte segura, atroz y rápida. Aparte de ésto, el collar presentaba la ventaja de economizar tiempo y dinero: su función es pasiva y no requiere el esfuerzo, ni por tanto el pago, de un verdugo; "trabaja" por sí mismo, día y noche, sin descanso, sin problemas y sin manutención. Por ésta razón todavía es usado por la policía en muchas partes, no sólo del Tercer Mundo.
LA MORDAZA O EL BABERO DE HIERRO
Este artilugio sofocaba los gritos de los condenados para que no estorbaran la conversación de los verdugos. La "caja" de hierro del interior del aro es embutida en la boca de la víctima, y el collar asegurado a la nuca. Un agujero permite el paso del aire, pero el verdugo lo puede tapar con la punta del dedo y provocar la asfixia. A menudo los condenados a la hoguera eran amordazados de ésta manera, sobre todo durante los autos de fe, porque sino los gritos interferirían con la música sacra. Giordani Bruno, culpable de ser una de las inteligencias más luminosas de su tiempo, fue quemado en la plaza del Campo dei Fiori en Roma en 1600 con la mordaza de hierro provista de dos largas púas, una de las cuales perforaba la lengua y salía por debajo de la barbilla, mientras que la otra perforaba el paladar.
La opinión tradicional sobre el cinturón de castidad es que se usaba para garantizar la fidelidad de las esposas durante los períodos de largas ausencia de los maridos, y sobre todo de las mujeres de los cruzados que partían para Tierra Santa. Quizás alguna vez, aunque no como utilización normal, la "fidelidad" era de éste modo "asegurada" durante períodos breves de unas horas o un par de días, nunca por tiempo más dilatado. No podía ser así, porque una mujer trabada de ésta manera perdería en breve la vida a causa de las infecciones ocasionadas por la acumulación tóxica no retirada, las abrasiones y las laceraciones provocadas por el mero contacto con el hierro. Asimismo, hay que tener en cuenta la posibilidad de un embarazo en curso. En realidad, el uso principal del cinturón era muy diferente: constituía una barrera contra la violación, una barrera frágil pero suficiente en determinadas ocasiones, por ejemplo, en épocas de acuartelamiento de soldados en las ciudades, durante estancias nocturnas en posadas, durante los viajes... Sabemos por muchos testimonios que las mujeres se colocaban el cinturón por iniciativa propia, hecho que algunas ancianas sicilianas y españolas aún recuerdan en nuestros días. Entonces, es necesaria una pregunta. ¿El cinturón es o no un instrumento de tortura? La respuesta ha de ser un SÍ inequívoco, puesto que ésta humillación, este ultraje al cuerpo y al espíritu es impuesto por el terror al macho, por el temor a sufrir a causa de la agresividad humana.
Frías o ardiendo, las cuatro puntas del "desgarrador de senos" desgarraban hasta convertir en masas informes los senos de millares de mujeres condenadas por herejía, blasfemia, adulterio y muchos otros "actos libidinosos"; aborto provocado, magia blanca erótica y otros delitos. En varios lugares y en épocas distintas, se aplicaba un "mordisco" con las puntas al rojo vivo en un seno de las madres solteras, a menudo mientras sus hijos se retorcían en el suelo salpicados por la sangre de sus madres. Además de la función punitiva, el desgarramiento de senos servía también como procedimiento inquisitorial y judicial.
Hay dos versiones básicas de éste instrumento: -La típicamente española, en la cual el tornillo hace retroceder el collar de hierro matando a la víctima por asfixia. Estamos hablando de la Inquisición, y sin embargo, este tipo de fue usado en España hasta que en 1975 se abolió la pena capital. - La catalana, en la cual un punzón de hierro penetra y rompe las vértebras cervicales al mismo tiempo que empuja todo el cuello hacia delante aplastando la tráquea contra el collar fijo, matando así por asfixia o por lenta destrucción de la médula espinal. La presencia de la punta en la parte posterior no sólo no provoca una muerte rápida, sino que aumenta las posibilidades de una agonía prolongada. Fue usado hasta principios de éste siglo en Cataluña y en algunos países latinoamericanos. Se usa todavía en el Nuevo Mundo, sobre todo para la tortura policial pero también para ejecuciones.
Los alaridos y los gritos de las víctimas salían por la boca del toro, haciendo parecer que la figura mugía. De todas formas, no existen pruebas. Al contrario, Falaris fue considerado por escritores casi contemporáneos un gobernante culto y justo. El toro de Falaris estaba presente en numerosas salas de tortura de la Inquisición de los siglos XVI, XVII y XVIII.
GARRAS DE GATO O COSQUILLEADOR ESPAÑOL
Su tamaño rondaba el de los cuatro dedos de una persona. Montado encima de un mango y se usaba para reducir a tiras la carne de la victima y extraerla de los huesos en cualquier parte del cuerpo: cara, abdomen, espalda, extremidades, senos....
Éste era un instrumento de tortura usado principalmente para confesiones. La víctima es izada de la manera observada en la ilustración, y una vez levantada, soltada sobre la punta de la pirámide de tal manera que su peso se posa sobre el ano, la vagina, bajo el escroto o bajo el cóccix. Según las indicaciones de los interrogadores, el verdugo varía la presión desde nada hasta todo el peso del cuerpo. También se puede sacudir a la víctima o hacerla caer repetidas veces sobre la punta. La "cuna de Judas" recibe el mismo nombre en italiano, alemán y en inglés, denominándose en francés "la veille" ("la vigilia"). En la actualidad, éste es un método muy expendido por los gobiernos latinoamericanos, con muy pocas variaciones respecto al utilizado por los inquisidores, y siendo éstas principalmente la "mejora" de los cinturones y la incorporación de la electricidad.
Hay multitud de instrumentos de tortura con forma de sarcófago antropomorfo con dos puertas y clavos en su interior que penetran en el cuerpo de la víctima cuando éstas se cierran. Los clavos eran desmontables, con lo que se podían cambiar de lugar, con el fin de poseer un amplio abanico de posibles mutilaciones y heridas que daban lugar a una muerte más o menos prolongada, siempre entre grandes sufrimientos.
Como se puede apreciar en la fotografía, la "horquilla del hereje" estaba compuesta por cuatro puntas afiladísimas que se clavaban profundamente en la carne, bajo la barbilla y sobre el esternón. La horquilla impedía cualquier movimiento de la cabeza, pero permitía que la víctima murmurase, con la voz casi apagada (lo que se conocía como "abiuro", palabra que se halla grabada en un lado de la horquilla). Si se negaba a confesar , el hereje, considerado como "impenitente", era vestido con el traje característico y conducido a la hoguera, con la condición de la Extremaunción, en el caso de la Inquisición española. Si el inquisidor era romano, el hereje era ahorcado o quemado.
LA PERA ORAL, RECTAL Y VAGINAL
Estos instrumentos se usaban y aún se usan en formatos orales y rectales. Se embutían en la boca, recto o vagina de la víctima, y allí se desplegaban por medio de un tornillo hasta su máxima apertura. El interior de la cavidad quedaba dañado irremediablemente. Las puntas que sobresalen del extremo de cada segmento servían para desgarrar mejor el fondo de la garganta, del recto o de la cerviz del útero. La pera oral normalmente se aplicaba a los predicadores heréticos, pero también a seglares reos de tendencia antiortodoxas. La pera vaginal, en cambio, estaba destinada a las mujeres culpables de tener relaciones con Satanás o con uno de sus familiares, y la rectal a los homosexuales pasivos.
Strappardo
La técnica de este método era atar las manos del acusado a su espalda para luego pasarle un largo palo (llamado Strappardo) por el nudo de las muñecas, el cual, con un ingenioso mecanismo de poleas, izaba al condenado unos metros. Para inflingir aún más dolor, solían atar a los pies o a los testículos de las víctimas grandes pesos. Generalmente esto bastaba para conseguir sus fines aunque, en casos extremos, llegaban a soltar bruscamente las poleas, con lo que el condenado literalmente caía hacia el suelo impulsado por su propio peso más la carga adicional atada a sus pies o testículos. A pocos centímetros del suelo frenaban súbitamente la caída. Este sistema de soltar al condenado parándole con brusquedad en su caída se llamaba "Squassation" y con mucha frecuencia lo que provocaba era la dislocación de los brazos de las víctimas.
En este cruel método de tortura, se situaba a la víctima encima de un taburete enfrente de una gran puerta de madera cerrada. Sus brazos eran levantados verticalmente por encima de su cabeza. Por un lado la muñeca era atada entre el cúbito y el radio y por el otro a la puerta. También los pies eran convenientemente atados entre el primer y segundo metatarso. Los inquisidores, entonces y simultáneamente, abrían súbitamente la puerta y quitaban el punto de apoyo de la víctima (el taburete) con lo que el condenado quedaba literalmente crucificado en la puerta, inflingiéndole más o menos dolor dependiendo de la fuerza con que abrían y cerraban la puerta, con independencia de las torturas añadidas, menos sofisticadas como latigazos o calor, que aplicaban durante la crucifixión. Esta, con independencia de otras posibles, fue una de las torturas que padeció el último Gran Maestre Jaques de Molais como medio para arrancarle confesión.
Normalmente era un castigo muy desagradable dado por lo general a las mujeres. La víctima se ataba a una silla que se colgaba en el extremo de un brazo de libre movimiento, se hundía en el río mas adecuado o en un estanque. Eran a los operadores del brazo que decidían cuanto tiempo debía estar la víctima bajo el agua, muchas mujeres mayores murieron por temor del agua fría o se las ahogo. Se usó en EE.UU y Gran Bretaña para castigar a violadoras de menores, prostitutas y gruñonas.
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fuente:
http://www.portalplanetasedna.com.ar/torturas.htm
http://www.scribd.com/doc/2665179/Torturas-de-la-Inquisicion-I
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Ver Articulo: Métodos de Tortura durante la Inquisición
Ver Sección: Tema Abierto
“Durante muchas edades dijeron que había brujas. La Biblia lo decía. La Biblia mandaba que no debiera permitírseles vivir. Por lo tanto la Iglesia, después de hacer su trabajo pero de forma ociosa e indolente por 800 años, tomó sus cuerdas, tenazas y atizadores, y se puso a hacer su sagrado trabajo con ganas. Trabajó duramente día y noche durante nueve siglos y metió en prisión, torturó, colgó y quemó hordas a ejércitos de brujas, y lavó y limpió al mundo cristiano con su malvada sangre. Luego se descubrió que no existían las brujas, ni las había habido nunca. Uno no sabe si reírse o llorar” Mark Twain
